El coral de la vida

En torno a Charles Darwin y Stephen Jay Gould

En este ensayo se revisa la relación de Darwin con la escritura, el viaje y el ensanchamiento de la mirada; se analiza su influencia en ámbitos que podrían englobarse bajo el rubro de “historia de la cultura” más que en dominios estrictamente biológicos o científicos, como lo demostró Stephen Jay Gould, el verdadero artífice literario de la teoría evolutiva y uno de los más geniales ensayistas de la segunda mitad del siglo XX.

Nada en biología tiene sentido si no es a la luz de la evolución.
—Theodosius Dobzhansky

La historia del ser humano —qué duda cabe— es la historia de sus empeños. Desaforados y brillantes, lo mismo que nobles y ruines, la totalidad de nuestros afanes puede resumirse en la necesidad de saciar una carencia primigenia: somos una especie con hambre infinita.

Condenados a no conocer jamás la satisfacción ni el sosiego, hemos hecho de la obstinación un arma para nuestras preguntas, angustias y fracasos, construyendo una vocación que en la misma medida que nos justifica y enriquece también apuntala nuestra ruina (los mundos posibles casi siempre exigen como visado la clausura de las cosmovisiones que los preceden). Somos un ser que (se) pregunta y al hacerlo nos comprometemos con realidades complejas que nos superan y nos agobian pero no nos aniquilan. En nuestra insatisfacción, que es un nombre para la infelicidad y la dicha, hemos encontrado una respuesta: los frutos que necesitamos, y a los cuales sólo es posible acceder a través de trabajos forzados, se encuentran en este mundo.

Darwin

El impacto medular y la vigencia de la obra y la figura de Charles Robert Darwin (1809-1882) en la historia de nuestra especie y en la vida entera —terrestremente hablando— han revelado uno de nuestros secretos más evidentes y delirantes: habitantes de un grandísimo universo, desde nuestra muy humana nulidad, somos una galaxia en expansión.

Ahora, como lo demuestran los 150 años de indiscutible vigencia de El origen de las especies, enfrentarnos al legado presente de un naturalista incomparable, constructor además de una “larga argumentación” que representa en el imaginario colectivo la piedra de toque de la teoría de la evolución, no puede sino ser una mínima efeméride para con una inteligencia y una sensibilidad cuyas implicaciones —a la manera de las de Nietzsche, Freud, Marx, Copérnico, Galileo o Einstein— nos hicieron plenamente humanos porque nos entregaron, entre otras cosas, nuestra animalidad tan palmaria como negada y a la vez nos proporcionaron respuestas biológicas contundentes al porqué estamos aquí y cómo fue que llegamos a este momento en que a través del lenguaje verbal, por decir algo, somos conscientes de la creación y evolución de las especies. El naturalista, además de preguntarse y responderse al respecto de los orígenes y el desarrollo de la vida, esa pecata minuta, nos señaló en el libro extraño y formidable titulado The Expression of the Emotions in Man and Animals (1872) que incluso las expresiones emocionales del ser humano tienen un origen animal (a tono con esto el cubano Guillermo Cabrera Infante aseguró en una de sus ingeniosidades que “bien pudo haber primates que contaran cuentos todos hechos de gruñidos, que es el origen del lenguaje humano: un gruñido bueno, dos gruñidos mejor, tres gruñidos ya son una frase. Así nació la onomatopeya y con ella, luego, la epopeya”).

De entre todas las posibles riquezas que nos legó Darwin quisiera revisar someramente en estas líneas las que atañen a su relación con la escritura, el viaje y el ensanchamiento de la mirada; es decir, analizar de alguna manera la influencia de Darwin en ámbitos que podrían englobarse bajo el rubro de “historia de la cultura” más que en dominios estrictamente biológicos o científicos, como lo demostró ese hermeneuta consumado de su obra que respondió el nombre de Stephen Jay Gould (1941-2002), el verdadero artífice literario de la teoría evolutiva y uno de los más geniales ensayistas de la segunda mitad del siglo XX.1 Mi intención es leer a Darwin no sólo como un intérprete del mundo capaz de organizar, a través de la intuición, la sistematización y la metáfora,2 la intrincada realidad que se le presentaba a través de la teoría de la evolución de las especies a partir de la selección natural —que de paso borró en el contexto científico de una vez y para siempre nuestro evanescente origen divino—, sino también como un parteaguas filosófico que permitió la apertura de múltiples perspectivas de conocimiento que ahora como entonces se encuentran abiertas al análisis, la complementación y el debate. Este fundador de discursividad, por recurrir al término empleado por Michel Foucault que alude a aquellos “autores” que continúan un diálogo que los antecede y lo enriquecen de manera categórica, es un evento principal en la historia debido a que después de sus aportes ya nada volvería a ser lo mismo. Entre otras maravillas, inagotables incluso en una enciclopedia, Darwin heredó a la especie humana y sus proyecciones simbólicas un manantial de metáforas e imágenes complejas y poderosas para entendernos y representarnos. Las implicaciones de palabras como “adaptación”, “evolución”, “selección natural” y “lucha por la vida” son sólo un ejemplo de la muy vasta influencia de la obra y el hombre que ahora nos conjuran. Su revolución científica, punzante en sus contenidos ideológicos, filosóficos y religiosos, se ha vuelto copiosa e inabarcable en sus innumerables aspectos culturales, incluso de maneras lamentables y abyectas como en el caso de la eugenesia o el darwinismo social.

Aún ahora, a 150 años de la publicación de El origen, mantener una charla somera al respecto puede llevar, en más de un contexto, no sólo a peliagudos debates epistemológicos sino a desencuentros más que desagradables debido a la ignorancia, el desdén o la mala interpretación, conflictos con los que el autor luchó buena parte de su vida. A su esposa, por ejemplo, muy poco podían turbarla los devaneos de su marido puesto que la fe, a diferencia de la ciencia, radica en otra parte del corazón (o del cerebro). Acaso convenga recordar, para tener una ligera idea de lo entreverados que estaban en ese momento los dominios religiosos con los científicos, que dos años antes de la publicación de El origen el especialista en insectos, biología marina y prolífico escritor de ciencia Philip Henry Gosse publicaría, con la intención de unificar los contenidos de la biblia con la historia natural, Omphalos, un texto de carácter científico que pretendía responder la pregunta sobre si Adán contaba o no con ombligo. Para un habitante del siglo XXI, relativamente consciente de las diferencias epistemológicas entre el creer y el saber, resulta difícil ubicarse en una mentalidad que concebía a la verdad como un acto de fe ribeteado con argumentos lógicos y algunas pruebas materiales.

De entre todas las posibles riquezas que nos legó Darwin quisiera revisar someramente en estas líneas las que atañen a su relación con la escritura, el viaje y el ensanchamiento de la mirada; es decir, analizar de alguna manera la influencia de Darwin en ámbitos que podrían englobarse bajo el rubro de “historia de la cultura” más que en dominios estrictamente biológicos o científicos.

Debo señalar, antes de continuar con estas notas, que intentar acercarse desde cualquier arista a las implicaciones derivadas de la teoría de la evolución se revela como una impotencia porque, como ha señalado con aleccionadora claridad Ernst Mayr, la teoría de la evolución no es una entidad unitaria sino un conjunto de al menos cinco teorías, lo que la torna una teoría compuesta. Paso a enumerarlas: a) la evolución, que sostiene que el mundo no se ha creado recientemente y está sometido a cambios constantes, lo que ocasiona cambios en el planeta y en los organismos en el transcurso del tiempo; b) el origen común, que asevera que todos los organismos vivos descienden en última instancia de un antepasado común, lo que daría lugar a un origen único de la vida; c) la diversificación de las especies, que explica la diversidad en especies hijas o por gemación, lo que implica la aparición de nuevas especies debido a aislamientos particulares (como sucede en el caso de las islas, territorios poblados de maravillas); d) el gradualismo, que señala que el cambio evolutivo se da de manera paulatina y no repentinamente; e) la selección natural, que argumenta que el cambio evolutivo se debe tanto a cambios estocásticos (azarosos), como a la capacidad de ciertas especies de adaptarse al medio que los rodea.3 Queda claro entonces que el tema es una gran madeja confusa que, una vez desenrollada, revela otra madeja más seductora y compleja que la anterior con ramificaciones y resultados igual o mayormente sorprendentes. Obligatoriamente una reflexión sobre este tema está llamada a ser un tanteo y una sugerencia, un ensayo: una avidez insatisfecha en todo caso.

En su búsqueda, revolucionaria de veras, Darwin comprometió al género humano con su destino: saber quiénes somos, de dónde venimos y cuál es nuestro lugar en relación con las especies con las que compartimos el extraño privilegio de la existencia.

Navegar es preciso

El viaje, como es sabido, es ante todo una experiencia de (re)conocimiento. El que viaja con los ojos abiertos es presa de un delirio adánico: es necesario nombrar las cosas para poseerlas y asimilarlas. Para darles cuerpo.

En el caso de los casi cinco años (del 27 de diciembre de 1831 al 2 de octubre 1836) en los que el H.M.S. Beagle circunnavegó el globo, el desertor de médico y aprendiz de clérigo habría de empeñarse, aunque no sin espesas brumas debido al zeitgest de su época, en su carrera como científico, orientado bajo la tutela de los Principios de geología de su admirado Charles Lyell, adalid del gradualismo (ocioso empeño darwininista que nunca descifraremos4), con quien más tarde sostendría una sólida amistad.

En este periodo el joven Darwin trabajaría como naturalista de abordo ad honorem recolectando especímenes que enviaba con regularidad a Cambridge para su estudio y desarrollando distintas investigaciones geológicas en tierra firme.

Posteriormente, a su regreso a Inglaterra, publicaría en 1839 el Viaje de un naturalista alrededor del mundo, también conocido como El viaje del Beagle, que lo volvería un autor popular entre el gran público y sería la piedra de toque que más tarde le permitiría desarrollar su teoría con ejemplos muy precisos, tomados en numerosos lugares de la Tierra y coronados finalmente con la diversidad de especies que registraría en las legendarias islas ecuatorianas.

Esta experiencia ilustradora sería la que a la postre le permitiría al todavía entonces “científico creacionista” —Gould ha dedicado el exquisito ensayo “Darwin navegante (y las virtudes del puerto)” (cf. La sonrisa del flamenco) a desmitificar la leyenda que concibe al joven victoriano súbitamente transformado por la observación simple y objetiva de la naturaleza; por el contrario, el neoyorquino ofrece la figura de un mozalbete inquieto pero palurdo que no se molestó en tipificar de qué islas provenían las trece especies de pinzones que recolectó5 y mucho menos reparó en la riqueza informativa que constituían las famosas tortugas oriundas de las Galápagos, puesto que en compañía de la tripulación devoraron los treinta especímenes recolectados (para eso y no otra cosa las embarcaron) y tiraron los caparazones al mar, desechando así cualquier tipo de evidencia.6

Considerar los pormenores de cada lugar en los que recaló el oriundo de Shrewsbury sería cosa fatigosa que probablemente sólo interese a especialistas apasionados y a los cultores de una erudición extravagante, aunque me gustaría detenerme muy brevemente en su paso por la Argentina, territorio en el que además de descubrir el megaterio (muy cerca del puerto de Bahía Blanca, concretamente en Punta Alta y en las Barrancas del Monte Hermoso), analizar fósiles, reptiles, insectos y aves, también interactuaría con el general Juan Manuel de Rosas (“un ejército integrado por gentes con tal apariencia de villanos y bandoleros”7 le parecerán sus tropas), y los gauchos (a quienes definirá de la siguiente manera: “son muy superiores a los habitantes de la ciudad. Invariablemente, el gaucho es muy servicial, muy cortés, muy hospitalario; nunca he visto un ejemplo de grosería o de inhospitalidad. Lleno de modestia cuando habla de sí mismo o de su país, al mismo tiempo es atrevido y valiente”). Cabe mencionar, como detalle de color, la opinión del joven naturalista al respecto de la mujer inglesa después de contemplar la beldad de la mujer argentina: sus compatriotas femeninas le parecerán, a no dudarlo, carteros.

El Beagle estuvo entre Bahía Blanca y la Patagonia entre 1833 y 1834, tomando notas y especímenes a lo largo del litoral que va desde el Río de la Plata hasta la Tierra del Fuego. De sus experiencias a través de la América meridional Darwin colegirá que es posible leer las grandes revoluciones geológicas del planeta, lo que insuflará más adelante las palabras de Domingo Faustino Sarmiento al sostener que la teoría de Darwin es Argentina por haberse gestado durante su viaje por las costas suramericanas.8

En ese sentido Darwin es un escritor completo y magnífico como lo entiende el narrador mexicano Federico Vite: “Los escritores poseen la mirada fascinante de los objetos sensibles, son como la sombra o el palpitar de los colores. Tienen bestias en el cuerpo”.

Es durante este viaje, perfectamente documentado en su Diario (tan valioso para la construcción de la identidad argentina desde la extranjería —whatever that means— como los del ornitólogo y literato Guillermo Enrique Hudson —particularmente en Idle Days in Patagonia—, los Diarios de Witold Gombrowicz o el mítico In Patagonia de Bruce Chatwin) cuando Darwin, además de demostrar sus conocimientos precisos en materia de geología, botánica, antropología y zoología, se permitirá hacer algunos juicios, en la tradición de los aguafuertes de Roberto Artl, poco generosos al respecto de la sociedad porteña de su tiempo, tan certeros y vigentes aún ahora y no sólo en Argentina sino en todo el mundo conocido (Inglaterra en su calidad de contumaz ladrona de islas y por merced de sus históricos delirios colonialistas incluida, desde luego). Cito algunas al vuelo: “La policía y la justicia son completamente ineficientes. Si un hombre comete un asesinato y debe ser aprehendido, quizá pueda ser encarcelado o incluso fusilado; pero si es rico y tiene amigos en los cuales confiar, nada pasará. Es curioso constatar que las personas más respetables invariablemente ayudan a escapar a un asesino. Parecen creer que el individuo cometió un delito que afecta al gobierno y no a la sociedad”. “Todo funcionario público es sobornable. El jefe de Correos vende moneda falsificada. El gobernador y el primer ministro saquean abiertamente las arcas públicas. No se puede esperar justicia si hay oro de por medio”. “Las clases más altas y educadas que viven en las ciudades cometen muchos otros crímenes, pero carecen de las virtudes del carácter del gaucho. Se trata de personas sensuales y disolutas que se mofan de toda religión y practican las corrupciones más groseras; su falta de principios es completa”.

Ejercicios como el anterior demuestran no sólo las ideas y las concepciones de un victoriano acomodado y aventurero de mediados del siglo XIX, sino también y sobre todo la profunda necesidad de un temperamento de verter sus experiencias por escrito, es decir, de ofrecer un testimonio y construir un archivo: la consciencia de escritura de Darwin es tan impresionante como meritoria. (La frase que me quedó de su Autobiografía es la siguiente: “I have taken no pains about my style of writing”; “No me tomé ninguna molestia en cuidar mi estilo literario”. Evidentemente, como suelen hacer los grandes escritores, el naturalista miente sin empacho).

Desde esta óptica, incluso si su teoría no hubiese sido consecuente o a la larga hubiese sido refutada, me parece que su papel como descriptor del “libro del mundo” debería insertarlo ya para siempre en los anales de los viajeros ilustres. Darwin, como pocas sensibilidades en la historia, dio cuenta del maravilloso gabinete de curiosidades que tenemos por planeta. Y lo hizo con palabras.

En ese sentido Darwin es un escritor completo y magnífico como lo entiende el narrador mexicano Federico Vite: “Los escritores poseen la mirada fascinante de los objetos sensibles, son como la sombra o el palpitar de los colores. Tienen bestias en el cuerpo”.

La teoría evolutiva y sus derivas literarias: una conjunción ¿maravillosa?

I am a humanist at heart, and I love, best of all, the sensitive and intelligent conjunction of art and nature —not the domination of one by the other.
—Stephen Jay Gould

Stephen Jay Gould

Mencioné en un principio que mi intención al abordar la figura de Darwin a 150 años de la publicación de El origen de las especies, más que detenerse en reseñar sus implicaciones biológicas o científicas en el presente, sería la de leer de alguna manera su influencia en el campo de la teoría e historia de la cultura, concretamente en el plano de la literatura y específicamente en el ensayo literario de corte científico, para lo cual me serviré de uno de sus principales epígonos y, a no dudarlo, uno de los mejores ensayistas en lengua inglesa de las últimas décadas que compartió con eruditos y profanos algunas de sus cavilaciones de historia natural derivadas de la teoría de la evolución y su motor primero, la selección natural.

A este respecto conviene hacer la siguiente aclaración, para evitar ambigüedades y desencantos. Me ceñiré exclusivamente a la influencia del trabajo de Darwin en las ideas y el proceder en los ensayos divulgativos de S.J. Gould porque considero que a través de ellos es posible no sólo entender algunas de las principales aportaciones darwinistas a través de una obra seria, amena y profundamente literaria9 que todo el tiempo está exponiendo sus mecanismos de composición creativa, sino también porque rastrear las incidencias de Darwin en la literatura en general sería una empresa elefantina que requeriría más tiempo del que poseo y sobre todo la participación de un equipo competente que estuviera en condiciones realizar un nutrido y apabullante trabajo de recolección de datos. Por tales razones he optado por detenerme en la poética de Gould ya que considero su caso elocuente, apasionante y emblemático.

Stephen Jay Gould, por derecho propio, es uno de los más destacados paleontólogos y biólogos evolucionistas, con trabajos técnicos al respecto de la biología del desarrollo evolutivo y particularmente por sus estudios sobre los caracoles de tierra de las Bermudas. Por otra parte, su aportación a la teoría de la evolución ha sido neurálgica al pergeñar con Niles Eldredge en 1972 la teoría del equilibrio punteado. Esa teoría sostiene, a ojo de pájaro, la existencia de grandes periodos geológicos en los que no se presentan variantes evolutivas en las especies, lo que no impide la presencia de cambios drásticos en periodos cortos por merced, entre otras causas, del azar, lo que justificaría la escasez de formas intermedias entre, por ejemplo, los fósiles animales. Tal planteamiento, expresado de continuo en buena parte de sus ensayos, encuentra su desarrollo pormenorizado en su obra técnica de mayor envergadura La estructura de la teoría de la evolución, publicada el mismo año de su muerte como una herencia riquísima con innumerables caminos sugeridos para investigar, contraponer y asimilar los avances y las derivas de la teoría de la evolución.

Por otro lado, la importancia de Gould como historiador de la ciencia con alto sentido crítico —fue uno de sus más destacados protagonistas en la segunda mitad del siglo XX— es grandísima y digna de analizar incluso en sus alcances políticos. A través de sus cursos y conferencias a lo largo del mundo Gould compartió y confrontó sus conocimientos con la finalidad de erradicar prácticas sexistas y racistas (es célebre su conferencia al respecto de las bases biológicas de la igualdad humana —contingentes por lo demás— en la Universidad de Johannesburgo en tiempos del apartheid), su combate de las imposturas provistas por la psicometría y los tests de inteligencia a través de su libro The Mismeasure of Men, su franca y sostenida oposición a varios de los aspectos de la sociobiología proclamados por el determinista E.O. Wilson, su participación juvenil en el grupo izquierdista “Science for the People”, la importancia de sus opiniones en el juicio “Malean contra Arkansas” en 1981 contra la ley 590 que abogaba por un tratamiento equitativo de la “ciencia de la creación” y la ciencia de la evolución en las escuelas públicas, su insistencia en no traslapar los contenidos religiosos con los científicos en aras de una convivencia pacífica y diferenciada (como puede cotejarse en su obra Rock of ages) y, finalmente, entre otros casos que sería tardado enumerar, su apoyo a la legalización de la marihuana con fines medicinales, hierba que fumada lo ayudó a sobrellevar los malestares producidos por sus tratamientos contra el cáncer, enfermedad que a la postre terminaría con su vida.

La obra de Gould, un cenital inmenso sobre la vida y obra de Darwin, es también un análisis histórico que lo coloca en la opinión de especialistas como Michael B. Shermer10 o Ronald Numbers como una figura cardinal en la historia de la ciencia, puesto que su trabajo, al igual que el de Thomas Kuhn, ha conseguido transformar notoriamente la concepción del mundo al respecto de la historia de la vida. Las implicaciones del equilibrio punteado, como puede colegirse, sobrepasan las fronteras de la biología y se insertan directamente en el corazón de la historia y la filosofía.

La importancia de Gould como historiador de la ciencia con alto sentido crítico es grandísima y digna de analizar incluso en sus alcances políticos. A través de sus cursos y conferencias a lo largo del mundo Gould compartió y confrontó sus conocimientos con la finalidad de erradicar prácticas sexistas y racistas.

A este punto conviene hacer algunas presiones al respecto del trabajo de Gould, puesto que si bien comenzó su carrera como paleontólogo y profesor su mayor aportación e impacto culturales estarían mediados por los ensayos publicados en su columna “This View of Science” de la revista Natural History, que ulteriormente habría de ir agrupando en libros fantásticos que no sólo lo volverían uno de los divulgadores más leídos y entrañables sino también un líder de opinión para buena parte del planeta.11 Para Gould, como en su momento para Sagan, la divulgación de la ciencia fue una práctica constante y consciente que le permitió vincular a grandes franjas de la sociedad con temas aparentemente especializados que nos tocan a todos de manera neurálgica, apostando siempre tanto por un estilo literario como por un diálogo inteligente, crítico y provocador.12 Este hecho, por motivos tan variados como mezquinos, contribuyó a que buena parte de su trabajo y aportaciones fueran desdeñados por temperamentos puristas como Richard Dawkins, Daniel Dennet, Verne Grant y Steven Pinker. Dawkins, por ejemplo, no dejó de atacar, a veces con argumentos sólidos y a veces con berrinches furibundos, el trabajo de Gould, a quien consideraba peligroso no sólo por practicar la escritura de una “mala ciencia poética” sino, paradójicamente, por ser un buen escritor, puesto que debido a su eficaz estilo resulta fácil, en opinión del genetista egoísta, caer en confusiones y malos entendidos.13 Otros críticas aluden a su pedantería intelectual, a su “ostentosa erudición” —John Alcock, por ejemplo, le reprocha que utilice ¡expresiones en otras lenguas!— y a su bagaje humanístico y literario. Este tipo de imprecaciones revelan una falencia estructural que nos habla más de los críticos que del criticado. Para nadie es un secreto que aún ahora buena parte de los científicos duros, al ser especialistas rigurosos de determinados campos del conocimiento, pierden el vínculo y el interés con otros dominios culturales de la vida, lo que ocasiona que ante un espíritu chispeante y renacentista afloren no sólo sus prejuicios sino también su soberbia ignorancia, conjunción inmunda donde las haya. Desgraciadamente no son pocos los temperamentos para los cuales las virtudes de la reflexión literaria, lejos de funcionar como un acicate y una posibilidad placentera para ensanchar el conocimiento, operan como elementos de confusión y congoja. La mayoría de los ataques a las reflexiones de Gould en su expresión escrita son, cuando no evanescentes, limitados e insulsos. Algunas de las imprecaciones de Dawkins que me parecen más profundas y debatibles (incluso acertadas) implican dominios que por el momento no estoy en condiciones de abordar; aunque queda claro, como sostenía Gabriel Zaid al respecto de la obra canónica de C.P. Snow, que más que hablar de dos culturas al confrontar los dominios humanísticos con los científicos lo más pertinente sería hablar de “dos inculturas”.

Y es que el trabajo ensayístico de Gould, como un jonrón por el jardín central de la teoría de la cultura, traspasa por mucho los límites del artículo científico. Sus reflexiones al respecto de la historia natural atienden también campos como la antropología, la ecología, el ambiente, la zoología, la biología, las ciencias sociales, la paleontología, el beisbol, la cultura popular y la historia de la cultura. El trabajo de Gould, como recomendara el patrono inglés del ensayo, hace del saber su provincia y su morada; de allí que a mi parecer sea posible ubicar sus textos en una probable historiografía del ensayo en un distrito análogo al trabajo de Walter Benjamin y George Simmel. Sabemos y acreditamos el trabajo de Gould como divulgador, historiador y hasta filósofo de la ciencia; pero ya es tiempo de que aprendamos a leerlo como un ensayista portentoso y distingamos en su trabajo una crítica cardinal a la cultura en toda la extensión de la palabra. Mucho se ha dicho ya pero parece que aún no lo suficiente: mientras no integremos las reflexiones de la ciencia a los dominios de las humanidades —y viceversa— no estaremos construyendo posibilidades teóricas verdaderas y aglutinantes para comprender nuestro presente y su proteica circunstancia.

Las aportaciones de Darwin han encontrado en los ensayos de Gould la expresión perfecta —en ocasiones no exenta de certera crítica al maestro14— para comunicar ideas y construir asociaciones con un estilo que no sólo es un aprendizaje vigoroso y continuo, sino también una constelación de símbolos que brillan con inusitado fulgor en lo más descampado de nuestras opacidades.

Los secretos de la costurera: hacia una ensayística integradora

We could share good reading, food, drink (and perhaps more).
—S.J. Gould

La obra de Gould agrupada en los diez tomos que comprenden su trabajo de divulgación es lo suficientemente explícita para extraer de ella algunas coordenadas y directrices que permitan asimilar sus ensayos como muestras acrisoladas del género. El oriundo de Queens, por deporte y vocación, explicita su linaje intelectual y de manera ilustrativa comparte algunas de sus técnicas recurrentes.

Gould es fundamentalmente un ensayista literario por su temple humanista, por sus juicios arriesgados (contradictorios en ocasiones, lo que resulta insoportable para una academia y una comunidad intelectual cuyas raíces abrevan principalmente del protestantismo anglosajón), sus pasiones textuales, su cosmopolitismo, sus asociaciones inesperadas —la neotenia explicada a través de Mickey Mouse es un acto tan logrado como temerario—, su capacidad ilustrativa y sobre todo el tono intimista que consigue imprimirle a su prosa a través de digresiones autobiográficas y el tono cordial de un amigo que nos señala prodigios y excentricidades a lo largo de un camino extenso y alucinante, invitándonos a compartir. Stephen, un cronopio que habría sorprendido a Cortázar por su voluntad impoluta de cazador de extravagancias y contrasentidos de la historia, es un ensayista de primera porque se dedica, como los escritores excelentes, a universalizar el incidente, que no otra debe ser la función de la literatura y de algunas experiencias esenciales. Cito al respecto unos versos tomados de “El caballero de la yerbabuena” de José Juan Tablada: “En la más sincopada de las rumbas/ préndeme tu vacuna, oh marihuana,/ para universalizar el incidente”, o en la expresión del propio Gould en el prólogo a Un dinosaurio en un pajar: “El maridaje del detalle seductor con la generalidad instructiva, todo ello contado con el sello de la implicación personal del autor”.

Las aportaciones de Darwin han encontrado en los ensayos de Gould la expresión perfecta para comunicar ideas y construir asociaciones con un estilo que no sólo es un aprendizaje vigoroso y continuo, sino también una constelación de símbolos que brillan con inusitado fulgor en lo más descampado de nuestras opacidades.

A la vez cierto tono intimista permite sentir al autor como un compañero de aventuras y no como un profesor. En ocasiones sus referencias biográficas, además de mostrarlo de cuerpo entero, son de un patetismo conmovedor, como en aquel ensayo (“La mediana no es el mensaje”, contenido en Brontosaurus y la nalga del ministro) en el que relata su relación y proceder contra el cáncer que lo aquejaba en un tono intelectual y reflexivo que deja traslucir, pese a las gráficas del texto y la ecuanimidad del narrador, la desazón de un hombre enamorado de la vida que se sabe a las puertas del silencio y que aun así no pierde la oportunidad de bromear con su padecimiento, conservando la esperanza gracias a la reflexión de su circunstancia (de nuevo resuena Montaigne con aquellas palabras suyas que daban cuenta del por qué filosofar es aprender a morir). Sólo un humanista atemperado por la realidad de la vida es capaz de responder con semejante temple —no exento de elegancia— a un hecho que quiebra ineluctablemente a cualquiera por dentro. En Gould, como en pocos escritores, es posible tocar a un ser humano a través de sus libros, lo que me lleva a asegurar que su trabajo cumple el dictum del Señor de la Montaña: “Je suis moi-même la matière de mon livre”.15

En el prólogo referido a Un dinosaurio… el paleontólogo da un ejemplo preciso de la ars poetica que articula su ensayística:

No puedo olvidar o borrar ninguno de los detalles que entran en mi cabeza, y siempre puedo encontrar conexiones legítimas y no forzadas entre los diversos detalles. En este sentido, soy una máquina de ensayos; cíteseme una generalidad, y ofreceré seis bocaditos de ilustración genuina. Un detalle, por sí mismo, es ciego; un concepto sin una ilustración concreta es vacío. La conjunción define al ensayo como género, y obtengo conexiones de una manera que me parece automática.

Queda claro que si algo desveló al fanático de los Yankees fue su proceder como ensayista, y es también un hecho que estaba perfectamente consciente de los alcances y las intenciones de su obra. Un ensayista confeso para bien y para mal está obligado a vivir buena parte de sus pasiones como fugas mentales.

Este ensayo ya se ha extendido demasiado y no me gustaría terminarlo con un juicio aventurero al respecto de qué habría dicho o hecho Stephen Jay Gould —él, tan dado a los números y las efemérides— en una fecha tan simbólica como la que ahora celebramos, en la que se festeja por partida doble la publicación de El origen de la especies y los doscientos años del natalicio de su creador. Creo que pocas cosas pondrían más contento al new yorker que saber que algún niño o joven inquieto, obsesionado con el Triceratops o el Tiranosaurio Rex, pudiera mantenerse firme en su inquietud y sorpresa primigenias y dedicarse a explorar los misterios que nos circundan, ese coral fantástico, misterioso y colorido que nos revela con cada bocanada del mundo las maravillas con las que está iluminada la vida. ®

[2009]

Referencias bibliográficas

Nota:Por motivos de economía expositiva decidí no poner la referencia precisa de las citas dentro del texto. Mi intención era pergeñar un ensayo informativo pero de eminente carácter literario. Así, en la lista que adjunto, consigno exclusivamente las obras citadas y consultadas al respecto de Charles Darwin y Stephen Jay Gould. Apelo a la buena voluntad del lector y doy mi palabra en prenda en cuanto a la veracidad de las citas no consignadas.

Charles Darwin, The Complete Work of Charles Darwin Online, en http://darwin-

online.org.uk/

________, El origen de las especies, s/t, México: Universidad Veracruzana, 2008.

________, Diario de la Patagonia, s/t, Buenos Aires: Ediciones Continente, 2006.

Richard Dawkins, Destejiendo el arcoiris, trad. Joandomenec Ros, Barcelona: Tusquets, 2002.

Stephen Jay Gould, El pulgar del panda, trad. Antonio Resines, Barcelona: Crítica, 1994.

________, Dientes de gallina y dedos de caballo, trad. Antonio Resines,

Barcelona: Crítica, 1995.

________, La sonrisa del flamenco, trad. Antonio Resines, Barcelona: Crítica, 2004.

________, Brontosaurus y la nalga del ministro, trad. Joandomenec Ros, Barcelona: Crítica, 1993.

________, Ocho cerditos, trad. Oriol Canals, Barcelona: Crítica, 1994.

________, Un dinosaurio en un pajar, trad. Joandomenec Ros, Barcelona: Crítica, 1997.

________, Leonardo’s Mountain of Clams and the Diet of Worms, Nueva York: Three Rivers Press, 1998.

________, Las piedras falaces de Marrakech, trad. Joandomenec Ros, Barcelona: Crítica, 2001.

________, I Have Landed, Nueva York: Harmony Books, 2002.

________, An Urchin in the Storm, Nueva York: Norton, 1987.

________, Rock of Ages, Nueva York: Ballantine, 1999.

________, Wonderful Life, Nueva York: Norton, 2007.

________, Full House, Nueva York: Three Rivers Press, 1997.

________, The Hedgehog, the Fox, and the Magister’s Pox, Nueva York: Harmony

Books, 2003.

________, La estructura de la teoría de la evolución, trad. Ambrosio García

Leal, Barcelona: Tusquets, 2004.

Ernst Mayr, Una larga controversia: Darwin y el darwinismo, trad. Santos Casado de Otaola, Barcelona: Crítica, 1992.

Elisabeth Vrba y Niles Eldredge (eds), Macroevolution. Diversity, Disparity,

Contingency, Kansas: The Paleontological Society, 2005.

Notas

1 Por genialidad aludo a claridad de prosa, seducción intelectual, amplísima cultura científico-humanística y sorprendente capacidad de relación.

2 Stephen Jay Gould sostiene en alguna parte de su voluminosa Estructura de la teoría de la evolución: “Darwin solía escribir con una prosa bastante ordinaria, página tras página; pero de pronto, con la frecuencia suficiente para capturar la atención de cualquier lector aplicado, su pasión aflora y hace una reflexión tan penetrante y fuerte (casi siempre mediante una metáfora) que la comprensión es tan espontánea como una sonrisa”.

3 Probablemente convenga mencionar, para no alimentar malos entendidos, que la selección natural no persigue un propósito de mejora ni responde a teleología alguna. La selección, como sostendrá Gould, tiene mucho de contingente y en modo alguno implica procesos determinísticos. La selección natural, como Darwin la propone, alude a cualquier atributo favorable a la supervivencia. De ahí las consideraciones de Gould al respecto de que no debemos considerar menor a una especie extinta por el hecho de haberse extinguido, puesto que ese es el destino de todos los seres vivos. La extinción natural sólo quiere decir que algunas especies tuvieron mejores condiciones para su adaptación y subsistencia, por motivos casuales.

4 Fue Thomas Henry Huxley, conocido por su rabiosa defensa de la teoría de la evolución como el Bulldog de Darwin y abuelo del célebre Aldous, quien le increparía lo siguiente: “Se ha echado sobre los hombros una dificultad innecesaria al adoptar Natura non facit saltum tan si reservas”.

5 De ahí que no resulte extraño que el primer capítulo de El origen empiece con la observación de palomas comunes y corrientes, habitantes no de islas maravillosas sino de plazoletas cualesquiera.

6 De rebote la desmitificación de Gould al respecto de la transformación de Darwin a bordo del Beagle acaba también con el mito de la legendaria tortuga Harriet, muerta en 2006 y conocida no sólo por sus 176 años de edad sino porque, en teoría, habría sido analizada por Darwin. Después del ensayo referido uno sólo puede pensar que lo mejor que pudo pasarle al quelonio fue no haberse topado nunca con el aprendiz de naturalista.

7 De quienes agregará para documentar su racismo: “La mayor parte de los hombres eran mestizos de negro, indio y español. No sé por qué razón, pero la gente de esa sangre rara vez tiene una buena expresión en el semblante”.

8 Al respecto cotéjese “Darwin y la literatura argentina del siglo XX” de Gioconda Marún.

9 Es harto frecuente encontrar en los ensayos de Gould referencias a obras y autores canónicos de la literatura universal (p. ej. Platón, Montaigne, Shakespeare, Pope, Swift, Coleridge, Dickens, Tolstoi, Poe, Twain, Koestler, Borges, Nabokov y Frost, entre otros) con pertinencia absoluta y sutil, perfectamente engarzadas y sencillas, nada que ver con la pedantería, el name dropping y la ornamentación de tantos profesores universitarios, divulgadores científicos y escritores pretenciosos con delirios de “nuevo rico literario”.

10 Al respecto conviene revisar el exhaustivo y esclarecedor ensayo de Shermer, que sin embargo tiene algunas confusiones, titulado “This View of Science: Stephen Jay Gould as Historian of Science and Scientific Hsitorian, Popular Scientist and Scientific Popularizer” publicado en agosto de 2002 por la revista Social Studies of Science.

11 Esos libros por orden cronológico son Ever since Darwin (1997), The Panda’s Thumb (1980), Hen’s Teeth and Horse’s Toes (1983), The Flamingo’s Smile (1985), Bully for Brontosaurus (1991), Eight Little Piggies (1993), Dinosaur in a Haystack (1995), Leonardo’s Mountain of Clams and the Diet of Worms (1998), The Lying Stones of Marrakech (2000) y finalmente I Have Landed (2002). Al margen de los libros de ensayo Gould también publicó los siguientes tomos: Ontogeny and Phylogeny (1977), The Mismeasure or Man (1981), Time’s Arrow, Time’s Cycle (1987), An Urchin in the Storm (1987), Wonderful Life (1989), Full House (1996), Questioning the Millennium (1997), Rock of Ages (1999), The Structure of the Evolutionary Theory (2002) y de manera póstuma Triumph and Tragedy in Mudville: A Lifelong Passion for Baseball (2003) y The Hedgehog, the Fox, and the Magister’s Pox (2003). De todos los libros existe edición en castellano.

12 Otros de los aspectos por los cuales Gould es un personaje incómodo es debido a que, al igual que personajes como Kuhn o Feyerabend, continuamente pone en entredicho algunas de las mistificaciones recurrentes de la ciencia. Al respecto la cita siguiente, tomada del ensayo “Un temprano comienzo” contenido en El pulgar del panda: “Yo soy, como subrayan otros varios ensayos, un defensor de la posición de que la ciencia no es una máquina objetiva dirigida hacia la verdad, sino una actividad quintaesencialmente humana que se ve asediada por las presiones, las esperanzas y los prejuicios culturales”.

13 Gould, ante los ataques de Dawkins, no se la pasó pelando piñas; por el contrario, lo confrontó sostenidamente, desde distintos flancos. Sin duda alguna para el lector interesado le será de gran utilidad cotejar el libro de Kim Sterelny Dawkins vs. Gould: Survival of the Fittest, publicado en 2001.

14 Hecho que por otra parte se agradece en demasía. Personalmente pocas cosas me molestan tanto como los textos hagiográficos y acríticos que no ponderan con justeza a los personajes reseñados (por más que he intentado contravenir a Gould en algún aspecto, por el momento sólo puedo limitarme a reprocharle sin muchas ganas cierta arrogancia pueril de “hombre ilustrado” que más bien me tiene sin cuidado. La falsa modestia a veces es peor que la plena aceptación de las capacidades intelectuales). El hecho de que Gould cuente con un espíritu desmitificador lo vuelve aún más entrañable a mis ojos y lo emparienta con otro de mis escritores predilectos: Jorge Ibargüengoitia.

15 Como es posible leer en el prólogo a Las piedras falaces de Marrakech: “Me he esforzado, de manera perseverante y más explícita que por cualquier otra cosa en mi vida como escritor, para desarrollar una forma distintiva y personal de ensayo para tratar grandes temas científicos en el contexto de la biografía, y para hacerlo no mediante la cronología formal de las pesadumbres y los logros de una vida […], sino más bien por la sinergia intelectual entre una persona y la idea dominante de su vida”.

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Publicado en: Ciencia y tecnología, Junio 2011


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  • Luis Felipe

    Yeah.

  • Gabriela Damián

    “I am a humanist at heart, and I love, best of all, the sensitive and intelligent conjunction of art and nature —not the domination of one by the other.”
    Con esta sola reflexión de Gould se acabaría tanto debate inútil y baboso sobre la “naturaleza” humana… del matrimonio gay al darwinismo literario, e incluso, la arquitectura deshumanizante (o “desnaturalizante”) que tanto irritaba a Tolkien…
    Qué gusto leer este ensayo.