Documentales argentinos sobre la cárcel

Lo abstracto y lo concreto

“Es poco lo que sé sobre la cárcel después de haber visto estos documentales, pero sé que el problema del delito en Argentina no se solucionará a través de la prisión”, dice la autora sobre El Almafuerte y La formación. Estudiar en contextos de encierro.

El Almafuerte

Sin recurrir al impacto fácil de estadísticas alarmantes, imágenes de excesiva crudeza o historias lacrimógenas, El Almafuerte (Andrés Martínez Cantó, Roberto Persano, Santiago Nacif, 2010) pone frente a nuestro ojos con absoluta sencillez fragmentos de la cotidianeidad de los presos en el Instituto de Menores de Máxima Seguridad “Almafuerte”, ubicado en la Provincia de Buenos Aires. Este filme es, por un lado, el documental filmado por los presos sobre la revista que ellos mismos publican, y por otro lado el documental sobre ese proceso de filmación y aprendizaje. El documental de los adolescentes sobre la revista Seguir soñando deja varias escenas álgidas afuera, que El Almafuerte se encarga de mostrar. Pero El Almafuerte también deja cosas afuera: en el blog del filme están publicadas las críticas que otros presos hicieron sobre el documental, y se le recrimina que sólo se muestra el pabellón central y no los otros dos pabellones, “donde van a ver cómo vivimos en el Almafuerte… y de las cosas que pasan acá adentro del instituto”. Sin embargo, El Almafuerte parece responder a un deseo repetido no sólo en el blog y en el filme, sino también oído en otros documentales y en las pocas oportunidades que la televisión le da voz a los presos: “Se tienen que dar cuenta que somos personas”.

La frase, en abstracto, parece fácil de entender, pero El Almafuerte muestra cómo estos adolescentes se encuentran con un mundo de abstracciones que niegan lo que ellos perciben como realidad. Algunas llegan con la mejor intención, por ejemplo cuando los chicos entrevistan a Jorgelina Pereyra, integrante de Abuelas de Playa de Mayo (esta organización que defiende los derechos humanos tiene entre sus misiones el encontrar a personas que fueron secuestradas durante la última dictadura militar, cuando eran bebés, y que fueron criados con identidades falsas, sin que ellos mismos lo sepan). Jonathan le pregunta si cuando va a las cárceles Jorgelina cree que alguno de los presos pueda ser su nieto, ella dice que no, que no deben hacerse conjeturas hasta que no se tenga el resultado de la prueba de ADN. Sin duda, esta mujer es consciente de los peligros de las falsas esperanzas, y sin embargo antes de despedirse les asegura a los chicos que la entrevistan que una vez que salgan del instituto ellos van a triunfar. Diego (uno de los adolescentes que se atrevió a acotar “siempre y cuando tengamos la posibilidad de la sociedad”) no parece tan seguro. En alguien que está en contacto con las dificultades concretas con las que se enfrentan estos adolescentes sorprende ese breve arranque de esperanza, como si los dos pabellones que no se muestran hubieran dejado de existir, como si bastara con fuerza de voluntad para cambiar la vida de una persona. El objetivo de esa frase es dar ánimo a los adolescentes y ser, aunque sea por unos minutos, una figura adulta que cree en ellos. Más peligrosa parece la postura de Eugenio Zaffaroni (ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación) quien frente a la simple pregunta “¿Sirve la cárcel?” evita responder escudándose en términos técnicos y en el supuesto de que no podemos prescindir de la cárcel.

El momento más significativo del documental es la entrevista que Jonathan hace a Óscar, subdirector del instituto. El subdirector insiste en que es posible para los jóvenes que recuperan la libertad organizar su vida fuera del crimen, mientras que Jonathan asegura que si están solos no hay otra posibilidad. Jonathan no lo dice (tiene mucho cuidado en no decirlo) pero la lógica dicta el resultado evidente: cuando esté en libertad el único camino que podrá elegir será robar. Cuando las cámaras de los adolescentes se detienen (pero no las cámaras que los filman a ellos filmando) la discusión en que se convirtió la entrevista se relaja, el directivo dice “Esto… primera vez en la historia”, y esa es una de las virtudes de El Almafuerte: son los presos quienes interrogan y piden explicaciones. Pero Jonathan hace más que eso, le dice al subdirector que los chicos que están encerrados necesitan ayuda y responde aquella pregunta que Zaffaroni evitó, al dejar en claro que la cárcel, aunque temible, no impedirá que vuelva a robar. Jonathan admite que por un momento, en el calor de la discusión, olvidó que las cámaras estaban filmando, y esta conversación es tan comprometedora que dudo que se hubiera hecho pública si su protagonista no hubiera muerto en un tiroteo con la policía.

Sin recurrir al impacto fácil de estadísticas alarmantes, imágenes de excesiva crudeza o historias lacrimógenas, El Almafuerte pone frente a nuestro ojos con absoluta sencillez fragmentos de la cotidianeidad de los presos en el Instituto de Menores de Máxima Seguridad “Almafuerte”, ubicado en la Provincia de Buenos Aires.

Responder al pedido de recordar que los presos son personas implica aceptar las contradicciones propias de toda persona, alejarnos de los estereotipos cómodos, ver que estos adolescentes no son los animales que describen los medios que claman por “mano dura”, ni unos niños ingenuos. Ellos mismos admiten que quieren ser filmados trabajando para que los vean los jueces que deciden sus permisos, pero también son reales las sonrisas y el disfrute de manipular la cámara, la atención con que escuchan a los entrevistados. Jonathan es filmado de regreso en su casa gracias a un permiso judicial y muestra su barrio, su habitación. Mientras habla con uno de sus profesores dice que en su barrio se siente seguro, pero más allá se siente desprotegido. En una sociedad en la que nos acostumbramos a pensar que “inseguridad” es algo provocado por el delito, ver que también puede ser algo que precede y que quizá es causa del delito implica perder certezas y la figura maniquea del villano. Enfrentarse a lo concreto es aceptar que recurrir a la violencia es una decisión que se toma en un contexto complicado donde la frase “Si querés, podés” carece de sentido, porque la omnipotencia sólo puede existir como abstracción. Jonathan insiste: “Con ayuda se puede, pero solo te vas para abajo”.

Sería una hipocresía, como escritora, decir que prefiero lo concreto a lo abstracto. Justamente el documental La formación. Estudiar en contextos de encierro (Analía Millán, 2011) muestra que el acceso de jóvenes presos a un pensamiento abstracto a través de estudios universitarios es lo que les permite descubrir que detrás de los errores personales (quizá anticipando la mirada de un juez, es insistente la frase “me equivoqué”) existe un funcionamiento social, que no puede verse a simple vista. A través de entrevistas y reconstrucciones de escenas típicas de estudio, este documental muestra la experiencia de cuatro jóvenes que estudian una carrera universitaria mientras cumplen su condena. Federico, uno de ellos, señala: “Hay gente que heredó su marginalidad social, y esta condición de marginalidad es generada por la falta de derecho que el Estado no puede suplir para con los marginales del neoliberalismo”, y más adelante: “Me voy dando cuenta por qué llego acá, veo la razón de mis errores”. Pero creo que hay una diferencia básica entre las abstracciones que se ven en uno y otro documental. Mientras la formación de Federico en Derecho le permite problematizar la realidad y cuestionarla, ir al encuentro de sus contradicciones, las frases terminantes que sostienen algunas de las figuras de El Almafuerte simplifican una realidad que, además, es ajena.

Es poco lo que sé sobre la cárcel después de haber visto estos documentales, pero sé que el problema del delito en mi país no se solucionará a través de la prisión, sé que inseguridad no es sólo lo que siente la burguesía cuando sale de noche con la billetera llena. Los medios audiovisuales, con sus múltiples estímulos y sus múltiples sujetos del discurso (el entrevistado, el entrevistador, el camarógrafo que no apagó la cámara y el editor que incluyó la escena) tienen cierta facilidad para desbaratar certezas. A fin de cuentas, la única certeza que me queda es aquella con la que Sócrates cerró la discusión con Hipias sobre lo bello, que ahora puedo decir sobre el delito: es difícil. Qué bueno sería que, como ocurrió con el tema que preocupaba a Sócrates, esa mínima certeza sea (en lugar de un final) el comienzo de más discusiones y cambios. ®

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Publicado en: Destacados, Marzo 2012, Otro cine es posible

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