El documental contra la ficción

Reportero vs. Miss Bala

Con las voces de documentalistas y directores de cine el autor arma una reflexión sobre las cualidades distintivas de los géneros del documental y el cine de ficción para transmitir hechos reales y del pasado inmediato, si no es que del presente violento y dramático que vive el país.

I. Esto no es ficción

Dice Adela Navarro Bello, en el documental del mexicano-estadounidense Bernardo Ruiz, Reportero (México-EUA, 2012): “Nuestra mejor protección es la publicación. Que se conozca en Baja California y en todo el país lo que está ocurriendo por acá. El mejor blindaje es la veracidad de nuestra información”. Más adelante expresa la periodista: “Reporteros y todo el personal somos conscientes del riesgo que se corre en el periodismo de investigación, pero creemos que se corre más riesgo cuando se silencia a la prensa”. En esa misma entrevista apunta: “Ante la ausencia de un Estado de Derecho donde se persiga a los criminales y se les encarcele, ellos tienen la impunidad para matar a quien quieran […] podemos nosotros escribir y publicar, pero hemos sufrido las consecuencias de ello”.

Imagen promocional de Reportero.

Imagen promocional de Reportero.

Lo que relata Adela Navarro lo ha vivido en pellejo propio el semanario Zeta, del que ella es codirectora, que desde su fundación, en 1980, ha perdido a varios de sus trabajadores. Por ejemplo, el homicidio, el 20 de abril de 1988, de Héctor “el Gato” Félix Miranda, quien fue su cofundador y codirector (este 2013 se cumplirán 25 años de que el caso se cerró sin haber capturado al autor intelectual, pero todos apuntan a Jorge Hank Rhon, expresidente municipal de Tijuana, pues el autor material del delito fue su exescolta Antonio Vera Palestina); el asesinato, el 22 de junio de 2004, de Francisco Javier Ortiz Franco, quien fue su editor general (a Ortiz Franco lo tirotearon justo después de abrocharle el cinturón de seguridad a sus dos hijos en el asiento trasero del auto. Fue asesinado en represalia por publicar los nombres y rostros de narcotraficantes acostumbrados a actuar con impunidad y en el anonimato); la muerte del escolta de Jesús Blancornelas, Luis Valero, en 1997, cuando protegía a su jefe, fundador del semanario, a bordo de un vehículo, al percatarse de que les disparaban. A Blancornelas lo emboscaron diez personas, que hicieron un semicírculo alrededor de la camioneta donde él viajaba con su escolta, y los rafaguearon, pero la persona que dirigía la acción se puso frente a Blancornelas para darle el tiro de gracia y una bala de los mismos sicarios pegó en una estructura de metal y se partió; una partícula de esa bala entró en un ojo del sicario, que llevaba una escopeta y una pistola 45 milímetros con la cual firmaría su “trabajo”. Al suceder esto, los demás pistoleros se fugaron, aunque quedó el registro fotográfico del mismo hijo de Blancornelas, César René Blanco Villalón, quien fue a la escena del crimen minutos después de sucedido.

En esta revista se ha abundado sobre el semanario Zeta, por ejemplo en la extensa crónica “En las entrañas del periodismo”, de Ivonne Guzmán, realizada originalmente en el marco del Taller Nuevas Rutas del Periodismo organizado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano y el Conaculta en junio de 2012, en Tijuana.

Sergio Haro Cordero, editor en Mexicali de Zeta y protagonista del documental Reportero, relata mientras conduce su camioneta cómo fueron las amenazas que recibió por teléfono: “En el periódico donde yo estaba me tocó recibir una llamada y entonces una persona que me preguntaba: ‘¿Conoces a Sergio Haro?’, ‘Yo soy Sergio Haro’, ‘¿Sí? ¡Sabes qué, pendejo! ¡Ni sabes en la que te metiste! ¡Vas y chingas a tu madre! ¡Te voy a matar, cabrón!’”

Las amenazas y los asesinatos de periodistas no paran, ni la impunidad. Sergio Haro Cordero, editor en Mexicali de Zeta y protagonista del documental Reportero, relata mientras conduce su camioneta cómo fueron las amenazas que recibió por teléfono: “En el periódico donde yo estaba me tocó recibir una llamada y entonces una persona que me preguntaba: ‘¿Conoces a Sergio Haro?’, ‘Yo soy Sergio Haro’, ‘¿Sí? ¡Sabes qué, pendejo! ¡Ni sabes en la que te metiste! ¡Vas y chingas a tu madre! ¡Te voy a matar, cabrón!’” Aun así, Haro ha dicho que nunca dejará de hacer periodismo. Él no es un reportero que esté necesariamente en la fuente policiaca o del narco, no directamente, sino que sus investigaciones parten de temas sociales, aquellos que tienen pocos reflectores. Las amenazas fueron por publicar información como ésa en la que un hombre revela cómo la Procuraduría de Justicia del Estado de Baja California estaba coludida con el Cártel de Sinaloa para asesinar y controlar el crimen organizado en Mexicali.

De izquierda a derecha, Bernardo Ruiz, Alexandre O. Philippe, Sergio Haro y Patricia Benabe.

De izquierda a derecha, Bernardo Ruiz, Alexandre O. Philippe, Sergio Haro y Patricia Benabe.

Bernardo Ruiz me dijo en febrero de 2012 que una de las razones por las cuales se decidió a hacer la película sobre Sergio Haro es que “él tiene un pie en el mundo de Zeta, de cierta cobertura del narco, pero también tiene otro pie en un mundo de contar historias y hacer notas sobre temas que no son tan llamativos. Generalmente, vemos en la película que él va a un albergue juvenil, y está tomando fotos de jóvenes recién deportados; vemos que va a un basurero y pasa tiempo con los trabajadores, que también eso es parte del trabajo de Sergio, de retratar la cara humana de sectores olvidados, que eso también es parte de la historia: la desigualdad económica, la cual no vende revistas, ni películas, nadie quiere ver otra historia sobre pobres, pero es una parte fundamental y es una conexión con la parte del narco. Sergio tiene una perspectiva más amplia”.

En el Museo de Memoria y Tolerancia, en la Ciudad de México, después de la exhibición del documental en febrero de 2012, Bernardo Ruiz dice que Reportero comenzó con un proyecto en 2007, cuando quería hacer un retrato de Baja California para desarrollar el tema sobre migración. “Quería hacer algo tranquilo y muy corto sobre esa región”, pero la misma historia lo condujo a Zeta y a Sergio Haro. Todo cambió al momento de la investigación, así como le pasa más de una vez al reportero: todos los caminos llevan al mismo punto: el del crimen organizado.

II. La frontera México-Estados Unidos: cruce de drogas e información

Es la primera vez que se hace un documental sobre el semanario Zeta, dice Bernardo, el cual celebra 33 años de trayectoria este 2013. El semanario es conocido por su trabajo crítico “impredecible, recursivo y frontal, por lo tanto una presencia incómoda para todo aquel que quiera ocultar algo. El alma kamikaze de esta publicación tijuanense se junta con su vocación de Zorro, ya no californiano sino mexicano”, así lo define Ivonne Guzmán, lo que ha provocado —como ya se dijo— que sufran atentados y asesinatos que siguen impunes. “Nuestro trabajo es rescatar la memoria, rescatar historias a través del material de archivo. Nosotros recordamos historia a base de monumentos, de museos y de cosas así, entonces el trabajo de la película es juntar todo en una sola pieza para que un público que no conoce la historia pueda ver todo junto”, explica Bernardo Ruiz acerca de Reportero.

“Una parte de esta película demuestra otra visión, otra cara de México”, añade el documentalista, quien nació y vivió sus primeros seis años en Guanajuato y luego, siendo hijo de padre mexicano y madre estadounidense, se fueron a Brooklyn, donde vive actualmente. “En 2007, 2008 y 2009 casi la mayoría de las noticias sobre la llamada narcoguerra en México eran notas sin contexto histórico y sin dibujar los vínculos, sin tomar en cuenta la responsabilidad estadounidense”. En Reportero “una parte del trabajo también era dibujar esos vínculos y, en este caso, demostrar el trabajo de los periodistas que están investigando esas historias de manera muy profunda”.

El documental se transmitió en Estados Unidos el pasado 7 de enero en PBS, por medio de la serie P.O.V. (Punto de Vista), y también del 1 al 6 de febrero para México y el mundo en su sitio de internet, sin costo alguno.

El semanario Zeta se imprime en San Diego después de los atentados contra Jesús Blancornelas y la represión del gobierno mexicano al cerrarles el periódico, en la década de los ochenta. Por eso tuvieron que exiliarse en el país vecino y desde ahí producirlo y continuar, hasta hoy, maquilándolo allá por cuestiones de seguridad e independencia. En México, PIPSA, compañía paraestatal, era la que proporcionaba el papel para la impresión de los periódicos, por lo que el semanario tenía que lidiar con todo eso. “Había que llevarla bien con el gobierno para que en algún momento no pudieran cortar el suministro de papel”, dice Sergio Haro. “Para no estar sometido a ningún tipo de chantaje ni boicot por parte de sus enemigos locales [Baja California], el Zeta se imprime en San Diego. Cada viernes a las cuatro de la mañana los 25 mil o 30 mil ejemplares (35 mil si la noticia es una bomba) que se distribuyen semanalmente en Baja California y Baja California Sur cruzan la garita de Otay. Allí los espera, invariablemente, José Luis [Samaniego], quien además de estar a cargo del archivo coordina la circulación del semanario. En 1980 empezó como auxiliar y en 2001 asumió la jefatura de esta área que se ocupa de las ventas”, anota Ivonne Guzmán en su crónica de Replicante.

Le pregunté a Bernardo Ruiz sobre el dinero para hacer un documental como Reportero. “Como no hay fondo que predomine, esto nos ayudó a mantener una cierta libertad y una autonomía editorial”, respondió. El documental tuvo el apoyo de la Fundación Ford, el Instituto de Sundance, Cinereach, Latino Public Broadcasting, ITVS y POV. El equipo que lo filmó tiene una productora en Nueva York, la cual se dedica a realizar documentales sobre temas sociales, sin dejar de lado las herramientas del cine de ficción en su narrativa.

¿Qué hace un cineasta que vive en el extranjero —aunque tiene la doble ciudadanía y ha vivido en el Distrito Federal y en Guanajuato varias veces— filmando una historia sobre mexicanos? Bernardo contesta: “Vivir allá [en Nueva York] y tener acceso a ciertos recursos y también tener una perspectiva de extranjero, hasta cierto punto, tiene ciertas ventajas. La verdad no sé si hubiera podido hacer la misma película estando en este país. Creo que el trabajo de documentalistas mexicanos, reporteros mexicanos, es más difícil por los riesgos y lo que implica trabajar en ciertos casos. Yo tengo una perspectiva, tengo una familia, pero mi perspectiva es de alguien de fuera. Tengo acceso a cierta información aquí y creo que se me abrieron ciertas puertas por venir de fuera, ésa es la verdad”.

¿Habrías filmado un documental como Reportero en estados como Oaxaca o Veracruz?, le pregunto. Bernardo contesta: “Como la película empezó con la región de Baja California, no buscaba esas otras regiones. No existía la intención de hacer algo sobre esas regiones, que son muy importantes y que ojalá esta película también provoque que se hagan otras historias al estilo Reportero. En las conversaciones al principio con Sergio y con el equipo de Zeta nunca dije algo como ‘Yo voy hacer una película sobre el periodismo en México y quiero que me hables de tu trabajo porque voy a poner el semanario como ejemplo de periodismo en México’. Creo que si hubiera llegado a hacerlo de esa forma no hubiéramos ido a ningún lado. Más bien fue el proceso de estar yendo y viniendo y estar calando ciertos lugares y hablar con la gente. Fue, más bien, este proceso el que nos ayudó, más que ser extranjero. A veces es una ventaja, a veces es una desventaja, porque hay personas que sospechan por qué quiere este extranjero hacer equis cosa en nuestro país. Fue un proceso largo, de mucha negociación, de aprender, y a lo mejor si hubiera sido un cineasta mexicano hubiera llegado también con mis prejuicios. No es que no tenga prejuicios, por supuesto que los tengo, pero como era un poco ignorante de la situación desconocía el contexto y podía llegar más o menos con una visión abierta y hacer preguntas que a lo mejor un periodista o un cineasta mexicano no haría”.

III. Los periodistas no somos héroes

“Nosotros no somos mártires, no es un apostolado ni nos sentimos héroes, estamos haciendo lo que pensamos que se debe de hacer, pero sí es importante motivar a que otras partes hagan lo suyo para no estar aislados”, dijo Sergio Haro la mañana del 16 de febrero de 2012 en las instalaciones de la productora Canana, en la Ciudad de México, el mismo sitio donde también se realizó una conferencia de prensa sobre otro documental, People vs. George Lucas.

La tarde anterior, en el Auditorio de Memoria y Tolerancia, después de la proyección de documental, en el panel se encontraron la productora Patricia Benabe, el director Bernardo Ruiz, el reportero Sergio Haro y representantes de organizaciones defensoras de derechos humanos y libertad de prensa (Darío Ramírez, de Artículo 19, Mike O’Connor, del Committee to Protect Journalists, Mariclaire Acosta, de Freedom House, y Brisa Solís, del Centro Nacional de Comunicación Social). Todos ellos hablaron de lo peligroso que es ser periodista en México. Cuando el público le preguntó a Bernardo Ruiz si no tenía temor de ser amenazado por el crimen organizado, respondió sin ironía que él regresa a Estados Unidos, los que en realidad corren ese riesgo son los periodistas mexicanos. Sergio Haro añadió: “No nos dejen solos, es necesario que la ciudadanía participe”. Un país informado es un país democrático, dijo. Mike O’Connor dijo que “el crimen organizado pretende tener el poder político, el poder legal y también el poder informativo”. Diez meses más tarde O’Connor sería más contundente en el Primer Foro Latinoamericano de Medios Digitales y Periodismo, donde dijo que no alcanza a ver ningún tipo de resolución en la seguridad para que los periodistas en México realicen su trabajo con libertad.

Cuando el público le preguntó a Bernardo Ruiz si no tenía temor de ser amenazado por el crimen organizado, respondió sin ironía que él regresa a Estados Unidos, los que en realidad corren ese riesgo son los periodistas mexicanos. Sergio Haro añadió: “No nos dejen solos, es necesario que la ciudadanía participe”. Un país informado es un país democrático, dijo.

Con todo, Reportero sirve para transmitir lo que Bernardo Ruiz explica en las oficinas de Canana: “A cada uno nos toca hacer nuestra parte, y nuestra parte como documentalistas es realizar esa historia y empujarlo en el mundo. La idea es provocar un diálogo y un debate en el campo de los derechos humanos, pero también en leyes. En la película vemos que en los tres casos de periodistas asesinados no ha habido justicia. Hay que sacar a la luz estos casos y preguntar por qué no ha habido justicia”.

IV. Reportero vs. Miss Bala

¿Qué opinas de Miss Bala —le pregunto a Sergio Haro sobre la película de Gerardo Naranjo—? “No la vi, pero de repente empezó un boom que tiene que ver con el narco, no sólo en la cuestión cinematográfica, también en la literatura… creo que más con un objetivo comercial, que se vendan libros, que se vendan películas, aunque hay pocos trabajos de no ficción, o más realistas, documentales o reportajes periodísticos en donde se plasma esta situación. Hay también libros que abordan el tema y que son más serios. Recuerdo uno, por ejemplo, creo que el título es Miss Narco, de un compañero de Culiacán, Javier Valdez, que platicaba con las chavas que se involucran con el narcotráfico, pero ésos sí son personajes reales. En algún momento ellas se vinculan con el narcotráfico y todas las implicaciones que eso conlleva; en Tijuana han aparecido degolladas, torturadas, les sacan las uñas y ese tipo de cosas. Entonces, lo otro pues es más que nada un boom aprovechando esta situación. No sé qué tan válido sea… si es sacar una lana aprovechando esa situación. Lo otro es una manera de abordarlo de una manera más seria, en términos de reportajes, de no ficción, como es el caso del documental”.

Cartel promocional de Miss Bala en Estados Unidos.

Cartel promocional de Miss Bala en Estados Unidos.

En mi texto “Miss Bala. Caperucita y el narcolobo feroz”, publicada en Replicante a finales de 2011 escribí:

Miss Bala es una de las más absurdas películas del cine mexicano; aburrida como ficción e insuficiente como documento de coyuntura. La gran película sobre el narcotráfico, lo sigo creyendo, surgirá del ámbito del cine documental, el cual —sin dejar de criticar fuertemente lo que el presidente Felipe Calderón ha llamado “La lucha por la seguridad”— podrá ofrecer elementos para entender lo que acontece en el presente y una referencia documental que forme parte de la narrativa en un par de años. Miss Bala es un galimatías —de buena factura en la fotografía—, y por ello habría sido mejor guardar silencio o ser menos pretencioso. En este momento la simulación y los discursos de victimización —de películas inmaculadas— están rebasados. Se requiere de algo mucho más serio desde todas las áreas, incluso desde el cine.

Un comentario de la periodista Magali Tercero decía que la película le parecía “excepcional” y que los trabajos documentales sólo dan cifras. Le respondí que el documental mexicano tendría que dar la batalla desde el cine. Dice Magali Tercero:

Hace mucho tiempo que no me gustaba tanto una película mexicana. Es una indagación muy sutil y muy inteligente sobre la indefensión (palabra que usa el director para describir su filme), y por supuesto sobre el miedo de cualquier ciudadano que se siente expuesto. Llevo varios años investigando sobre el tema y me interesa más una película como ésta —discreta, sobria, elocuente— que un documental con la misma información que leemos diario en periódicos, revistas y libros. Hacen más falta este tipo de exploraciones que los datos duros.

Y esta es parte de mi larga respuesta a Magali:

El documental no está peleado con la creatividad, la ficción tampoco con los datos duros, sin embargo, me parece que hay que transformarlos, exprimirlos y que no sean guiños de: ¡Ah, miren, sí sé del tema, eh! Observo que la película Miss Bala se queda en la atmósfera de manera tramposa, porque es el lugar cómodo para contar lo que personas como tú hacen desde el periodismo, sin simulaciones y de manera profunda, o cineastas que desde el documental deben/pueden tomar un riesgo real y que al espectador le sirva de algo en su vida cotidiana.

Yo vi en Miss Bala el resumen, en dos horas, de lo que a diario podemos ver, salvo excepciones, en la televisión abierta. Es decir, los maleficios merecen la ficción, pero los beneficios la realidad, para estos fines, prefiero mejor divertirme con la película Machete, del estadounidense Robert Rodríguez.

[…] Creo que en el cine mexicano actual hay ejemplos del tema de la violencia, desde la ficción, que en su sencillez se encuentra su grandeza: Las marimbas del infierno, del guatemalteco-estadounidense-mexicano Julio Hernández Cordón, y Año bisiesto, del australiano-mexicano Michel Rowe. No tengo la menor duda de que el documental mexicano está dando la batalla, y la tendrá que dar, porque es lo mejor que en este momento tiene nuestro cine, o tal vez tenga que ser un cineasta del extranjero quien venga ofrecer una propuesta seria, entrona, particular, creativa, crítica, ácida, pero luminosa, del tema de hoy: la lucha por la seguridad, la guerra contra el narco en México, la madurez de este México pateador de piedras.

Como me lo expresó Inti Cordera, director del DOCSDF, hace un par de días, “Son pocos los años en los cuales nos hemos visto envueltos en una violencia exacerbada y yo creo que es apenas que los documentalistas están empezando a voltear su mirada. […] Yo creo que estamos por empezar a ver un fenómeno y un gran número de películas que se empezarán a dar cuenta de la situación que vive el país y que espero nos ayuden a reflexionar y a replantear hacia dónde queremos ir y llegar”.

El documental de Bernardo Ruiz muestra el otro lado de la historia de manera contundente al que me refiero. Eso que ficciones como Miss Bala no muestran, la de los periodistas y activistas sociales que se juegan la vida, como el mismo Sergio Haro, protagonista de Reportero. Una idea que también rebatí en mi nota sobre el filme de Naranjo: “¿Dónde —en Miss Bala— están los reporteros y periodistas que informan sobre lo que pasa en este país?” Sí, probablemente muertos o desaparecidos, desafortunadamente. Tú y yo coincidimos en la noche terrible, un libro coordinado por Lolita Bosch y Alejandro Vélez Salas, consigna las historias de 127 trabajadores de la información asesinados o desaparecidos en el territorio mexicano durante los dos primeros sexenios de la alternancia, pero hay otros como Sergio Haro, que teniendo familia, su esposa y un hijo, siguen haciendo lo que tienen que hacer. Eso que Miss Bala resuelve como “calladita —sociedad en general— te ves más bonita”.

Durante los setenta minutos de Reportero se advierten dos ideas: es mejor transmitir la información que guardarla; es mejor que el periodista escriba lo que sabe, ya que así es menos probable que sea eliminado para silenciarlo por la información que guarda. La otra es la frase, plenamente cinematográfica, por cierto, del mismo Jesús Blancornelas: “Yo no digo lo que quiero, digo lo que veo”.

Sin periodistas no hay democracia.

Sin periodistas no hay democracia.

El panorama no es alentador, las cifras de periodistas asesinados y desaparecidos es elevada. En los últimos días de diciembre de 2012 la Campaña Emblema de Prensa (PEC) señaló que un total de 139 periodistas de 29 países perdieron la vida mientras ejercían su profesión en ese año, esto es, un incremento de 30% con respecto a 2011. México se encuentra en la cuarta posición mundial, pues al menos once periodistas fueron asesinados a causa de la violencia entre el Ejército y los narcotraficantes (en Brasil se registraron las misma cifras que México, después Honduras con seis).

Bernardo Ruiz dice que en el New York Times aparece como nota principal el estreno de Miss Bala y en un recuadro pequeño la presentación de Reportero. “La ventaja que tienen los realizadores de ficción cuando haces películas como Miss Bala es que tienen un impacto muy grande. Hace una semana el New York Times publicó una reseña de Miss Bala y salimos ahí nosotros en el penúltimo párrafo, con otras películas sobre el mismo tema. La producción, la mercadotecnia, el presupuesto mismo, los actores, las estrellas, eso causa que haya mucho más atención e interés en un trabajo así que en un documental”.

V. ¿Ficción o documental?

Dice la productora Patricia Benabe: “El documental es la crónica periodística y la ficción es literatura. En ambos puedes examinar aspectos de la sociedad, pero son dos acercamientos distintos. Yo no puedo decirte que uno es más importante que el otro; obviamente, nosotros preferimos documental, porque a eso nos dedicamos, pero no puedo decir que uno es más importante que otro. […] Son dos avenidas que te llevan a lo mismo, a reflexionar, a pensar, a replantearte tu conducta o tu perspectiva de la sociedad”. Bernardo Ruiz apuntaría algo importante: “Lo único que quiero decir es que el documental está cambiando. Antes la perspectiva era que el documental era un género muy seco, de información y no de emoción, que el trabajo de emociones pertenecía a la ficción. Hoy en día eso no es cierto. El documental es un género que está creciendo de una forma muy interesante. Hay muchas nuevas formas, yo creo que en cierta manera nosotros les estamos ganando a las películas de ficción, porque estamos retratando historias reales y estamos utilizando las herramientas de la ficción. La mitad de nuestra película se filmó con una Canon 5 D o una Canon 7 D. Las herramientas ya están al alcance, podemos utilizar las mismas herramientas de las películas de ficción. En la no ficción estamos trabajando en una forma nueva”.

“El documental es la crónica periodística y la ficción es literatura. En ambos puedes examinar aspectos de la sociedad, pero son dos acercamientos distintos. Yo no puedo decirte que uno es más importante que el otro; obviamente, nosotros preferimos documental, porque a eso nos dedicamos, pero no puedo decir que uno es más importante que otro.”

En una fecha capicúa —el 11-11-11— le preguntaron al cineasta Arturo Ripstein, durante una conferencia de prensa en Oaxaca con motivo de la presentación de Las razones del corazón, si creía que se ha perdido la capacidad de ficcionalizar la realidad en México, Ripstein respondió algo que explica bien cuáles son los momentos que viven la ficción y el documental en un país que atraviesa por momentos de violencia exacerbada: “No, lo que no se puede hacer es ficcionalizar lo inmediato. Hace poco en un festival alguien me dijo: ¿Por qué no haces una película de la narcoviolencia? No, una ficción no se puede hacer en este momento, tiene que haber un tránsito para la reflexión, para la estructura, para el sentido. Se puede hablar de la narcoviolencia en un documental, que además es ahora muy fácil, antes era muy complicado por los formatos, porque era muy caro hacerlo con película cinematográfica, había que filmar muchísimo, ahora ya es muy fácil. Entonces, lo inmediato puede ser retratado en un documental, con el peligro de equivocarse de óptica o de punto de vista. Lo que no se vale es equivocarse de arranque con lo inmediato, hay que dejar que pase el tiempo, por supuesto en estos tiempos el tiempo se ha abolido por completo. Eso como que no es una preocupación ingente, a mí sí me preocupa muchísimo tomar distancia con las cosas, pero de ninguna manera creo que se haya dejado de ficcionalizar, creo que hay tres o cuatro grandes cineastas jóvenes que lo demuestran en rigor que se puede hacer ficción y ficciones que no se habían tocado antes que tienen otra delicadeza, otra manera de enfocar ciertos temas son —con el peligro de equivocarme—, Julián Hernández, Rigoberto Perezcano, Carlos Reygadas, Amat Escalante, Fernando Eimbcke”.

El periodista Sergio Haro.

El periodista Sergio Haro.

De nuevo, Sergio Haro dice: “En todos los documentales se busca algún tipo de señalamiento, se busca que haya un tipo de respuesta. No nada más decir que todo está jodido. Qué es lo que sigue para tratar de solucionar eso, y la parte que les corresponde a diputados, senadores. Cuáles son los casos en México, los casos emblemáticos, qué ha pasado con ellos y qué se puede hacer en términos de seguimiento judicial a los procesos, pues la mayoría quedan exactamente en cero, se congelan. Es el punto central del documental, que me parece importante, lo que sucede con el periodismo en estos tiempos violentos. No es normal, no está bien.

¿Ficción o documental, pues? En tiempos de injusticia cualquier ficción es trinchera, como lo escribió la activista Emma González en “Narcotráfico y entretenimiento. La canana de Miss Bala”: “Desconozco si el cine mexicano necesita de estos elementos ‘ficcionados’ para sobrevivir, pero la sociedad mexicana definitivamente no. Suficiente tenemos con un estado permanentemente kafkiano como para que todavía vengan a contribuir, muy amablemente, estos ‘charolastras’ convertidos ahora en reformadores sociales, con cierta debilidad por las publicaciones rosas, al entredicho de las verdades a medias, en un tema con tantas aristas como el de la delincuencia —que sí está organizada—, pretendiendo inocentemente hacer de una sala de cine un diván colectivo, espacio propicio para la reflexión, sin la debida documentación al respecto, desvirtuando la ya de por sí indecible realidad”.

VI. Otro Chile de ficción y otro México documental

El documental mexicano está dando estructura al imaginario colectivo mientras la espiral de violencia se agudiza. También, por obvias razones, es cada vez más un negocio redituable para las cadenas televisivas y exhibidoras oportunistas (cuando se exhibía Reportero, en febrero de 2012, el profesor de civismo Carlos Loret de Mola y el documentalista Juan Carlos Rulfo estrenaban, con bombo y platillo, un documental sobre la educación en México titulado ¡De panzazo! Llama la atención que Loret de Mola nunca cuestiona la educación no formal, como la que vemos a diario en el Canal de las Estrellas, donde él trabaja. Así como lo señala Emma González en “Nosotros los progres. De Cinépolis Capitol a los espacios alternativos”: “¡De panzazo! no es más que el reportaje-video institucional de Mexicanos Primero, que sirve convenientemente para una recaudación que a ningún organismo civil le viene mal y más si tiene entre sus directivos al dueño de la exhibidora que promueve su mismo video —es decir, el negocio es redondo para Alejandro Ramírez, quien ya encontró la fórmula después de Presunto culpable en la apuesta a los temas sociales. Sin embargo, en ¡De panzazo! cae en la novatada ‘filantrópica’ de ubicar el tema de la educación en la institución nada más, es decir, en la escuela, invisibilizando, por completo y muy convenientemente, a otros espacios alternativos de formación como la televisión y sus contenidos, en donde sin pensarlo mucho su emisor andante de una mejor educación no saldría tan bien librado”.

El veterano actor francés Alain Delon, durante su visita al nostálgico Festival Internacional de Cine en Acapulco de 2011 dijo: “En nuestra época la gente iba al cine para soñar, en este momento el cine es demasiado social. El cine actual es una imagen de la sociedad de hoy, ya no es un sueño”. A su vez, el escritor español Jorge Fernández Gonzalo afirma en Filosofía zombi: “El documental constituiría entonces el género del siglo XXI, no tanto por levantar acta de verosimilitud, sino por todo lo contrario, por registrar toda una serie de convenciones narratológicas a partir de las cuales hacer más real lo real. ‘Si no pasa ante la cámara es como si no pasara, ¿verdad?’, nos dice sarcásticamente uno de los personales de El diario de los muertos”.

Cada país tiene su propia historia y sus propios procesos históricos. México necesitará cada vez más mirarse en los ojos del documental para reconocerse y reconstruirse, más que en el de la ficción de El infierno, Bala perdida y Miss Bala. Al contrario de lo que sucede con países como Chile, que destaca por filmes de ficción como Tony Manero y Post mortem, de Pablo Larraín, en los que a partir de momentos históricos se interna en la intimidades de los personajes. También habrá que mirar La nostalgia de la luz (2010) del viejo lobo de mar Patricio Guzmán, un trabajo documental donde convergen perfectamente los datos con las emociones, la búsqueda a través de los astrónomos en el telescopio del desierto de Atacama y la búsqueda entre los granos de arena del desierto de los familiares asesinados y desaparecidos en el tiempo de la dictadura. Chile ahora está filmando desde la orfandad y la invención pospinochetista. México en cambio se enfrenta a la dura realidad, imposible evadirla. “Un país sin cine documental es como una familia sin álbum de fotografías”, se lee en el sitio de internet de Patricio Guzmán. A México le urge ser otro. ®

Publicado en: Cine, Marzo 2013

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