Decálogo para narrar a partir de la experiencia personal

Bailar un vals con la vanidad

Los consejos de Horacio Quiroga y de otros maestros de la literatura para los escritores imberbes siguen siendo válidos, pero siempre se puede aportar algo más, modestamente. No, ¿modestamente, por qué?

1. Como narrador debes de estar dispuesto a envenenar a tu padre, traicionar a tu mejor amigo, lanzar a la abuela por la azotea y tirar el cadáver en el río.

2. Si vas a matar a tu abuela, por lo menos ten la decencia de sentir culpa, cultivar el insomnio, actuar con prudencia ante los demás y partirte de nervios cuando escuches tus pensamientos. Ahora arréglatelas para reproducir esa emoción, mide tus palabras e inventa tu sistema de medición, lo importante es que debe ser tan real como caminar por el parque al amanecer y recibir una pedrada en la cabeza. Mira tu sangre correr.

3. La experiencia personal es tu materia de trabajo, aunque lo más probable es que tu vida sea mucho menos interesante de lo que crees. Al lector no le importan tus borracheras ni tus fiestas ni tus amores frustrados de la prepa si eres joven, o las mujeres que deseas y no te puedes follar si eres casado y leal. Es una tarea engañosa, casi una trampa, distinguir lo que es importante para uno de lo que requiere la narración. Por otro lado, el deseo que puedas sentir, tan íntimo como universal, es materia maleable y lo mismo se puede esculpir la silueta de algún dios que Lolita cruzando la pierna en el sillón.

4. La escritura es bailar un vals interminable con la vanidad. Los mejores, los maestros, saben ejercer la seducción: son los que la guiaron durante una pieza o dos, la hicieron girar, la llevaron de la mano hasta su lugar y luego se sentaron a platicar con alguien más. Los otros se quedaron danzando solos, hasta el final de sus días, en su traje de noche, dentro de un salón vacío, de tenue iluminación.

La escritura es bailar un vals interminable con la vanidad. Los mejores, los maestros, saben ejercer la seducción: son los que la guiaron durante una pieza o dos, la hicieron girar, la llevaron de la mano hasta su lugar y luego se sentaron a platicar con alguien más. Los otros se quedaron danzando solos, hasta el final de sus días, en su traje de noche, dentro de un salón vacío, de tenue iluminación.

5. La creación literaria va más allá del momento de la escritura, debes permitirte obsesionarte con tus personajes, estar siempre alerta de cómo reaccionarían ellos ante los menesteres de la cotidianidad. A veces será necesario transformarse en ángel o cucaracha. Luego pisar a la cucaracha y más tarde hacerla volar. Es lugar común afirmar que las grandes narraciones se construyen a partir de los detalles, lo que no se explicita es que muchos de esos detalles jamás llegarán a la página.

6. Precepto para narrar: no existe ninguna normalidad.

7. La indiferencia es la peor enfermedad que puede padecer un personaje. Si tú la tienes, adelante, da igual, pero es tu problema, no suyo. Permíteles apasionarse, ilusionarse, hazlos sufrir.

8. Jodida ironía: la mentira es tu nave de exploración y la verdad tu destino final. Tu ruta: el naufragio.

9. Narrar a partir de la experiencia personal se trata, al fin y al claro, de relatar un elaborado chiste sobre uno mismo, veinte páginas, trescientas, las que sean necesarias, pero es importante que primero nos haga llorar y luego reír, o viceversa, depende de qué historia queramos contar.

10. Si después de poner todo esto en práctica y habiéndolo dado a conocer entre lectores no has perdido alguna amistad: te relacionas con gente muy comprensiva o algo estás haciendo mal, terriblemente mal. ®

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Publicado en: Cuadernos para narrar, Octubre 2011


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