Desventuras en el posmarxismo mexicano

Contra Contra el tiempo, de Luciano Concheiro

La superficialidad y el lugar común han dado paso al Paulo Coelho del posmarxismo mexicano; al Carlos Cuauhtémoc Sánchez de la izquierda de clase alta del circuito Condesa–Coyoacán.

Superación personal…

De algunos años para acá el tiempo se ha convertido en un objeto de estudio histórico–filosófico cada vez más institucionalizado. Ahora hay una revista académica dedicada al tema: Time and Society, publicada tres veces al año, y durante las últimas dos décadas han aparecido dos o tres decenas de libros sobre el tema. Es claro que hay una relación directa entre la creación de la temporalidad moderna y el capitalismo, y por tanto varios de los trabajos más originales sobre el tema son, precisamente, marxistas. Por eso fue una grata sorpresa el saber que el joven ensayista mexicano Luciano Concheiro había quedado finalista del premio Anagrama 2016 con su trabajo Contra el tiempo. Filosofía práctica del instante, en el que entiende la sensación de aceleración permanente como consecuencia de un turbocapitalismo sediento de cada vez más ganancias. Para el autor, la aceleración es el rasgo predominante de la época moderna, y la causante de la forma oportunista de nuestra política y la degeneración de las relaciones sociales. La solución a esto es la resistencia tangencial: el admitir que el capitalismo está para quedarse y que lo único que uno puede hacer para luchar contra la aceleración es huir, dar la espalda: degustar el instante a través del arte y el comentario inteligente. Visto así, Contra el tiempo es un ensayo ambicioso y radical: nada menos que un diagnóstico de la época que sitúe el origen de los fenómenos sociales en la forma del capitalismo contemporáneo.

“Grata sorpresa”, fue mi primera reacción. Pero aquí, como siempre, las expectativas son casi tan profundas como las decepciones. Donde se anuncia un estudio histórico–filosófico sobre el tiempo desafortunadamente uno encuentra un sofisticado tratado de superación personal.

Hay una cuestión de forma que dificulta un acercamiento crítico profundo con la obra, y que anuncia sus principales problemas: Concheiro nos advierte que el estilo es fragmentario y los capítulos son cortos. No le interesa hacer extensos argumentos porque “los gruesos libros teóricos han caducado”. Fair enough, si eso le gana más lectores. Pero la brevedad no es alibí de la superficialidad. Si el autor tiene que elegir entre una y otra, las decisiones no son inocentes.

Contra el tiempo tiene tres momentos: uno histórico, uno político y uno programático, cada uno con sus flancos débiles. Veamos.

Historia

Desde las primeras líneas Concheiro subraya la relación entre la aceleración y la dinámica del capitalismo. Lo que empezó como un intento de producir más en menos tiempo aumentando el ritmo del trabajo e introduciendo maquinaria, hoy ha transmutado en movimientos financieros cibernéticos en los que una diferencia de milisegundos puede llevar a ganar o perder millones de dólares. Detrás de esto está la misma lógica abstracta del capital.

Aquí hay un primer problema: el autor postula una relación entre tiempo y capital, pero no indaga en los orígenes de ésta. No se trata simplemente de que la sed de ganancia produzca la aceleración —económica primero, y luego en todas las esferas de la vida. Hay dos conceptos y procesos históricos que Concheiro omite completamente y que son esenciales para entender esta relación. El primero consiste en el desarrollo paralelo del capitalismo y del tiempo–reloj a partir del siglo XIV. La invención y diseminación de los relojes produce por primera vez una noción abstracta y constante del tiempo, que no depende de los ciclos naturales y humanos, y que es mucho más exacta y replicable que los relojes de arena o agua. Hay una correlación directa entre las regiones manufactureras más avanzadas y la concentración de relojes en Europa: éstos son introducidos desde los primeros años en los grandes talleres textiles en Italia, donde se usa mano de obra asalariada en gran escala. Al siguiente día de su invención, el reloj fue usado para disciplinar el trabajo.1

Así sea, pues.

Subrayémoslo: el tiempo–reloj implica por primera vez un tiempo abstracto, sobre el que los humanos pierden todo poder y que trastocará completamente la relación con el trabajo, el ocio y con la naturaleza en general. Y de este avance técnico emana el verdadero vínculo entre el capitalismo y el tiempo: la valorización del capital sólo es posible si existen medidas universales y abstractas de contabilidad. A Concheiro, que cita el Capital y a varios autores marxistas, no se le puede escapar que la categoría fundamental, la que iguala a todas las mercancías entre sí y permite su intercambio es la de tiempo de trabajo socialmente necesario. Sin la posibilidad técnica del tiempo–reloj, y sin la expansión social del tiempo homogéneo y abstracto, simplemente no hay capitalismo.

A su vez, esta conjunción de desarrollos técnicos y económicos produce una paradoja: a la vez que cuantificamos y entendemos mejor que nunca el tiempo, y hemos inventado conceptos como los nanosegundos, el tiempo se nos escapa; nos es ajeno e incontrolable. El capitalismo ha alienado el tiempo humano.

Es una lástima que todo esto esté ausente de Contra el tiempo. Ignorar a autores como Norbert Elias o Barbara Adam es un acto valiente de amateurismo que sale caro: es como hablar del boom latinoamericano y no mencionar a García Márquez. La relación capital–tiempo, que a veces Concheiro presenta como su principal aporte teórico, es postulada en términos demasiado generales y con un cierto materialismo crudo, a–histórico. No había que inventar la bicicleta.

Política

Después de esta primera parte del ensayo, que es por mucho la mejor, Contra el tiempo pasa a analizar las consecuencias sociales de la aceleración. Toda descripción de un zeitgeist está condenada a excluir algunas cosas, y el problema de Concheiro radica en que su diagnóstico de la política sigue las teorías convencionales sobre la globalización, con las temáticas gastadas del debilitamiento de los Estados nacionales, la fragmentación de las identidades y la creación de un ultracapitalismo que ha borrado las fronteras.

Concheiro nos advierte que el estilo es fragmentario y los capítulos son cortos. No le interesa hacer extensos argumentos porque “los gruesos libros teóricos han caducado”. Fair enough, si eso le gana más lectores. Pero la brevedad no es alibí de la superficialidad.

Este problema se hace muy claro en la tesis principal del libro. Durante los últimos años ha cobrado fuerza dentro de la teoría crítica el movimiento aceleracionista, inaugurado por el manifiesto #Accelerate, al que Concheiro hace una referencia tangencial. Contra lo que su nombre dejaría suponer, los aceleracionistas no creen que “la aceleración sea el rasgo fundamental del mundo actual”, como nos dice Contra el tiempo, sino precisamente que detrás de la fachada de un cibercapitalismo ultraveloz se esconde la realidad del estancamiento económico y la pérdida de dinamismo en la innovación tecnológica y la cultura. Era contra los aceleracionistas con los que valía la pena polemizar, me parece, no contra la escuela de la lentitud, pero éstos son ignorados. Concheiro tiene poco interés en abordar ideas contrastantes o en dialogar con autores cuyas tesis podrían refutar las suyas. Reduce los procedimientos analíticos de la historia y la filosofía a una selección arbitraria entre gustos personales. Si otras teorías dicen cosas directamente contrarias, pues qué mal.

Por ejemplo: insiste, una y otra vez, en la hegemonía del star system dentro de la política, y en la consiguiente desaparición de los “viejos” métodos, de estructuras organizativas con militantes, mítines, etc. La tendencia existe, eso sin duda, pero la prosa de Concheiro es absoluta: “Las campañas no se hacen en la plaza pública y en largos recorridos, sino en las redes sociales y la televisión”; “Cualquier legitimidad puede evaporarse bruscamente en cuestión de horas”. Que las estructuras organizativas importan, pregúntenle a Eruviel Ávila; que los largos recorridos ya no sirvan para nada díganle a Hillary, quien perdió precisamente los estados en los que no hizo campaña. Estos son puntos menores, pero son expresiones de un reflejo pavloviano omnipresente: Contra el tiempo toma por buena la propia ideología del capitalismo liberal que critica y reproduce a pies juntillas teorías convencionales.

¿Programa?

Finalmente llegamos a la parte programática. Hasta aquí Contra el tiempo es un libro interesante y dinámico, con omisiones y exageraciones más o menos graves aunque con una tesis poderosa; una decente medianía. Pero las últimas sesenta páginas son catastróficas. El libro se desploma de una manera lastimosa. Su descripción de los males del mundo termina con una defensa cursi, incoherente y arrogante del “instante” como escape a la aceleración y al capitalismo.

Concheiro es honesto: nos dice que no cree en la posibilidad de una revolución, así que tenemos que buscar otras opciones para no ser consumidos por los imperativos del sistema.

Como sabe que la “resistencia tangencial” y el disfrute del instante es un viejo adagio de anacoretas y místicos, en unas páginas lastimosas se intenta apartar de ellos y nos explica que su idea se parece a la desobediencia civil de Thoreau, pero no es eso; algo tiene de la resistencia pacífica de Gandhi, pero tampoco lo es; se parece a huir simplemente de los problemas, pero no enteramente. En realidad, se inspira en un cierto concepto budista que los propios budistas se niegan a definir con exactitud. Pero ¿para qué tanta gimnasia verbal, si podría darnos unos ejemplos? La resistencia tangencial es, para él, reírse con sus amigos, caminar por la ciudad, mirar las fotos de Gabriel Orozco. “Resistir sin realmente hacerlo.” “No confrontar, sino fluir.” Hacer cualquier cosa que nos permita disfrutar de la vida un momento y olvidarnos de las fuerzas impersonales del mercado. Eso está muy bien. Pero pretender fundar una filosofía sobre la máxima “disfruta el momento” no produce una filosofía, produce una doctrina de la superación personal. Como Concheiro no está dispuesto a aceptar que escribió un libro de autoayuda, cada tanto tiene que reintroducir la idea de que su política del instante puede tener consecuencias de gran envergadura, “antisistémicas”: “Si se logra evadir la aceleración, se logra minar el sistema económico y político”, “Hace falta una acción más radical, verdaderamente antisistémica”, etc. Esto es totalmente incoherente con el resto de la argumentación, que abiertamente renuncia a la posibilidad del cambio estructural. Pero hay más. Cuando nos dice que “El instante es un abrazo en el cual los contrarios entran en armonía, un conjuro animista que nos empuja a palpitar al unísono con el cosmos” las máscaras han caído ya: la superficialidad y el lugar común han dado paso al Paulo Coelho del posmarxismo mexicano; al Carlos Cuauhtémoc Sánchez de la izquierda de clase alta del circuito Condesa–Coyoacán.

Hay que decir que nada de esto es original. Absolutamente todas las temáticas de Contra el tiempo (la aceleración, la imposibilidad de la revolución, el oportunismo en la política, la degeneración de la vida social y de la psique, y el escape como respuesta a lo anterior) están presentes en el libro de Franco Berardi Después del Futuro. La asíntota se cierra en más de una ocasión: Berardi aboga por una civilización del “Wu wei”, de apartamiento del consumo; de radicalidad pasiva que abandone el ethos del activismo. Concheiro habla de Wu wei, de resistencia privada y de retiro de la esfera política. Berardi habla sobre el auge del Xanax y similares como respuesta a la sobreexcitación nerviosa inducida por el sistema; Concheiro también. Los ejemplos podrían multiplicarse. Me parece que no se trata de vil copy–paste sino, acaso más tristemente, del hecho de que Contra el tiempo es un reciclado nada original y superficial de cierta teoría social pesimista de las últimas dos décadas.

Cuando nos dice que “El instante es un abrazo en el cual los contrarios entran en armonía, un conjuro animista que nos empuja a palpitar al unísono con el cosmos” las máscaras han caído ya: la superficialidad y el lugar común han dado paso al Paulo Coelho del posmarxismo mexicano; al Carlos Cuauhtémoc Sánchez de la izquierda de clase alta del circuito Condesa–Coyoacán.

Pero intentemos juzgarlo por sus propios méritos. En el fondo ¿qué es esta idea de la resistencia tangencial y el aprecio por los buenos momentos? Expresión de un individualismo brutal y un ensimismamiento abrumador en su microcosmos social. ¿Es posible vivir el instante en el call center o en la maquila? Sin duda, pero sólo después de la jornada. El oficinista que disfrute de un atardecer después de doce horas de estar sentado no se puede permitir pensar que ese acto está minando ningún sistema. Los ejemplos de Concheiro de resistencia tangencial son un homenaje a su omnipresente prejuicio de clase. La filosofía práctica es una filosofía reaccionaria (un self–help reaccionario, mejor dicho): un modo ambiguo y poco original de pasarla chido y creer que se es radical. En un ensayo previo, Concheiro terminaba una radiografía de los intelectuales mexicanos diciendo que ninguno había sido capaz de producir ideas profundas y teorías complejas. El veredicto sigue siendo completamente válido. ®

Notas
1 En todo esto sigo a Jonathan Martineau en Time, Capitalism and Alienation (Haymarket, 2016); un libro que sin duda marcará un antes y después en los debates sobre el tiempo. En realidad, la descripción de este proceso aparece en casi toda la literatura reciente. Es sorprendente que Concheiro la pase de largo.

Publicado en: Libros y autores

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