Dynamo

Un minuto después, la oscuridad y el frío polar reinarían para siempre al interior de la enorme máquina de guerra. Sólo unas luces giratorias ámbar de emergencia y el ulular de las bocinas de desastre de los compartimentos sin inundar transmitían algo de la otrora rutilante vida energética del submarino

Hard to stop the surmounting terror/
Is it really the end not some crazy dream?
—Iron Maiden, “Hallowed be Thy Name”

Aguas próximas al Mar de Barents, tres meses antes

De la tupida negrura cayó con un splash sordo dejando una estela verde fosforescente tragada por el crepitar picado y frío de las cercanías del Mar de Barents. Arriba, las nubes nocturnas, grises como el plomo, se desplazaban sobre el incipiente fulgor de los cuerpos celestes. En lo profundo, una espiral burbujeante descendía como una turbina de agua hacia el suelo marino, inquietando el movimiento vital del interior acuático.

Nuclear submarine

Al llegar al punto diagramado la esfera se desgajó hasta formar una especie de magnolia biomecánica de cristales esmeraldinos y algún metal similar al platino; un grupo de peces eléctricos se desperezó y huyó a velocidad levantando polvo ancestral. El artefacto se puso en modo de espera y, al hacerlo, disminuyó más de la mitad de su resplandor. La penumbra reingresó a las aguas congelantes y la dinámica biológica recuperó el aliento reiniciando su propio ciclo.

En lo alto, más allá de las secuencias de las nubes y del sistema solar, la Nodriza recibía los listados de componentes del Vigilante-236; sólo restaba esperar.

Puerto de Murmansk, segunda semana de agosto del año 2000

Las órdenes que tenía el capitán eran claras y venían directamente del Kremlin, ni más ni menos. No del primer ministro, sino del almirantazgo de la Flota del Norte. Los mandamases querían impresionar al recién ungido comandante en jefe al tiempo que mantendrían sobre aviso a la OTAN: Rusia seguía siendo una potencia naval.

De manera que recibió la consigna de participar en las operaciones navales de práctica extrarrutinarias. A diferencia de lo establecido por la costumbre, realizarían ejercicios navales masivos, con alto grado de dificultad y utilizando cargas reales. Las prácticas serían ejecutadas por tripulaciones de novatos, treinta por ciento de los cuales sólo habían pisado anticuados simuladores de navegación y ésta sería su primera inmersión real. Vaya verano que le había tocado: helado como si se hubiera adelantado el invierno y políticamente necio como la era previa al deshielo poscomunista.

Las oficinas administrativas de Murmansk, un conjunto de cabañas con reforzamiento de acero oxidado y alambradas patrulladas por hombres aburridos, mostraban una actividad inusual previa al zarpado. Órdenes y réplicas a gritos, computadoras roñosas tecleadas a todo vapor, procesando el cirílico a la “fabulosa” velocidad de 32 megas de RAM. Ida y vuelta de memoranda. Confirmaciones de salida, acceso continuo del servicio postal con el tiempo récord de un mes de retraso. Verificación de credenciales, rangos, naves asignadas. Filas en movimiento para el último chequeo médico; llamadas de larga distancia imposibles desde un par de teléfonos grasosos que conocieron orejas a las órdenes de Brezhnev. Tazas y más tazas desechables de mal café, rancio y sin azúcar; montones de ceniza de los codiciados Marlboro de la infantería, rápidamente esparcida por el aguijoneante viento polar que bajaba sin cesar hasta esa latitud. Insultos y maldiciones, risas y fantasías sexuales; un novato enrolló su póster de Ana Kournikova en calzones antes de salir pitando a reportarse al puesto de mando del submarino atómico Oscar II, llamado Kursk.

Aguas del Mar de Barents, entre el 10 y el 12 de agosto del año 2000

La inmersión se verificó a las 0840 GMT del 10 de agosto. Las texturas de los grises colisionando en la atmósfera daban relieve a la flota. Pesadas gotas lanzadas con violencia hacia cualquier dirección por el imparable viento del Ártico que movía azarosamente el aguacero con el fondo de un cielo pleno de bruma y nubes cenicientas cayendo sobre el azul metálico del mar.

El ciclo del oleaje despedazándose y regenerando su movimiento perpetuo, salpicando furioso en dirección al contrapunto del cielo atiborrado de nubes sucias como estopa de plomero, se tragó al monstruo de acero que descendió a buena velocidad entre espumarajos marinos; la baba rabiosa del soberano de agua y de sal.

Desplazando cardúmenes, la Flotilla Submarina de la Flota del Norte de la Armada Rusa susurró acechante en medio de las aguas en perpetua penumbra y temperatura de congelador. Cilindros al vacío portadores de las vidas de cientos de hombres, y de las almas frías del plutonio caliente de los misiles mar-aire y mar-tierra de fabricación propia, orgullo del vapuleado poderío acuático de la nación euroasiática.

Desplazando cardúmenes, la Flotilla Submarina de la Flota del Norte de la Armada Rusa susurró acechante en medio de las aguas en perpetua penumbra y temperatura de congelador. Cilindros al vacío portadores de las vidas de cientos de hombres, y de las almas frías del plutonio caliente de los misiles mar-aire y mar-tierra de fabricación propia, orgullo del vapuleado poderío acuático de la nación euroasiática.

Tras casi un par de días de patrullajes de rutina los oficiales al frente de cada uno de los nueve compartimentos pasaron lista e inmediatamente gritaron a los intercomunicadores “¡Preparados y listos!” para, acto seguido, ponerse en posición de simulacro de vanguardia de guerra. Siguiendo el desplazamiento de la flota, el Kursk alcanzó pronto su posición en el ángulo derecho del semiequilátero que configuró el despliegue final del ejercicio. Sería el último en poner a prueba su armamento convencional.

Cuando el primer submarino encargado de lanzar los torpedos hacia la nada marina, fingiendo blancos enemigos delante suyo, realizó su cometido, un submarino de la Marina Real Británica y el USS Toledo, 20 millas al oeste, almacenaron en sus computadoras todos y cada uno de los movimientos de los rusos transmitidos por el sonar. En la estratosfera, dos satélites de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos tomaban decenas de placas traduciendo en imágenes la información de sus sensores de movimiento. En algún momento-lugar del espacio sideral, más allá de Urano, la Nodriza registraba la dinámica guerrera del Mar de Barents y replicaba retransmitiendo precisas instrucciones al Vigilante-236 que volvió a la vida abriendo su volumen esférico, platinado y esmeraldino, como una tarántula biomecánica que despierta.

Dos anguilas esearon con desesperación, huyendo a velocidad, al captar la intensa luz verde fosforescente que se materializó de la nada frente a su flotar marino. Una serie de diminutas cadenas de símbolos giró rápidamente sobre la esfera que hacía de pantalla en el centro del Vigilante. De una de las extremidades de platino, larga y lisa como un manubrio cromado, surgió un diminuto punto verde esmeralda que comenzó a pulsar de manera intermitente. A pocos kilómetros de ahí los rusos seguían presumiendo a sus observadores electrónicos (terrícolas) la capacidad destructiva de su fuerza submarina.

El interior del cilindro de acero y cableado kilométrico era un espacio estrecho, en ciertos lugares cómodo e irremediablemente ominoso en su totalidad. Para una cuarta parte de su tripulación era la primera vez que había estado en un submarino de verdad. No obstante, habían sido elogiados como la mejor tripulación de submarinos de ese año. Era un verdadero honor conseguirlo con uno casi flamante y atómico. Nada más ver la pulcritud de los controles del compartimento de mando, el equipo para desastres, los minisubmarinos, escafandras y trajes de hombres rana de escape; el cerebro automatizado de la sala del reactor, los equipos verdes para toda la tripulación con el símbolo internacional de la radioactividad y la poderosa y confiable estructura de la nave, hacía olvidar cualquier historia tenebrosa sobre pasadas catástrofes subacuáticas de la era roja. Esto era el nuevo siglo y el Kursk era de la gloriosa década de los noventa, vibrante como pocas.

Hubo una breve pausa en el ensayo y los marinos se relajaron. Aprovecharon para comer un bocado mientras los oficiales, acompañando el momento con latas de cerveza alemana, repasaron el resto del itinerario. Era de madrugada. La práctica estaba por concluir y dentro de la rotación al submarino le tocaba lanzar sus torpedos al alba del día 12, a las 7:30 de la mañana, tiempo de Greenwich. Una vez hecho esto, la flota se dispersaría e iniciaría el patrullaje de rutina de las aguas de influencia rusa, comenzando por el Kursk.

Mientras el sonar identificaba al resto de naves de la flotilla, de uno de los gabinetes del cuarto compartimento atronaba el Achtung Baby, quintaesencial obra de U2; era “Until the End of the World” la canción que hacía las delicias del oficial K., añorante de la nieve y la vulva rubia y lúbrica de su querida O., en algún lugar entre Petersburgo y Moscú.

El explorador subacuático robot de la Marina noruega tomó decenas de placas de las posiciones de los submarinos en ejercicio. Como una manada de ballenas de acero, desplazando su cuerpo acorazado y panzudo a 30 nudos mar al fondo, violentando el caos de las profundidades con la fuerza centrífuga de las turbinas y el espasmo de las detonaciones, feroces y silenciosas; formando nebulosas centelleantes burbujeando efímeras en medio de la negrura abismal. Unos cuantos grados al norte, la magnolia biomecánica del espacio traducía las comunicaciones entre los integrantes de la Flota Rusa del Norte.

El explorador subacuático robot de la Marina noruega tomó decenas de placas de las posiciones de los submarinos en ejercicio. Como una manada de ballenas de acero, desplazando su cuerpo acorazado y panzudo a 30 nudos mar al fondo, violentando el caos de las profundidades con la fuerza centrífuga de las turbinas y el espasmo de las detonaciones, feroces y silenciosas; formando nebulosas centelleantes burbujeando efímeras en medio de la negrura abismal.

El Kursk se separó del conjunto 5 grados al noreste, quedando justo en el centro del Mar de Barents. Diez minutos antes de sonar la alarma preventiva para dar inicio a la última de las operaciones militares de entrenamiento, los tripulantes hicieron sus rezos, se espabilaron, evacuaron y orinaron, corrieron a sus posiciones y apuraron las tazas de café. Se cargaron las chaquetas oficiales y se calaron los birretes. El oficial K., quien ya escuchaba otra placa de su grupo de rock preferido, previendo que la maniobra no duraría gran cosa, simplemente metió pausa a “Last Night on Earth”, recopilada en un bootleg en vivo de la gira europea del 98 y original del Pop, polémica y fastuosa grabación, la última del último siglo para la banda irlandesa.

Con un estertor que hizo levantar remolinos de suelo pulverizado en el fondo del mar, el Vigilante realizó una pequeña excavación girando a toda velocidad con su centro como punto de apoyo para, enseguida, flotar unos cinco metros sobre el agujero que había realizado y dejar libres cinco esferas plateadas yaciendo en el interior de la cavidad, emanando asimétricos y débiles rayos de apariencia eléctrica del mismo color esmeralda fosforescente del artefacto. Pronto, los rayos fueron cobrando fuerza hasta emerger lentamente como chorros amorfos de luz provenientes de cada una de las esferas para crear configuraciones monstruosas, como de pulpos radioactivos o medusas relampagueantes. Tras ello, en un instante, las esferas chocaron entre sí produciendo un estallido luminoso que adquirió la forma de una medusa más, lo triple de grande que las primeras y que se dirigía ya a toda velocidad hacia las naves en ejercicio de guerra.

A las 0729 GMT el capitán comunicó al alto mando y al resto de la flota que lanzaría sus torpedos; pedía permiso para ello. Le fue concedido, pero segundos antes de que esto ocurriera, el sonar registró una forma como de medusa gigante acercándose de frente a la embarcación a 90 nudos; el impacto era inminente.

Submarine

De pronto, sin saber si súbitamente todos se encontraban en la pesadilla de una mente ebria y febril, la misma configuración pintada por el radar surgió sobre los controles de mando, formada por una especie de rayo eléctrico color verde esmeralda fosforescente. Un oficial corrió del compartimento 3 al de la sala de mando en medio de alaridos, suplicando “¡Quítenme esta cosa; por el amor de Dios, quítenme esta cosa!”, mientras el resto de marinos apostados en la sala de los controles veía con estupor cómo una especie de pulpo electrónico verde iridiscente, semejante al que tenían sobre las consolas de navegación del submarino se encaramaba al cuerpo de su compañero, haciéndolo vomitar amarillento y chamuscando su pelo, cejas y orejas.

Sin aviso alguno, una explosión proveniente de proa hizo cimbrar al animal mecánico de alimentación núcleo-eléctrica de las profundidades. Por un momento las luces parpadearon para reponerse segundos después. En el cuarto de armas doce soldados yacían en el piso, en tanto que otros quince habían quedado estampados sobre las paredes del compartimento a causa de la explosión. De sus cuerpos escurría una especie de gelatina verde que los mantenía adheridos al recubrimiento antioxidante de los muros de metal del recinto, al tiempo que diminutos rayos eléctricos recorrían los cadáveres de pies a cabeza. Un boquete de cinco metros de diámetro dejaba entrar agua marina, helada y oscura, inundando rápidamente el sector de los torpedos. Con el agua, tres medusas electrónicas gigantes ingresaron al submarino desde el infierno acuático. Los sensores de inundación de la nave cerraron herméticamente el cuarto de torpedos y, en teoría, ningún oficial quedaba vivo en el compartimento. Sin embargo, dos minutos después, y sin orden alguna siquiera de apostarlo en su escotilla de salida, un segundo torpedo estalló en la nariz del submarino, rajando el acero y provocando aberturas lo suficientemente amplias para que las aguas ancestrales lo llenaran y lo entregaran al reclamo del dios del perpetuo movimiento que desde el inicio de los tiempos ya rugía siendo uno con la pangea primigenia.

Tras hacer estallar el torpedo, las medusas que emergieran del Vigilante-236, minutos antes de que el Kursk se pusiera en posición de combate, ingresaron al resto de los compartimentos que comenzaron a inundarse con rapidez tras la segunda explosión. De manera repentina e inesperada las luces de todo el submarino se encendieron con el doble de su capacidad; el discman conectado a unas minibocinas Pioneer del oficial K. emitió a todo volumen la pieza que dejara en pausa. Un minuto después, la oscuridad y el frío polar reinarían para siempre al interior de la enorme máquina de guerra. Sólo unas luces giratorias ámbar de emergencia y el ulular de las bocinas de desastre de los compartimentos sin inundar transmitían algo de la otrora rutilante vida energética del submarino; igual que cuando empezara a tocar de la nada, el reproductor de discos compactos calló definitivamente, dejando a Bono Vox a mitad del estribillo “You got to give it away/ You got to give it away”.

Un minuto después, la oscuridad y el frío polar reinarían para siempre al interior de la enorme máquina de guerra. Sólo unas luces giratorias ámbar de emergencia y el ulular de las bocinas de desastre de los compartimentos sin inundar transmitían algo de la otrora rutilante vida energética del submarino; igual que cuando empezara a tocar de la nada, el reproductor de discos compactos calló definitivamente.

La mitad de la tripulación estaba ya muerta. Algunos, víctimas de la inesperada y violenta corriente de agua que se filtraba submarino adentro desde el cuarto de armas. La mayoría, quemados hasta los músculos por columnas de fuego eléctrico lanzadas por las medusas esmeraldinas en forma de gel verde a su paso por el interior de los compartimentos. Los marinos apostados en las secciones 6, 7 y 8 tardaron en reaccionar, pero lo hicieron al fin, corriendo en medio de la negrura y el agua aguijoneante hacia el último compartimento, el nueve, el de los motores eléctricos para entonces completamente inutilizados. Los gritos desesperados. La pérdida de la templanza pero no del honor. Las muestras de solidaridad, los ruegos y las interjecciones. Maldiciones al por mayor. Un pequeño escuadrón logró hacerse de armas de tierra lanzando ráfagas de sus ametralladoras automáticas hacia la penumbra interior, deseando dañar alguna de las tres marañas verdes que se deslizaban hacia ellos desde dos compartimentos atrás.

Más allá de las pesadillas de los mares, al sur del desastre, el Servicio Meteorológico Nacional de Noruega había recibido las señales de los estallidos, marcando temblores de 1.5 y 3.5 grados en la escala de Richter, correspondientes a cada una de las explosiones mayores al interior del Kursk. Los satélites estadounidenses registraron el calor de las explosiones con sus filtros infrarrojos, y el submarino de patrullaje de la Marina Real Británica perdió al Kursk de toda frecuencia radial, ni la de emergencia estaba ya en funcionamiento. Lo mismo ocurrió con los intentos del USS Toledo: el submarino siniestrado ya no era de este mundo.

El almirantazgo ruso recibió los primeros informes del resto de la flota que afirmaban que el Kursk había sido atacado por un enemigo sin identificar e incluso desconocido, dando de inmediato la orden, tras recibir esta información, de clasificarla sin más preguntas como secreto de Estado y pasando a modo de “accidente naval”. Se ordenó al almirante en jefe del ejercicio que cancelara cualquier operación de rescate durante las próximas 24 horas hasta cerciorarse de que la zona era segura para el resto de submarinos de la armada, agregando un “Dios bendiga a la Madre Patria” a manera de firma oral de su comunicado.

En algún punto del espacio-tiempo la Nodriza recababa la información proporcionada por el vigilante. Unas pocas horas más tarde, esta misión terrestre de investigación científica con fines bélicos habría concluido y podría alejarse tranquilamente del sistema solar.

Al interior del tubo de metal los gritos dieron paso a un silencio de consciencia de muerte. Los pocos sobrevivientes se apretujaron al fondo del compartimento nueve, muertos de miedo, sin saber qué había ocurrido en los últimos minutos. Eso, la velocidad de los acontecimientos, era lo que principalmente había aturdido sus mentes. Intentaron abrir la escotilla de escape de la sección contigua, la ocho, yendo dos equipos de tres hombres con escafandras que habían encontrado de manera providencial en su huida hacia la cola de la nave. Apenas la giraron y se llenaron de gozo al comprobar que no se encontraba averiada, una espesura de rayos verdes, brillantes como el neón, taponó la salida, haciendo hervir la sangre de los hombres de la avanzadilla, quienes murieron en el acto. Nada más había por hacer. Algunos decidieron golpear con martillos las paredes del cuarto, intentando pedir auxilio en clave Morse, pero el resto se limitó a esperar la muerte, no sin antes especular sobre lo que los había condenado en las profundidades del planeta.

Uno de los marinos, encargado de las labores de intendencia, sin vacilar dijo que eso era como en los X-Files, su serie americana favorita; que habían sido abordados por fuerzas extraterrestres. El oficial de más alto rango entre los todavía sobrevivientes dijo que eso parecía, sí, pero que no se dejara engañar: “Sencillamente, alguno de nuestros ‘amigos’ de la OTAN soltó un nuevo juguetito y nosotros fuimos elegidos como su conejillo de Indias; cosa que, por supuesto, jamás admitirán”, afirmó con rabia y melancolía.

Nadie añadió casi nada. Algunos gritaron a sus padres, esposas y amantes. Otros recordaron que como miembros de la armada bien sabían que podían morir en el mar. El teniente P. dijo que escribiría en la oscuridad para cuando sus cuerpos fueran rescatados. Puso: “Ha habido una explosión en el cuarto de torpedos. Nos hemos inundado y prácticamente toda la tripulación ha muerto. Ahora somos veintitrés sobrevivientes y nos encontramos en el último compartimento, el nueve, que todavía no se ha inundado del todo. Escribo en la oscuridad. No se puede ver nada y cada vez hace más frío. Fuimos atacados por una especie de monstruos eléctricos. No sabemos qué son, pero son espeluznantes. Eso sigue ahí, que Dios tenga piedad de nosotros”.

El almirantazgo ruso se quedaría con esta nota al encontrarla en la ropa del cadáver del marino meses después, y en su lugar pondría una falsa, tratada para que pareciera que había permanecido durante semanas en el agua de mar; fue ésa la que los medios dieron a conocer a nivel mundial. Por supuesto, se modificó ligeramente la redacción y se omitieron las últimas líneas.

Sin tiempo para reaccionar, tras horas de golpear el acero y alimentando una absurda esperanza de supervivencia, los marinos obtuvieron la última certeza de la vida: la de la muerte. Las tres medusas llegaron a donde estaban los últimos hombres vivos y esparcieron un gas verdoso que los asfixió en pocos segundos.

La misión había concluido y los seres salieron del submarino por una de las escotillas de torpedos, en el extremo opuesto de la nave, haciendo todo el camino de vuelta por el interior despedazado y macabro del cilindro hípertecnológico, en lugar de salir por la escotilla de escape del compartimento ocho, para reintegrarse al Vigilante-236 que un poco después despegaba de las profundidades del Mar de Barents, atravesando veloz el oleaje plomo y picado hacia la otra negrura infinita de donde había surgido un día de mayo del flamante nuevo siglo terrestre. ®

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Publicado en: Febrero 2013, Narrativa

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