El delirio de los psiconautas en tiempos de lo narcoglobal

Entrevista con Bernardo Fernández sobre Hielo negro

Conversamos con el escritor a propósito de una obra que ha sido considerada por su editorial “la primera novela postnarco de la literatura mexicana”. Un calificativo que, sin duda, detona la polémica y el diálogo abierto.

Lizzy Subiaga es una psiconauta consumada —prueba todo tipo de drogas químicas— y es afecta a las expresiones más brutales y violentas del arte contemporáneo. Comenzó siendo fan de Joel Peter Witkin y Diane Arbus, pero muy pronto pasó a los terrenos del perfomance sustentado en la tortura y el asesinato. Cabe aclarar que para los seguidores de tal corriente no son snuff movies sino de una expresión más alta del arte conceptual.

Se trata de la protagonista de Hielo negro, novela de Bernardo Fernández. Merecedora del Premio Grijalbo 2011, es la segunda entrega de la que probablemente sea una trilogía que comenzó con Tiempo de alacranes. En ambos libros aparece esta joven narcojunior de exuberante belleza y que se formó en una universidad de Toronto, nada menos que en una facultad de arte. La chica se niega a estudiar negocios, como hubiera sido el sueño de su fallecido padre, el líder del cartel de Constanza.

En un momento dado la mujer debe sustituir a su progenitor al frente de la organización. Ella decide hacer cambios en el modus operandi del narco tradicional y pasar de la producción de metanfetaminas —muchísimo más barata y de mejores rendimientos que todo el proceso para traficar con cocaína— a la creación de la droga del futuro. Las “vitaminas” para el súperhombre de Nietzsche. Una sustancia que elimine el miedo a la muerte, que produzca un placer enorme y que desnude al ser humano de sus inhibiciones. Buena parte de la obra transcurre en pos de estabilizar la molécula del llamado hielo negro.

—¿Cuando terminaste Tiempo de alacranes ya intuías que tomarías a Lizzy para una especie de secuela?

—No, fue una cosa curiosa; justo Paco Ignacio Taibo II me dijo que la historia estaba tan cerrada que no había manera de convertirla en una serie, pero me quedé enamorado del personaje. También Andrea Mijangos (policía que ahora conduce la historia) aparece en la primera novela, apenas mencionada (forma parte de un equipo de reacción antiasalto). Cuando se me ocurrió todo esto de las drogas sintéticas lo más lógico fue que Lizzy volviera.

—¿Crees que un personaje como ella —inteligente, soberbia, narcojunior— hacía falta en una literatura como la nuestra, dominada por hombres, tanto escritores como personajes masculinos?

—Es chistoso; escribí sobre mujeres como un reto propio del oficio. Ya publicada la novela me di cuenta de que de haber sido conducida por personajes masculinos no hubiera tenido ninguna resonancia ni interés. No sé si hacían falta pero fue muy divertido usarlas.

—A veces las editoriales cuelgan a las novelas epítetos que causan más embrollos en vez de auxiliar a la obra misma. ¿De dónde salió la idea de que esta sea “la primera novela postnarco de la literatura mexicana”?

“Es chistoso; escribí sobre mujeres como un reto propio del oficio. Ya publicada la novela me di cuenta de que de haber sido conducida por personajes masculinos no hubiera tenido ninguna resonancia ni interés. No sé si hacían falta pero fue muy divertido usarlas”

—Sé que puede sonar chocante para algunos. Yo pensaba hacer lo mismo que la gente de Nortec hace con la música norteña (deconstrucción, remezcla) con la narconovela. De ahí el nombre. Fue una idea editorial el término porque definitivamente no es una narconovela.

—¿Se corre el riesgo de que la sobreexplotación del asunto del narco llegué a cansar al lector? ¿Qué tras una especie de moda se vaya perdiendo interés?

—Yo estaba interesado en hacer una novela policiaca. Trata sobre narcos porque es la principal actividad criminal de nuestro país, pero coincido contigo, es una tendencia peligrosa y cansina esa de la narconovela. Me interesa ahora moverme a otras formas del crimen.

—Se incluye un pasaje en que los mexicanos contactan a gente en Marruecos para que lleve cargamentos a Algeciras, una vía que apareció casi idéntica en un capítulo de la versión televisiva de La Reina del Sur. ¿Cómo fue diste con esa idea? A veces se dan esas tan raras coincidencias.

—No he leído La Reina del Sur, lo que sucede es que conozco el corredor Algeciras-Tánger, que tiene una dinámica similar a la frontera San Diego-Tijuana. Simplemente me parece lógico que esa sea la puerta para todo tipo de contrabando a Europa. Incluso llamé a una naviera para saber sobre la exportación de plátanos a España vía Tampico.

—Por ejemplo, en La muerte de un instalador, de Álvaro Enrigue, ya se hablaba de un millonario excéntrico que usaba la violencia extrema como una forma de arte. ¿Esa línea del asesinato como una expresión de las bellas artes sigue siendo una vía interesante de explorar? ¿Por qué será que esas expresiones tan extremas del arte contemporáneo se presten tanto como para ironizar acerca de su validez?

—Qué curioso que hables de La muerte de un instalador, justo me robé uno de sus personajes, Lady Travers, que hace un cameo en mi novela. Creo que uno de los grandes temas de la literatura mexicana contemporánea es la impunidad. Ese es también el tema de Los esclavos, de Alberto Chimal, por ejemplo. Creo que el asesinato como forma de arte tiene todavía mucha tela de dónde cortar.

—Se percibe que has continuado con el desarrollo de la estructura antes que otro aspecto de la novela; hay distintas voces narrativas, diversos recursos. En ese sentido, ¿la estructura se ha tornado tan importante o más que la propia historia o ésta sigue predominando sobre el resto?

—Quiero pensar que hay un equilibrio entre anécdota y estructura. Desde luego, tengo una apuesta fuerte por la segunda. Las novelas policiacas, las que me interesan, son aquellas que funcionan como un relojito. O como el mecanismo de un juguete. ®

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Publicado en: Agosto 2011, Libros y autores

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