El gran kaiju del cine fantástico

Pacific Rim, de Guillermo del Toro

En Pacific Rim Guillermo del Toro confirma su vocación de perseguidor de sus obsesiones y fantasías, a las que convierte una vez más en un filme que revisita con éxito una larga tradición de ánime y cinematografía oriental.

Escena de Pacific Rim.

Escena de Pacific Rim.

En 1993, hace veinte años, fue una especie de escarabajo, una reducida maquinaria animada por un poder sobrenatural que movía en sus engranajes el misterio de la vida eterna. Hoy es el coraje del ser humano lo que anima gigantescas máquinas de metal en la lucha por la supervivencia de la humanidad, aunque sea un ciclo más en el reloj.

Como una alegoría fantástica —que va a cuento con su trabajo— Cronos ha sido sabio al cobijar la desenfrenada militancia de Guillermo del Toro por hacer del cine el espacio para desbordar su imaginación y convertir en realidad el sueño que muchos podrían tener: volver a contar a su manera esas historias que ejercieron tanta fascinación en la infancia y la adolescencia.

Pacific Rim o Titanes del Pacífico, como ha sido titulada en español, confirma además la paulatina transformación del director mexicano (Jalisco, 1964) en un enorme kaiju que emergió en aquella ola del llamado nuevo cine mexicano para convertirse por sí mismo en una referencia del cine fantástico y de ficción científica.

La sabiduría de Del Toro no fue lanzar su ataque de forma temprana hacia Hollywood, alejándose del escenario del cine nacional, lo cual es obvio frente al espejismo que finalmente resultó Mimic (1997), sino la de inventar su propio sendero persiguiendo insistentemente un discurso específico: hacer realidad sus obsesiones personales en la pantalla grande.

Mimic

Pacific Rim bien podría ser una de las batallas más importantes libradas por Del Toro. Su animosidad de héroe que alimentó a personajes como Blade y Hellboy está presente en cada secuencia del largometraje al grado que permite realizar un parangón entre la historia y una de los más duros golpes recibidos por el director en años recientes.

Pacific Rim

La película puede verse como la alegoría de un Guillermo del Toro sucumbiendo frente a la negativa de los estudios Universal para producir The Mountains of Madness (basada en la historia homónima de H.P. Lovecraft) que se levanta de nuevo como “Gipsy Danger”, el robot supremo que tripulado al más estilo Mazinger Z se impondrá ante la debacle en Pacific Rim.

Resulta interesante cómo esa terquedad de Del Toro por hacer cine a su manera es lo que se convierte de nuevo en el ingrediente principal de su nueva película. Son los personajes los que construyen la historia en su forma de lidiar con el entorno adverso que enfrentan.

De la misma forma que Carlos (El Espinazo del Diablo, 2001) y Hellboy, cada uno a su manera, luchan por encontrar su sitio en un mundo que los amenaza o rechaza, Raleigh Becket (Charlie Hunnam) y Mako Mori (Rinko Kiguchi) deben hacerlo además enfrentándose a la amenaza que llegó de un universo paralelo.

Resulta interesante cómo esa terquedad de Del Toro por hacer cine a su manera es lo que se convierte de nuevo en el ingrediente principal de su nueva película. Son los personajes los que construyen la historia en su forma de lidiar con el entorno adverso que enfrentan.

Ambos héroes que retratan a personajes como Koji Kabuto y Zayaka Yumi, de Mazinger Z, provienen de tragedias personales que alimentan frustraciones y deseos de venganza que deberán superar para ascender a su condición heroica con éxito. De lo cual dependen no sólo ellos, sino la humanidad toda.

La historia ambientada en un futuro no tan lejano a la época actual representa una versión más de la lucha de la humanidad por prevalecer. Si bien se compone de los elementos básicos de la clásica línea triunfalista de las sagas estadounidenses de lucha contra enemigos externos que refuerzan imaginarios culturales internos, no por ello es menos aplaudible.

Cierto, bajo la condición antes descrita lo que ocurrirá a lo largo del filme es predecible. No hace falta mucha imaginación para visualizar el final ni tampoco para comparar con otras historias de invasiones extraterrestres y victorias humanas.

Tampoco se requiere mucho esfuerzo para encontrar las similitudes con el vasto catálogo de monstruos mutantes, terrestres o alienígenas y máquinas de guerra construidas para combatirlos, que forman parte de la tradición animada de Japón, China o Corea.

Es justo ahí donde Guillermo del Toro asume su papel de monstruo fantástico y se vuelve capaz de contar una historia muchas veces antes vista con éxito, convirtiéndola no sólo el resultado de satisfacer una vez más sus caprichos como adolescente-director cinematográfico, sino en también casi un tributo a esa larga tradición del ánime y el cine oriental fantástico y de ficción científica.

Es justo ahí donde Guillermo del Toro asume su papel de monstruo fantástico y se vuelve capaz de contar una historia muchas veces antes vista con éxito, convirtiéndola no sólo el resultado de satisfacer una vez más sus caprichos como adolescente-director cinematográfico.

Sobran ya quienes comparan los gigantescos jaegers tripulados por seres humanos de Pacific Rim con las máquinas de Evangelion. Habría que hacer más justo el señalamiento y buscar un poco más atrás antes de emitir un argumento que no aborda el contexto completo: antes de Evangelion estuvo, como ya se mencionó antes, Mazinger Z y después todavía habría que pasar por Voltron, Macross, Robotech y Gundam.

Ociosa ha sido la comparación con Transformers. No hay mucho que argumentar frente a una busca de similitudes que no pasan de lo visual.

Surge también el nombre de Godzilla cuando se refiere la película, sobre todo con aire de cuestionamiento. Más que referencia, Godzilla inspira claramente el diseño y definición de los kaijus, tanto en su forma como fuerza y poderes.

La esencia de Toho Pictures, creadora de Godzilla, Mothra, Gamera y Ghidorah, entre otros, está más que presente incluso en las luchas cuerpo a cuerpo que destruyen ciudades entre los jaegers y kaijus. Haruo Nakajima, quien durante años vistió el disfraz de Gojira, seguramente estaría asombrado de lo que puede lograr una buena dirección de efectos especiales.

Charlie Hunnam como Raleigh Becket y Rinko Kikuchi como Mako Mori en una escena de Pacific Rim.

Charlie Hunnam como Raleigh Becket y Rinko Kikuchi como Mako Mori en una escena de Pacific Rim.

Cae también en la crítica el discurso conmovedor y triunfalista, de arenga a la lucha ante lo que podrían ser las horas finales de la humanidad. Se le señala como un clásico de la filmografía estadounidense de guerra. Pero, ¿en qué película donde se vaya a salvar una casa, una ciudad, un país o el mundo no se expresa un discurso o monólogo de ese tipo?

Luego está el atisbo de romance en la historia, del que habría que revisar bien la forma en la que surge, más allá del clásico apasionamiento rosa, y de entre la admiración que también cuestiona y una forma de enlazar pensamientos sólo posible en la historia de Pacific Rim.

Además, ese tipo de situaciones son comunes en el imaginario de las producciones tokusatsu y kaiju desde la década de los cincuenta en el siglo pasado, en el que bien encaja Pacific Rim.

Justo ahí está la razón del por qué afirmar que con este filme Guillermo del Toro se convierte en heroico kaiju —como el propio Godzilla lo logra en la segunda ola de sus películas (entre 1960 y 1975) al dejar de ser un monstruo destructor y convertirse en protector de Japón.

Pese a todas las referencias y todas las comparaciones con contextos anteriores, Del Toro logra construir una historia congruente, bien narrada y visualmente impresionante, con un tratamiento superior al que Michael Bay diera a Transformers, y aun mayor que el dado por Roland Emmerich al Godzilla de 1998.

El sueño de la terquedad puede producir grandes monstruos fantásticos. Del Toro lo sabe. ®

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Publicado en: Cine, Julio 2013


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  • José Luis Martínez

    Un enano sentado sobre los hombros de un gigante, ve más allá que el propio gigante. Fueron esos errores y aciertos -Godzilla o Transformers- lo que permiten a Del Toro ir hacia adelante y sobre todo, convertir no sólo sus obsesiones infantiles o adolescentes en su camino filmográfico, sino, a la manera de Hollywood, hacer fortuna. Lo que vemos en Del Toro, no es la creación de nuevos monstruos o su reinvención, asistimos a la reproducción y “re-presentación” de lo ya mostrado. Entonces, ¿será verdad que nuestra ideología, fantasías, sueños y realidad, son meras copias, bien o mal hechas, pero copias?