Ensayo sobre lo bonito

Consideraciones sobre lo feo y lo bonito

En sus Lecciones de coquetería, de 1885, Blanche de Géry se puso a legislar en materia de aspecto físico: “Está permitido ser bonita, pero está prohibido ser rematadamente fea”. Salvo en los linderos de los círculos feministas, dudo que en verdad haya infractoras de ese estatuto.

Enternecerse febrilmente por las cualidades de los afiches cariñosos, sucumbir a aquello que recibe un montón de rosas, son factores importantes para la existencia de esta pompa que inevitablemente inhibe la fuerza. Hablo de la afición indómita por la fisiología agradable de algunas cosas, gestos, situaciones, personas, mascotas, instalaciones, estados atmosféricos y anticlimáticos.

Qué bonito es lo bonito: espejo recursivo, lindura de la neutra. Ni de la mala ni de la buena. Placebo pacifista, síncope del agrado, inofensividad de texturas tersas, lascivia con antifaz cándido. Cosas cabezonas.

Los juzgados de los bonito desobedecen al binomio feo-bello, pues su valoración de lo bonito es llana, aspira a ser un equivalente a la falta de adjetivos.

Los valores asimilados por la belleza: simetría, armonía, proporción no coinciden siempre con los de lo bonito que son aparentemente fijos, pero flotan en la indeterminación.

Hice un modesto sondeo a mi alrededor, sorprendente por el trasfondo lerdo de éste y su casi nula relación con algo que debiera ser serio, digno de analizar, pero a la vez fundamental como punto ciego de la estética. De allí su relevancia.

Gracias al tanteo me entero de algunas encarnaciones de lo bonito que ya intuía:

· Gatos (casi sin importar la raza, a excepción de los egipcios calvos).

· Bebés (apreciación extremadamente subjetiva, motivada siempre por la cortesía).

· Los copos de nieve (con todo y CO2).

· Las nubes (estratocúmulos y cirroestratos, los cumulonimbos no tanto).

· Serenatas (el gesto de llevarlas).

· Bisutería artística (cuadros de ambientación doméstica y restaurantera).

· Reducción escalar de animales a su mínima expresión (en especial erizos).

· Marcelo Mastroianni.

· Cindy Crawford (antes de According to Jim: cars & chicks).

Una tipología desordenada que bien podría equipararse con la que Balzac se refería en Dime cómo andas, te drogas, vistes y comes… y te diré quién eres es capaz de abarcar buena parte de lo que las buenas proporciones significan para el caso: la mesura, la retirada de la hybris. Esa rúbrica es difícilmente aprehensible, pues lo que vemos en la vida del día a día se escapa como arena entre las manos una vez que se quiere examinar. Lo bonito se ausenta si se le llama a juicio y casi es comprensible por qué.

La acusación común que se hace a los pensadores tiene que ver con una identificación de las propiedades de la belleza según pautas culturales heredadas gracias a los núcleos de convenciones que trazaron las civilizaciones fundacionales.

Es un espejismo recurrente, pero la parafernalia del poscolonialismo no se detiene a explicar, por ejemplo, la sensibilidad de diferentes culturas en relación con varios tipos de simetrías o a la armonía asimétrica, como en el arte persa, por ejemplo. Todo es rebelión política de la periferia. Su debate no es estético pero constantemente se autoriza para aplanar los relieves que de él se deriven. Merece una reflexión aparte.

Si no mal recuerdo el vocablo caricare tenía que ver con la carga, con la exageración, con el excedente más que con la gracia, que fue un efecto secundario. Lo bonito también podía ser caricaturizable por su oscilación entre pesadez y ligereza.

Es interesante el desmenuce en un timeline histórico que ha hecho las veces de escaparate proveedor de explicaciones para los cambios de paradigmas. Lo bonito no tiene historia y no puede ser comprendido únicamente desde el razonamiento retrospectivo ni desde el puro sentimiento. Nabokov era bueno separando el oro del cobre: “Un sentimental puede ser una perfecta bestia en sus ratos libres. Una persona sensible no será nunca cruel”. La escritura de la historia del arte y de la historia en general ha desconfiado mucho de su versión en minúsculas, su omisión de lo cotidiano responde a jerarquías de relevancia serias. Pero Whitehead nos hizo saber que pensamos en generalidades, aunque vivimos en el detalle.

En su potente ensayo Un sabio no tiene ideas François Jullien hace el distingo entre la filosofía que tiene anclas de temporalidad y la sabiduría que carece de pasado. Algo así sucede entre lo bello y lo bonito, que se escurre del tamiz y que desinteresa a las grandes inteligencias. Pero en esa cualidad borrosa, vulgar y traidora del temperamento estoico radica su encanto.

Si el humor, según se dice, es algo que se debe tomar en serio, lo bonito es algo que tal vez no. Está fuera del debate estético, del radar del juicio razonado seriamente y está más próximo al pellizco de cachete o al gesto de sonrojamiento amistoso motivado por una admiración enternecedora que es impenetrable para el intelectual de medio pelo.

Bajo la lógica de que el trabajo endurece y la vida del tiempo libre suaviza, parece normal que la recepción de lo lindo recaiga sobre las horas domésticas y de ocio que incluso penetre en territorios que le eran ajenos para romper el hielo o derretirlo con la calidez con que los compañeros del trabajo de pronto ambientan un lugar más proclive a la rigidez, de manera que un pastel de zanahoria bañado de confitería es capaz de aflojar tensiones.

La amenidad es la primera antesala que hace reconocible un ambiente más humano al que después se añade lo bonito para colmarlo. En la historia del arte y las ideas los arte/factos (para no llamarlas obras) del modernismo materializaban el artificio de una naturaleza idealizada al mismo tiempo que eran una respuesta antiintelectual a la severidad de la belleza clasicista. Desidealizaban porque paradójicamente llevaron al plano físico las formas que solo eran ideales.

El jugendstil fue más una emoción que un estilo arquitectónico y artístico. El ornamento de las formas no era más que una traducción previsible de una sensibilidad casera que buscaba simbolizar aquellas cosas que frecuentemente encarnan o vegetan lo bonito en la naturaleza: algunos animales, algunas plantas, los ojos muy pestañados.

Algunos rasgos que animalizan a las personas como el redondeo pronunciado en las facciones y la morfología cachorra no son sino la culminación de una carga pesada. Si no mal recuerdo el vocablo caricare tenía que ver con la carga, con la exageración, con el excedente más que con la gracia, que fue un efecto secundario. Lo bonito también podía ser caricaturizable por su oscilación entre pesadez y ligereza.

Lo lindo de unos es el kitsch de otros

¿Cuántas veces no ha salido un misántropo de su mazmorra con paredes formadas por libros y prejuicios a decir que el kitsch es subcultural, una cochinada del peor gusto? Menos de las que hemos visto a quienes lo festejan no sin una euforia artificial. Se ha adjetivado de tonto a lo bonito, tal vez por su indiferencia impasible, por la replicación incansable de los modelos con que conmueve. A Barthes le fascinaban los tontos, es decir, estaba encantado con buena parte del mundo. Mientras que Pascal Bruckner, más amable, afirmaba que la felicidad de unos es el kitsch de otros.

Fuera del relativismo cómodo, se puede afirmar que lo bonito es un resumen apresurado de lo agradable prêt-à-porter, sin mucha complicación, un ejemplar concreto-cursi que permanece en un umbral de empalago más o menos tolerable. La condena al diminutivo no es condena, es una cualidad abreviada de lo bueno y una huída de la grandilocuencia.

Así, la compactación y la rapidez son dos constantes que saltan como funcionarios por sus vales de despensa. Un canon fantasma que se ha hecho acreedor del aww, su propia onomatopeya, es de llamar la atención. Pues para tenerla debe ser algo icónico, inmediatamente reconocible y tan generalizado como el kaboom!

Bonito algoritmo

§~10 µ|<3

§ Caracter nomotético que describe la validez formal y legal del objeto en cuestión.

<3 Es la constante que alude a los pares o la traducción binaria de lo bonito. O sea, menos tres es dos o uno, pues.

µ Representa la escala mínima que puede alcanzar lo bonito en términos cuantificables donde 10 es una fijación aritmética y cultural que se manifiesta en el sistema decimalcomo sinónimo desimetría y proporción [tetraktis].

| Caesura o símbolo de valor absoluto.

Dialéctica, ni qué nada

El grupo Niche, en su magistral tema “Lo feo y lo bonito”, expone la discrepancia de fuerzas, la distensión de las sones, la aparente dualidad en el hecho de que la fealdad no es un opuesto tajante, sino un contraste necesario:

Recuerdo lo bello
Recuerdo la tinta
Razón que no tuvo sentimiento

Cut(r)e

Lo bonito hace la puesta en escena de una sorpresa agraciada que explícitamente está hecha para buscar una reacción que la consienta, que la abrace, y por otra parte es algo que ya es desaborido en una escala intuitiva de la lindura. Al estar en sustancia y cuerpo ondea entre la inmanencia y la permanencia.

Lo bonito no menosprecia la obviedad, es parte de su interminable tarea por suavizar el pathos y convertir al dogma del colchón colorido a los eremitas indecisos o, de perdida, a los insensibles.

La tosquedad con que irrumpe lo bonito en medio del tedio normalizador se compensa el candor con que se emite, pero tampoco hay que perder de vista que hay una fabricación deliberada de lo bonito, no exclusiva del tianguis afectivo, pero si muy deudora de los momentos Kodak.

Lo bonito auténtico, lo bonito radical

Hoy en día no es posible hablar ni de los zapatos para mascotas sin que alguien mencione la palabra fetiche, pero sólo la traigo a cuento porque lo bonito es algo inverso a él: no adquiere propiedades que no le pertenecen originalmente, es una atribución y no tanto una propiedad. Aunque ha tendido a adoptar rasgos constitutivos que se consideran de la identidad femenina, que atrae con su fuerza centrífuga. Así pues lo bonito es feminizado: una sorpresa, una canción, un hombre.

Las industrias de la belleza no fueron las que hicieron el juego de atribuciones a los bebés ni a los tulipanes. Si hurgamos el árbol genealógico de lo bonito nos encontraremos creyendo que una de sus ramas es el tronco.

En 1924 Walter Benjamin conoció a Asja Lacis, una dama lituana bolchevique, “una de las mujeres más excepcionales que haya conocido”, y en ese tiempo escribió Einbahnstrasse, uno de sus escritos más genuinos, se dice que es un libro de amor, si acaso un amor más complejo que por una persona, un amor por el ánimo, la capacidad de curiosear, la sensibilidad que destrona a la sensiblería, las impresiones que dan caminar por una calle, el pulso de la emoción intelectual.

En él la revelación de lo bonito es implícita pero clara: el asombro de ver que sorpresivamente hay lugar para lo espontáneo, mejor aún, formas espontáneas de lo espontáneo. El descubrimiento de que hacía falta moverse un poco del protocolo rutinario para encontrarse con una vida llena de nitidez en los detalles.

ONG de la Paz

No sé qué le dolía tanto a esa idea de que “la herramienta puede ser un arma” para que la sobaran tanto. Pero el lugar común es inmejorable para aclarar que la tekhné siempre tiene un fin bélico tan contenido que a veces es fácil olvidarlo. La ternura que es respuesta y afecto de lo bonito es un dispositivo que desarma y pospone la crítica, la agresividad, lo cual es extraño porque ciertas ternuras son tan insufribles que incitan al ataque. Pero omitamos eso. Enternecer es un recurso de la paz que hurga en la vulnerabilidad para protegerse y hacer que el otro baje la guardia, es un escudo hecho de mimbre.

Lo bonito doblega fácilmente al intelecto porque lo tonto es más próximo a nosotros, es parte importante del genotipo, sólo queda condimentarlo con algo de talento; el intelecto, en cambio, necesita esfuerzo para crear o escuchar un razonamiento. Si la paciencia es una de las formas del esfuerzo, claro está. Por eso no es casual que la ternura, aunque chuscamente desplegada, sea también un alfil político, una coartada que logra su cometido de conmover no por sus objetivos originales, sino por la risa de quien reconoce fácilmente una mala actuación. Hay que aplaudirle al bufón el truco ya de menos por haberse atrevido a hacerlo.

Las distintas veladuras componen una escenificación de lo bonito, no sólo los sujetos y los objetos aislados. El poeta Charles Simic es muy consciente de ello, en especial en medio de su memoria infantil de Belgrado That Little Something durante la invasión alemana, en la que hasta lo siniestro es doblegado por una sutil visión de panorama.

Las industrias de la belleza no fueron las que hicieron el juego de atribuciones a los bebés ni a los tulipanes. Si hurgamos el árbol genealógico de lo bonito nos encontraremos creyendo que una de sus ramas es el tronco.

Cosmética empolvada

La cosmética es el orden del cielo, un cosmos aterrizado, una celestialidad mundana y alquímica: el polvo que vuelve al polvo, como dice Bowie en “Ashes to Ashes”. Por ello no es gratuito que la belleza como don divino o prodigio de la naturaleza evite ser incompatible con el acto de lograrla por medios asequibles para las manos humanas. Lo bonito es sospechoso cuando se ve rodeado de un halo de naturalidad.

El artificio entonces no atentaría contra lo que ya es bonito, no lo fabricaría literalmente sino que lo ensalzaría en especial, cuando es poco evidente en alguien.

Una vez más la manufactura intercede ante la vista por los acabados, es una posproducción de los detallitos. Audrey Hepburn, en la película Amor en la tarde, de Wilder, le dice a un hombre del que está enamorada que ella es demasiado delgada, que tiene el cuello demasiado largo, las orejas demasiado grandes. A lo que el personaje de Gary Cooper responde: “Puede ser, pero me gusta el conjunto”. La cosmética que se ocupa de las bonitas segmenta su unidad, pero la percepción de ellas llega de un golpe o, como apunta la socióloga marroquí Eva Illouz, “El encanto o el carisma de otra persona consiste precisamente en las formas en que distintos atributos se integran entre sí”.

En sus Lecciones de coquetería, de 1885, Blanche de Géry se puso a legislar en materia de aspecto físico: “Está permitido ser bonita, pero está prohibido ser rematadamente fea”. Salvo en los linderos de los círculos feministas, dudo que en verdad haya infractoras de ese estatuto. Lo relevante aquí es el imperativo dado, como con chicote en mano. Witold Gombrowicz propuso el neologismo “afearse”, una forma de desprendimiento del dogma de lo bonito o de la máscara que lo simboliza, pero es un lujo que tal vez sólo puedan darse precisamente las personas bonitas. ¿Cómo ser ex guapa o ex bonita si antes no se fue guapa o bonita?

Baudelaire no se dio cuenta de lo terrible que estaba siendo con quienes no se legitiman por la vía de la coquetería, pero casi lo entiendo: “La mujer está en todo su derecho, e incluso cumple con una especie de deber al aplicarse en parecer mágica y sobrenatural”. Es una lápida esteticista muy reveladora e interesante, pues el afán por el agrado vuelve a situarse en casillas premodernas donde no hay otra explicación y recurso que la taumaturgia del hechizo. Pero el afán por agradar no es la única motivación como señala Georg Simmel, “pues supondría confundir el medio para conseguir un fin con el deseo de ese fin”. El conflicto por la posesión de lo bonito es un aliciente de la coquetería como juego que es solamente uno de los medios. El adornamiento que inevitablemente es preámbulo de todo esto es también un esfuerzo en vano por mostrar de manera sutil lo que supuestamente quiere ocultarse. ®

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