El bestiario de Sego

Piedra, papel o aerosol, VI

“Yo trato de que mi arte no sea elitista; si está en una galería, es para venderse, no para que entre cierta gente. Siempre va a haber discrepancias, y más con arte urbano, porque nació en la calle.”

Los murales de Sego llaman la atención por dos cosas: por tener una personalidad cromática muy definida y por incorporar numerosos seres fantásticos, desde un escarabajo de tintes sicodélicos hasta un venado de aires mitológicos, pasando por devoradores entrañables de hongos. Así, de animales y colores casi paladeables va conformándose esa especie de bestiario agridulce que agradecen por igual el ojo y la imaginación, y que es herencia del gusto de Sego por los animales y de su cercanía con ellos.

“A mi papá lo enviaron a trabajar a Oaxaca, al Istmo de Tehuantepec”, cuenta en entrevista para Replicante. “Estuvo trabajando un año, y como vio que no podía regresarse nos llevó a toda la familia. En esa época había mucho contacto con los animales. Enfrente de la casa había un árbol de mangos, y en la noche llegaban los murciélagos. Eso de que viven en cuevas no es cierto. Todas esas experiencias eran muy fuertes para mí. No veía vacas o chivos, veía osos hormigueros o insectos increíbles”.

—De hecho, el oso hormiguero lo tienes muy presente en tus creaciones, ¿no?

—Sí, es mucho del subconsciente. Mucho de lo que hago no tiene una referencia clara, estructuro los animales como yo creo que son; no he querido tener un análisis de la composición muscular o toda la estructura animal. Pero sí es estarle dando vueltas para que tenga una estética, aunque yo no sepa cómo son los músculos o las proporciones. Eso es lo que a mí me gusta. Es más crudo o instintivo.

—Además de esa presencia de los animales que trajo tu mudanza a Oaxaca, ¿de qué otra forma tuvieron influencia esos días en tu imaginario visual?

—No es que me lo haya planteado. Cuando uno crece con una familia, usas las mismas palabras o los mismos gestos. Y yo creo que a mí me estaba pasando eso: estaba absorbiendo una cultura visual que, cuando crezco, lo incorporas o te mueves en cosas que de niño absorbiste. Lo que más me gusta es que sin decir “soy oaxaqueño”, como dicen algunos pintores famosos o “mi obra tiene que ver con Oaxaca”. Yo viví Oaxaca en algún momento y lo hago saber. No tomo Oaxaca para sustentar mi obra. Lo que Oaxaca aportó a mi obra fue una forma de percibir las cosas. Una que a veces no sé explicar del todo.

—¿Cómo nace tu relación con la expresión gráfica?

—Indudablemente fue de niño. Fue desde que mis papás me compraban cosas para dibujar. En la primaria, era el que dibujaba mejor en la clase. Me metían a concursos… Así empecé, con cosas simples y muy concretas, dibujos de niños…

—¿Y cómo se da el vínculo de tu gusto por lo gráfico y la calle?

—En mi adolescencia, el graffiti en México estaba llegando muy fuerte. Había cosas desde hacía tres o cuatro años. Empecé a darme cuenta de que había bombas, muchas letras, graffiti. Empecé a ver cosas muy interesantes en la calle. Decidí agarrar un aerosol para ver de qué se trataba. Sin ninguna intención. A mucha gente le pones un aerosol y todo mundo lo quiere apretar. En ese momento ya estaba dibujando mucho, ya estaba creabando cosas. Tenía como diecinueve o veinte años.

Sí, es mucho del subconsciente. Mucho de lo que hago no tiene una referencia clara, estructuro los animales como yo creo que son; no he querido tener un análisis de la composición muscular o toda la estructura animal. Pero sí es estarle dando vueltas para que tenga una estética, aunque yo no sepa cómo son los músculos o las proporciones. Eso es lo que a mí me gusta. Es más crudo o instintivo.

—¿Y en qué momento comienzas a interesarte en utilizar los espacios públicos como lienzo para tu arte?

—No sé si era un interés como tal. Se me hacía atractivo el formato, pintar en grande. Tenía una inquietud de plasmar lo que ya dibujaba, llevarlo al muro. Para entonces sólo estaban las tipografías, caligrafías, tags, bombas… Sin querer me vi dentro de eso. Ya estaba usando aerosoles, empecé a relacionarme con gente que se dedicaba a lo mismo. No era consciente, lo hacía sin ninguna pretensión. Lo único que buscaba era pintar en grande lo que ya dibujaba en ese momento.

—Y hacías algo muy distinto a lo que hacían los demás, que se desenvolvían entre letras y firmas…

—Sí, era diferente en ese momento, no era un lenguaje asociado al graffiti. Fue un buen momento, porque nadie estaba tan lleno de ideas raras, de clichés… Me integré con mucha gente que hacía graffiti. De hecho, yo sigo diciendo que hago graffiti, porque de ahí vengo. Siempre fui el raro. Incluso escuchaba música que no escuchaban los otros. Pero no era por pretensión. No me gustaba lo que todos hacían, no me gustaba ser parte de esas cuestiones colectivas. Aunque pertenecía a un crew, era muy independiente haciendo mis cosas en la calle.

—¿El mismo crew te veía como el raro?

—Sí, pero les gustaba. Al conocerme, entendían que era honesto lo que yo pintaba, no como muchos artistas que se quieren hacer los raros y pintan cosas que no tienen nada que ver con su vida…

Sego y Ovbal

Lo que más disfruta Sego de pintar al aire libre es el formato y la velocidad que hacen posible los aerosoles. Aunque confiesa que hoy pinta más lento, pues su obra requiere más detalle.

“También disfruto que lo puede ver mucha gente”, cuenta. “Es un sentimiento que no sé explicar claramente, pero me gusta hacerme presente y estar dejando algo. Siento que la pintura pública es una expresión muy humana, como la danza o como cantar. Son muy primitivas, pero a lo largo del tiempo se han ido desarrollando de diferentes formas. Me siento muy humano al pintar en la calle”.

—¿También creas obra para interiores?

—Sí, es con otro seudónimo que tengo, Ovbal. Son cosas más abstractas. Tenía la necesidad de crear otra gráfica y usar otra técnica a la que tenía como Sego. Con ese seudónimo busco enaltecer más la técnica, la limpieza, es más sofisticada o contemporánea. Muchas veces lo que pinto en interiores es por encargo. Siempre busco una coherencia. Trato de que sea coherente lo que voy a pintar con el lugar donde vaya a hacerlo.

—¿Y de qué otra manera se diferencian Sego de Ovbal?

—La inspiración con Ovbal proviene más de la música. Creo formas a partir de la música. Aunque cuando comience a hacerlo me olvide que provino de ahí.

—¿Qué tipo de música inspira a Ovbal?

—Crecí como parte de una generación de MTV cuando todavía proponía un montón de cosas. Veía videos de Aphex Twin, de Björk, de un montón de proyectos de electrónica. Pasando los años me entusiasmó la idea de hacer música electrónica. Entonces me compré unos secuenciadores, instalé programas en la computadora, y empecé a hacer techno y dub… Pero primero hice ruido, ambientaciones, disfrutaba mucho oír un solo sonido que a mí me había tomado semanas darle forma. De ahí parte Ovbal. Me absorbió tanto producir música, me di cuenta de que ya no estaba pintando, y tuve que tomar una decisión, y mejor lo dejé. Pero todavía tengo el gusanito de la música. De pronto me meto con los cd players a poner música para mis amigos…

—¿Recuerdas qué fue lo primero que hiciste teniendo ya el aerosol en la mano?

—Sí, hice mi nombre: Sego. Fueron unas letras gordas, sencillas.

—¿Por qué escogiste Sego como seudónimo?

—Porque me apellido Segovia.

La naturaleza de mi obra es efímera. Lo he entendido así y lo disfruto. Pero también yo sería feliz si hubiera un mural que pintara y se quedara para siempre. Es ese deseo que tenemos todos, desde dejar hijos o propiedades, hasta dejar arte… Trascender de diferente manera, cada quien por donde quiere.

—Me llama la atención que muchos artistas usan nombres muy cortos, de tres o cuatro letras.

—Sí, yo puse Sego porque hubo un momento en que pintaba mucho en la calle, pero de ilegal. Para pintar ilegal debes tener pocas letras, para pintar rápido. Es un diminutivo que te tienes que buscar. No es una regla, pero es práctico o muy natural usar tres, cuatro o cinco letras.

—¿Y tu otro seudónimo, Ovbal, de dónde viene?

—Hay un músico electrónico que se llama Oval. Me gusta. Me gustó el nombre y lo adopté.

—¿Qué vida deseas para tu obra? ¿Está hecha para permanecer o quieres que sea efímera?

—Quiero que permanezca, pero en la memoria de la gente. La naturaleza de mi obra es efímera. Lo he entendido así y lo disfruto. Pero también yo sería feliz si hubiera un mural que pintara y se quedara para siempre. Es ese deseo que tenemos todos, desde dejar hijos o propiedades, hasta dejar arte… Trascender de diferente manera, cada quien por donde quiere.

—¿Cómo nacieron esas texturas con que das vida a tus personajes?

—Por la práctica, por el desarrollo y por la naturaleza del aerosol. El aerosol es muy celoso, lo tienes que domar, como cualquier otra herramienta, para sacarle provecho. La herramienta no hace el trabajo. También tiene que ver la experimentación, ver qué pasa si en lugar de usar una válvula usas otra, y con otros aerosoles… El graffiti, para muchos artistas, se desarrolló por los aerosoles nuevos, especiales. Cuando los dominas, puedes crear cosas muy finas o llegar a resultados más específicos.

—A algunos artistas se les eriza la piel apenas huelen el óleo, otros cuando escuchan el lápiz deslizarse sobre la hoja en blanco… ¿Hay algo que te haga experimentar algún sentimiento o alguna sensación especial cuando estás creando una pieza?

—Sí… Desde el momento en que me paro frente al muro sé que va a empezar algo, es el momento más especial… Cuando doy el primer paso y doy el primer trazo. O como ahorita, que huelo el aerosol, evoca todos esos momentos. Como cuando comes algo y puede trasladarte a un momento específico.

—Supongo que llegas con un boceto a la pared, ¿pero suele pasarte que a la hora de la ejecución varíe el boceto, que te encuentres con imprevistos?

—Sí, el 90 por ciento de mis obras son así. Me pasó que hacía tan elaborados mis bocetos que pasaron a ser ilustraciones u obras autónomas. Ahora, los bocetos nada más son de composición. Me clavo más en la composición y en lo que quiero transmitir, y no detallo tanto, eso ya lo hago en el muro. Voy resolviendo cosas en el muro. Como son formas orgánicas, tengo un montón de posibilidades de moldear las formas, de quitar, de poner…

—¿Tienen algún miedo similar al del escritor frente a la hoja en blanco?

—Sí, sí, sí.

—¿En qué momento se da?

—A mí me pasa en la pared. Uno cree saber lo que va a pintar, pero sabes que hay rangos de posibilidades. Si se me va un trazo, que lo haga más grande o más corto, tengo la facilidad de agarrar la brocha y borrarlo. Dentro del graffiti hay gente muy ortodoxa, que dice que todo tiene que quedar de cierta forma, pero eso te limita. Cuando te liberas de cosas como ésas creas cosas que ni te imaginabas, porque eres libre, de borrar, de parar, de dejarlo un día sin pintar. He notado que el graffiti se está diversificando, con la especialización. Cada artista tiene técnicas y procesos creativos, marcas favoritas, pinceles favoritos… Ya no es que se paren con un aerosol, se paran con los que ellos quieren, con las válvulas que quieren, con la gama de colores que quieren. A mí me pasa que uso colores específicos y luego ya no los encuentro, escasean. Y tengo que resolverlo. Creo que eso llevó la obra de muchos artistas a especializarse.

—¿Cómo describirías tu trabajo a quien no lo ha visto?

—Creo que optaría por describirlo por sabores. Podría describirlo como un sabor a sal, primero, y luego comiendo una zarzamora, luego miel, y después una paleta de mango con chile. Esos sabores me evocan a las texturas y los colores que yo utilizo. El color que uso más se llama cherry. Si yo describiera la obra de otra gente, a algunos los describiría como una bolsa de crackups, con muchos sabores y colores… O artificial.

Sego y la ciudad

Alguien que pinta en la calle, que va dejando un rastro por los lugares que pasa o que ha decidido que la calle sea su principal espacio de exhibición debe tener una relación intensa con la ciudad. Así es la relación de Sego. De ella no sólo ha tomado inspiración y moldeado a partir de ella su identidad. También de ella ha obtenido algunos regalos, como agradecimientos casi anónimos o incluso una peculiar serenata.

Sus piezas se encuentran diseminadas por la Ciudad de México, el Estado de México, Morelia, San Luis Potosí, Puebla, Veracruz, Guadalajara… Y más allá de las fronteras, en Los Ángeles, Buenos Aires, Cuba, España, Francia y Miami, donde pintó recientemente.

—¿Qué sugerirías a alguien que quisiera desarrollar una relación más intensa, más creativa o más profunda con su ciudad?

—Que salieran más para conocerla. Cuando tienes la mente abierta te inspira muchas cosas. Cuando entiendes que hay diferentes estilos de vida, me enriquece saber cuál es el que yo tengo. Eso a mí me sirve para pintar en la calle. Pienso: “Está aquí, pero lo va a ver el barrendero, el señor de la oficina, el ama de casa, el estudiante de diseño gráfico”. Es importante conocer dónde vives, porque eso te da identidad, y cuando tienes identidad, sabes qué puedes aportar.

Recientemente, en Cuauhtémoc, a una señora le transmitió tanto la obra que empezó a cantarme una canción de un pintor. La señora era veracruzana. Todos los que estábamos ahí nos congelamos. Estaba expresando mucho con lo que cantaba. Son cosas que no puedes comprar con nada. Eso voy a estar contándolo por siempre.

—¿Con qué tipo de reacciones te has encontrado?

—De las experiencias que recuerdo fue cuando estuve en Buenos Aires. Pinté en el centro, en Viamonte y Luis Dellepiane, cerca del Obelisco. Había un graffiti muy viejo, que se estaba cayendo, y pedí la barda. Me tardé como dos días y medio en esa pieza. Es una zona como oficinas. Pasaba mucha gente de traje y portafolios. En algún momento se me acercó un señor, que era contador, y me dice con su acento: “Yo no entiendo mucho de esto, pero se me hace increíble lo que estás haciendo, quién te paga por hacer esto”. Al momento de contestarle se dio cuenta de no era de ahí. Me preguntó de dónde era. “De México”. “¡Ah, México!” Para él era muy buena referencia. Hay una imagen interesante, buena, de lo que es México en cultura.

”Fue interesante, porque mi trabajo llega a gente que no necesariamente debe saber de arte. Sé que no manejo un lenguaje que todo mundo pueda entender, pero transmitir algo con cosas que no son letras y mover las sensaciones es increíble para mí. Había un edificio enfrente, y poco tiempo después, me escribió una chava que vivía en ese edificio. ‘Me tardé mucho en encontrar tu correo, pero quería darte las gracias, porque cada día que amanece, veo tu mural’. Son cosas que se sienten increíble.

Recientemente, en Cuauhtémoc, a una señora le transmitió tanto la obra que empezó a cantarme una canción de un pintor. La señora era veracruzana. Todos los que estábamos ahí nos congelamos. Estaba expresando mucho con lo que cantaba. Son cosas que no puedes comprar con nada. Eso voy a estar contándolo por siempre.

—¿En qué zonas del D.F. pueden verse tus piezas?

—Yo vivo en el Estado de México, y hay muchas piezas que no están en avenidas. La mayoría están en barrios y calles. Ahorita un referente es la obra que hice con Saner en el Museo de Culturas Populares, en Coyoacán. Mucha gente la ha visto. Por ella muchos nos han conocido, gente que no necesariamente está clavada en el graffiti. Otro está en avenida Cuauhtémoc con Chapultepec, al lado del KFC, en el parquecito.

—¿Con quiénes has tenido colaboraciones además de Saner?

—Desde gente de mi crew, que son esencialmente graffiteros de letra, de caligrafías, hasta gente de otros países, como Roa, o Jaz, de Argentina… Con Saner es lo más especial, es como magia, seguimos hablando de la misma manera que cuando pintamos la primera vez un muro muy chiquito. Siempre estoy abierto a hacer lo que sea con él, porque disfruto mucho pintar con él.

—Finalmente, ¿cómo percibes la relación creciente entre el arte urbano y el mundo comercial del arte?

—En un mundo regido por el capitalismo, era indudable que el arte urbano iba a capitalizarse. Yo no tengo ningún problema con eso, pero llega un punto en que tienes que preguntarte qué quieres con tu obra. Mucha de la credibilidad del arte callejero es no entrar a regímenes o posturas específicas. Es delicado. Hoy, la gente se asombra de que un graffitero pueda vender un cuadro en 60 mil dólares, sobre todo porque somos relativamente jóvenes.

”A mí me pasa que lo mismo puedo estar pintando un mural en la Guerrero, porque me gustó el muro, que pintar en Miami, junto a artistas que ya venden su obra carísima. También eso te permite desarrollar tu arte con más comodidad. Para crear, necesitas tranquilidad, una buena situación económica. Por eso mucha gente en México no es creativa, porque primero está qué van a comer hoy. Yo trato de que mi arte no sea elitista; si está en una galería, es para venderse, no para que entre cierta gente. Siempre va a haber discrepancias, y más con arte urbano, porque nació en la calle. ®

Publicado en: Arte, Enero 2012

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