Desde y hacia el exilio

Digo yo. Ensayos y notas, de Tomás Segovia

Poeta, traductor del inglés y el francés, además de ensayista, preparó al final de sus días este valioso volumen de ensayos que cierra con algunas de las numerosas entrevistas realizadas que quiso recoger en calidad de testimonio así como los discursos públicos de recepción de ciertos premios.

Es arriesgado aunque posible aventurar que Digo yo. Ensayos y notas [FCE, 2011] fue acaso el último libro aparecido en vida de Tomás Segovia (1927-2011). Es difícil aseverar tal cosa (la editorial valenciana Pre-Textos sacó ese mismo año un volumen de poemas suyos intitulado Estuarios), en su calidad de académico y de poeta laureado con importantes reconocimientos, el autor era publicado y leído cada vez con más asiduidad, cosa que él nunca pensó llegaría a ver. Las ediciones que él mismo hacía en El Taller del Poeta, libros caseros, subversivos, ejercicios tipográficos en computadora y fotocopias, innovadores en cuanto a la venta y distribución, provistos de un anticopyright que autorizaba a cualquiera reproducir, estampar y difundir la obra del poeta, una suerte de boicot contra los grandes consorcios editoriales. Ya este solo hecho, para aquellos que no conocieron o escucharon de viva voz a Tomás Segovia, les revelará mucho de su singular personalidad. El poeta no aceptaba como dogma inamovible el tema de los derechos de autor, ante el cual se mostraba un tanto escéptico, ni mucho menos la omnipotencia de las compañías editoras con sus volúmenes estratosféricos de venta. Tomás Segovia trató de desmarcarse de grupos, posturas y doctrinas. Auténtico Einzelgänger, marchó por esos extraños derroteros a ambas orillas del Atlántico, donde le tocó en suerte nacer, crecer y pendular. A partir de 1985, antes lo había hecho con París, primera estación de su exilio, osciló entre Madrid y la Ciudad de México. Poeta, traductor del inglés y el francés, además de ensayista, preparó al final de sus días este valioso volumen de ensayos que cierra con algunas de las numerosas entrevistas realizadas que quiso recoger en calidad de testimonio así como los discursos públicos de recepción de ciertos premios (Octavio Paz 2000, Juan Rulfo 2005 y Federico García Lorca 2009). Como quien dice, su último adiós en una de las mejores, más espontáneas, amenas y bien hilvanadas prosas que es posible encontrar en los últimos años. La impronta de José Ortega y Gasset y Miguel de Unamuno está ahí, aunque también la enseñanza filológica de Raymundo Lida y conceptos esenciales del estructuralismo, el pensamiento posmoderno, lingüística, filosofía política, antropología cultural y sociología. Sorprende la vastedad en profundidad, es decir, la síntesis, llevada a cabo por un hombre que se formó en varias instituciones mexicanas como la Universidad Nacional, el Colegio de México y el Fondo de Cultura.

Ensayos sobre poetas afines o amigos, el exilio y la reflexión frente el reconocimiento público de su obra —las entrevistas vienen en cuarto lugar e insistirán sobre los dos rubros anteriores— integran los temas fundamentales del libro, un volumen relativamente esbelto, pero sumamente denso por los matices de la lengua y los conceptos de la tradición humanística que se ponen en juego en el discurso. Miguel de Cervantes (con la previa aclaración del autor de no ser cervantista), Manuel Altolaguirre, Ramón Gaya, Gilberto Owen, Juan Gil-Albert, Eugenio de Montejo y Juan Ramón Jiménez, citando de paso a Rimbaud, Valéry, Wittgenstein y Shakespeare, entre otros, son los autores que componen la parte más especializada, en tanto que filólogo y poeta, puede decirse medular de este libro. Las referencias más orientadas hacia España que hacia México dan cuenta de la filiación cultural, identidad nacional e incluso el oficio concreto de Tomás Segovia, quien tenía una marcada predilección por los autores del pasado, ya sea remoto como los clásicos, o bien inmediato, los poetas de la Generación del Veintisiete como Emilio Prados y José Bergamín, quienes leyeron sus primeras tentativas líricas encontrándose en pleno exilio mexicano y lo alentaron y orientaron en sus lecturas. Por Emilio Prados y su colaboración en la antología Laurel, poesía de este y del otro lado del Atlántico, Segovia conoció a López Velarde, los Contemporáneos y más tarde Octavio Paz, con quien tuvo tratos como jefe de redacción de la revista Plural, pero de quien guardara cierta distancia cuando éste abjuró del estalinismo y abrazó sin reservas el liberalismo económico y la idea del mercado global.

A propósito de su calidad de exiliado, o más bien hijo de exiliados, una distinción que al autor parecía capital, Segovia siempre se sintió marginal y —al recibir y aceptar los premios— nunca dejó de señalar el despropósito que representan éstos, existiendo necesidades más apremiantes de la humanidad que debían subsanarse de inmediato. En realidad, Tomás Segovia nunca comulgó con la idea de que el arte tenía que ser fomentado por alguien ajeno al creador, el Estado las más de las veces. Obstinado, reaccionario, hipercrítico y siempre ajeno a los partidos, o más bien defendiendo el suyo propio, Tomás Segovia se admiraba de que los jurados de tales certámenes hubiesen decidido favorecerlo. Le gustaba pensar que tenía un puñado de lectores selectos o bien admitía abiertamente el beneficio que habían querido hacerle sus abundantes amigos.

Libro emocionado, lleno de tesis y antítesis, con sorprendentes e inesperadas síntesis, donde el oficio y el ser del poeta salen a relucir a cada paso, así como otros temas que conciernen o deberían concernir a todos los hombres por igual, relacionados con la equidad, la justicia, el reparto proporcional de los recursos y las oportunidades, criticando y condenando los abusos del poder, los excesos de la macroeconomía y las veleidades de las ideologías.

Al abordar el tema del exilio Tomás Segovia llega a señalar el peligro que entraña la idea de Estado-nación y la consiguiente emergencia de no ciudadanos, privados de ciertos derechos, si bien no de todos. El autor recuerda la famosa Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, durante la Revolución francesa, la cual dejaba en claro una coincidencia de los derechos inalienables pero también una diferencia. Los metecos, los parias, los trabajadores huéspedes en las naciones desarrolladas enfrentan cotidianamente estos problemas. La pervivencia de los judíos —antes de la fundación del Estado de Israel— y la de los gitanos son prueba de que ni una religión ni una raza deben ser conceptos que el Estado debe tomar en consideración para restringir las garantías de los sujetos de derecho. Con los exiliados del 39 en España sucedió algo singular: durante la lucha contra el fascismo era un grupo en realidad más amplio. Tomás Segovia recuerda que figuras en México como André Breton, Victor Serge (padre del pintor Vlady, mitad ruso mitad español), Louis Jouvet, Paul Westheim, Leonora Carrington, Ígor Stravinski, Trotski mismo, el compositor Darius Milhaud, estaban en el mismo caso que los españoles. Pero con el triunfo de los aliados ellos recobraron sus respectivos países mientras que España siguió sumida en la dictadura, con la anuencia de Estados Unidos, pese a las protestas internacionales interpuestas por Lázaro Cárdenas. El limbo y el olvido que debió enfrentar el exilio español es algo que el actual Estado español no ha resarcido, en parte porque pocos de los directamente afectados se hallan aún con vida, aquellos a quienes se despojó de sus posesiones, carreras y maneras de hacerse vivir. Los hijos de los exiliados heredaron en parte ese trauma —pero sólo en parte. Tomás Segovia admite que el exilio le dio oportunidad de forjarse un porvenir por sí solo, de empezar de cero, en suma de tomar en sus propias manos las riendas de lo que sería su vida.

Libro emocionado, lleno de tesis y antítesis, con sorprendentes e inesperadas síntesis, donde el oficio y el ser del poeta salen a relucir a cada paso, así como otros temas que conciernen o deberían concernir a todos los hombres por igual, relacionados con la equidad, la justicia, el reparto proporcional de los recursos y las oportunidades, criticando y condenando los abusos del poder, los excesos de la macroeconomía y las veleidades de las ideologías. Libro escrito desde el exilio, entendido como marginalidad y exclusión, y que encamina los pasos del lector siguiendo los del autor hacia un nuevo exilio, un desmarcarse, un optar por lo otro a despecho de que no resulte popular, pues no se encuentra entre los credos y las verdades que difunden y alientan los medios masivos de comunicación, parte integrante de los cuales —quizá poco notaria— es la industria editorial. Hombre poseído del espíritu del siglo XIX, en cuanto a su actitud romántica frente el destino, darle voz a los excluidos (los locos, las mujeres, los llamados pueblos primitivos), pero a la vez imbuido del espíritu del siglo XVIII, en lo que se refiere a sus posiciones a favor de la libertad, enmarcadas siempre en un contexto no racionalista pero sí tendente a la razón y la claridad conceptual, Tomás Segovia hermanaba cosas en apariencia contradictorias pero en esencia idénticas. ®

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Publicado en: Libros y autores, Noviembre 2012


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