Del penal que sí fue y pecados menores

El futbol, la moral y la hipocresía

Indignación por todos lados sobre lo sucedido en el partido de las selecciones de México y Panamá el 22 de julio en la Copa de Oro. Todos están dispuestos a tirar la primera piedra —y la segunda y la tercera— a Andrés Guardado (por anotar el penal), a Miguel Herrera (por no mandar que el futbolista lo fallara). Sorprende la facilidad con la que todos ven la paja en el ojo ajeno.

El país del futbol.

El país del futbol.

El futbol

Este deporte puede ser considerado una especie de muestrario social. Desde él se pueden hacer símiles más o menos afortunados —faceta que la literatura ha explotado con cansona frecuencia. Su popularidad es reveladora. De lo que ahí sucede se pueden hacer paralelismos con lo que ocurre en la vida cotidiana. Sin ánimo de entrar en polémicas estériles sobre lo sucedido en el juego de marras, ¿se ha cuestionado lo suficiente por qué el jugador expulsado de Panamá tenía su puño en la cara del rival? ¿Eso es correcto? Pocos minutos antes del penal “dantesco” —como lo calificó un exfutbolista de mucho estómago y poco vocabulario que trabaja para una cadena de televisión— un jugador de Panamá cayó “malherido” en su área después de un tiro de esquina en el que todos los presentes en el área llevaron a cabo jalones, empujones etcétera —todos sabemos que en estas situaciones siempre hay penales; todos vemos que nunca se marcan. Tardó casi cuatro minutos en reanudarse el juego —un juego en el que, por cierto, nunca se juegan los 90 minutos que se anuncian—; cada que hacía un saque de meta el portero consumía segundos y más segundos —y el árbitro, sí, ése que ahora todos vilipendian, no lo amonestó: tampoco ahí hizo buen uso del reglamento. ¿Es correcto? No está de más comentar que lo mismo habríamos visto en el área de enfrente si México llevara el marcador a su favor. En otros pasajes de esta infame copa he observado que prácticamente todos los saques de banda se llevan a cabo unos metros —a veces muchos metros— adelante de donde salió el balón. ¿Es lo que señala el reglamento? Mi afán no es defender lo indefendible —que México salió favorecido por una falla arbitral, o dos, o tres—; pretendo hacer ver cómo la anomalía es algo constante en este deporte, que nos hemos acostumbrado a ver la incorrección como algo “normal”.

En algunos medios se habla de que es sospechoso lo visto en la cancha. Y por supuesto que lo es: no sólo las decisiones que favorecieron a la selección México —o a la selección de la Femexfut que los mexicanos queremos ver como selección nacional—, se ha normalizado la trampa, el engaño. Los que se indignan hablan de valores que ya no existen en el futbol —si alguna vez existieron.

Guardado comentó que le pasó por la cabeza fallar el penal deliberadamente. No lo hizo. El entrenador de Panamá, el colombiano Hernán Darío Gómez —mejor conocido como el Bolillo— mencionó que en algún momento pensó retirarse del futbol. No lo hizo… ni lo hará. También amenazó con retirar a su equipo. No lo hicieron. (Se antojaba que vendría una protesta de época; lo que vimos fue a los panameños regresar a la cancha a patear rivales y árbitros.) Las palabras se las lleva el viento, como las “buenas intenciones”. Seguiremos viendo a estos dos en las canchas. ¿En cuál otra actividad el entrenador que pensó en retirarse tendría los ingresos que ahí tiene?

En algunos medios se habla de que es sospechoso lo visto en la cancha. Y por supuesto que lo es: no sólo las decisiones que favorecieron a la selección México —o a la selección de la Femexfut que los mexicanos queremos ver como selección nacional—, se ha normalizado la trampa, el engaño. Los que se indignan hablan de valores que ya no existen en el futbol —si alguna vez existieron. Lo cierto es que si alguien puede sacar ventaja de algo incorrecto lo hará —cuando Guardado y Herrera, el piojo que el Tri tiene como entrenador, comentan que todos lo hacen no faltan a la verdad. Sí, sé que hay excepciones, pero como podemos constatar, son golondrinas que no hacen verano. Aceptémoslo: los que vemos estos espectáculos, los que viven de él —fue maravilloso escuchar cómo los comentaristas de TV Azteca pasaban de la indignación a invitar amablemente a ver el siguiente partido: si es tan terrible, que no lo transmitan, ésa sí es una protesta… congruente— somos cómplices de lo que ahí sucede. ¿Qué pasaría si apagamos la tele, si dejamos de frecuentar los sitios en internet que se ocupan de esto o, los que lo hacen, dejan de comprar especulativos periódicos deportivos?

En la cancha vemos como “cosas del futbol” inmoralidades y abusos de forma constante, de las que nadie se hace responsable. Del bochorno en el partido Panamá–México el Bolillo se hizo a un lado: “Eso sí, todos lo que son jugadores mexicanos, jugadores panameños, técnicos mexicanos y técnicos panameños, están limpios”. Lo dudo… mucho. No alcanzan tres autoridades en la cancha —y un cuarto, afuera, cuya misión, al parecer, es abrir una ventanilla de quejas para los entrenadores. De cara a lo tramposos que son los futbolistas, no sé cuántos árbitros serían necesarios. ¿El uso de la tecnología? Aportaría más minutos muertos a un juego que ya es generoso en ellos. La solución está en castigar al inmoral: dejar de verlos (nosotros); sancionarlos (los árbitros) de acuerdo con lo que aceptan como reglas del juego. Claro que es un ideal y casi una estupidez pensarlo, pero lo mejor sería que los que están en la cancha sean congruentes con el simbolismo de la ceremonia que inaugura los juegos y jueguen con limpieza, que respeten eso que llaman fair play, que en la realidad no es más que un eslogan vacío, como propaganda de partido político.

Nosotros y los otros

¿Por qué hay indignación, vergüenza por lo visto en la cancha? Hay gente preocupada por lo que estas cosas pueden dejar en nuestros niños. ¿Y entonces para qué están los padres? Sí, para dar, en muchos casos, el mal ejemplo. ¿O acaso no hay padres que engañan a sus hijos, que faltan a su palabra y a sus reglas, que hacen cosas incorrectas, que no son congruentes? Aquí es donde creo que valdría la pena comenzar una reflexión de orden moral, que no moralista. Al momento de ser sinceros con nosotros mismos caemos en la cuenta de que no siempre nos guiamos por los preceptos de la moral que decimos respetar, y que tradicionalmente han estado ligados a la religión —¿para los que son creyentes el crédito de inmoralidades se renueva gracias a la confesión? Seguramente en la vida de todos hay faltas a eso que creemos lo correcto. El asunto es dónde colocamos el umbral de lo que consideramos grave —fingir una falta, hacer tiempo en el futbol son pecados menores; anotar un penal mal marcado es un crimen—: y somos buenísimos para autojustificarnos, para validar lo que nosotros hacemos. Pero somos inflexibles con lo que hace el otro, y lo censuramos en el feisbuc, y lo exhibimos. O a poco todos los que firman columnas en los medios atacando el bochorno copero, ¿nunca hicieron nada cuestionable? ¿Como periodistas, como futbolistas —los que fueron, no el diminuto hablador— como ciudadanos?

Me merece singular antipatía eso que dicen algunos que presumen su conciencia tranquila: “Los buenos somos más” —¿son buenos porque sus incorrecciones son consideradas menores por ellos o porque pocos o nadie más que ellos las conocen? Así, cómo se explica esta desintegración social, esta convivencia hostil, esta inmoralidad ambiental. Seamos claros: si los políticos y los futbolistas son corruptos es porque son seres humanos corruptos. Pero no sólo ellos. La corrupción es habitual en México porque la mayor parte de los mexicanos lo somos —y claro, se puede hacer extensivo al género humano. En mayor o menor medida: ¿cuál es tu medida? ¿Qué harías frente a la portería rival? ¿En la oficina de la alcaldía?

A modo de ejemplo hablaría de la Universidad de Guadalajara. Tengo algunos amigos o conocidos que trabajan ahí. Creo que son buenas personas; sin embargo, y aun siendo conscientes de ello, se involucran en prácticas de las que no se sienten orgullosos, forman parte voluntariamente de una organización indefendible, gangsteril, vertical. Algunos —ellos, otros—, encabezan investigaciones lucrativas —que les dan para comer, para vivir bien— que no le interesan a nadie. Bueno, sí, a ese sistema que ha encontrado la forma perfecta de autoalimentarse, como afirma Michel Houellebecq en Sumisión. (Ese desinterés quedó exhibido, por ejemplo, en los plagios del chileno Arancibia, quien contaba con la pereza de un sector, el académico, que genera textos que nadie lee). El Cineforo es, tal vez, uno de los hitos de esa institución; sin embargo, vive en un descuido terrible, y si tiene algo encomiable se debe a la labor de un individuo —que ahora sólo es programador—, no a la cotidianidad institucional. Así se explican los libros sobre cineastas cuya obra ya no existe, sobre novelistas que nadie lee, sobre situaciones sociales que se comentan en congresos de sociología y que no retribuyen nada a la sociedad. (Otro ejemplo: el empresario defiende por mil razones —una de ellas la legalidad— el hecho de que sus ingresos sean mucho, mucho mayores que los de sus empleados, ¿pero es correcto?)

Hasta aquí la paja —el bosque, si es la UdeG, o el penal en el área del rival— en el ojo ajeno. En lo que a mí respecta, y sin ánimo de comenzar un pasaje de autoayuda, ha sido sano limitar el autoengaño: dejar de tener una (falsa) imagen positiva de mí mismo ha sido saludable. Tratar de verme como lo que en realidad soy es tranquilizador. No es que sea un delincuente —y tampoco voy a hacer aquí confesiones de mis faltas, en pecado concebidas: no sean morbosos—, pero no me sumaría a las filas de los buenos, o más bien de los que se creen buenos. Tampoco es que sea cínico —si bien el cinismo es una ruta a la sinceridad—, pero busco renunciar a la mitomanía, a creer ser lo que no soy. El propósito de este texto no es ponerme como ejemplo —porque ni para esto lo sería— ni tirarme a la hamaca —la pereza es tan sabrosa—: es invitar a mirar hacia adentro y dejar de ser tan quisquillosos y duros con lo de afuera —sin albur. Tal vez si reconocemos que como individuos no somos lo que creemos ser podríamos comenzar a ser mejores de lo que en realidad somos. En la moral existe una regla de oro: “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan”. A mí me gusta más su versión positiva, porque sugiere acción, convertirse en agente: “Haz a los demás lo que quieres que te hagan” —sin albur; bueno, sí. Esto aplica al fingimiento de faltas y a hacer tiempo en el futbol, a las mentiras en casa, a las trampas laborales, a la forma de conducir el automóvil, a la cotidianidad, pues. Perdón por la moralina: es toda involuntaria. Amén. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas


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