Deberían fusilarlos a todos…

Mi padre me visitó en mi casa. Llegó con su mujer un viernes a la noche y se sentó en mi sillón.

—Creo que esta casa es extraordinaria —dijo.

—Realmente lo es —dijo su mujer.

Recorrieron el baño, la cocina; también mi cuarto.

—La arreglaste muy bien —dijo ella.

—¿Podríamos quedarnos una noche? —preguntó él—. Si no tuvieras planes, claro…

—Sí —dije—. Por supuesto.

© Carlos Sánchez, Jason Sánchez

Hacía dos años y medio que no lo veía y, a pesar de todas nuestras diferencias, estaba emocionada. Era la primera vez que tenía un lugar propio. De algún modo, entonces, era la primera visita que recibía de mi padre siendo una adulta. Quería que viera en qué clase de persona me había convertido.

Saqué toallas para ellos y preparé fideos con tomate. Quise cambiar las sábanas de la cama donde ellos dormirían, pero me pidieron que no me tomara esa molestia.

Cenamos en la mesa del comedor. Mi padre me preguntó si seguía escribiendo. Le dije que sí, y que había publicado una novela. Me dijo que quería leerla, pero yo no tenía ejemplares para darle. “Mejor así”, pensé. La novela hablaba de él en una buena parte, y no precisamente bien.

—No entiendo cómo hacen los escritores para tener tantos personajes en la cabeza. Cuando se empieza a escribir, ¿ya se sabe cuál será el final? —preguntó la mujer de mi padre.

—A veces sí, a veces no —dije.

Terminamos de cenar. Mi padre se fue al sillón y observó los libros. Eligió uno: Patrimonio, de Philip Roth. Un libro sobre padres e hijos. Se puso a leerlo enseguida. Su mujer eligió otro. Me miró y me preguntó:

—¿Me lo recomendás?

—Sí —le dije.

Yo ocupé uno de los sillones, con el libro que estaba leyendo esa semana. Desde que se habían casado mi padre y su mujer no habían parado de leer. Leían en todos lados. En vacaciones, solos, acompañados, con sus hijos. Parecían haber emprendido una carrera contra reloj. Abderramán III los esperaba del otro lado. No importaba cuántos crímenes hubiera cometido, pero se decía que había leído quinientos mil libros.

Mi padre, sin embargo, no era un lector que gozara de la mayor concentración. A los quince minutos levantó la cabeza:

—Bueno —dijo—. Admitámoslo. Un judío en Estados Unidos es mucho más interesante que un judío en cualquier otro lugar del mundo.

—En Israel no carecen de interés —dije por contradecir un comentario que no hubiera podido ser dicho delante de ninguna de mis amistades sin precipitar la catástrofe.

—Bah —dijo él—. Israel. Deberían fusilarlos a todos.

Y siguió leyendo.

—Dios… —se excusó su mujer.

—Siempre fue así —dije yo.

—Me imagino —suspiró ella.

Asentí y seguí leyendo.

Mi padre, sin embargo, no había terminado, y a los pocos minutos volvió a levantar la cabeza.

—Algo que odio —dijo— es que tergiversen las obras clásicas. Que les cambien los finales, por ejemplo. ¿No les basta con lo que escribió Shakespeare? ¿Para qué cambiarlo?

—Por qué no —dije yo—. El autor murió hace más de setenta años. Se puede hacer cualquier cosa con él.

—Es una falta de respeto —dijo él.

—Yo tampoco lo entiendo —dijo su mujer—. Pero están en su derecho.

Saqué toallas para ellos y preparé fideos con tomate. Quise cambiar las sábanas de la cama donde ellos dormirían, pero me pidieron que no me tomara esa molestia.

Volvimos a los libros. Permanecimos en silencio unos veinte minutos. Entendí que en el proceso de convivir y conocernos, en uno u otro momento, mi padre y yo habíamos sufrido. Pero también, si podía recordar con precisión las cosas que él hacía o decía, tendría una gran cantera de anécdotas que esperarían, tal vez, ser escritas como las de Philip Roth. Sólo me faltaba intentar ser ecuánime como Roth. Ser ecuánime una tarde con mi padre era fácil. El problema se presentaba después del segundo día. De ese modo las anécdotas nunca podrían pasar con limpieza a un papel.

Me levanté y ofrecí café. Ambos querían, así que lo preparé con cuidado. Necesitaba que vieran que había aprendido, entre otras cosas, a preparar un buen café. Llené la cafetera; presioné el café molido como me había enseñado mi ex, un hombre al que a veces detestaba y otras extrañaba. Las dualidades en el amor de pareja eran tan complejas como las del afecto filial.

Después me metí en el baño con un par de productos de limpieza. Tenía que hacer que eso se viera reluciente. No estaba sucio, pero tenía que estar perfecto. Pasé el trapo por la pileta, el bidet y la bañadera. Repasé el inodoro.

Cuando terminé las canillas brillaban. Me saqué la ropa y entré en la ducha.

Mientras me bañaba, por un momento me sentí feliz. Era la felicidad de alguien que ha cumplido con un deber. Eso era. Me enjaboné descuidadamente, sin pensar demasiado. Ya no recuerdo cómo fue que me resbalé. Ocurrió de golpe. De un momento a otro estaba en el piso de la bañadera, con el agua cayendo sobre mí y un pie doblado.

Llamé a mi padre y a su mujer a los gritos. Me alcanzaron una toalla, me ayudaron a vestirme y me llevaron en su auto al hospital.

Dos horas más tarde salí de Urgencias con un pie enyesado. Volvimos a casa. Eran las tres de la mañana y todos estábamos exhaustos y queríamos dormir. Mi padre me ayudó a meterme en la cama con el pie en alto. Nos miramos unos momentos; yo acostada, él sentado, con su panza que en esos dos años y medio parecía haberse duplicado. Después se inclinó sobre mí y me dio un beso.

Su mujer se asomó desde la puerta y me deseó buenas noches.

Y toda mi adultez volvió a quedar atrás. ®

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Publicado en: marzo 2011, Narrativa


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