Demasiado tarde

A PAACM, por confirmar que la amistad nunca es virtual sino cósmica.

Nuestros asesinos siempre son héroes y los de los otros criminales.
—Santiago Roncagliolo

Sudas. El sol penetra el parabrisas y golpea con violencia el lado izquierdo de tu rostro. La otra mitad es sombreada por una opacidad que encubre tus gestos de rechazo a la intensidad solar. La luz y el calor igual se incrementan. Al menos eso te parece. Estás ligeramente mareado, de nuevo.

Algo no anda bien dentro de ti, lo sabes, ¿verdad?

© Vee Speers

Gotas saladas escurren desde tu frente y se deslizan por el armazón plateado de tus lentes de espejo Ray-Ban. Antes de que bajen libremente hacia tu nariz y tus mejillas, son absorbidas por un pañuelo blanco, de papel, que sujetas con ambas manos.

Sientes cómo se humedece y no tardas en estrujarlo y va a parar en una bolsa de basura que también contiene latas de aluminio que aún escurren cerveza y tequila con toronja.

Has tomado mucho últimamente. No te gustaría terminar como un alcohólico. Te darías vergüenza. Y miedo. Más todavía.

Con el índice derecho ajustas los lentes al contorno de tu prominencia nasal. Una mancha a la altura de tu pecho humedece la leyenda que puede leerse en la playera negra que recién adquiriste en tus últimas vacaciones: “We never sleep”. Aunque es probable que en tu profesión nunca se esté de vacaciones, realmente. Con las palmas de las manos echas tu pelo hacia atrás y el sudor ligero reactiva la gomina. Abres una cajetilla de Marlboro-Blue. Accionas el encendedor y aspiras y exhalas, con pesadez.

¿Estás harto? ¿El fastidio no retrocederá nunca? Tranquilo, no pienses en eso de nuevo. No por ahora.

Por la ventanilla entra aire caliente y denso, que se revuelve con el humo de tu cigarrillo. En eso, el silencio plomizo de la calle es quebrado por el movimiento sordo y eléctrico de un portón que se abre, que descubre el ruido de un motor.

Volteas de inmediato hacia la casa de enfrente, tu camioneta Dodge-Durango permanece estacionada en la acera contraria, y miras su interior. Tu ángulo de visión es inmejorable. Son ellos. Sí, son ellos. Un automóvil, Nissan-Tsuru, sale en reversa, lentamente, y va hacia ti, como si te fuera a chocar. Cuando piensas que eso ocurrirá, quiebra a la izquierda y a pesar de un ligero tinte en el vidrio de sus ventanillas identificas al conductor y a la copiloto. Señor y señora Narváez. No te conocen pero tú a ellos sí. Fijas tu vista en sus movimientos, con toda confianza y naturalidad. No hay peligro alguno. Demuestra que no pasa nada, que tu presencia en este lugar no es algo raro. Ni siquiera pueden verte a los ojos. En la superficie de tus lentes se refleja la piedra oscura y rugosa de la fachada. Es rústica. Pliegues caprichosos y hendiduras constantes que resguardan la petrificación de flores y hierbas que simbolizan el honor y lo elevado.

Se ponen en marcha. Escuchas el tránsito lento de los neumáticos por el camino empedrado. Te agradan esos tronidos ahogados del suelo, recubiertos de caucho. Un toque tienen de delicia, consideras. Al pasar junto a ti advierten la camioneta y te miran. Les sonríes, en un saludo que consta de un movimiento afirmativo de la cabeza. Puta, qué educado eres. Algo dicen entre sí, mientras se alejan. O eso te parece al vigilarlos a través del espejo lateral. Si tus informes son ciertos, estarán de vuelta el domingo por la tarde. Permanecerán fuera más de 48 horas. ¿Dónde estarás tú para entonces?

No lo sabes, por supuesto. No eres tan arrogante como para ignorar que el ser humano puede perderse en cualquier segundo. O dejar de existir. Somos tan frágiles. Planear tu vida para los próximos dos días supera tu energía y concentración. Evitas pensar en ello. O más bien lo intentas, porque imaginas lo que será de ti en el futuro. Todo lo que se te ocurre llega a un negro absoluto. A la muerte y a la angustia menos sosegada. Qué pensamientos más desagradables. ¿Necesitas fumar? Tomas la cajetilla y fumas tres cigarros seguidos. Cierta sensación de nausea ronda la boca de tu estómago, pero supones que es mucho peor enfrentar la ansiedad sin una inyección de nicotina. Tomas otra lata de tequila con toronja. Bebes. Ahora estás más tranquilo. Enciendes el estéreo a bajo volumen. Le conectas tu iPod para escuchar algo de la música que acarreas en él. Buscas, no encuentras. Dejas a Claudio Arrau, toca la Apassionata de Beethoven, básicamente porque estás cansado de tu búsqueda. Ni sabes lo que quieres oír. ¿Seguro que deseas escuchar música? No importa porque percibes que tus ojos, ahora que el matrimonio Narváez se ha marchado, pesan más que nunca y deseas y puedes cerrarlos, puesto que de momento no hay mucho más qué hacer. Sólo esperar. Consultas tu reloj. Te descalzas. Junto a una hielera, parte de tu provisión de bebida, en el tapete del copiloto, quedan tus zapatos deportivos Nike: Total 90. Te quedas dormido.

Abres los ojos. Tus ronquidos te han despertado. Tiemblas por dentro. Te angustias, experimentas miedo, una vez más en tu vida. Permaneces inmóvil. Luego te arrancas los Ray-Ban. Aún divisas algo de luz crepuscular. Los pajarillos cantan con brillo al volver a sus nidos. Hay tiempo. Siempre hay tiempo, menos cuando ya es demasiado tarde. Suena obvio, piensas, pero no lo es porque el previo paso de un estado a otro es imperceptible y sin embargo abrupto e irremediable para la conciencia en cuanto se da. Buscas más bebida. Fumas, desde luego. Te surtiste bien, eh, muchacho.

Abres los ojos. Tus ronquidos te han despertado. Tiemblas por dentro. Te angustias, experimentas miedo, una vez más en tu vida. Permaneces inmóvil. Luego te arrancas los Ray-Ban. Aún divisas algo de luz crepuscular. Los pajarillos cantan con brillo al volver a sus nidos. Hay tiempo.

Checas la hora en tu reloj. Falta poco para que salgan de la oficina. La anfitriona llegará en breve, calculas, y sus invitados no deberían tardar mucho más. En una hora y media, tal vez dos, todos estarán dentro. Buscas tus Total 90 y te calzas. Enciendes la Dodge-Durango y la conduces hasta la esquina próxima, en contrasentido a la avenida principal, y estacionas de nuevo en una calle cerrada, junto a un grueso tronco de lo que algún día fue un árbol. Desde ahí puedes mirar a la casa de los Narváez, por supuesto inadvertido. ¿Seguro? Sí, tu presencia se disimula desde aquí. Además ha anochecido y el alumbrado público es amarillento, casi inútil. Eso ayuda, ¿no? Sólo en parte, porque tampoco podrás observar con detalle los autos que irán llegando. En cualquier caso, no hay mucha necesidad. Las variables están controladas. Tú mismo las calculaste, ¿ajá?

Destapas otra lata de tequila con toronja. Volteas a los asientos traseros de la camioneta, tomas un pequeño maletín de piel y extraes tu laptop. La enciendes, es diminuta, de última generación, aunque ello no impide que el volante la estorbe un poco al apoyarla, y relees uno de los relatos que has trabajado últimamente. No lo terminas aún de escribir. Tienes tres finales tentativos, pero no has optado por uno concreto, pues te atrae la idea de mezclarlos en una cuarta opción más impactante y acorde a tu estética existencial: los ciclos

de la vida en realidad no terminan al cerrarlos, sino al dinamitarlos. Concluir es cortar, romper, destruir, exterminar.

Te has vuelto un radical, eh, pinche Beli.

Mientras la luz difusa de la pantalla baña tu rostro desfigurado en la semioscuridad interior de la Dodge-Durango, por los altavoces suena el hit más reciente de David Guetta. Continúas haciendo tiempo, sin descuidar tu acecho, hasta que llegan los dos primeros autos.

Uno se estaciona en el lugar que ocupó tu camioneta durante el día y el otro traza una curva, en un sentido primero, y después, abruptamente, en el contrario. Desde tu esquinado punto de visión parece que el cofre del segundo coche penetra la pared y es tragado por la línea que forman las fachadas continuas de las casas, que en realidad son sólo tres más. Es ella, lo sabes y lo sientes. Imaginas cómo ha pulsado el mando a distancia y se abrió el portón para entrar enseguida en el garage. Cuando la miras aparecer y, sobre la banqueta, recibir con señas y gestos exagerados a la pareja que apenas atraviesa la calle, como si estuvieran en un concurso de expresión amistosa que ganará el más histriónico, eres golpeado por un relámpago de coraje porque compruebas que te ha mentido. ¿Ya ves que es una pajarraca inventacuentos? ¿Cuántas veces te habrá engañado, Beli?

Percibes de pronto a un tipo de silueta amplia y movimientos pesados que se une al grupo. La está abrazando por la espalda, puta con tu amiguita: ¿no?, ella se deja, incluso corresponde acariciándole las manos, y luego los cuatro deciden entrar, por fin, en la casa.

Apagas la laptop, la devuelves al maletín que arrojas a los asientos traseros y bajas de la Dodge-Durango. Hace frío, el cielo está nuboso, un solo extremo de luna se deja ver, amoratado. Tienes las piernas algo entumidas. Haces ejercicios para estirarlas. El viento fresco denuncia lluvia en los alrededores. Fumas. Recargas los codos en el capó luego de extraer de un clip que llevas montado en el cinturón tu teléfono celular. ¿Estás enojado? Le envías un mensaje de texto para comprobar hasta dónde sostiene su dicho.

hola, fáti
supongo q llegaste a la boda
fuiste a la misa? ojalá no te
aburras mucho
todo dependerá de q tanto alcohol
corre en la fiesta, no?
sorry, sé q la novia es tu prima
pero siempre es lo mismo: de la
bala y la víbora a payaso de
rodeo: fuck
sabes que me gustaría estar
contigo, verdad?
si llegas temprano el domingo,
nos vemos, va?,
hace días que no te veo y te
extraño,
salu2 a tus papás
ileb

Pones el celular de nuevo en el clip. Casi sonríes por la astucia del mensaje enviado, cuando otro coche se aproxima. Alerta. La luz de los faros hieren por un momento tus ojos. Inquieto, no deseas llamar la atención a estas alturas, te acuclillas para ocultarte. Tu mano derecha se sostiene del parachoques de la camioneta. Ahí, agachado, es fácil oler el suelo, las pequeñas hierbas que crecen entre las piedras y la tierra y los fluidos típicos de un motor. Te mareas de nuevo. Cierras los párpados, y respiras hondo, esperando que pase. Cuando pasa, escuchas tu estómago que cruje. ¿A qué hora comenzó a arder? ¿Desde cuándo no tragas nada? Es necesario que tu mano izquierda te ayude, se apoya en el suelo, para mantener el equilibrio. Tu celular vibra, y te produce cosquillas en la cintura, una vez. Es un mensaje de texto. ¿Ya te respondió la pendeja? Vaya, qué veloz. Quieres leerlo, pero antes debes echar un vistazo al coche que se aproximaba. Compruebas entonces que se trató de una falsa alarma. Es un vecino, de los escasos que hay en esta colonia. En todo el día sólo has visto tres o cuatro. La zona es exclusiva.

© Lewis Baltz

Te levantas. Fátima ya está adentro de su casa y no puede verte. Quien sí lo haga no te conocerá, así que adoptas mayor soltura en tus movimientos. Se despierta un deseo acumulado de orinar. Te diriges al tronco, estriado y varicoso, bajas el cierre de tus bluejeans, escarbas entre tu bóxer y extraes tu verga. Con ella en la mano, con un pequeño arroyuelo que se abre camino y bifurca entre tus pies, piensas en Fátima y en lo cabrona que en realidad puede ser. El golpeteo de tu chorro en el viejo árbol y en la tierra que aún aprisiona sus raíces, el vapor ligero que se eleva hasta tu rostro, te brinda una inesperada sensación de seguridad. Te vacías.

Devuelves con cuidado la verga a su nido. Acomodas tu ropa, de modo que la playera quede bien fajada y no estorbe en el vientre. En eso llega otro automóvil, cuyos tripulantes descienden, se colocan alguna prenda para el frío, y entran en la casa de los Narváez. No prestas ya demasiada atención. Te da un poco lo mismo. Al final nada podría ser muy distinto. ¿Al final? ¿Qué sabes tú del final? No estamos en una de tus novelas, Beli, no lo olvides. ¿O sí? Enciendes otro cigarrillo. Te sabe más rico que los anteriores. Miras tu celular.

Hola, Beli.
Llegamos, sí, comimos algo en el
hotel, nos bañamos y córrele a la
iglesia.
La boda no está mal, ni bien,
pero era un compromiso familiar.
Qué pena que no estés aquí. El
salón es bonito y el menú te
fascinaría.
Habríamos bailado, lástima.
Oficialmente el baile no ha
empezado, será hasta la
medianoche, luego de la cena.
Saludaría a mis papás de tu
parte, pero se me perdieron,
entre tanta familia.
Lo haré si los encuentro.
Te mando mensaje o te llamo el
domingo, o
para no estar con prisa lo
dejamos para el próximo fin de
semana, ¿va?
cuídate.
Fati.

Mierda, mierda. Te cree un pendejo, ¿viste? Guardas el celular y das una última fumada, profunda, al cigarrillo y lo arrojas, con desprecio. Buscas en la camioneta más bebida, vacías un poco de agua de la hielera sobre tus manos para lavarlas, no sabes muy bien cómo reaccionar. La pendejeas, desde luego. No sólo te miente, reflexionas, sino que aún en sus mentiras no tiene tiempo para verte sino hasta, y en eso no hay nada seguro, el próximo fin de semana. Como que ya se cotiza demasiado, ¿pues quién se cree? Ahora, piensas, resulta que tienes que esperar cita. ¿Tú, conseguir hora con ella? Sólo tiene disposición para lo que se relaciona con su trabajo, meditas mientras te refrescas la cara: el agua helada te estremece, ligeramente. Con la oficina, de la que tú no eres parte. Lo sabes de sobra, y que ella lo subraye a cada rato te saca de quicio, ¿a poco no? ¿En qué momento permitiste que comenzara a tratarte así?, Beli, no mames, eso no va para ti. Reacomodas tu cabello. ¿Cómo se atreve, la hija de la chingada?

Bebes, te colocas otro cigarro en la boca, buscas en tu bolsillo el encendedor y cuando vas a prenderlo una gota de lluvia, que inicia, lo moja y frustra tu intento de fumar. Lo destrozas: el papel se desprende, cae el tabaco, la colilla se mantiene entre tus labios sujeta con los dientes. La escupes al buscar refugio en la Dodge-Durango.

En pocos minutos la tormenta es brutal. El cielo relampaguea. Esperas, oyes algo de música, pero el golpeo, graniza, sobre el techo te raspa los nervios. Fumas. No distingues el exterior por el parabrisas. ¿Esta tempestad podría ser el clima de tu alma, Beli? Los vidrios de la camioneta se empañan. Aguardas, echando de vez en cuando una mirada a tu reloj. Vamos, sé que necesitas algo más, por mí ni te fijes. De la guantera sacas una cartera y de ella un sobre con una grapa. La picas, preparas una línea blanca sobre un pequeño espejo que igual acarreas junto a los documentos de la Dodge-Durango, y esnifas.

En la ventanilla escribes, sin prestar demasiada atención, con tu índice izquierdo. La palabra, casi escurrida, es: “Perra”. Estás impaciente. El tiempo pasa, ¿no será demasiado tarde? Enciendes el motor. Pones el aire y los limpiadores. Esperas una visibilidad mínima y arrancas.

Te detienes sobre la banqueta, de frente al portón de los Narváez, como si fueras a introducir la camioneta en el garage. Los faros iluminan el portón con tanta intensidad que en este instante podrían representar el furor de tus ojos. Terminas de un sorbo la lata de tequila con toronja. Te mareas, poco. Apagas todo, desconectas el iPod y lo llevas contigo, igual que otra cajetilla de Marlboro-Blue. Bajas del vehículo. Sientes el agua fría en tu espalda: no es desagradable, pero la evitarías, si pudieras, en tu camino a la parte trasera de la Dodge-Durango. La playera se pega a tu piel, el granizo arde al golpearte. Abres la puerta-cajuela, que te sirve de refugio temporal, que aprovechas para contemplar el panorama. Coches nuevos llegaron. Miras la hora, de nuevo. Todos deben estar ya dentro, estimas.

Acomodas el iPod en el bolsillo de tu pantalón, le conectas los audífonos y te pasas el cable por el pecho, debajo de la playera. Pruebas el sonido. Te convence. Localizas el Movimiento 1 de Mythodea de Vangelis, que te inyectas a volumen alto. Ésta no es una misión a Marte, pero de alguna manera es tu misión, Beli. El viento combinado con el agua que escurres te provoca algo de frío. Alcanzas una chaqueta tipo cazadora que al ponértela te cubre perfectamente la Pietro Beretta 90two que colocas, detrás, en tu cintura, luego de revisar su cargador de doble fila. Tienes 15 disparos de 9 milímetros, muchacho. Llevas ventaja. Pequeña, si así quieres verlo, pero algo es mejor que nada.

Cierras la puerta-cajuela y te diriges a la casa. Distingues, algo más arriba de una de las esquinas superiores del portón, el cable telefónico que ubicaste en detalle desde la tarde. Trepas hasta ponerte en pie sobre el cofre de la Dodge-Durango. Tienes cuidado para no resbalar, pero estás decidido. Llevas cierto lapso sin pensar lo que actúas. Simplemente ejecutas la acción, como si fueras uno de tus personajes de ficción que realizan aquello que les comunicas a través del teclado. Extraes una navaja automática de una funda, sostenida en tu cinturón al otro lado del clip de tu teléfono celular. Accionas el mecanismo y encaminas la hoja de acero, estiras el brazo, te pones de puntillas, para rajar en un solo movimiento el hilo, lo que deja sin teléfono la casa de los Narváez, al margen de que hayan pagado su factura o no.

La hoja de acero vuelve a la cavidad del mango, la navaja regresa a la funda en tu cinturón y tú pones, de nuevo, de un salto, tus Total 90 sobre el piso. La lluvia es intensa, su frenesí te parece demoledor. Una diminuta puerta, en forma de nicho, a la izquierda del portón, es la entrada principal. Tocas el timbre, una, dos veces. Escurres, pero permaneces inmóvil. Abres la boca y tu lengua, amarga, prueba el sabor de la lluvia. Es bueno. ¿Por qué tarda tanto esa perra en abrir? Llama de nuevo. Llamas.

Un tipo espigado, moreno y corvo, con traje verde oliva y corbata floja, quedándose prematuramente calvo, de nariz de tabique desviado, que acarrea un vaso de unicel en la mano entre cuyos dedos sostiene un cigarro casi consumido, abre la puerta y te suelta su hornazo alcohólico. Algo dice. No le escuchas. Desconectas los audífonos de tus oídos, y los echas sobre tus hombros. La música del iPod te llega como un rumor que contrapuntea la escandalera que proviene de la casa.

—Vengo retrasado, ojalá no demasiado tarde.

—Nunca es demasiado tarde, compadre. La noche es joven, apenas entramos en calor.

—Supongo.

—Pásale. Y sécate. Pídele una toalla a Fátima.

Atraviesan un pasillo decorado con macetas, baldosas y paredes rojo quemado, que conecta hacia una estancia principal y se bifurca hacia una especie de corredor que seguramente conduce al garage. Un farol, que cuelga a regular altura, ilumina en un extremo y bajo él, clavado a la pared, un letrero de cerámica anuncia: “Bienvenido, mi casa es tu casa”. El rótulo, de algún modo, te parece una licencia. Quizá como la invitación de ingreso que no debería extendérsele a un vampiro, según el mito, si se le quiere mantener fuera de una morada. Ya estás dentro, en todo caso. El tipo larguirucho dice, arrastra las palabras, que aprovechará para ir al baño.

—¿Te encargo mi cuba, viejito?

Le recibes el vaso de unicel, con desprecio que su borrachera le impide percibir, pues como en efecto deseas quitártelo de encima pagas el precio de que se largue. Él se marcha por el corredor, zigzaguea, de espaldas te parece más jorobado, y de inmediato arrojas su trago sobre una planta a la que poco le falta, por su aspecto, para ser carnívora.

De la estancia llega música psycho. El acento rítmico aguijonea tu pulso. Te detienes en el umbral. Humedeces el piso, estás como emergido de una piscina. Nadie nota tu presencia. Bailan, cuentas. Son nueve. Más el jorobado y Fátima, que va saliendo del fondo, probablemente de la cocina, con una charola y unos bocadillos en ella, once. Qué servicial se ha vuelto: nunca lo fue tan así contigo, ¿o sí?

En la ventanilla escribes, sin prestar demasiada atención, con tu índice izquierdo. La palabra, casi escurrida, es: “Perra”. Estás impaciente. El tiempo pasa, ¿no será demasiado tarde? Enciendes el motor. Pones el aire y los limpiadores. Esperas una visibilidad mínima y arrancas.

Ella se siente observada y busca la fuente que la mira. Estás serio, firme. Te localiza. Duda. Ya no. Identifica, la luz es difusa, en tonos amarillentos con zonas negruscas, que sí eres tú. ¿Te sorprendes o qué, pendeja? En su semblante captas un pequeño sobresalto. Se miran por un instante eterno. Baja la mirada, no resiste la tuya. Camina hasta una mesa, arrinconada como otros muebles de la sala para abrir campo a la improvisada pista de baile, y deposita ahí la charola. Un tipo se le acerca y le besa el cuello, por detrás. Intenta cachondearla. Es el mismo de la silueta robusta que la abrazó a media calle. ¿Cómo sabes, si no lo viste bien allá fuera? Lo sabes, hay cosas de las que uno está más que seguro. Los celos, que te emponzoñan al instante, comienzan a nublarte la conciencia. Aguanta. Aguanta un poco. Respira hondo y chíngate un cigarro.

Fátima, incómoda, le dice algo. El tipo, que debe sacarle mínimo unos 15 años en edad, se ha quitado el saco, anda con una camisa clara fajada perfectamente al pantalón ajustado del traje gris que lo hace ver con nalgas amplias y levantadas igual que barrigón, la suelta y aplaude dos, tres veces con mucha onda, al ritmo de la música. También canta o, por el círculo que hace su boca, aúlla. Y baila, solo. Putas que está eufórico: a ver cuánto le dura al muy cabrón. Ella, cruza entre unas parejas que más que moverse se agasajan, viene hacia ti.

Le tiras una bocanada de humo sobre la cara y te dejas el cigarro entre los labios mientras te echas el pelo hacia atrás, recorriendo el agua hacia la nuca. La miras hacia abajo. Eres más alto que ella. Pero lo mismo la ves en menos. Sacudes el exceso acuoso de tus manos. Ella no sabe si saludarte o no. Reconoces cierta lividez, típica en ella cuando sufre confusión, cuando se descontrola o ruboriza, dibujándole unas espantosas ojeras que a ti siempre te ha parecido que la delatan. ¿En todo caso? En todo caso.

Quieres decirle tantas cosas que no puedes decirle nada. Ya qué se puede o debe decir, si te mintió, si organizó una reunión con sus amigos del trabajo, excluyéndote de su vida cuando tú le compartiste siempre lo más valioso para ti, que no es mucho a decir verdad, si ahí está dejándose besuquear por un tipo viejo de nalgas paradas y vientre chelero, ¿no sería demasiado tarde? Mejor déjate de romanticismos, muchacho, esto es la posmodernidad. ¿En verdad deseas decirle algo a esta recabrona?

—Perdón, Beli.

La puta música te impide escucharla con claridad. Sales hacia el pasillo. La tomas del antebrazo izquierdo, sin violencia pero con firmeza, para que te siga.

—¿Perdón qué?

La sueltas contra la pared. Su espalda se golpea con la brusquedad.

—No quería…

—Ya. No querías, pero lo hiciste, eso es lo que pesa. ¿Mega tus quince-años?

—Beli, te quiero mucho, es decir, valoro mucho tu amistad. Pero también mi vida son otras cosas y nunca lo has entendido.

—Vale. Te parezco un pendejo, entonces, y te crees con licencia para mentirme.

—No, no dije eso. Es sólo que tú y yo sólo podemos ser amigos. Nos conocemos demasiado. No quiero perderte como amigo por algo mundano que siempre has sabido que no podría funcionar.

—Ya. Pues hace mucho que me perdiste, ¿captas? Desde que entraste a trabajar en ese chingado corporativo transnacional, cambiaste. Y para mal. Pa-ra-mal, ¿te cae el veinte? Desmadraste nueve años compartidos entre nosotros.

—Respeto tu visión, pero no creo que sea así. Es un trabajo, como cualquier otro, y debo procurarlo. Igual tú has cambiado. A veces ya no te reconozco, en ratos eres otro. Supongo que pasamos a otra etapa, no más. Son los ciclos de la vida.

Por un instante quedas en blanco. Es como si reflexionaras algo muy profundo y lejos de aquí. Fátima busca interpretar ese viaje de tu ser clavando su mirada en tus ojos. Pero en ellos nada encuentra. O quizá sí. Tal vez, topa con un iceberg solitario que le intimida, impidiéndole ir más allá en su pesquisa. Vuelves de adentro y hablas, casi a ti mismo.

—Sabes lo que pienso de los ciclos, ¿no?

—Sí. Es decir no, sin embargo deben cerrarse para crecer. Ya no estamos en la escuela, Beli. Ahí nos conocimos, pero hemos crecido, cada quien por su lado. A ti te gusta escribir, y tienes tus libros que te cambiaron por dentro. Yo hago otras cosas, que me llenan.

Se llena sin ti, definitivamente. Le importas nada. Y la idiotita, intuye, cree que sabe algo de mí. Si toleras ser un X en su vida, yo no. Jamás. En sus palabras notas algo de indiferencia, como si hablara de algo, sólo porque estás frente a ella, que en el fondo le da lo mismo. Su actitud no te sigue, y hasta podrías decir: estamos los dos, es decir yo solo. ¿Tú solo?

—Se te hace muy fácil entender eso de que me gusta escribir, ¿cierto? Pues no es tan sencillo de comprender. Yo mismo no lo entiendo, pero no se trata de un puto gusto como el que seguro tienes por el panzón ése que te estaba cachondeando.

—Tampoco te voy a permitir que me faltes al respeto. Finalmente es mi vida.

Por el cerdo oficinista sí se prende, eh. ¿Checas nada más? En tu interior comenzó un sismo. Esa trepidación generó las primeras cuarteadoras, que ahora se están convirtiendo en grietas que supuran dolor indefinido pero heavy en todo tu ser.

—Ni tú ni tus amigos son nadie para permitirme que haga lo que más quiera. Métete eso en la pinche cabeza, si es que no te la has estropeado en la oficina.

—Beli, por favor, vete, no es el momento para hablar.

—Lo sé, es demasiado tarde. No habrá más momentos para hablar. Todo se acabó.

—Pues si ésa es tu decisión, adelante.

—Ya. ¿Te vale madres que todo termine?

Yo te lo dije desde hace tiempo.

—No, no me vale madres, pero ¿qué quieres que haga? ¿Que me tire al piso y llore?

Estás a punto de reventarle un puñetazo en la cara, cuando se aparece el tipo de la silueta robusta. Te mira, te barre, de arriba abajo. Se percibe fascinado al demostrar un aire de prepotencia bluff.

—¿Qué onda, amor, quién es este güey?

© Jean-Loup Sieff

Ahora, escuchas su voz con el inconfundible acento afresado de todo mamón aspiracionista, lo distingues bien. Es un tipo alto y con peinado fashion, alborotado, con flequillo tipo Yu-Gi-Oh!, pelirrojo. Fátima le llega por encima del pecho, la camisa abierta de los tres primeros botones lo deja ver: lleno de pelos, negros la mayor parte, canosos algunos, y con una gruesa medalla de oro encima, pendiendo de un torzal que se adivina carísimo. Es decir, te sacará unos diez centímetros, y es fornido, hará pesas. Al lado del cuerpo ligero, anoréxico, discreto y casi adolescente de Fátima, es un toro. La idea de imaginarlo cogiéndosela taladra tu mente. La imaginas también arrodillada, haciéndole un acaramelado guagüis. No soportas la imagen. ¿Quién se siente esté metrosexual de tercer mundo para güeyearte, Beli?

—Es un amigo, Belisario Guillén, es decir Beli…

—Este güey es tu mero padre, pendejo, ¿algún problema?

—A mí no me hablas así, pinche chamaquito payaso, ni te imaginas quién soy yo. Así que bájale de huevos o te enseño a respetarme, fachoso.

—La onda no es contigo, macho, así que chinga tu madre.

Le arrojas la colilla de tu cigarro a la cara, con buenos reflejos, cuando se te viene encima, Fátima, con angustia, le grita a Jaramillo que se calme, y le tiras una patada de lado, al estómago, de las que aprendiste desde niño en el taekwondo, en los tiempos en que tu cuerpo, mente y espíritu se mantenían en una síntesis armónica. Puta: tiempos perdidos para siempre, muchacho. Jaramillo se va de sentón contra una maceta, pero no cae al piso. Fátima, en un movimiento confuso, lo consuela o lo levanta o trata de persuadirlo de que no continúe la pelea. Lo trata de Jaras, de cariño no más, supones. A ti solía decirte Beli o Sándwich de queso. Puta: tiempos perdidos para siempre, muchacho: ya cámbiale. Ponle stop a tus recuerdos. Si te descuidas, la nostalgia siempre termina apretándote los huevos, aunque no los tengas. O quizá por ello.

Tú has sacado la navaja, por si acaso, y lo apuntas aunque la hoja de acero permanece oculta. Él se queda atrás del cuerpo de Fátima, en un acto que te parece harto cobarde, y habla.

—¿Qué te pasa loco?, no mames.

—Beli, ya, por Dios, guarda eso. Vete, vete ya. Por favor.

Los gritos de Fátima llegaron a los demás invitados, quienes primero bajan el decibelaje de la música y luego acuden en manada para ver qué sucede. Miran el mango de la navaja entre tu mano y comprenden la situación. O eso creen, al menos.

Un tipo igual trajeado, con el cuerpo estilo Tribilín y corte de cabello a lo Príncipe valiente, pregunta a Jaras si está bien, comprueba que sí, y con agresividad resumida en el rostro da los pasos necesarios para ponerse en distancia de tirarte un derechazo. Tú actúas rápido. El combo lo das casi por reflejo: con la muñeca izquierda atajas su golpe, lo abres lo suficiente para que te pase de lado, junto al rostro. Tribilín se desestabiliza. Tu pulgar derecho activa el mecanismo de la navaja y con firmeza y precisión, acaso de neurocirujano, se la entierras en la garganta. Al fondo. Mientras los demás exclaman la primera vocal, retraes el puño, con furia, procurando rajar lo más posible al extraer el arma. A Tribilín parece que se le saldrán los ojos, que no dejan de mirarte, aterrorizados. No lo puede creer. Un chorro de sangre, como una meada urgente, brota haciendo un pequeño arco. El letrero de “Bienvenido, mi casa es tu casa”, se vuelve ininteligible. Se pinta muy rápido de rojo. Tribilín, no tarda en desplomarse, intenta sujetarse de las solapas de tu cazadora. Le viene una arcada, arrójalo ya. Te lo quitas de encima, justo antes de que lance una bocanada sanguinolenta. La música desde tus audífonos, en un momento al que pareciera que alguien puso pausa, se escucha con nitidez suficiente para que reconozcas, igual que todos los demás a Avril Lavigne interpretando su aportación al soundtrack de Alice. Descongelas la imagen. Antes de guardarla, sacudes un tanto la navaja para quitar los excesos de sangre en ella y limpias la hoja en la hombrera del saco de Tribilín, quien finalmente se derrumba. Se escuchan, entonces, gritos de histeria.

—Fer, Fer.

Un par de chicas, una de ellas con tetas enormes: como de concurso, rebotando en una blusa blanca de lycra, se acercan al cuerpo, ya casi sin vida, de Tribilín, alias Fer: típico nombre de oficinista, ¿no crees?, y tratan de auxiliarlo entre llantos desconcertados.

—¿Qué hiciste, cabrón?

—Pinche loco.

—Pidan una ambulancia, rápido, el Fer se está muriendo.

Jaramillo saca su celular y se dispone a marcarlo.

—Mala idea, Jaramillo. Guarda ese teléfono.

—Estás bien pendejo, me cae. Voy a llamarle a una ambulancia.

—Dije que guardes el teléfono. Ahora.

Jaramillo no obedece. Te desafía el muy cabrón, ¿cierto? Fátima, que ha permanecido mirándote como si presenciara una horrenda película que no es para la que ha comprado boleto, intenta escabullirse al interior de la estancia. En ello es seguida por dos o tres de sus compañeros. Eso no está bien, Beli. Un grupito ha tomado la decisión, se nota aunque no digan nada, de ir en tu contra. Te quieren despellejar, muchacho. ¿Lo vas a permitir? Captas que la situación se puede salir de tu control.

—Quiero que todos se callen y permanezcan inmóviles.

Escuchas tu voz en volumen medio, pero con suficiente mando para que todos, esta vez sí, acaten tus órdenes. O quizá ese poder no emane necesariamente de tu voz, sino de la Pietro Beretta 90two que empuñas contra el techo. Luce preciosa en tu mano, muchacho. Que sepan quién manda aquí, aquí no estamos en la oficina. El mundo no es una puta oficina.

Los gritos de Fátima llegaron a los demás invitados, quienes primero bajan el decibelaje de la música y luego acuden en manada para ver qué sucede. Miran el mango de la navaja entre tu mano y comprenden la situación. O eso creen, al menos.

Tú igual permaneces estático. ¿Te fuiste? Entiendes que aquí gobierna tu imaginación. Es la realidad pero tienes los controles, como en uno de tus relatos. Como escritor experimentas la tentación de poner punto final. Comienzas a dispararles. El primero en caer, luego de Tribilín, es el tipo espigado y corvo que te abrió la puerta. Apenas regresaba del baño, cayó sin saber lo que ocurría. Estás en una distancia óptima que te permite apuntar bien a los cuerpos que se enroscan en sí mismos, tratando de cubrirse. Todo se vuelve confusión, incluso para ti. Empezando por ti, dirás. Estimas que alguien sí pudo marcar su celular, así que te das prisa. Han caído nueve. Dejas a Fátima y a Jaramillo, a quien accidentalmente ya la pegaste un tiro en la pierna, al final.

Ella entró en shock. Te mira en silencio, con semblante perdido. O quizá reflexiona para descubrir quién eres en realidad. ¿Te subestimó: ése será su pensamiento? Él aúlla e implora. Se ha refugiado, de nuevo, en los brazos de Fátima. Quizá la quiere de verdad. Y ella a él. Lástima. Tú igual la querías y nadie se compadeció de tus sentimientos. Aunque está prohibido provocar lástimas, ¿estamos? Además, ésta no es una historia de amor, Beli, tú nunca podrías protagonizar una. Sabes que eres raro, ¿no? Incompatible, inestable, loco.

Si eres sincero, no esperabas que todo esto ocurriera así. Pensaste que encontrarías la forma de unirte a la fiesta, luego de que le causaras a Fátima la sorpresa de aparecer en su casa. Te habrías sentado, quizá, en uno de los sofás, con un vaso de vodka entre las manos, para verla bailar de a cajón de cerveza con Jaramillo. Te lo habría presentado irremediablemente. Sentirías una cierta melancolía por asumir aquello que jamás vivirás con ella y que en cambio sí disfruta con Jaramillo con la única explicación de que así sucede, así es la vida. Hubiera llegado el momento, sin duda, en que dispararías sobre algún altavoz o, tal vez, directamente sobre el aparato de sonido. O más seguramente habrías cambiado la música de repente, enchufando tu iPod para reproducir su contenido y les darías lecciones de géneros musicales mientras ellos miraban, obnubilados, tu Beretta 90two. No era tan aventurado suponer que los habrías hecho bailar a tu ritmo. Cantarían bajo tus órdenes. Los habrías obligado a colocar sus celulares en una cubeta con alcohol, la del ponche sería perfecta, a la que con una cerilla le prenderías fuego. Un fuego azul, casi transparente que iría sacando un humor negro, como el destino de todo hombre en la Tierra. De seguro, alguno habría intentado levantar el teléfono para pedir ayuda, y al comprobar el corte de la línea voltearía a verte y tú reirías, complacido de tu previsión y te lo cargarías de un tiro. A Jaramillo le hubieras preguntado tres razones para no reventarle los sesos. Habrías visto, como ves ahora, su arillo de matrimonio en el dedo anular de su mano izquierda y te llenarías de rabia. Como Ahora. Casado, el perro cabrón. Fátima anda con un casado y lo sabe. ¿En verdad te sorprende? ¿No lo sabías? ¿Pues qué esperabas, muchacho?

Te acercas a Jaramillo y le pides tres razones para que no le destapes la cabeza. Él, adolorido, te observa sin comprender.

—Dame tres razones por las que habría de dejarte vivir, hijo de puta. Rápido o te mueres, cabrón.

Fátima te dirige una mirada de rencor. Tus ojos se clavan en los de ella. Le escurren algunas lágrimas de furia, mezcladas con rímel, que te duelen porque lógicamente habría querido disfrutar de su fiesta, con su Jaramillo, sin tener que recibir tu visita.

—Soy un tipo muy importante para mi empresa. De mí dependen muchos negocios y fuentes de empleo. Hay gente que me necesita.

Jaramillo casi llora. O llora.

—¿Tu empresa? Qué iluso eres. Nunca será tuya. Hagas lo que hagas, eres uno más en el corporativo. Mientras sirvas, ahí estarás. Cuando dejes de ser útil, te mandarán a la verga. En todo caso, tu empresa y sus negocios me importan poco y nada. Igual te mato.

—No, por piedad. Tengo dos hijas y una mujer. Soy todo lo que tienen.

—Casado, Fátima. Qué hipócrita eres. Tan santurrona que te vendías.

—Así lo quiero, lo querría mil veces por encima de ti, aun si estuviera casado mil veces y tuviera mil hijos.

—Vaya, te obsesiona el número mil. Qué pena que me estimes tan poco. En el fondo da lo mismo que sea casado o no. Lejos estoy de ser guardián de la moralidad.

Jaramillo ha dado dos razones que no te convencen. Permanece agachado, apretándose la herida. De pronto, alza el rostro, iluminado, y habla y, quizá, puede decirse que firma su sentencia.

—Amo a Fátima, la adoro, y ella a mí. Queremos estar juntos y ser felices.

Eso no lo dudas. Es mejor que te vayas. Esto no es una historia de amor, Beli, ya te digo, ni tu proceder un arranque de celos. No rebajes esta historia a una expresión romántica y manida. Lo tuyo es incompatibilidad, cuestión de matices y conjuntos. ¿Recuerdas ese cuento?: tú mismo contactaste al autor, porque te identificaste al leerlo, hace un par de años.

Disparas. Vacías, finalmente, el cargador de tu Beretta 90two. Miras por última vez a Fátima y emprendes la retirada.

Afuera sigue lloviendo. Parece que la tormenta no tendrá fin. El agua al golpear el suelo te parece de una relajada tristeza. Te enchufas los audífonos. Subes a tu Dodge-Durango. El interior está helado. Escuchas a Depeche Mode interpretar Wrong. Enciendes un cigarro, te pones en marcha y, mientras te pierdes entre calles que salpican oscuridad, asumes que habrías querido decirle a Fátima que la quieres. Pero sabes, igual, que ya es demasiado tarde para ello. De alguna manera acabas de quemar muchas naves. Entre la lluvia que cubre tu camioneta no alcanzas a distinguir cuántas. Y ya no te interesa saberlo. ®

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Publicado en: Abril 2011, Narrativa


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