El culto frívolo del mal

Los asesinos felices

Rosemary y Fred West se destacaron no por su “talento” o “creatividad” para el crimen (ni por ninguna mística que pudiera crearse a su alrededor, como sí sucede en el caso de sicarios y pozoleros), sino por su mentalidad abyecta, lo retorcido de sus personalidades, la falta de reflexión con la que emprendían los proyectos más atroces y las rutinas más degradantes.

Rosemary y Fred West

En 1994 una investigación policial condujo a la casa de Frederick y Rosemary West, un matrimonio de clase baja que vivía en la ciudad de Gloucester, Inglaterra. La policía buscaba, y encontró, los restos de Heather, una hija de los West a quien se había dado por desaparecida en 1987: estaban enterrados debajo de la casa y mostraban signos de que el cuerpo había sido descuartizado luego de su muerte.

Cuando se juntaron los huesos resultó que sobraba un fémur: esto llevó al descubrimiento de otros cadáveres y, poco a poco, de la verdad sobre el matrimonio West y sus aficiones: sexo violento, pornografía casera, incesto —en especial entre Anna Marie, otra de las hijas de Fred West, y éste—, pero también, y sobre todo, asesinato. Además de Heather y una hija más, Charmaine, igualmente “desaparecida”, por lo menos otras ocho mujeres habían sido muertas y enterradas por los West a lo largo de un par de décadas.

El caso, como tantos otros, se volvió sensacional y los West ganaron millones de seguidores en el Reino Unido y luego en otros países. Su aspecto no era tan distinto del de otros villanos “locos”: las suyas eran vidas confusas, ignorantes, reprimidas y sin escape de la miseria de su estrato social, y nadie había sospechado nada ni en los momentos de más horror y peligro de su vida oculta: de los momentos en que intentaban hacer realidad sus fantasías. Fred West, autor material de todos los crímenes, se suicidó en la cárcel en 1995; su esposa sigue viva y cumpliendo cadena perpetua.

Un resumen de esta historia puede encontrarse en Wikipedia; la versión de Wikipedia se reproduce tal cual en decenas de otros sitios (la cultura de “copiar y pegar” crea más información sólo en apariencia). Pero hay alternativas: por ejemplo, a partir de los hechos de ambos, que llenaron por algún tiempo los famosos tabloides de su país, el escritor Gordon Burn publicó una reconstrucción novelada del caso —una non fiction al modo de A sangre fría de Truman Capote— con todos los detalles aterradores: Happy Like Murderers, que fue traducida al español en 2000 (Felices como asesinos) y publicada por Anagrama.

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Leer ahora el libro de Burn, y en un país cuya conciencia colectiva está asolada por el miedo de una violencia franca y sin control, más poderosa que la de cualquier pareja de asesinos en serie, no deja de ser una experiencia terrible. Tampoco deja de ser una experiencia provechosa. Su distancia de nosotros permite (por ejemplo) ver que lo que consagra a asesinos como los West en los anales del sensacionalismo —de nuestro culto frívolo del mal— no es la profundidad y la naturaleza de sus obsesiones ni el hecho de que actúen guiados por ellas. Es simplemente que son descubiertos: cuando todo se reveló, los West se convirtieron en fenómenos de circo y ejemplos de todos los otros fenómenos que, para fascinación de quienes seguían el caso, podían seguir ocultos en su ciudad, su vecindario, su propia casa. La tensión particular que se crea en la conciencia del público inglés entre el horror de los cadáveres, el alivio de ver el castigo y la inquietud de preguntarse cuántos más están todavía ahí afuera, sin ser castigados, sólo puede darse en una sociedad que sigue creyendo en la posibilidad de un orden social que se imponga sobre el crimen.

Más aún: Rosemary y Fred se destacan no por su “talento” o “creatividad” para el crimen (ni por ninguna mística que pudiera crearse a su alrededor, como sí sucede en el caso de sicarios y pozoleros), sino por su mentalidad abyecta, lo retorcido de sus personalidades, la falta de reflexión con la que emprendían los proyectos más atroces y las rutinas más degradantes.

Más aún: Rosemary y Fred se destacan no por su “talento” o “creatividad” para el crimen (ni por ninguna mística que pudiera crearse a su alrededor, como sí sucede en el caso de sicarios y pozoleros), sino por su mentalidad abyecta, lo retorcido de sus personalidades, la falta de reflexión con la que emprendían los proyectos más atroces y las rutinas más degradantes.

Tal vez el término más preciso de describir la sensación que inspiran podría ser no “horror” sino “asco”; lo más admirable del trabajo de Burn (en la medida en la que puede percibirse en la traducción de Antonio Resines y Herminia Beria, repleta de españolismos que convierten a la Inglaterra profunda en un suburbio de Madrid) es la frialdad con la que invita a ese desagrado físico. Burn lo muestra al reproducir, en muchas ocasiones, el discurso monótono de Fred —centrado en sus trabajos miserables o en los órganos sexuales— o el de Rose West —siempre sobre la sumisión debida a su hombre. También, al hacer que el relato avance hacia delante y hacia atrás en el tiempo de manera aparentemente aleatoria y vuelva una y otra vez sobre los mismos horrores (u otros muy semejantes), de tal modo que el pasado triste y violento de los West se confunda con su final y su presente. El tiempo de libertad y locura de los esposos asesinos se figura una eternidad de encierros, figuras atadas e indefensas, fotos y humillaciones rutinarias y huecas, centradas tal vez en una sola imagen: Rosemary, gorda, sumisa, desnuda, con las piernas abiertas ante Fred, quien acerca una videocámara a su sexo hinchado como si quisiera meterla entre los labios de la vagina, pero sin llegar a hacerlo nunca: en el interior no hay luz y no se puede ver nada.

La escena sugiere de un modo extraño otro aspecto de la violencia que se nos escapa a veces en nuestras reflexiones actuales: la complejidad de la vida interior del criminal, que sigue tan distante como la de cualquier ser humano y creemos más intrigante sólo por las acciones que provienen de ella. ¿Cómo se llega a asociar la presencia de herramientas de metal con la excitación sexual? ¿Cómo se encuentra amor y protección en la entrega más absoluta? ¿Qué podía ver Rosemary —otra escena crucial— en un hombre como Fred, que había llegado a su boda apestando a mugre, con la ropa embarrada de aceite de máquina, y sólo se había quedado el tiempo imprescindible para la ceremonia, pues debía salir a recoger desechos con algún colega?

La respuesta de estas preguntas está en el abismo que existe en la mente de cualquiera, y no sólo de aquellos que hemos separado del resto de la sociedad con las marcas de la infamia.

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Burn cuenta los accidentes que Fred West sufrió de joven y reproduce las sospechas de muchos que lo conocieron antes y después de la detención de la pareja: el hombre pudo haber sufrido daños cerebrales. También refiere que el padre de Rose West era probablemente un esquizofrénico, y que su madre estaba embarazada de ella cuando fue sometida a una terapia de electrochoques, lo que (se dijo más tarde) pudo tener “efectos insospechados” en la niña aún no nacida. Fred era feo además de sucio, “fuerte como un animal” e incapaz de empatía; Rose, quien no cuidaba su cuerpo, lo exhibía y entregaba sin chistar tanto como toleraba que su esposo violara de continuo a los hijos de ambos.

Aquí hay una cercanía entre nuestros asesinos de ahora y los West: la idea de la maldición imborrable en el origen, que se perpetúa de manera infinita y en la que las buenas conciencias sospechan, siempre, una causa biológica, individual, porque es más cómodo: porque la alternativa sería preguntarse por las causas sociales del horror o, peor todavía, culpar al mundo, o a la divinidad: reconocer lo banal, lo azaroso, lo indiferente del mal.

Aquí hay una cercanía entre nuestros asesinos de ahora y los West: la idea de la maldición imborrable en el origen, que se perpetúa de manera infinita y en la que las buenas conciencias sospechan, siempre, una causa biológica, individual, porque es más cómodo: porque la alternativa sería preguntarse por las causas sociales del horror o, peor todavía, culpar al mundo, o a la divinidad: reconocer lo banal, lo azaroso, lo indiferente del mal (Heather, la hija asesinada, tenía patrones de conducta similares a algunos de Rose).

Por otra parte, Felices como asesinos se aparta de otras novelas de tema semejante (incluyendo casi toda la narcoliteratura mexicana) en el sentido de que no se limita a pintarnos la imagen de unas cuantas bestias, evidentemente distintas de nosotros, que somos gente decente. Los West no pueden ser una mera distracción morbosa como Hannibal Lecter o los innumerables enmascarados con puñal de las películas slasher. Digan lo que digan sus vecinos, es imposible reducirlos a anomalías, a criaturas menos que humanas unidas por un azar trágico, en los que el mundo circundante no influyó. El puritanismo en el que se criaron es el mismo que rige a millones de otros, como recuerda Burn, y la ignorancia y el miedo que influyeron en sus aficiones y sus fobias son los mismos que están en la base de la cultura global, inspirada a su vez en mucho de lo peor del mundo anglosajón. Muchos entre nosotros juzgan a sus hijos con el mismo desapego que Fred West, para quien eran objetos, al igual que su esposa. En este lado del Atlántico, la frialdad con la que se recluta a los más jóvenes sicarios —los que no llegarán a la edad adulta pero pueden ganar mucho dinero ahora mismo, y hasta dar para el gasto de sus madrecitas— es la misma.

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Por supuesto, tampoco hay que hacerse demasiadas ilusiones de un libro como el de Burn ni de ningún otro. Se puede pensar en una lista de destinos todavía posibles de los esposos West en la imaginación occidental y ninguno implica una consecuencia “positiva”, es decir, los West pueden

—inspirar el guión de una película hollywoodense en la que se les convierta en bellos asesinos aspiracionales a la Patrick Bateman;

—inspirar el guión de una película hollywoodense en la que sean tan feos como siempre, para algún héroe los ponga en su sitio de manera cómoda y definitiva, sin cargo para nadie;

—permanecer como hasta ahora, y así lograr que numerosos asesinos y violadores con más suerte o discreción respiren tranquilos; o

—pasar al olvido, entre los miles de escándalos del infotainment de finales del siglo XX, que nunca dejará de haberlos nuevos y todo esto es a fin de cuentas un negocio. Nada más.

Con este ánimo pesimista —y pensando en los recuentos que se hacen aquí de las víctimas de la violencia actual, que nos confortan pero no importan en absoluto a quienes tienen el poder— menciono los nombres de los hijos sobrevivientes del matrimonio West, quienes sufrieron, viven para recordarlo y no serán protagonistas de ninguna historia: Anna-Marie, May, Stephen, Barry, Tara, Rosemary Jr., Louise, Lucyanna.

También, los nombres de las muertas, que no ganan más de la historia por estar en la tradición de otras víctimas famosas como Liz Stride o Mary Jeanette Kelly: Charmaine West, Heather West, Rena Costello, Lucy Partington, Linda Gough, Carol Cooper, Juanita Mott, Shirley Hubbard, Alison Chambers, Therese Siegenthaler, Shirley Robinson, Mary Bastholm.

(Fred West presumió de varias otras, en los últimos días de su vida, pero si las hubo no hay nombres.) ®

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Publicado en: Destacados, El mal, Octubre 2011

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