El ex espectador

Tijuana sigue en pie

La gente se abalanzó sobre la garita fronteriza, abandonada por los gringos, y tras romper barrotes y portones, miles intentaron una huida absurda hacia el desastre; durante un par de semanas fue posible sentarse en el puente México para verles manejar sus autos o caminar como bestias ridículas hacia la incandescencia del fuego y las tinieblas temblorosas de los humos.

Tijuana shanty town © Nathan Gibbs

Respecto de las diversas teorías, imaginarios y fábulas existentes sobre el fin del hombre, el teórico autodidacta Lucas Dortmund planteó que no existiría tal cosa como un fin absoluto. La idea de la aniquilación total es propia de seres conscientes de su mortalidad que rezongan ante la injusticia de morir mientras el mundo y los demás continúan girando. La realidad, apuntó, es que el mundo o el universo continuará cuando el último hombre desaparezca.

Dortmund no escribió un libro acerca de ello; su teoría es apenas un apéndice incluido en su interesantísimo ensayo sobre los estrados sociales y la nulidad o irrelevancia de las clases socioeconómicas durante las catástrofes. Aun así, alcanza a explicar que la caída del mundo del hombre sucederá en dos etapas, simplificadas así:

Con un final para aquellas sociedades que son ejes del mundo. Las grandes ciudades o sus polímeros industrializados cuya caída implica detener el progreso, serán devastadas por causas naturales o inducidas, y ese desastre será —mediáticamente— el fin del mundo tal como lo conocemos, y cubrirá los clichés y paranoias de las diversas culturas y hábitos de consumo.

Lo siguiente le corresponde al resto del mundo. Sociedades, pueblos o ciudades pequeñas, a salvo por su poca importancia —¿cómo destruir lo irrelevante?—, quedarán intactas y de ahí provendrán los sobrevivientes para reconstruir el desastre de las grandes naciones.

Ambos sucesos, lamenta Dortmund, tendrán una consecuencia paradójica, o al menos deshumanizante: la desaparición del hombre pequeño, de la vida sin más esperanza que la tranquilidad y las pequeñas alegrías; la caída lamentable del verdadero humanismo, el que jamás desea ni concibe participar en las grandes ejes, casi siempre podridos, que sostienen a los Estados.

Pensé en los disparates de Dortmund cuando Tijuana quedó intacta después del desastre. Si debo dramatizar más, no dormí un par de días por dilucidar el papel que asumiría la ciudad en el futuro. Al norte, tras la barda fronteriza, San Diego California ardió en llamas durante semanas. Su bahía y enérgico puerto eran un gigante anaranjado de fuego que se inclinaba sobre el océano. La ciudad entera era una devastación que disminuía conforme los edificios y casas se acercaban a la frontera sur. Era admirable como el incendio y su despojos quedaron perfectamente delimitados tras el muro de metal o sus columnas de concreto, mientras Tijuana quedó en pie bajo humo blanquinegro y ceniza suave y frágil que cubrió todo por meses.

La gente, previsiblemente estúpida, se abalanzó sobre la garita fronteriza, abandonada por los gringos, y tras romper barrotes y portones, miles intentaron una huida absurda hacia el desastre; durante un par de semanas fue posible sentarse en el puente México para verles manejar sus autos o caminar como bestias ridículas hacia la incandescencia del fuego y las tinieblas temblorosas de los humos. Nunca volvimos a saber de ellos, excepto quizá, aquella mujer que volvió casi loca, con las retinas quemadas, describiendo horrores que algunos payasos y académicos documentaron y discutieron hasta el asco.

Yo no perdí mi trabajo como asesor del alcalde en turno, Miguel Cachú, un viejo amigo de la preparatoria que siempre padeció, en menor o mayor grado, el síndrome de Tourette. Lejos de ser un problema, el tipo ganó popularidad electoral por la peculiaridad de sus impulsos, tics y palabrotas que surgían durante mítines y debates televisados. Supongo que para una población que huye del desastre yendo hacia él, tenía sentido elegirlo como presidente municipal.

Cuando huir al norte dejó de ser una opción, me encargó analizar el rumbo de la población que, dijo, por alguna razón inexplicable quería largarse de uno de los pocos lugares que había sobrevivido a la hecatombe. (Luego supe que había adquirido una nueva manía tourettica: inhalar violentamente, murmurar —estoy vivo-vivo estoy-vivo— y enseguida pujar fuerte, a veces hasta defecarse en los pantalones.)

Descubrí preliminarmente que la población quedó dividida en dos grandes sectores: los que deseaban largarse y los que decidieron quedarse. La mayoría de los que todavía huían era para comprobar si sus lugares de origen habían sobrevivido y el resto de ellos consideraba absurdo y más horroroso imaginar que estaban en un lugar intacto mientras San Diego, una ciudad hermosa que no merecía la destrucción, estaba aniquilada.

Los que se quedaron quizá aceptaron que no había a dónde ir y comenzaron con el ritual, al principio apocalíptico y luego ridículo (cualquier retraso del fin del mundo lo ridiculiza, reconozcamos), de ascender el cerro Colorado para contemplar a lontananza todas direcciones mientras rezaban, maldecían o se emborrachaban, o las tres cosas juntas.

Un grupo reducido, gente que había vivido por generaciones en Tijuana o visionarios que veían en el éxodo una oportunidad, estaba feliz y decidida a permanecer; muchos de ellos se volvieron xenofóbicos abiertos y se reunían en las calles para insultar a las personas que caminaban hacia las afueras o que comenzaron a esperar en las terminales de camiones y en el aeropuerto.

Sin embargo, los últimos camiones y aviones que partieron ya no regresaron, y en los andenes y salas de espera se aglomeraron filas peristálticas y convulsas de gentes impacientes. Informé al alcalde y le dije que el retraso provocaba la impaciencia de los que decidieron quedarse, cuando comenzaron a demostrar una violencia mayor contra personas que, de todas maneras, deseaban complacerlos y largarse de la ciudad. El nuevo absurdo exasperó a Cachú, y a excepción de su jefe de policía, el jefe de bomberos y protección civil y yo, decidió que nadie más podía visitarle en su oficina para descubrir nuevas intensidades de su síndrome, que le hacía realizar tics, gesticulaciones y actos aberrantes e incontenibles.

Todavía recuerdo la tarde cuando le hablé sobre la falta de aeronaves, y él volteó a verme para pujar hasta que los ojos estuvieron a punto de salir de sus cuencas para luego escupir en su mano derecha y ofrecérmela en un saludo que fuera también un juramento de silencio. Cuando salí de su despacho lo dejé llorando, no supe si lloraba por la ciudad o por el trance bochornoso.

Con el tiempo la gente ya no pudo huir, pero tampoco lo entendían y ya no regresaron a sus casas. En vez de eso, montaron campamentos en las terminales. El resto de la población entendió el absurdo de pelear contra ellos, o quizá se cansaron de insultar. No tardaron en lucrar y gestar una economía para satisfacer las necesidades de los que convirtieron a Tijuana en una constipada sala de espera.

Los teóricos, académicos y culturosos les llamaron los Eternos Migrantes, y todos ellos comían, bebían y tenían necesidades que debían cubrir sin abandonar su lugar en filas que, con un poco de esperanza, podían moverse en cualquier momento. Además de dinero (¡incluso aceptaban dólares!), los vendedores y prestadores de servicio amasaron joyas, electrónicos, automóviles, hasta que la usura y la rapiña comenzó a demandar los terrenos, cimientos y construcciones. En un periodo de seis meses la gente que esperaba irse de la ciudad se transformó en carrujos secos, poco a poco inmóviles y grises. Los imaginé como cuando llegaron; como si el lugar de pobreza de donde huyeron hace muchos años hubiera regresado hasta ellos paulatinamente, burlando el espacio y las dimensiones, finalmente burlándose de ellos.

La justificación de los usureros y demás hijos de puta fue que sólo recuperaban lo que pertenecía a la ciudad, y nada más. Cuando fui a informarle al alcalde de este nuevo acontecimiento, me hallé con el jefe de la policía que me explicó que durante la madrugada el presidente municipal se había descerrajado un tiro en el mentón, acto —según dijeron los médicos— provocado por su condición psiquiátrica. En ese momento imaginé a Cachú con los pantalones repletos de excremento, mascullando y repitiendo invocaciones confeccionadas para un fin del mundo que dejó su gobierno intacto. Era algo que podía hartar a cualquiera hasta el suicidio, musité. Pero el Ingeniero Cachú no murió, dijo el comandante.

Creo que mi rostro se descompuso; le pregunté qué carajos le había sucedido. Apenas y perdió la conciencia, respondió. Lo tenían internado en una clínica particular a donde me llevó de inmediato, para mostrarle un informe bajo el brazo que quizá —pensé— podía competir en contenido con su historial médico y psiquiátrico. Cuando un médico me explicó ampliamente cómo el alcalde no sólo no había conseguido matarse, sino que la bala le había lobotomizado el temporal frontal, curándolo sin secuela aparente, le pedí que dejara de inventar pendejadas y me dejara ver al paciente.

Cuando entré a la habitación dos hombres conversaban con él. Su voz se tornó gutural, apenas inteligible y murmurada. Probablemente dictaba a pesar de la recomendación de los médicos y sin importarle la incomodidad del vendaje bajo su barbilla. Imaginé su paladar agujerado. Cuando me acerqué, me tomó del antebrazo y me pidió que participara con los hombres, pues había recomendaciones para que el gobierno municipal de Tijuana colaborara. Su rostro amoratado me provocaba terror, pero que pudiera hablar con mesura y frialdad —como un verdadero político, debo lamentar—, sin farfullar maldiciones o incoherencias me enajenó totalmente. Le dije sí a todo y salí al pasillo con los hombres, que me entregaron una tarjeta con una hora anotada del día siguiente.

Nosotros lo recogeremos y será el único observador, explicaron, y después se fueron, haciéndose los misteriosos, cuando en realidad parecían burócratas con sobresueldo de un país en ruinas tras el fin del mundo. Una imagen que me pareció hilarante y que alivió la extrañeza que padecí después de entrevistarme con Cachú.

A las nueve de la mañana comenzó mi peregrinación, y en la calle aparecieron camiones traídos de sitios desconocidos donde nadie los hubiera encontrado. Tranquilamente, frente a todos los que quisieron ver sin exigir explicaciones, nos detuvimos en la central de autobuses donde empleados municipales acomodaron dos enormes bocinas y pusieron música norteña para despabilar y arengar a la gente, que entonces comenzó a abordar los camiones sin mayor expresión que el llanto espontáneo de niños y los reclamos impacientes de los conductores. Con una velocidad impresionante, pronto los andenes, salas de esperas y banquetas quedaron vacíos, y supe que simultáneamente el aeropuerto también aportó su cuota humana.

Me enteré de que toda esa gente fue llevada al norte, a Estados Unidos, donde quedaron escombros y hombres ricos que necesitaban reconstruirlos. En California, en Nevada, Texas, Nuevo México y hasta Florida, fueron vendidos al mejor postor en almonedas donde los grandes compradores también leyeron apologías que exponían las diferencias tajantes entre migración y esclavitud. Esos eventos fueron inmensamente populares, y algunos fueron videograbados, o audiograbados, especialmente aquellos donde el presidente emergente de Estados Unidos tomaba el estrado para reivindicar el discurso de los postores y el trabajo de los vendedores.

En una de esas grabaciones se puede oír en un español crepitante, forzado pero cortés, exclamar con emoción que el esfuerzo de todos esos migrantes sin redención será la fuerza que vuelva a reconstruir el sueño americano, edificando un nuevo hogar para todos aquellos cuya patria era una ceniza ansiosa e irreparable.

Cada vez que escucho ese discurso, el estrago biaural que se cierne sobre el silencio que arrastra tras de sí la voz, y que parece atravesar los edificios intactos y las soledades que dejaron los últimos que se fueron, acabo por entender por qué Tijuana quedó en pie con la misma suavidad de un campo de concentración transformado en museo. ®

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Publicado en: Diciembre 2012, Narrativa


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