Dolor en cadena

La posibilidad de una isla, de Michel Houellebecq

Éste es un repaso por los grandes tormentos del ser humano a través de La posibilidad de una isla, obra cuya temática eleva a la ciencia como la religión del futuro. La única capaz de inhibir el sufrimiento.

El poema de John Done “Nadie es una isla en sí mismo […] la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad”, es una cursilería barata para Daniel, personaje principal de una de las controvertidas novelas del ganador del Goncourt, Michel Houellebecq. Ahí la clonación veda a la muerte; las relaciones de pareja se reducen al placer y la vejez es sólo un accidente que existió en tiempos pasados.

La posibilidad de una isla escandalizó al mundo literario, y no tan sólo porque el autor indague en temas tan controvertidos como el de la clonación humana y defienda tesis cercanas a las que esgrimen los raelianos (organización religiosa que promueve la creencia de los elohim, seres extraterrestres muy avanzados científicamente que habrían creado la vida sobre la tierra a través de ingeniería genética), sino porque también afirma la eminente extinción del ser humano tal y como lo conocemos.

Pero fuera de las críticas y lecturas superficiales, Michel mediante reflexiones y cotidianeidades presenta la decadencia de nuestra raza. Daniel, en La posibilidad de una isla, es un humorista sarcástico que es clonado en 25 oportunidades, conservando los mismos recuerdos, las mismas amantes y desventuras que el clon siguiente tratará de evitar asumiendo la infelicidad.

“A cualquier observador imparcial le resulta evidente que el individuo humano no puede ser feliz, no ha sido concebido en absoluto para la felicidad, y su único destino posible es propagar la desgracia a su alrededor, haciendo que la vida de los demás sea tan intolerable como la suya propia” sentencia Houellebecq, a través de Daniel 1.

Tal vez la conclusión de Daniel es simplista y catastrófica, pero se argumenta con los hechos sucedidos desde las primeras civilizaciones, en donde el hombre ha protagonizado verdaderas cruzadas en búsqueda de la felicidad.

Hasta ahora.

Pero fuera de las críticas y lecturas superficiales, Michel mediante reflexiones y cotidianeidades presenta la decadencia de nuestra raza. Daniel, en La posibilidad de una isla, es un humorista sarcástico que es clonado en 25 oportunidades, conservando los mismos recuerdos, las mismas amantes y desventuras que el clon siguiente tratará de evitar asumiendo la infelicidad.

Según Michel Houellebecq, y la propia historia, no es innata al ser humano y seguir ese camino es una tarea inútil. El hombre y el dolor se complementan. Las leyendas, las culturas y religiones han dejado testimonios de esa unión. Sólo por dar algunos ejemplos: los cristianos rememoran el dolor en el nacimiento, pasión y muerte de Cristo; el judaísmo la liberación de un pueblo esclavizado por los egipcios, y el budismo postula que toda nuestra existencia es dolor: el nacimiento, vejez, enfermedad y muerte. El dolor en todas sus formas es omnipresente en la vida humana y el novelista lo plantea en su particular forma: cruda y visceral.

Hombres y mujeres reconocen el carácter insoportable de los sufrimientos morales y físicos que ocasiona la vejez. Envejecer no es agradable y menos en un mundo globalizado e individualista. Acá los ancianos sólo son desechos orgánicos que hay que mantener hasta que sirvan de abono para la tierra. Se habla del encanto de la vejez, pero qué encanto hay en que llegada la tercera edad tengas que volver a usar pañales, sin dejar de mencionar que al hablar lanzas esquirlas de babas a tus interlocutores. ¡Fuerte!

El clon 25 de Daniel afirma que el desprecio a los viejos es parte de la modernidad. Diez mil ancianos mueren en Francia en sólo dos semanas. Todos por falta de cuidados: “Viejos amontonados en salas comunes, desnudos en sus camas, gimiendo todo el día, enfermeras recogiendo cadáveres para hacer sitios a los recién llegados, ‘escenas indignas en un país moderno’. En realidad eran la prueba de que Francia se estaba convirtiendo en un país genuinamente moderno capaz de tratar a los viejos como meros desechos, semejante desprecio de los ancestros habría sido inconcebible en África o en un país asiático tradicional”, expone Daniel 24.

La vejez es el segundo gran sufrimiento que Houellebecq exhibe en su libro. Y las soluciones para evitarla son la eutanasia y la intervención del desarrollo normal de los humanos, programando clones a morir en una edad intermedia, ni muy jóvenes ni muy viejos. La muerte, el tercer tormento que en la isla de Michel sólo existe cuando pierdes a tu amigo de Messenger. Un dolor mínimo, apenas visible, ya que inmediatamente después de morir otro clon ocupará el mismo lugar.

Daniel 24 quiso seguir chateando con Marie 22, ella le advierte que no podrán porque “como habrás adivinado, soy una intermedia. Voy a morir mañana, pero le dejaré mi dirección IP a Marie 23”.

En palabras de Daniel 1 y Cia, el dolor trueca a un ser común en un miserable engendrador de desgracias. “Aquellos grupos que conectan las esperanzas trascendentes con la ciencia están llamados a sustituir a los actuales monoteísmos. Nietzsche ya mostró que la ciencia, en sí misma, está henchida de religiosidad. La religión del futuro será científica”, explicó Michel en una entrevista con el diario español El País, agregando que la clonación y los avances genéticos son el corte que separa la civilización de otra. Es el conocimiento más importante de la historia de la humanidad.

La ciencia realizará todo lo que es posible hacer, aunque vaya contra lo que hoy se considera humano. Por lo mismo, ni el futuro ni los portadores del conocimiento tecnológico esperarán la intromisión divina para el cese de los sufrimientos. Por lo que la manipulación genética y la intervención del desarrollo normal de la vida son inminentes. Aun cuando el hecho de prever la pérdida de la felicidad impida sentirla. ®

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Publicado en: Enero 2012, Libros y autores


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