El gran bostezo contemporáneo o un arte para estudiar

Una postal sobre la Institución

“Sin ánimo de entrar en viejas discusiones que equiparan o enfrentan a la pintura con el arte conceptual, ambas disciplinas de diferente raigambre, pero igual de contemporáneas, hay que admitir que a la mayoría de la gente, el potencial público, lo que le suele provocar el así llamado arte contemporáneo es un inmenso bostezo.”

Cementerios aéreos © Gabriel Orozco

Últimamente, cuando me entero de que va a haber o hay una exhibición de arte contemporáneo me invade una extraña inquietud en lo que me decido si lanzarme o no a verla. Una sensación que atraviesa el espectro que va desde la obligatoriedad de asistir hasta el más profundo hastío a priori. La mayoría de las veces soy presa de la desidia y siempre encuentro buenos pretextos para no ir.

Me sucede lo mismo que con esas películas de cine cuyos estrenos van precedidos de un alud de publicidad y comentarios favorables, y que una vez vistas le dejan a uno la sensación de un gran fiasco, de haber sido atrapado, una vez más, por las redes tejidas alrededor del deseo por el aparato comercial.

Con las exhibiciones de arte contemporáneo, sobre todo las ferias, uno siente la obligatoriedad de asistir porque de lo contrario persiste la sensación de que algo nos hemos perdido, y perdura ese sentimiento de la tarea no hecha hasta que desaparecen de la programación, cuando ya respiramos aliviados por la imposibilidad de asistir. Una tarea más tachada de la agenda.

Por poner sólo un ejemplo, platicando con una reputada periodista sobre el estado de arte, me confesó que, sin menospreciar la trayectoria de Gabriel Orozco, no podía sentir ni el 10% de la emoción que le provocaba la contemplación de una sola de las pinturas de Daniel Lezama, por poner dos ejemplos de dos artistas mexicanos en la cúspide de su trayectoria, ambos de edad madura.

Una emoción solamente igualada por el reciente descubrimiento del gran mural realizado en 2009 por Rafael Cauduro en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, en la Ciudad de México. Una obra magna, sin duda.

Sin ánimo de entrar en viejas discusiones que equiparan o enfrentan a la pintura con el arte conceptual, ambas disciplinas de diferente raigambre, pero igual de contemporáneas, hay que admitir que a la mayoría de la gente, el potencial público, lo que le suele provocar el así llamado arte contemporáneo es un inmenso bostezo, cuando no la completa indiferencia. Hagan sus encuestas.

Me sucede lo mismo que con esas películas de cine cuyos estrenos van precedidos de un alud de publicidad y comentarios favorables, y que una vez vistas le dejan a uno la sensación de un gran fiasco, de haber sido atrapado, una vez más, por las redes tejidas alrededor del deseo por el aparato comercial.

Como dice Gilles Lipovetsky, el arte contemporáneo sólo le interesa tanto al artista que lo produce. El desinterés general hacia el arte contemporáneo quizá se esté dando porque es posible que se asocien a las instituciones que lo manejan con las prácticas de poder ejercido desde el Estado. Como apunta el curador e investigador Irving Domínguez, en México las visitas obligadas de fin de semana de padres e hijos a los museos se saldan con la recopilación de vasta papelería en forma de folletos informativos que pueden o no formar parte del proyecto expositivo y que la gente se lleva a modo de regalos. Regalos que hace la Institución a los ciudadanos, que en realidad significa que el Estado, que tanto se preocupa por la cultura de sus súbditos, hace esos fabulosos regalos con presupuestos cargados al erario público.

Es muy difícil desligar el arte contemporáneo de las instituciones de cultura y por consiguiente del aparato de Estado, que se encargan de la propaganda de ese tipo de arte cuando no lo acaban convirtiendo en una de las ofertas de ocio cultural urbano o directamente en reclamo hacia el turismo nacional e internacional. Hasta hace bien poco vivimos una fiebre de construcción de museos que albergarían colecciones de arte contemporáneo de dudosa solvencia, ahora detenidos o desechados por la crisis, y el florecimiento de bienales hasta en las ciudades más recónditas de provincia.

El mercado manda, la industria hostelera aprieta y la recaudación de impuestos apremia. Y eso se nota a leguas. El arte y lo que le queda de función crítica son un mero pretexto.

Crisis

Ante el contexto de crisis que sufre el sistema capitalismo y que afecta a casi todos los países del orbe, sólo el mercado de arte contemporáneo, así como el de los objetos de lujo, sigue respirando con cierta vitalidad. Una vitalidad mortecina, todo sea dicho de paso. Ese arte, a pesar de la buena voluntad o intenciones de los artistas que lo ejecutan, desde su concepción nace muerto. A efectos de que tenga alguna repercusión más allá de la bolsa de valores particular que rige ese mercado. Siendo su principal motor el lavado de dinero y la creación y supervivencia en economías paralelas. Ya dijo Paul Virilio que la mayoría del arte contemporáneo fluye en la narcoeconomía, que no necesariamente tiene que ver con el tráfico ilegal de sustancias prohibidas sino con aquel flujo económico capaz de crear un sistema propio que escape a toda regulación y, por supuesto, a toda lógica.

En estos momentos la práctica de aquella parte de los artistas contemporáneos comprometidos con la realidad social, el presente de la humanidad, toma otros derroteros y se vuelca, con sus propios medios, hacia la crítica social y a hacer evidentes los despropósitos tanto de la clase política, las castas dominantes en el aspecto cultural de cada país, y los desmanes y las injusticias provocados por el sistema poscapitalista en fase terminal.

En estos momentos la práctica de aquella parte de los artistas contemporáneos comprometidos con la realidad social, el presente de la humanidad, toma otros derroteros y se vuelca, con sus propios medios, hacia la crítica social y a hacer evidentes los despropósitos tanto de la clase política, las castas dominantes en el aspecto cultural de cada país, y los desmanes y las injusticias provocados por el sistema poscapitalista en fase terminal.

Las obras, o más bien proyectos, con conciencia nacidos de esta crisis del arte, observan, según el antropólogo y artista ecuatoriano X Andrade, “una preocupación por la relación entre arte y sociedad que expresa una de las dimensiones que descentra la excesiva mercantilización de las artes visuales en el capitalismo tardío”, y se vuelca con poderosos medios narrativos, alejados en su mayoría de la espectacularidad, a desentrañar complejas realidades locales… del mismo modo que lo hace el género documental, que centrándose en una problemática particular da lugar a un discurso universal. Ambos, ejercicios de antropología social.

En este contexto, es posible que la espectacularización desmedida del arte contemporáneo esté tocando a su fin, con cada vez presupuestos más exiguos para aspectos relacionados con la cultura. Sobrevivirán, claro está, aquellos que aporten dividendos al valor de marca de la ciudad que organice grandes eventos en los que el arte contemporáneo tenga un papel preponderante, que, no nos olvidemos, poco tiene que ver con formas de consumo cultural y ocio como festivales, actuaciones musicales y exposiciones temáticas.

Pareciera ser que los derroteros que están tomando las prácticas de arte contemporáneo en países considerados periféricos tiene que ver con el replanteamiento y la explotación visual de la barbarie capitalista, amparado en la investigación y en una actitud claramente a la contra de los discursos oficiales, que ahogan el entendimiento y embotan con flagrantes contradicciones a la población.

Y periférico acabará siendo Occidente, con cada vez menos preponderancia de Europa y su estela de acólitos desfasados, en todo tipo de instancias mundiales. Lo único que queda es exportar a los mercados asiáticos tanto fórmulas como artistas, productos al fin y al cabo…. El paradigma de esto último es la apertura, fundamental quizá para su supervivencia, de una filial de Art Bassel en China… mercado ávido y preparado económicamente para afrontar ese tipo de desaforado consumo, aunque ya hay varios artistas chinos cotizando en los mercados internacionales. Pero parece ser que lo que los coleccionistas chinos quieren es comprarle todo, desde estilos de vida, objetos de lujo y arte, a Europa, necesitadas como están las economías continentales de aire fresco en forma de flujos monetarios, asfixiada por una crisis de un capital que la mayoría de las veces ni existe. Los chinos comprarán todo, por lo menos en la siguiente década.

Incluso el alma de lo que hasta hace bien poco animó eso que se dio en llamar el espíritu de Occidente, y del que su hijo bastardo es el arte contemporáneo y que se halla, hoy por hoy, en franca decadencia. ®

Publicado en: Julio 2011, Legendario Deja Vu

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  • Buen artículo..
    Es bastante agotador, como decís, esas ferias de arte..uno sale más vacío que lleno de nuevas emociones…
    Además otra cosa que me he dado cuenta, es que disfruto más de las retrospectivas, de las exposiciones individuales de personas…
    En estos días iré a ver una retrospctiva de Hokusai en Berlin…esas son las exposiciones de las que uno sale renovado, emocionado…
    Me cuesta ver a las personas, a lo humano que hay en las obras, cuando se encuentran en ferias, cuando lo que se ve es una especie de mercado de frutas, o de pescado, pero en este caso, de artistas…de los que en medio de tanta obra..pierden la sensibilidad, la particularidad con la que han sido hechas…y es que hasta el contexto las vuelve un poco vulgares, aunque por otra parte todo parece muy chic…
    Todo este tema..es bastante complicado, y más frustrante cuando uno piensa como artista..que debo hacer?, cual camino tomar?..el de las galerías, las ferias, y ser una obediente más del sistema y que este me de de comer..o buscar caminos más difíciles y sinuosos(el hambre, trabajitos paralelos)…con la posibilidad de perderse para siempre de lo que te mueve…
    Buen artículo y revista..acabo de encontrarla…felicidades..

  • Jacaranda correa

    Excelente articulo Ruben, coincido plenamente, he perdido ante el arte contemporáneo la posibilidad de sorpresa y el goce estético..