Detesto WhatsApp pero no puedo escaparme

¿Y si un día nos vamos todos?

Detesto la incapacidad de reflexión en tiempo presente. Detesto a los grupos de padres y a los debates políticos reduccionistas. Detesto el totalitarismo de la verdad absoluta en un solo renglón. Detesto a los emoticones baratos.

Conversación.

Conversación.

Detesto WhatsApp. Pero más detesto no poder escaparme por razones laborales. Allí están mis grupos de trabajo: los del canal, los cronistas, los productores de contenido, los redactores, los editores, los fotógrafos, los profesores, los directores de carrera, los burócratas, los jefes. Allí están también los pibes con los que jugamos al fútbol, los padres del colegio, los runners y algunos youtubers. El universo del trabajo urgente se mezcla con mis amigos de la infancia, ex esposa, algunas ex novias y otras mujeres con las que tratamos de intercambiar algo de cariño para que la distancia de la soledad se haga más corta. Los mensajes son breves, contundentes, simbólicos, geolocalizados. Las palabras escritas a veces se transforman en aire y son mensajes de voz, otras son fotos de un aquí y ahora intrascendente. Y, celular en el bolsillo del caballero o la cartera de la dama, la pantalla es nuestra referencia de un universo pequeño que entra en la palma de una mano.

Si los medios sociales habitualmente se transforman en una cloaca humana de insultos y agravios sin filtros ni pruebas, WhatsApp es la trastienda de la cloaca donde todo se potencia. En la red de mensajería multimedia instantánea somos más impunes. Y menos coherentes. Los dispositivos son una especie de sonajeros y nosotros una subespecie de bebés adultos que procuramos no perder la calma. WhatsApp cuenta con 600 millones de usuarios en el mundo, según cifras publicadas en agosto del 2014. Y el gran ruido colectivo se potenció. Porque, más allá del contacto persona a persona, nacieron los grupos. Y con el ellos el desquiciamiento.

Haga una prueba. Pruébese. Pruebe al resto. Tómese un día, sólo un día, para responder un par de mensajes de WhatsApp como si fueran correos electrónicos y verifique qué ocurre entre sus contactos. Repítalo. Repítalo varias veces. Y retome la conversación cuando tenga ganas, deseos, necesidades de estar en contacto. Elija estar no disponible.

Esta no es una proclama analógica ni mucho menos. Es simplemente un grito desesperado pidiendo una pausa. Es mirar al banco de suplentes y pedir un cambio. Es meditar y pensar si aún queda algún secreto sin publicar. ¿Qué nos lleva a estar conectados todo el tiempo? Y más aún: ¿qué nos empuja a responder en vivo y en directo todo el tiempo? Es que tiempo y espacio se resignifican y una no respuesta inmediata puede leerse como rechazo, desatención, falta de voluntad. ¿Cómo se administra el tiempo en silencio con los sonajeros del presente? Ya no se trata de estar conectado o desenchufado, sino que el desafío es estar disponible o no disponible.

Haga una prueba. Pruébese. Pruebe al resto. Tómese un día, sólo un día, para responder un par de mensajes de WhatsApp como si fueran correos electrónicos y verifique qué ocurre entre sus contactos. Repítalo. Repítalo varias veces. Y retome la conversación cuando tenga ganas, deseos, necesidades de estar en contacto. Elija estar no disponible. Tal vez se trate de eso, aunque en varias ocasiones en sentimiento más primitivo sea el de arrojar el celular al abismo.

¿Y si un día nos vamos todos? Y nos quedamos callados. Y salimos a la calle y nos miramos a los ojos. Y saludas al vecino. Y sacamos la cuenta en la verdulería con los dedos. Y decidimos no estar disponibles. Y si el medio es el mensaje cuál es el mensaje de WhatsApp. Qué nos dice la herramienta de sí misma. Cuál es el dato, la información, el conocimiento que se adhiere a la plataforma que quema y arde en nuestras manos.

El mundo se achicó, las fronteras modernas son difusas. Y este planeta diminuto se empecina también en reducir procesos, actos, acontecimientos, líneas de pensamiento a un manojo de caracteres y en carácter de urgente. Detesto no sólo al WhatsApp, también lo hice con el Messenger, el ICQ, el chat de G–Mail. Detesto la ansiedad de lo urgente. Detesto la falta de miradas, de gestos, de silencios. Detesto la incapacidad de reflexión en tiempo presente. Detesto a los grupos de padres y a los debates políticos reduccionistas. Detesto el totalitarismo de la verdad absoluta en un solo renglón. Detesto a los emoticones baratos. Detesto la provocación. Pero más me detesto a mí cuando lo uso y no miro, no escucho, no siento, no toco, soy ansioso, urgente, irreflexivo, reduccionista, totalitario, barato y la vida se define en un renglón. ®

Publicado en: Medios

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