El Gran Rechazo

Underground y contracultura

Una contracultura mexicana —necesariamente diversa y desde los más distintos ámbitos de la vida cotidiana— tendría que ser incisivamente crítica con el poder vertical y autoritario materializado en todas las instituciones.

El contrapeso de la cultura occidental

Robbie Robertson, Michael McClure, Bob Dylan y Allen Ginsberg

Escribe Luis Racionero en Filosofías del underground [Anagrama]:

Utilizo el término underground por ser más amplio que el de contracultura. De hecho, el término contracultura es una desafortunada traducción española del inglés “counter culture”. En inglés se diferencia entre “counter” y “against”; “against” es contra, en cambio “counter” significa contrapeso, equilibrar por compensación. En este sentido, el término inglés contracultura significa el intento de equilibrar la cultura occidental compensándola en aquellos aspectos cuya carencia está provocando su declive. En la traducción española la idea ha adquirido connotaciones de movimiento anticultural, de ir contra toda cultura y no sólo [contra] los aspectos nocivos de ésta…

Sin embargo, hay quienes no distinguen entre underground y contracultura o leen con indiferencia no sólo estos dos términos, sino también palabras como alternativo y marginal, de la misma manera en que para algunos esto es algo que debe tomarse en serio y para otros más no dejan de ser banalidades de adolescentes tardíos o de excéntricos.

No pocos mistifican la historia del underground y se esfuerzan por mantener en sus pedestales a los santos contemporáneos de su preferencia (la contracultura también reproduce los vicios de la cultura dominante, y hay quienes necesitan leyendas y héroes para homenajearlos), más bien escasos y preferentemente estadounidenses: Leary, Burroughs, Bukowski, Ginsberg, Kerouac, Hoffman. (Algunos más osados se aventuran en otros continentes, en otras épocas y con autores como Blake, Huysman, Nerval, Hesse, Eliot, Crowley, Lord Byron, Huxley y más allá.)

No obstante, tal como lo explica Racionero, el underground tiene una larga historia que se remonta a los orígenes de la humanidad, y la contracultura vendría a ser solamente la “encarnación pasajera del underground en la década de los sesenta”:

El underground […] es la tradición del pensamiento heterodoxo que corre paralela y subterránea a lo largo de toda la historia de Occidente, desde la aparición de los chamanes prehistóricos, la instauración del derecho de propiedad, la transición al patriarcado y la invención de la autoridad y la guerra, hasta nuestros días.

Generaciones enteras elevaron el festival de Woodstock de 1968 y la erupción del punk en 1976 a dimensiones mitológicas —porque antes de estos acontecimientos no había nada, ¿o sí?—, pero los rastros de estos acontecimientos disruptivos se perderían pocos años después en los laberintos de la boyante industria discográfica y de la estrafalaria moda de cada día.

Hay quienes no distinguen entre underground y contracultura o leen con indiferencia no sólo estos dos términos, sino también palabras como alternativo y marginal, de la misma manera en que para algunos esto es algo que debe tomarse en serio y para otros más no dejan de ser banalidades de adolescentes tardíos o de excéntricos.

Racionero —filósofo, economista, ingeniero y urbanista— va a las raíces para devanar las convergencias contemporáneas del pensamiento del Gran Rechazo, como él denomina a la gran tradición underground. Existen vasos comunicantes entre las llamadas filosofías individualistas (el romanticismo, la ética amoral, el anarquismo) y algunas filosofías orientales (el taoísmo, el yoga y otras con “una visión alternativa del mundo, basada en el flujo y la transformación en vez de la inmutabilidad griega y las dualidades judeocristianas”) y también con las filosofías psicodélicas (el chamanismo, la energía de la mente, “nacidas de los experimentos realizados con sustancias que cambian las conexiones cerebrales y que confirman la existencia de diferentes estados de conciencia, planteando el relativismo de la realidad contra el dogma positivista de la inmaculada percepción”, esto es, “el racionalismo como único método válido de conocimiento”). El underground es, así, “una tradición universalista, antiautoritaria, comunal, libertaria y descentralizadora” que se materializó estruendosamente —la última vez— en la contracultura de los años sesenta, caracterizada formalmente por su énfasis en el rock, las drogas psicodélicas, las comunas y la filosofía oriental y hermética.

“Esta Gran Tradición underground se caracteriza por dos tendencias fundamentales”, seguimos a Racionero—: “la búsqueda de una solidaridad mundial y el cortocircuitaje de las líneas de poder, distribución, producción e información de las organizaciones autoritarias.” En ese sentido, hubo acciones y manifestaciones de esta tradición que lograron extender a la práctica las ideas contraculturales: las comunas y las cooperativas como medios de producción y el arte underground —antes de Warhol— como medio de identificación (véanse de nuevo las portadas de los discos de Janis Joplin y los cómics de Robert Crumb). Vale la pena preguntarse en qué se ha transformado todo esto.

En esta esquina, los jipitecas…

Festival Rock y Ruedas de Avándaro

En el mapa local la nación de Avándaro —la primera generación de gringos nacidos en México, bautizada así por un consternado Monsiváis— y el alivianado escritor de la onda, José Agustín, son aún las coordenadas obligadas de la resistencia contracultural mexicana de la década de los sesenta, en tanto que el amor libre, los Rolling Stones y Grateful Dead y poco después —en los años setenta—, Three Souls in My Mind, Santana y El Ritual (los Spiders en Guadalajara); la greña larga, los beatniks y la poesía y otras literaturas marginales (los infrarrealistas), la mariguana, las drogas psicodélicas, los viajes interiores y a la sierra de Huautla, la ropa de manta y los huipiles, el esoterismo (la prehistoria del new age de los noventa), la alimentación vegetariana, las filosofías orientales y el repudio al autoritarismo fueron las estridentes banderas de un movimiento necesariamente minoritario —las mayorías pusilánimes se acogen al manto protector del Estado— y vapuleado, por un lado, por los macanazos del paternalismo priista y la moral cristiana de la gran familia mexicana y, por el otro, por el rechazo a priori de las incorruptibles juventudes izquierdistas —cobijados por la imagen beatífica del Che Guevara—, adiestradas para escuchar consignas musicalizadas con quenas y charangos bolivianos y memorizar los manuales de la estalinista chilena Martha Harnecker. (El rock es un instrumento de penetración del imperialismo yanqui, compañero.)

Estas manifestaciones escandalizaban e irritaban a los conservadores de hace treinta o cuarenta años —que en poco se distinguen de los de ahora—. Hoy son consustanciales a nuestra cotidianeidad: la tensegridad es una terapia inventada por Castaneda para esquilmar a las señoras ricas y el vegetarianismo una moda cara y glamorosa: cómo no, la Era de Acuario y el mercado se llevan de maravilla. El rock perdió hace años su aura contestataria y se volvió un entretenimiento infantil y las drogas —vendidas al amparo de la policía— sirven para todo menos para expandir la conciencia. La literatura es un carrera enloquecida de vanidades y premios y el arte conceptual un negocio transnacional de millonarios ilustrados.

Con todo, la sociedad no es la misma que la de los años sesenta. El paisaje es diferente y las formas que adopta el underground otras muy distintas. Los escenarios se han ensanchado y los mecanismos de la represión se han vuelto más sutiles (aunque no está de más tener los toletes a la mano). El sistema, por cierto, goza de perfecta salud.

Pero “underground es un término ya insostenible o aun menos apto que alternativo”, escribe Heriberto Yépez en la Tijuana del nuevo siglo: “Lo underground ya no puede existir en un mundo dominado por los paparazzis y los hackers, los mass media y los peep shows, un mundo en el que las becas del Fonca apoyan incluso a los hoyos fonqui”.

Yépez podría tener razón. Desde tiempos inmemoriales la omnipresencia del Estado mexicano ha creado seres de espíritus sumisos y maleables. Los brotes de inteligencia y rebeldía que iluminaron el siglo XX —el movimiento estridentista, el de los contemporáneos, los muralistas, la generación de la ruptura, los enfants terribles de los sesenta y los roqueros de los ochenta— fueron tergiversados y apropiados por el establishment, pese a la retórica violenta y contestataria original de aquellas manifestaciones. En el mejor de los casos, algunos de estos rebeldes geniales optaron por el suicidio (Jorge Cuesta), el autoexilio (Alejandro Jodorowski) o las drogas, la mota y el alcohol. Unos cuantos más pudieron vivir soterradamente al margen del erario y de los homenajes. Los demás viven felices en el limbo del arte y la literatura nacional o dentro de la pantalla del televisor. (Las estrategias para entrar y salir de la contracultura también son variadas. Hay quienes pueden ser “contraculturales” un día y al siguiente decidir que no…)

Casi nada escapa al ojo clínico del Estado mexicano y no hay nada que éste no pueda pervertir o tragar con consecuencias apenas indigestas. Las revoluciones —la mexicana, la soviética, la cubana— hace mucho tiempo que se despojaron de la piel de oveja y se convirtieron en lobos aún más feroces que los del viejo Marx. El Che Guevara —homofóbico y arbitrario— murió de asma y de un tiro de gracia en las montañas bolivianas, y las playeras con su imagen estampada que visten los atroces globalifóbicos mueven más a la curiosidad y a la moda que a la reverencia. (El mejor corolario para este derrumbe estrepitoso es el extraordinario diseño de Eduardo Chavarín con el rostro del payasito de la tele, Cepillín, mirando al horizonte y luciendo la boina del exaltado guerrillero.)

La contracultura del año 5000

No es fácil moverse en los márgenes del poder y de las instituciones, y es casi imposible evadir el peso y los estragos de la ideología dominante. Escribe Héctor Villarreal:

Una vez que el hedonismo es el pilar del capitalismo, los temas relacionados con la sexualidad, el consumo de drogas y la crítica a cualquier valor religioso, costumbrista o moral son absolutamente inocuos para un sistema en el que la eficiencia en la esfera económica no tiene otro fundamento que el de la máxima ganancia mediante la oferta de los satisfactores imaginarios y simbólicos detonados por el consumismo. Los escándalos en torno a algún artista que ataque o critique aspectos de alguna religión institucionalizada son motivo de discusión en la prensa, pero son totalmente asimilables en una sociedad abierta y presentados como muestra de su amplia tolerancia (Cuadernos de ContraCultura 2).

La crítica, la ironía, la parodia, la inconformidad, la intransigencia lúcida y la creatividad son nociones y actitudes difíciles de poner en práctica en la vida cotidiana sin que pierdan mucho de su intención y efectividad: la indiferencia de la sociedad acaba por ahogarlas. La literatura, el cine y las artes se consumen en sectores muy reducidos. Las parcelas de poder están bien distribuidas y el hombre y la mujer de la calle buscan la manera más ventajosa de sobrevivir, a costa de quien sea. La solidaridad es un concepto en desuso. De las rebeliones se pasó al desencanto y al suicidio (remember Kurt Cobain). Sólo los yupis son felices. La sociedad es permisiva y sólo se escandalizan —o fingen que lo hacen— los ultras del conservadurismo financiero, político y religioso.

¿La globalifobia es contracultural?

Uniformados por la globalización a la que tanto aborrecen, los desbocados rebeldes del mundo apedrean MacDonald’s y erigen héroes cada año para refrendar su compromiso con la inminente revolución proletaria e interplanetaria. (¿Cómo carajos se llama el campesino coreano inmolado en Cancún?)

Los neozapatistas declararon la guerra al gobierno mexicano y éste les declaró su amor. La entrada de la marcha zapatista a la Ciudad de México se olvidó al día siguiente. (¡No, no es cierto!, gritan los monos blancos y los indios de Barcelona al ritmo de Manu Chao.) En tanto, los aborígenes de todos los signos ideológicos, religiosos y culturales sufren las consecuencias de su propia civilización —de sus atávicos usos y costumbres— y de nuestra globalización (¿quién es más indio, un mixteco de Oaxaca o uno emigrado a Los Ángeles?). Los globalifóbicos —o altermundistas, el mamoncísimo término acuñado con histérica presteza por los políticamente correctos—, anarquistas y zapatistas de corazón, se olvidaron de leer y de pensar: lo único que los diferencia de los enclaustrados en la casa del Big Brother es la clase social: el lenguaje es el mismo, como lo es también su actitud antiintelectual (Oye, Mosh, acá tengo unos libritos, si te interesan…). Uniformados por la globalización a la que tanto aborrecen, los desbocados rebeldes del mundo apedrean MacDonald’s y erigen héroes cada año para refrendar su compromiso con la inminente revolución proletaria e interplanetaria. (¿Cómo carajos se llama el campesino coreano inmolado en Cancún?)

La contracultura no va a cambiar al sistema, pero ha estado transformando al mundo desde los comienzos mismos de la humanidad. El underground ha provocado el relajamiento de las costumbres y mayor permisividad de la sociedad occidental (los movimientos políticos son cada vez menos políticos y más salvajes y, como sabemos, sólo pretenden la sustitución de un poder por otro igualmente nocivo). No importa que el sistema parezca vencer siempre, basta con que alguien, en alguna parte, sea capaz de desnudar a la hipocresía, la burocracia y la moral que campea en todos los ámbitos de la civilización.

[2003]

La reconfiguración de la contracultura

¿Debe un congreso de contracultura escenificarse en un sobrio auditorio, con ponentes nacionales y extranjeros, traducción simultánea y afables edecanes? ¿O es suficiente congregar a un puñado de escritores, poetas, pintores, fotógrafos, músicos y performanceros en la cantina tradicional de un pueblo enclavado en los Altos de Jalisco? Viene esto a cuento porque hace unos días [hablo de 2005] se llevó a cabo en Lagos de Moreno la tercera edición del III Congreso de Contracultura, organizado por Carlos Martínez Rentería, director de la revista Generación, y la sede en ese lugar de la Universidad de Guadalajara. En anteriores versiones de ese encuentro han participado performeros como Guillermo Gómez Peña, quien se mueve con soltura en el mainstream y ha sabido vender exitosamente su imagen posmexicana entre académicos liberales estadounidenses; el artista plástico Carlos Jaurena, director del recinto oficial X Teresa Arte Alternativo, quien dijo con sorna en una de esas sesiones: “Soy contracultural gracias a la institución”, y escritores reconocidos como el transdefeño Guillermo Fadanelli (Lodo, La otra cara de Rock Hudson) y el postijuanense Heriberto Yépez (El matasellos, A.B.U.R.T.O.).

No obstante que los objetivos declarados de la contracultura mexicana son “provocar” y “desmadrar los estereotipos”, ésta se ha distinguido, desde los tempranos años ochenta y hasta nuestros días, por su palmaria afición a la bohemia, es decir, a un arraigado estereotipo en el cual confluyen la noche, los bares, el alcohol, las mujeres, la poesía, el performance, las drogas, los funcionarios de la cultura y el crudo amanecer. (A veces la contracultura se parece tanto a lo que hacen sin tantos aspavientos los padres de familia de este país.)

Por eso vale la pena preguntarse qué es la contracultura hoy. No el underground que afloró en los años sesenta en California en oposición a la opresiva hegemonía de la civilización occidental que se reconfiguraba después de la II Guerra. ¿Son acaso la encarnación de la contracultura los activistas de la globalifobia, esas turbas de jóvenes preverbales vestidos con playeras del intolerante y homofóbico Che Guevara? ¿Lo son, quizá, las “tribus urbanas”, tan caras a sociólogos y antropólogos? Imposible: aquellos quieren la instauración de un régimen totalitario como el que se padece aún en Cuba y éstos simplemente pasarla bien mientras encuentran empleo y forman una familia tradicional. ¿Lo son pues los numerosos artistas y escritores becarios del Fonca? ¿Los editores que sobreviven merced al gracioso apoyo del Conaculta?

No obstante que los objetivos declarados de la contracultura mexicana son “provocar” y “desmadrar los estereotipos”, ésta se ha distinguido, desde los tempranos años ochenta y hasta nuestros días, por su palmaria afición a la bohemia, es decir, a un arraigado estereotipo en el cual confluyen la noche, los bares, el alcohol, las mujeres, la poesía, el performance, las drogas, los funcionarios de la cultura y el crudo amanecer.

Por otro lado, está bien leer a Kerouac, a Ginsberg, a Ferlinghetti, a Lamantia y a todos los beatniks, y al viejo Burroughs, al querido Bukowski, por supuesto, pero cada vez que se habla de contracultura en este país parece que es obligatorio invocarlos —como si fueran los únicos grandes escritores estadounidenses. Algunos lo son, pero pocos de ellos superan al genio de William Faulkner o al de Philip Roth o al de Kathy Acker. La contracultura mexicana vive de la nostalgia sin enterarse de que la erupción sanfranciscana de los años cincuenta y sesenta —de la que es hija bastarda y nunca reconocida— ya se ha desvanecido entre las brumas del tiempo y significa casi nada para las nuevas generaciones devotas del iPod y del chat. El rock —con todas sus secuelas y derivados— es desde hace décadas puntal de la industria discográfica y de los medios, y la psicodelia y el amor libre y el vegetarianismo y la buena onda oriental ya son cosa del new age, lo mismo que los abortados intentos por cambiar las conciencias y hasta el mundo. ¿O es que ser revolucionario y contracultural actualmente es marchar al lado del dictador Castro y de los retardados Hugo Chávez y Maradona?

En Rebelarse vende. El negocio de la contracultura [Taurus, 2005] los autores, Heath y Potter, un par de ex anarcopunks decepcionados de la rebeldía hueca y espectacular de la reciente contracultura anglosajona y europea, muestran suficientes ejemplos de cómo ésta no ha hecho más que aceitar el mecanismo del consumo capitalista. (Aunque debe advertirse que los autores despiden un tufillo un tanto derechista al justificar vehementemente en su libro su acendrado apego al mercado, a las normas y a la competencia.) La contracultura mexicana se resiste a reconocer esta paradoja y, por el contrario, ha encontrado un plácido modus vivendi con un Estado que la mima todos los días —a pesar del falso desdén que los contraculturales de siempre se empeñan en demostrarle. (Los funcionarios de la cultura sonríen cuando escuchan este vocablo pegado a la inofensiva preposición “contra”.)

La contracultura mexicana necesita replantearse si no quiere ser vista como un anciano cansado y necio. Sus valores son anacrónicos o un engranaje más del establishment. Una contracultura mexicana —necesariamente diversa y desde los más distintos ámbitos de la vida cotidiana— tendría que ser incisivamente crítica con el poder vertical y autoritario materializado en todas las instituciones. Debería ejercer el cuestionamiento y el análisis de los discursos hegemónicos pero, al, mismo tiempo, proponer otras maneras de construir una sociedad efectivamente horizontal y democrática, más allá de la inanidad infame de los partidos y de las indeseables utopías guerrilleras y preuniversitarias. Las corrientes del underground contemporáneo tendrían que hacer suyas las tesis de la decadencia occidental, del ocaso inminente de una civilización planetaria que ya no puede ofrecer alivio a una humanidad enferma. De la calle a la academia, fuera del Estado o desde sus entrañas, desde la sexualidad y la cultura, en todos los foros y desde todas las clases sociales, la crítica, el humor, la inteligencia y la sensibilidad pueden ser los elementos que conformen una verdadera contracultura contemporánea que sirva de contrapeso al pesado fardo de la cultura oficial. ®

[2005-2006]

Texto publicado en Rogelio Villarreal, Sensacional de contracultura. Notas sobre rock, cultura y política (1986-2007), México: Ediciones Sin Nombre, 2009.

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Publicado en: Contracultura, Destacados, Noviembre 2011

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