Dos soles

I

Al mediodía Elsa saltó de la montaña al río con una piedra atada a cada tobillo. La noche de su funeral, de los hombres que amó sólo fue a despedirse Myan, el único de sus amantes que entró en ella (con intensas luces de colores en los labios y flores rojas enredadas al pubis para alegrarla en los días más tristes) buscó su vida.

II

Cuando mi madre murió tuve la impresión de que el día en que nací ella apuntaba con una pistola a mi cabeza. Una hermosa pistola cargada con balas de plata que siempre llevó consigo para matar a su hijo; tan elegante y pequeña que era otro más de los objetos que guardaba en su bolsa; junto al pañuelo, encima del lápiz labial, entre un paquete de galletas y las moneditas para comprar café y usar en los estacionamientos. Tenía 24 años y supe entonces que Dios rueda de alma a alma a través del tiempo representando en cada nueva generación los sueños prohibidos, inconfesables, de las mujeres jóvenes de la generación anterior.

III

Un coro de graves voces masculinas cantó liturgias latinas y Myan permaneció llorando en la puerta con la cara entre las manos; las lágrimas se filtraban por el espacio entre los dedos, mojándole las botas negras. Vio a lo lejos el ataúd blanco abierto; se le hizo muy pequeño y lo estremeció el recuerdo de sus cuerpos: de pieles tan parecidas que cuando hacían el amor ella era la voz de una soprano, él un piano, y juntos, en un retorno a la melodía, contaban la historia del nacimiento del Sol en un mundo seco, serialista y muy oscuro; entonces tenían 23 años, vivían juntos en una gran ciudad, y todos sus amaneceres eran brillantes.

IV

Éramos dos amantes con manos iguales: de palmas gruesas y dedos delgados y ligeros, como hechos para la música. Al despertar, todavía en sueños, ella buscaba con especial fascinación el inicio del trasero de su hombre y yo los pliegues más delicados de la cintura de mi mujer. Era hermoso, era perfecto; pero una mentira: nunca íbamos a poder ser un hombre y una mujer. Mi madre y tú fueron árboles; amorosas, tiernas, gigantescas, enraizadas a la tierra, como si valieran la pena las cosechas; pero siempre soñaron con la indeterminación, con fragmentarse hasta desaparecer. Elsa y yo representamos ese sueño secreto suyo de una sangre increada, incapaz de juntar sus partes deshechas, condenada a irse desvaneciendo lamentablemente por la vida, sin posibilidad alguna de ser unidad.

V

Tras la ceremonia, celebrada en una iglesia a mitad de la carretera donde Elsa pasó sus últimos seis meses al lado de un pantanoso fotógrafo argentino que tenía un hotel de paso cerca de la playa, Silvia encontró a Myan sentado entre dos coches al fondo de una gran extensión de tierra seca y polvo que se había improvisado como estacionamiento y le dijo, “Fuiste el único hombre de mi hija en ella encontró direcciones humanas, el único al que amó sin buscar la muerte; hubieran podido salvarse, ¿por qué no se casaron? ¡Myan, dime! ¿Qué hicieron?… ¿Por qué este horror?”

VI

Entonces decidimos actuar, ser honestos, y no tuvimos duda: para vernos igual que nuestros corazones debíamos mutilarnos. Después de la separación Elsa se dedicó a absorber muertes, ceder ansiosa ante muslos de fantasmas antinaturales, encerrados en la tierra sin posible solución a su rencor, a merced del erotismo y la destrucción, para alimentarse con oscuridad, para que también fuese muerte ahí, en sus últimas sustancias…

VII

Mientras Myan hablaba Silvia tenía los ojos fijos en la noche: sin luna, sin estrellas, un negro absoluto. Recordó el rostro hinchado y azul del cadáver de Elsa. ¡Ahogada!, gritó en silencio pero por dentro se sintió liberada, como si el suicidio de su hija hubiera culminado por ella el final de una trampa que nunca pudo entender, que la había asfixiado siempre y no se dio cuenta de todo lo que sufría. De pronto Myan se quedó en silencio y Silvia lo imaginó de pequeño, sonriendo, caminando por un jardín de la mano en su madre, que nunca conoció y siempre le intrigó la casualidad en que ambas fuesen viudas. “Y tú, ¿qué forma has adoptado para concluir el sueño de tu madre?, dímelo, Myan, a mí, como si yo fuera ella”.

VIII
Myan la tomó de la mano y viéndola fijamente a los ojos, como si quisiera descubrir en ella una mentira, la descendió hacia su vientre; Silvia quiso retirarla con violencia pero Myan la obligó a sentirlo; una entrepierna vacía.

IX

Silvia volvió a cerrar los ojos y se vio desnuda acostada en la playa de cara a la noche; de su útero ascendieron dos soles resplandecientes que cayeron al agua sin haber tocado el cielo; tendrían que estar brillando pero se hundieron en el océano. ®

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Publicado en: Agosto 2012, Narrativa


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