El Estado también soy yo

Hágase la ley en los bueyes de mi compadre

Según Georg Jellinek el Estado se compone por un territorio, un gobierno y una población, por lo que la sentencia “el Estado está en crisis” tiene que ser matizada desde la autocrítica que provocan todas las crudas para finalmente reconocer que, en una cienmillonésima parte de lo que en su momento fue Luis XIV, “El Estado también soy yo”.

Gustavo Monroy, "La última cena mexicana".

Gustavo Monroy, “La última cena mexicana”.

Lo más deprimente después de tener que vivir inmerso en la crisis generalizada por la que atraviesa México es tener que comentarla cotidianamente con nuestros contertulios de la “buena sociedad”, porque la actitud que despliega la inmensa mayoría de la gente que la compone es la de regurgitar una interminable letanía de lugares comunes que, lejos de convertirlos en agudos analistas sociales, los transforma en auténticos Ricardos Arjonas de la política.

No importa ni el foro ni quién sea el que la pronuncie —desde el más alto funcionario público o el acaudalado empresario hasta el más humilde de los desposeídos—, de todas la perlas de sabiduría que a diario me asestan mis conocidos últimamente destaca la que me parece más representativa de nuestra actitud como mexicanos: “México está atravesando por una crisis de Estado”. Sea cual sea el tema de conversación, basta con respirar profundo, sacar el pecho, adoptar una actitud solemne, impostar la voz, entrecerrar los ojos, escoger el tono más paternalista posible (cualquier similitud con cualquier Primera Dama o secretario de Educación es totalmente accidental) y pronunciar las palabras mágicas para que el emisor de tan descomunal papayonada no solamente sienta que logró salir del paso con brío, sino que además es el mejor ciudadano y el más inteligente de todos los ahí presentes.

Aunque esa frase no puede ser más certera, cuando se usa de una manera tan irreflexiva lo que en realidad demuestra es esa mexicanísima vocación de buscar a ese “otro” que es el verdadero responsable de lo que me pasa a mí, y que provoca que en México todos sean nacos menos mi grupo de amigos, todas las mujeres sean golfas menos mi madrecita, todos los niños sean maleducados menos el mío, que es “índigo”, todos los perros muerdan menos el mío (así que algo le debes de haber hecho), y en donde todos los delitos los comenten esos “otros”, porque la gratificación que yo di para ganar la licitación no es un cohecho, sino simplemente una ineludible costumbre dentro del medio corrupto y hostil en el que me tocó desarrollarme profesionalmente. A la par, todo aquel que es honrado no deja nunca de ser más que un perfecto imbécil, perdedor y envidioso, que no sabe competir en un mundo donde sólo sobrevive el más fuerte, por lo que yo no tengo por qué disculparme de ser más fuerte que los demás.

La gran mayoría de la gente concibe al Estado desde la famosa frase que se le atribuye a Luis XIV, en la que lapidariamente habría declarado “El Estado soy yo”, de tal suerte que los bucles de la peluca del monarca absoluto se habrían convertido, por el natural efecto de los cambios de moda, en el copete engominado de Peña Nieto como encarnación de todos los poderes y de todos los males terrenales.

Lo que casi nadie se detiene a pensar, ni por un segundo, es que cuando se afirma que esa ficción a la que llamamos Estado está en crisis no solamente no se sortea airosamente la conversación ni tampoco se le transfiere la responsabilidad de nuestros problemas a ese odiado pero utilísimo “Masiosare” que nuestro Himno nacional consagra como nuestro eterno “extraño enemigo”, sino que en realidad se adquiere un compromiso que casi ninguno de aquellos que lo afirman está ni remotamente dispuesto a asumir, ya que lo obligaría al desagradabilísimo ejercicio de tener que poner sus acciones donde está su hocico.

La gran mayoría de la gente concibe al Estado desde la famosa frase que se le atribuye a Luis XIV, en la que lapidariamente habría declarado “El Estado soy yo”, de tal suerte que los bucles de la peluca del monarca absoluto se habrían convertido, por el natural efecto de los cambios de moda, en el copete engominado de Peña Nieto como encarnación de todos los poderes y de todos los males terrenales. A un enemigo tan formidable solamente un espíritu tan heroico como el de Gandhi puede ser capaz de contrarrestarlo. Incluso, cuando la clase política usa este eufemismo de la famosa “crisis del Estado”, a lo que en realidad se refiere es a una especie de aprieto permanente o transitorio de la actual administración, que se sorteará en la medida en que el gobierno despliegue de una vez por todas las capacidades de aquel viejo priismo y ejerza plenamente esa otra entelequia que es “su capacidad de gestión política”, aunque ésta en realidad nunca sea una verdadera cura sino simplemente la maquiavélica dosificación de la zanahoria y el garrote que les permita seguir robando en un ambiente de “paz social”.

Desde la gestación del fenómeno sociopolítico que de una manera tan liberal designamos Estado, el jurista y politólogo austriaco Georg Jellinek consideró que éste se compone por una trilogía: un territorio, un gobierno y una población, por lo que, a partir de una comprensión mucho más técnica de lo que de verdad significa esta figura, la euforia que provoca la embriaguez por haber declarado que nuestro “Estado está en crisis” tiene que ser matizada desde la autocrítica que provocan todas las crudas para finalmente reconocer que, en una cienmillonésima parte de lo que en su momento fue Luis XIV, “El Estado también soy yo”.

En este país de infinitas desigualdades y cotidianos crímenes de lesa humanidad existen terribles villanos que tendrían que ser duramente castigados, y las mismas víctimas históricas de siempre —que día con día son más— que deben ser reivindicadas, pero también es cierto que si la clase política encuentra hoy una simbólica representación de su infinita podredumbre en una “Casita Blanca”…

Esta epifanía de que “yo” también soy responsable de la crisis por la cual atraviesa el Estado del que formo parte necesariamente tendría que llevarnos a la conclusión de que, para que ésta se supere, sólo bastaría con que tuviéramos una cienmillonésima parte del espíritu heroico de Gandhi, por lo que a mí sólo me toca poner mi grande o pequeñísima parte de los inmensos remedios que se necesitan para nuestros también inmensos males, aunque únicamente sea, por omisión, dejando de joder a mi vecino.

Evidentemente, en este país de infinitas desigualdades y cotidianos crímenes de lesa humanidad existen terribles villanos que tendrían que ser duramente castigados, y las mismas víctimas históricas de siempre —que día con día son más— que deben ser reivindicadas, pero también es cierto que si la clase política encuentra hoy una simbólica representación de su infinita podredumbre en una “Casita Blanca” (que paradójicamente nos remonta a aquella nostálgica de la niñez de Agustín Lara, cuya humildad por lo menos se veía compensada porque los cambios de color del paisaje eran naturales y no artificiales), “yo” solamente tendré autoridad moral para criticarla si no me apropio de la parte de la banqueta que está enfrente de mi casa para asegurarme de que tendré dónde estacionarme cuando llegue, simplemente por el hecho de que robarme unos cuantos metros de lo que yo considero que es “mi banqueta”, o robarme todo el Estado de Veracruz, responden exactamente a una misma estructura ética y de comportamiento que provoca que en este país todo el mundo hace todo lo que puede, pero nunca todo lo que debe.

El que se roba un “contratito” público o un “pedacito” —así, con ese diminutivo tan nuestro que todo lo cura— de banqueta, no se roba más no porque no quiera sino porque no puede, de la misma forma que el que no amarra a su perro cuando sale a la calle lo hace porque puede, “igualito” que el alto funcionario que le regala un proyecto público a sus socios.

Desde esta perspectiva mucho más precisa, la próxima vez que pienses que vas a salir airoso en una conversación diciendo que “México está atravesando por una crisis de Estado” por lo menos ten en cuenta que el pronunciar esta frase no te hará más ingenioso, sino que te hará adquirir el compromiso de que, para finalmente sortear esa crisis que tanto trabajo te costó reconocer, todos los días tus bueyes tendrán que arar muy duro… y no nada más los de tu compadre. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Noviembre 2014


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