EL DIENTE DE LEÓN ES UNA FLOR

Diente de león, de Jesús Bartolo

Podemos decir que Diente de león, de Jesús Bartolo, es un libro de poesía. Pero eso sería dar un soplo de una vez. Porque, si lo vemos bien, es un libro de consejos: una maraña de polen entretejido…

Un diente de león es una planta con una flor que se sostiene entre el pulgar y el índice y suele soplarse porque produce un gran placer ver sus delicados pétalos volar a mansalva. Muchos la pisan sin darse cuenta perdiéndose de este ejercicio lúdico y didáctico (pues al soplar y ver las partículas en el aire se suele pensar en la fragilidad de la vida, del tiempo que corre, o en nada, que también es instructivo). Hay quienes no quieren soplar en ella. Así la conservan para después, para cuando estén más tristes y la guardan porque saben que su instante, ese último será feliz aun si disperso. Cabe mencionar que su formato impide guardar esta flor así como así en un libro pues eso la destrozaría por todas partes. Y están los que la arrojan de un solo soplido, como si fuera una tarea inmediata a la que hay que poner fin en el periodo más corto posible. Podría decir muchas otras maneras y motivos para soplar o no un diente de león pero de eso no va esto, no hoy al menos. No hoy que no es martes y no es día para curar males.
Este día se trata de hablar de un diente de león particular: un diente de león escrito. Una flor-libro. Una flor esparcida en el aliento de varias páginas. El autor nos hace ver los pétalos dispersos. Con altas propiedades curativas.
Podemos decir que Diente de león (México: BMB, Colección Mayor, 2009) de Jesús Bartolo es un libro de poesía. Pero eso sería dar un soplo de una vez. Porque, si lo vemos bien, es un libro de consejos: una maraña de polen entretejido, dice él a cada paso de esta planta que avanza y se desmorona. Un libro de remedios caseros, un libro de hechicería y de naturaleza. Incluye un catálogo personal de peces y de pájaros. Este libro contiene pájaros. Fuera de todo eso, es un libro cualquiera. Es decir, cualquier libro que no tenga en sí hechizos, personajes, infancia, aves, así de cualquiera puede ser.
El diente de león es un visor de luz. Su autor nos conduce por corredores de sustantivos adjetivados: le pone acción a algo que por lo general no se mueve: “endientas lo que nace con un gen de peregrino”, o: “entabácalo mujer, ponlo en la camisa de su padre, serénalo un poco y nada de este olvido le tomará la mano”. “Rupestreas y confundes al pájaro con el zigzagueo aurífico intencionando un insecto”. En este libro hay un adivino, una buscahierbas, una madre, un hijo y un padre ausente. Estos son los personajes del poema; “ensalívalo, mujer, y el mal agüero buscará camino”, los personajes se entrelazan, se trastocan, se viven en ellos.

Un libro de remedios caseros, un libro de hechicería y de naturaleza. Incluye un catálogo personal de peces y de pájaros. Este libro contiene pájaros. Fuera de todo eso, es un libro cualquiera.

Hay en Bartolo un barroquismo no quiero decir recuperado porque no se perdió nunca en la tradición hispánica, un barroquismo fresco, y ya que estamos en esto, abrujulado. No quiero hablar de las literaturas Norte-Centro-Sur o si el Norte es el nuevo Centro o si el Norte y la temática de la violencia, el narcotráfico y la frontera sean los únicos temas reales y convenientes. Lo que se encuentra en Diente de león es una exploración determinada: el sonido de ciertas palabras… la contraposición de metáforas extendidas, alargadas, complejas, cuando pensamos en una presión de una escritura de la ligereza y de la brevedad. Y, a todo esto, Jesús Bartolo no es minimalista. Es otra cosa. Otras cosas, pero no el poeta que apuesta menos por más. Lo empuja otro interés que no es la condensación: una diacrónica extravagancia, ribereña; con un cierto aire de catacresista por decirlo de una manera: un buscador de palabras-guía, palabras que pueden ser más que la palabra misma, palabras que trascienden de sí: “En su nadir el diente de león cabecea como un becerro”, el diente de león cabecea en lo opuesto al cénit, es decir, hasta el fondo está él, en el lugar más adverso; o llevar la expresión a su espacio consciente, que siempre tuvo en la boca la culpa del sino: “Bocajarado, el animal que te empujó mientras te empuñas en tierra, muere”.

Nos regala, además, joyas como ésta: Babea el ombligo que se hincha en tierra, trae en el bolsillo el níspero con los frutos aquellos, casi podemos sentir la viscosidad del ombligo, un ombligo acompañado de un cuerpo, pues tiene acción: se hincha y trae un bolsillo con frutos, que, a su vez, prometen una pegajosidad dulce y ansiada. El poema no va de a para llegar a b, o que parte de c para llegar a a y b, sin embargo, no se puede negar, va de a hacia a. No se cierra, se mantiene abierto. No es azar que al final él sea el que pregunte. El que deje las preguntas en la boca: Mi parte favorita es el final del poema, las preguntas: qué de la raíz abierta en abanico atalayándose en lo uno mismo/ qué del niño envuelto en la camisa sudada de su padre sabe del diente de león.

Hay en Bartolo un barroquismo no quiero decir recuperado porque no se perdió nunca en la tradición hispánica, un barroquismo fresco, y ya que estamos en esto, abrujulado.

Y, como en otros de sus libros, la figura del padre es elemental. Acostumbrados al peso materno, a la presencia inmutable de la madre, el padre cobra en su ausencia una trascendencia única: importa porque no dice, porque no puede decir, importa porque es un fantasma. Y un fantasma, decía Joyce, es un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres… Dice la buscahierbas o el adivino: “Hazlo sudar la calentura con franela roja, envuélvelo en este acertijo y sollamarás el olvido que le marcó su padre”. El hijo escribe el padre, reconfigura al fantasma de los restos: el hijo escribe la ausencia. Y el padre, por ende, existe tanto como si hubiera sido cierto. No es el pasado el que habla, el hubiera sido, es precisamente lo que se invoca aquí: por la escritura pasan los muertos. Y en ocasiones tan visibles que dejan de dar miedo. Sus presencias agónicas dejan de serlo. Se convierten en lo que son: palabras de otros.
El poema es un esdrujulario particular, en él se asoman los tonos, las maneras: casi entrecortadas de estas palabras matrimoniadas: “La paridora, malvácea turgente de hélices harinadas, la ventrílocua en el vientre, casi parda cose su festón al pliego fémino”. Indicaciones o juegos de palabras: “Y por lo que hiere y zanatea con hábil veneno a la durazna cosida a cielo que al avisparse parpadea con único y suculento párpado que a la mar marea…”
Diente de león es una puesta en escena: pasa del tono de segunda persona, del enunciador impersonal que da indicaciones, a la tercera persona: “Cae la manija testaruda de la semilla donde el viento se levanta de la herida. ‘También el corazón es un descuido’ se escuchará entonces…” “No, no es ni siquiera el resuello fuerte de los muertos esto que le cuelga a la noche al lustrar su calzado”. Dice la voz que sospechamos es de la buscahierbas: “endientas lo que nace con un gen de peregrino”.
Del resto de los poemas que constituyen el libro, de los peces y aves, les dejo esto: “el charal es el cardumen”… el poeta no tiene miedo de ser breve cuando es necesario, especialmente en este libro que no escatima nada. Pero este poema es la excepción. Se nota que la inflexión alargada, de conversaciones largas y sinuosas, es lo que conforma el tono poético de Bartolo.
¿Importa en verdad de dónde es el poeta? ¿Importa el tiempo? ¿La atmósfera? ¿Importa si llovía la mayor parte de su infancia? ¿Y si un poeta sólo es? ¿Si no es qué logra ser el poeta? El viento muere de viento dice Jesús Bartolo. El poeta muere de ser poeta. Pero eso no lo sabemos, sólo atinamos a decir esas cosas porque somos valientes y decimos cosas. En ese salto de pez que fue la infancia, nos dice Jesús Bartolo, nos convoca, nos afirma desde ahora, su tiempo presente. ®

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Publicado en: Libros y autores, Octubre 2010

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