Día de Muertos en España y México

Dos formas de (re)vivir la pérdida

Esta forma de hacer frente a la pérdida en España nada tiene que ver con la de México. Allí el Día de Muertos es un ritual y, por ello mismo, es exterior, material, visible y comunitario

La muerte festiva.

La muerte festiva.

Un español que no ha visitado México no puede ser plenamente consciente de hasta qué punto en nuestra tierra la muerte es un tabú.

En España la muerte ha de vivirse en silencio, interiormente, sin grandes aspavientos. Cuando uno verdaderamente sufre ha de quedarse a solas con su recuerdo. Si muere un ser querido se viste uno con colores apagados, baja uno la vista al suelo, pierde la mirada, muestra la contención del llanto, acepta serio los sentidos pésames y los «te acompaño en el sentimiento». Da uno la mano, habla en voz baja, elimina todo ornamento. Aleja de sí la risa, que puede llegar a ser ofensiva en un contexto mortuorio, pero también la música, la alegría y los placeres del cuerpo.

Ahora ya da igual si son incinerados o no, si los meten en tumbas o en nichos, si están en un lugar fijo o si han desperdigado las cenizas en un acantilado o bajo un almendro. En España hemos aprendido a quedarnos a solas con la muerte y vivir nuestro dolor en silencio.

En lo sucesivo, en el Día de Todos los Difuntos va uno a limpiar la tumba (si es que va), a poner unas flores a solas con su Dios (si es que lo tiene) y dedica unos minutos a sus muertos (si es que están en el cementerio). Pero si no, se queda en casa, porque «la procesión va por dentro», como si la exteriorización del dolor lo hiciera a uno sospechoso de hipocresía y falsedad, preso de la apariencia, pendiente del «qué dirán». Como si la puesta en escena del dolor interno fuera signo de falta de autenticidad y de verdadero afecto. Por eso ahora ya da igual si son incinerados o no, si los meten en tumbas o en nichos, si están en un lugar fijo o si han desperdigado las cenizas en un acantilado o bajo un almendro. En España hemos aprendido a quedarnos a solas con la muerte y vivir nuestro dolor en silencio.

Pero esta forma de hacer frente a la pérdida nada tiene que ver con la de México. Allí el Día de Muertos es un ritual y, por ello mismo, es exterior, material, visible y comunitario: un pretexto para consolidar «la vida juntos» de los vivos mientras se sanan las penas internas trayéndolas al cuerpo y a la tierra.

En México se cree (signifique lo que signifique para cada caso este verbo) que los muertos vienen a visitar a sus seres queridos en su día. Como bien sabe todo mexicano, a las visitas que llegan a casa se las recibe bien. Por eso, se piensa en las cosas que los muertos puedan necesitar o que les pueda apetecer; se hace memoria de aquello que les gustaba beber y comer, y de los vicios que tenían. Y se va uno a en busca de esas cosas.

Alrededor de su fotografía y sobre una mesa llena de flores, frutas, velas, incienso y calaveras de azúcar se dispone la ofrenda: chocolate, pan dulce, cerveza, cigarros, vino, tequila, todo según las preferencias y los hábitos del muerto. Todo esto se distribuye bellamente en la ofrenda y, como en toda casa tradicional mexicana, una mesa llena de comida es condición de posibilidad del encuentro y la comunidad.

A diferencia de España, en México este ritual es mayoritario e independiente de la ideología, la edad, la educación o la clase social. Nadie va a ser tachado de retrógrado, incauto o supersticioso por poner su altar en casa. Creyentes y no creyentes de zonas rurales o urbanas, practicantes o no de cualquier credo, todos se entregan a este rito.

El vivo sana el duelo reciente y también el viejo duelo trayendo a los difuntos, no sólo a su memoria, sino sobre todo a su casa. Y celebra su llegada invitándolos a comer. En esta representación prevalece el color y la abundancia por encima de la oscuridad y la renuncia, y se alivia el dolor a través de los actos y del cuerpo. Lo espiritual y lo mental se encarnan en un festín de los sentidos que honra la vida y los placeres terrenales: el amor se hace comida, tacto, color, olor y música. ®

Publicado en: Apuntes y crónicas

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