EL CINEMA BICENTENARIO

Entre la banalidad y la fragmentación

Hacer cine es importante, sí, pero no urgente, y en un país con las desigualdades aplastantes que muestra México, el adornar los festejos del bicentenario con esa cantidad de filmes, de los cuales la mayoría no alcanzó a ver más que unos pocos, parece más una fantasía masturbatoria que una necesidad real.

Entre los bombásticos festejos oficiales del gobierno federal (al parecer, el único auténticamente preocupado por festejar tan magna fecha) se incluyó un rubro de modestos 700 millones de pesos para financiar alrededor de setenta películas. Aunque la cifra parezca demoledora (y en nuestra realidad nacional lo es, pero no por los motivos que uno pudiera pensar), no lo es tanto: esta cantidad equivale a unos 60 millones de dólares que, repartidos entre setenta proyectos, arroja un resultado de menos de un millón de dólares por filme. Eso es bastante poco, por supuesto, en estándares de producción universales (las producciones independientes estadounidenses generalmente logran superar el millón de dólares de producción). La comparación se hace necesaria porque realizar cine profesionalmente no es tarea fácil ni barata, y es importante aclarar que la mayoría de estas cintas no se hicieron exclusivamente con dinero del presupuesto federal.

La principal cuestión no es el presupuesto destinado. Hacer cine es importante, sí, pero no urgente, y en un país con las desigualdades aplastantes que muestra México, el adornar los festejos del bicentenario con esa cantidad de filmes, de los cuales la mayoría no alcanzó a ver más que unos pocos, parece más una fantasía masturbatoria que una necesidad real. No obstante, la importancia del cine como medio de reflexión y análisis se hizo patente en la polémica El Infierno, de Luis Estrada. La cinta fue alabada y denostada a partes iguales en multitud de medios (Replicante fue una de las principales trincheras de debate en torno a esta película), y lo mismo recibía críticas positivas que era crudamente destazada. A pesar de esto, el hecho estaba allí: El Infierno había estimulado la percepción, agudizado los sentidos y mostrado una realidad ineludible en torno a la situación nacional. Fue la película más taquillera de los proyectos del bicentenario y la única que podría considerarse un auténtico éxito: su presupuesto fue de alrededor de 50 millones de pesos y recaudó en taquilla más de 80 millones (esto a pesar de la clasificación C que la Secretaría de Gobierno se empeñó en mantener, pese a las peticiones de los involucrados en el proyecto de bajar la clasificación a B15). El dato funciona como un perfecto termómetro del sentir popular: la única cinta totalmente crítica con el régimen (El atentado, de Fons, poseía en su premisa ciertos elementos cercanos al cuestionamiento, pero se alejaba de ellos con rapidez) fue la única que logró consolidarse en taquilla. No obstante, el proyecto de Estrada no está vinculado en modo alguno con la percepción del gobierno federal del año 2010 —e incluso, el sitio web de la cinta abre con un letrero que ostenta el símbolo oficial de México 2010, pero que es inmediatamente acribillado con armas de grueso calibre, como se dice en los noticiarios—, y tiene sus raíces en la propuesta que comenzó más de diez años atrás, con el estreno en 1999 de La Ley de Herodes.

Vale hablar del cine de Estrada. Con más de treinta años en los andares fílmicos nacionales, la fama y la notoriedad no llegaron hasta el estreno de la mencionada Ley de Herodes. En un punto álgido de la crisis nacional, con el PRI llegando a los setenta años detentando el poder en un país supuestamente democrático, el filme de Estrada ofreció una radiografía detallada del momento nacional. Tras lograr superar un duro veto priista que trató de impedir que llegara al gran público, La Ley de Herodes se convirtió en un referente cultural que eventualmente contribuyó al derrumbe del mecanismo priista en el poder. Posteriormente, siete años después de que la cinta le diera la vuelta al mundo y pusiera a Estrada en los cuernos de la luna, llegó la continuación de su trilogía involuntaria de comentarios a la realidad social mexicana: Un mundo maravilloso. Crítica severa al neoliberalismo, con todo, resultó una cinta fallida. Estrada no logró consolidar su segundo filme con la fuerza del primero, y a pesar de ser una crítica más que válida no consiguió el impacto histórico que La Ley de Herodes. Todo esto sirve para decir que Luis Estrada es un cineasta ajeno a las políticas e ideologías oficiales, y que durante tres sexenios ha sabido poner el dedo en la llaga con su cine. El Infierno fue la muestra más reciente de ello, y la cálida recepción del público nacional hace pensar en el grado de identificación que hay entre lo que se ve en pantalla y lo que el mexicano ve a diario, en las calles de su ciudad.

Setenta filmes quedaron entonces como recuerdo del bicentenario mexicano, muchos apenas y llegaron a las pantallas comerciales. Un trabajo titánico que, a pesar de todo, no deja el mejor sabor de boca posible y se revela como franco y abierto fracaso.

Jorge Fons, brillante cineasta veracruzano, no estrenaba algo en pantallas desde 2003, año en que proyectó La cumbre, un proyecto más bien ignorado. Su último trabajo relevante data de 1995, El Callejón de los Milagros, una fábula barriobajera cercana al costumbrismo que, a pesar de esto, no decepciona. Fons ingresó en el Cinema Bicentenario con El atentado, adaptación de la novela homónima de Álvaro Uribe. Una producción cuidada y metáforica, potencialmente subversiva pero contenida, un guión solvente (que incluía interesantes elipsis temporales e intertextos), grandes actores. El atentado, sin ser un filme prodigioso, sacó la chamba, como solemos decir usualmente, pero pasó inevitablemente inadvertida entre un alud de estrenos comerciales mucho más vistosos. La revisión de la historia no es un rubro solicitado en México.

Otra clase de revisionismo histórico en clave condechi fue el que se dejó ver en Hidalgo Moliere (también llamada Hidalgo: la historia jamás contada). Boba desde el título, la obra de Antonio Serrano (cineasta conocido por Sexo, pudor y lágrimas y al que inexplicablemente se le asignó un filme de pretensiones históricas, totalmente alejado de sus “inquietudes” como cineasta), tenía como misión mostrar un lado poco conocido del so called Padre de la Patria, revisar sus motivaciones y mostrar su verdadera personalidad. Nada de esto pasó y el resultado fue una frustrante, descuidada y desastrosa cinta donde lo más relevante que se deja ver es el tremendo escote (con ayuda de algún wonderbra colonial, por supuesto) de Ana de la Reguera. Un cúmulo de actores descuadrados, extraviados, una dirección casi ausente y un mínimo esfuerzo en reconstruir sets —se podía apreciar ruinas enteras que lucían como lo que eran, ruinas—, un guión sin el más mínimo sustento histórico y una promoción rimbombante derivaron en un fracaso comercial estrepitoso, duras críticas y una nula repercusión comercial o artística.

El ejercicio de forma más interesante (y que ni siquiera lo es tanto) del Cinema Bicentenario fue, sin duda, Revolución. Producido por Canana Films, el proyecto, más que un filme completo, es una colección de esbozos, cortometrajes o viñetas realizados por varios directores de los “destacados” de la escena nacional (whatever that means nowadays). De los mismos Gael García Bernal y Diego Luna hasta cineastas de interesante carrera como Fernando Eimbcke o Carlos Reygadas, el filme recorre escenarios distintos en los que se nota siempre un poco de lo mismo: cierto dejo costumbrista (en los trabajos de Eimbcke o García Bernal esto es evidente) o sórdido, tan típico de nuestro cine. No obstante, hay cortometrajes destacados y solventes, que merecen ser vistos. Una colección desigual de trabajos que fue la única que se exhibió honestamente: fue transmitida en televisión e internet antes de su estreno en cines comerciales, lo que sin duda es un ejercicio transparente con el público contribuyente que fue, finalmente, quien la financió en parte.

Varios proyectos más fueron lanzados durante el año. Setenta filmes quedaron entonces como recuerdo del bicentenario mexicano, muchos apenas y llegaron a las pantallas comerciales. Un trabajo titánico que, a pesar de todo, no deja el mejor sabor de boca posible y se revela como franco y abierto fracaso. ¿Cuántas de estas cintas quedarán inscritas en la memoria colectiva? ¿Cuántas dejarán una huella social y artística profunda, cuántas inspirarán futuras carreras cinematográficas? El cine del bicentenario no sirvió para otra cosa que para un derroche innecesario de recursos, para patética propaganda de una celebración que no era parte del sentir popular. El cine de esta celebración debió haber servido como catarsis, reflexión, análisis y mirada crítica a las actividades del régimen, a la personalidad mexicana. Nada de esto sucedió. En cambio, recibimos un montón de obras irregulares, sin cohesión de ningún tipo. No podemos quejarnos, por supuesto: la fragmentación y banalidad del cine del bicentenario no reflejan otra cosa que el mismo estado fragmentado en el que se encuenta la identidad y la percepción histórica mexicana. ®

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Publicado en: Cine, Enero 2011


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