El Historiador

¿Quién escribió la historia de San Pedro?

El presidente municipal de San Pedro y sus habitantes defienden la historia de su pueblo, escrita por el recién titulado Goyo, y no por un tal Juan Rufo o Rulfo, como se lee en un libro perdido en una biblioteca de Guadalajara.

Vieja postal de San Pedro.

Aunque no era rico, don Gregorio Castillo había decidido que su hijo mayor, Goyo, asistiera a la universidad para que fuera el primero en el pueblo con un título profesional. Bueno, sin contar al párroco, al maestro y al médico. Por eso su hijo debía recibirse de ingeniero. Hacía más de cuatro años que le mantenía la carrera en Guadalajara y estaba que comía ansias de que ya volviera. Según sus cuentas, faltaban sólo dos meses para que llegara tan feliz fecha y estaba haciendo los preparativos para la fiesta en su honor.

Goyo nunca había sido un buen estudiante. Cursó la escuela elemental con bajas calificaciones, que con frecuencia obtuvo con trampa, y a veces por la presión o ruego de su padre a los maestros. Luego, para el bachillerato lo enviaron con un familiar a Tepic, la capital del estado, donde pagó a varios compañeros para que se presentaran en su lugar a los exámenes extraordinarios. Era un flojo que se gastaba el dinero que le enviaba su padre en pagar diversiones con amigos y novias.

Durante el periodo vacacional fue de visita en su pueblo, donde ya todos sabían que pronto tendrían un ingeniero.

—Hijo, qué bueno que veniste —exclamó entusiasmado su padre al verlo entrar.

—Aquí estoy, papá, cumpliendo con lo que me pediste.

—Es que tu mamá y tus hermanos, y bueno, también yo, teníamos muchas ganas de verte.

—Pues sí, yo también. Por cierto, ve viendo si me vas a dar el dinerito que necesito para un trabajo de la universidad. Ya ves que son muy duros si uno no cumple y no quiero dilatarme en mi titulación.

—Claro. No faltaba más. Al ingeniero, lo que necesite. Tu madre y yo queremos ir para cuando te entreguen el título.

—No’mbre, papá. No quiero ser la burla de mis compañeros. Allá en la ciudad no se usa eso, que es cosa de la primaria. Ustedes aquí se esperan a que regrese con el título.

La verdad era que después del primer semestre sólo había ido a la universidad a pasearse. Entre sus amigos era el más alto, el más flaco, con cabello despeinado y un aire de distinción. Le gustaba echar trago y jugar a las cartas. Pero el tiempo pasaba y sabía que pronto tendría que volver a su casa titulado, pero no se le ocurría como resolverlo. “Ya hallaré el modo”, se decía.

Un día de ésos uno de sus amigos le dijo:

—Mañana vamos a ir a la biblioteca, Goyo, porque empiezan los exámenes finales. De ahí nos vamos a ir a Tlaquepaque a echarnos unas chabelas. Y vamos a pasar la noche en casa de los Serrano. Otro día temprano nos regresamos. Si quieres ir, nos podemos ver en la biblioteca y de ahí nos vamos todos.

A Goyo le encantaba ir a Tlaquepaque, un pueblito cerca de Guadalajara, donde vendían cerveza en copas grandes llamadas chabelas. Se veía mucha gente joven por ahí. Incluso turistas disfrutando de la bebida y la música de mariachi. Y la gente que iba a comprar artesanías.

—Estaría bueno —aceptó pronto.

—¿Tú dices si nos vemos a la salida de la biblioteca?

—Ustedes me dicen a qué horas.

—Entonces por ai como a las cuatro de la tarde.

* * *

Al otro día fue a sentarse en una banca frente al Teatro Degollado. Después de una hora de esperar entró a ver por qué no salían o si lo habían vacilado.

—Se nos hizo tarde —le dijeron.

Y alguien más interrumpió para llamar su atención.

—¡Goyo, aquí en este libro dice algo de tu pueblo!

—¿San Pedro?

—Sí, mira. Por si lo quieres leer…

Se quedó maravillado. A medida que leía, no cabía de asombro. Era ni más ni menos que la historia de su pueblo, con fechas y nombres de personajes ilustres. La narración de su fundación con lujo de detalles. Nunca se hubiera imaginado que su pueblo hubiera sido capital de un reino y que la población entera fuera descendiente de nobles caballeros. Se disculpó con sus amigos. Les dijo que se sentía indispuesto y otro día los acompañaría a las chabelas. Esa noche no durmió. Las ideas se le agitaban en la mente. Había que organizarlas. De pronto dio un alarido de euforia y dijo: “Si ya tenemos la historia, solamente me necesitan a mí: yo soy el historiador”.

Al día siguiente, antes de que abriera la biblioteca, ya estaba afuera Goyo con dos grandes libretas. Se le veía inquieto y un tanto desesperado. En cuanto abrieron, entró. Pidió el libro que había visto el día anterior y lo copió. Salió hasta la hora en que cerraron con el botín bajo el brazo. Compró un ciento de hojas blancas y se dio a la tarea de asistir a un escritorio público para que le transcribieran su manuscrito. Una vez que le entregaron el mecanografiado, lo mandó a encuadernar elegantemente con el debido título: “Licenciado en Historia”. Y, por supuesto, con el nombre del autor en letras doradas: “Gregorio Castillo Rodríguez”.

A medida que leía, no cabía de asombro. Era ni más ni menos que la historia de su pueblo, con fechas y nombres de personajes ilustres. La narración de su fundación con lujo de detalles. Nunca se hubiera imaginado que su pueblo hubiera sido capital de un reino y que la población entera fuera descendiente de nobles caballeros.

Tomó la decisión de regresar a su pueblo cuando supuestamente había terminado la carrera, aunque le había dicho a sus padres que posiblemente se quedara a trabajar en Guadalajara, pues había recibido varias ofertas por ser tan buen estudiante, y porque en su terruño no había manera de ejercer su profesión. Luego hizo saber a sus amigos en Guadalajara que para qué iba a quedarse en una ciudad tan grande y tan cruel, y sin dinero, que en su pueblo natal había conseguido un empleo en el gobierno. Se despidió de ellos y empacó sus cosas de regreso y para siempre.

Al llegar encontró lo que esperaba, que sus padres le tenían una fiesta de bienvenida para que presentara su título antes sus amistades y la gente del barrio.

—Ándale m’ijo, no seas tímido. Presúmenos el título.

—¿Para qué tanta prisa, amá? Todavía es temprano. Ya que llegue más gente.

Entre los invitados se encontraban el presidente municipal y el señor cura. Ya no hubo manera de seguir retardando el momento. Goyo estaba elegantemente vestido. Con traje oscuro, camisa blanca, corbatín, zapatos de charol, loción Baron Dandy, cabello engomado y bajo el brazo su tesis profesional: el libro de sus investigaciones históricas. Su padre, alto y regordete, se había quitado el sombrero para esta ocasión. Su madre bajita, no vieja, carilinda. Muy emperifollados los dos pidieron un aplauso para su retoño. Entonces tuvo que hablar.

—Padre, madre, hermanos, señor presidente, señor cura, amigos y familiares: Quiero decirles que en mi larga estancia en la ciudad de Guadalajara he pasado noches en vela. Muchas veces me he quedado sin comer, para darle seguimiento a la investigación que he realizado: la historia de nuestro querido San Pedro, su génesis, su auge y su cenit.

—Sí, hijo, pero ya queremos ver el título —interrumpió ansiosa su madre.

—Ya no hagas más esperar a tu madre y a mí. Y a todos. Muéstranoslo ya para hacer el brindis.

—De eso quiero hablar, padre. Yo sabía lo ilusionados que están todos ustedes para que regresara con título de ingeniero. Pero ahora he de confesarles que todo el tiempo que he estado en Guadalajara lo dediqué a la investigación de la historia de nuestro pueblo, que buena falta hacía, ya que si yo les decía que quería ser historiador, no hubiera contado con su apoyo, porque es algo que aquí no interesa, por ser de tan elevado propósito intelectual.

Su padre y su madre estaban a punto del desmayo.

—Así que este muchacho es historiador —exclamó con sorpresa el presidente municipal.

—Así es, señor presidente. Y aquí les traigo la historia de nuestro pueblo.

—Este muchacho es un intelectual —interrumpió el cura.

Los padres no salían del asombro, aunque seguían disgustados. Entre las amistades que se encontraban, alguien dijo:

—Eso es lo que le hace falta al pueblo, un historiador. Aquí hay mucha gente que todavía es analfabeta.

—Ejem, ejem —tosió el señor presidente, que no sabía leer ni escribir—. Goyo, ¿podrías leernos, que sé yo, algunas hojas de tu tesis, si no es mucho pedirte?

—Claro que sí, con muchísimo gusto.

Y comenzó a leer: “El 28 de junio de 1527 estando todos reunidos, los capitanes…”. Leyó durante quince minutos sobre el acto fundacional del pueblo, que se remontaba a los primeros años de la conquista española. Y esos bastaron para tener a todos sus escuchas derretidos de amor por la historia de su terruño. Sus padres estaban con ojos cubiertos de lágrimas. También a punto de llorar, el presidente municipal, un hombre que no sabía leer ni escribir, dijo:

—No se hable más. Desde hoy eres hijo predilecto de San Pedro. Y el hombre más ilustrado de estas tierras.

Y todos los presentes le hicieron caravana.

—El domingo —dijo el presidente— voy a juntar a todos los mas léidos aquí, pa’ que nos leas todo eso de la historia de San Pedro.

* * *

El domingo hubo mucho alboroto en la presidencia municipal. Se hizo un banquete, se acomodaron sillas y mesas en el patio central, se puso la mesa de honor, naturalmente el presidente y el historiador al centro de ella, pusieron bocinas y aparato de sonido. El señor presidente municipal, en uso de la palabra, dijo así: “Estamos aquí reunidos para presenciar un acontecimiento muy grande, el presente Gregorio Castillo Rodríguez, desde hoy llamado cariñosamente nuestro Historiador, nos leerá las investigaciones que hizo para llevarnos al conocimiento de nuestro glorioso pasado. Tiene usted la palabra, señor historiador”.

Tranvía en una calle de San Pedro.

Entonces el historiador leyó durante una hora parte de su investigación de manera elocuente y un tanto teatralizada, con lo que dejó maravillados a todos. Nunca se lo hubieran imaginado. El mismo lugar donde estaban sentados era un lugar histórico, como cada uno de los rincones. Después de leer vinieron los aplausos y las vivas. Sus padres no cabían de orgullo. Desde ese día El Historiador (así, con mayúscula) se hizo imprescindible en cualquier evento social y acto público. La gente se quitaba el sombrero cuando pasaba y los niños lo querían tocar.

El señor cura ofreció una misa de acción de gracias a Goyo y a su familia por la descripción tan meticulosa que hacía de su Iglesia y su arquitectura. Desde el púlpito dijo: “Ahora que nos encontramos reunidos con tan célebre personaje, El Historiador Gregorio Castillo Rodríguez, es menester en ustedes tener en cuenta su labor en beneficio del pueblo, de todos nosotros, al tener ahora todas las investigaciones acerca sobre todo de nuestra Iglesia. Le debemos considerar como una persona a la que todos le debemos tan grande saber. Y les ruego que todos le manifiesten el respeto que merece”. Al terminar la misa todos le presentaron su respeto en el atrio.

* * *

Eran tiempos en los que el candidato a la presidencia estaba haciendo su campaña y San Pedro estaba en su agenda.

—Goyo…

—Sí, señor presidente municipal.

—Está bien que hagas la aclaración. Para eso te mandé llamar, la semana que entra viene nuestro candidato a la Presidencia de la República y quiero que estés presente. Mejor dicho, quiero que seas tú el que hable a nombre de nuestro pueblo.

La presentación del candidato fue en el kiosco. Toda la población estaba en la plaza, llena a reventar. Cuando llegó la comitiva Goyo dio la bienvenida, hizo saber de las carencias y también de su bella historia. Después del discurso en el que el candidato hizo numerosas promesas, fue vitoreado. El presidente municipal gritó: “¡Viva Adolfo Ruiz Cortines! ¡Viva nuestro historiador! ¡Viva San Pedro!” Y el pueblo a una voz le respondió “¡Viva!” en cada ocasión.

Después de esto, el gobernador del estado convocó a Goyo para que hiciera una presentación de su libro ante los hombres ilustres del estado en la capital, donde fue felicitado por todos. Muy complacido, el gobernador le dijo a Goyo:

—Los hombres ilustres como tú no deben mortificarse por esas cosas pedestres como el trabajo para comer. Los hombres como tú deben estar inmersos en su saber para el bien y cultura de nuestros pueblos.

—Así es, señor gobernador.

—Por eso he decidido que el gobierno te otorgue una beca vitalicia, lo suficientemente holgada, para que nunca dejes de pensar en nuestra cultura e historia por falta de dinero, lo suficientemente buena para que puedas viajar y vivir al servicio de la historia de nuestra tierra.

* * *

El presidente mandó a imprimir una centena de folletos con pasajes de la historia del pueblo firmados por El Historiador, como señal de que daba su aval, con el título que lo amparaba, de que todo lo que ahí se afirmaba correspondía con la verdad del conocimiento de los hechos del pasado. A partir de entonces la vida de Goyo transcurría en darse la vuelta por la presidencia municipal, hacer su visita a la sacristía para saludar al cura, sentarse en la plaza a leer algún periódico de la semana o dar respuesta a la gente que quería saber algo más de la historia del pueblo, a la que más o menos le repetía una y otra vez lo mismo. Y pasaba las tardes en la puerta de una farmacia que tenía su hermano saludando a la clientela.

—Ándale, hija —decía una vecina—. Ve a comprar las aspirinas a la farmacia del Gordo Castillo. Ahí siempre está su hermano. Fíjate bien para que lo conozcas. Es El Historiador.

De modo que el sereno y magnífico historiador se encontraba como siempre en la puerta de la farmacia. Vestido a la europea, con traje oscuro y bigotillo vanidoso. Su tez blanquísima, que con el sombrero no dejaba asolear, resaltaba por su fino sombrero en tono oscuro. La niña se encontraba con las aspirinas en la mano en presencia de El Historiador.

—¿Es usted El Historiador?

—El que viste y calza.

—¿Por qué usted no se pone sombrero de palma y chamarra como los demás señores?

—Eres muy observadora. ¿Cómo te llamas?

—Rosalinda.

—¿Vas a la escuela?

—Sí.

—¿Qué vas a hacer cuando termines la primaria?

—Dice mi mamá que nos vamos a ir a otra parte donde haya secundaria.

—Entonces se van a ir de aquí.

—Sí.

—Eso está muy bien. Dile a tus papás que los felicito. Todos deberían hacer el esfuerzo de que sus hijos sigan estudiando.

—Sí, yo voy a ser como usted, historiadora.

Y se fue brincando con las aspirinas en la mano.

* * *

Al paso del tiempo algunas personas, con sacrificio, en parte por el ejemplo de los Castillo, también mandaron a estudiar la preparatoria a sus hijos y hubo quienes cursaron alguna carrera en Guadalajara. Uno de ellos, Casimiro Romero, estudiante de preparatoria, chaparrito de ojos vivarachos, fue a la biblioteca frente al Teatro Degollado y dio con el mismo libro que años antes había copiado Goyo. Para sorpresa suya las supuestas investigaciones habían sido hechas por un tal Juan Rulfo, “¿Y entonces Goyo qué había hecho?”, se preguntó. En las primeras vacaciones que tuvo fue derechito a la presidencia municipal.

—Señor presidente: El Historiador es un farsante. Eso que dice que investigó sobre la historia de San Pedro lo copió todo de un libro en la biblioteca, de un libro que escribió Juan Rulfo.

Casimiro Romero, estudiante de preparatoria, chaparrito de ojos vivarachos, fue a la biblioteca frente al Teatro Degollado y dio con el mismo libro que años antes había copiado Goyo. Para sorpresa suya las supuestas investigaciones habían sido hechas por un tal Juan Rulfo, “¿Y entonces Goyo qué había hecho?”, se preguntó.

Éste era otro presidente municipal, compadre del que elevó a Goyo al rango del hombre más ilustrado de San Pedro. A diferencia del otro, éste medio leía y escribía, además de que era un tipo intuitivo y casi podría decirse que inteligente. Se rascó la cabeza. Y mirándolo incrédulamente al denunciante, le dijo:

—A ver, muchachito, ¿qué es eso que estás diciendo y a cuánta gente se lo has dicho?

—No, pues nomás a mis papás, a los compadres de mis papás, a mis maestros y a mi novia.

—De momento, usté, muchachito, se queda arrestado por el delito de inconfidencialidad, en lo que tenemos una junta el secretario y yo.

—Señor secretario, vaya a hacer una investigación sobre la situación política que guarda nuestra comunidad ante tan terrible ataque de las fuerzas de la reacción.

Y el señor secretario, que también era juez, carcelero y policía, advirtió:

—Señor presidente, si me voy, ¿quién va a cuidar la cárcel?

—Váyase tranquilo, que yo personalmente voy a vigilar a este preso político.

—Sí que le cargan la mano, además de juez es policía y carcelero —reparó el muchachito.

—Casimiro, usted hasta lo que no se come le hace daño —regañó el presidente—. No es usted más que un cachorrillo excesivamente excitado y en sempiterno estado de protesta. Y creo que un poco comunista. Pa’ que veas que no hay mala fe de nuestra parte, si te arrepientes de lo que dijiste, declararé tu liberación inmediata. ¿O de parte de quién estás, del tal Rufo o de nosotros?

El secretario se marchó a investigar y el presidente interrogó al agitador:

—A ver, ¿de donde sacas tú eso de que Goyo no escribió lo que escribió?

—Pues fui a la biblioteca y allí hay un libro que dice lo mismo que el de Goyo.

—Ah, entonces hay dos libros, que no es lo mismo que Goyo se lo haya robado o que no haya escrito su libro.

—Pues es lo mismo, porque dicen lo mismo.

—Ah, no, pero, a ver, ¿tú cuándo viste el otro libro que no es de Goyo?

—Pues hace como un mes.

—Ah, pos ahí está, el de Goyo tiene años.

—Pero el libro que está en la biblioteca tiene más años.

—Ah, qué muchachillo que no sabe nada de la vida. ¿Cuánto tiempo tienes con tu novia?

—Pues como un año.

—¿Y le has escrito cartas de amor?

—Pues… sí.

—¿Y antes de ti tuvo otro novio?

—Pues… sabe, no sé.

—¿Qué tal que ella hubiera recibido una carta antes que las tuyas?

—Pues… sabe, no sé.

—¿Y si lo hubiera tenido, de quién sería novia?

—Pues mía.

—Y si ahora otro le manda una carta, ¿de quién sería novia?

—Pues mía.

—No se diga más, muchachillo. Su inexperiencia y desconocimiento de la vida le han hecho una mala pasada que lo han hecho víctima de un ataque de los que han querido quedarse con nuestra ilustre historia para gloria de ellos y no de nosotros. Queda en libertad con la condición de que nunca vuelva a faltarle al respeto a nuestro Historiador y a nuestra historia. Tenga cuidado y no se ponga de parte del enemigo. Defienda lo que es suyo, que si no, su novia se va a sentir muy decepcionada de usted. ¡Sáquese pa’ fuera y cállese el hocico!

A los pocos minutos llegó el secretario con su informe:

—Señor presidente: con la novedad de que en el pueblo todo mundo anda cabizbajo. No faltan los que dejan asomar alguna lágrima. Un informante me ha dicho que es como si les hubieran quitado algo muy querido y que no quieren volver a ser un pueblo olvidado de Dios. ¿Y sabe qué?, tienen razón.

En efecto, ese día a Goyo no se le vio por la plaza, ni en la entrada de la farmacia. Su casa estaba cerrada y a nadie de su familia daba la cara para que no le fueran a preguntar o a reclamar algo.

—Señor secretario —solicitó el presidente—: convoque de inmediato a una asamblea en la plaza para resolver la crisis que nos afecta. Es momento en que los hombres de Estado debemos afrontar con valentía el reto de las intempestades de la política.

—Sí, señor presidente, de inmediato.

Un par de horas después se juntó la gente en la plaza, los campesinos habían venido desde su milpa, los maestros pararon las clases, los comerciantes cerraron, las calles y casas se vaciaron para acudir todos. En el presidio estaba el señor presidente, el secretario, el cura y el maestro.

—Señoras y señores —llamó la atención el secretario—, pueblo de San Pedro, el señor presidente municipal tiene la palabra.

En uso de la palabra, muy solemne, el presidente dijo:

—Por ai andan diciendo que aquí lo que escribió nuestro historiador, lo escribió un tal Rufo o Rulfo. Sépanlo que no lo vamos a permitir. Todos sabemos que nuestro Goyo la escribió primero. A nosotros nadie nos va a robar nuestra historia. Vamos a hacer un prebicito, o plebecito, pa’ que sea el pueblo quien decida. Haga la consulta, señor secretario.

—¿De quién es la Historia? —preguntó el secretario a la asamblea.

—El que esté de acuerdo que la historia es nuestra, que levante la mano —demandó el presidente.

Todo el pueblo levantó la mano.

—¿De quién es la Historia? —repitió el secretario.

—¡De nosotros! —contestó al unísono San Pedro.

—¡No nos vamos a dejar que nos quiten lo nuestro! —arengó el presidente a la multitud.

—Levanten la mano los que quieran defender lo nuestro —solicitó el secretario.

Todos levantaron la mano.

—¡Estamos dispuestos a defender nuestra Historia! —aseveró enérgico el presidente—. ¡No nos vamos a dejar engañar por otro que se la quiera quedar! Tenemos un historiador y una historia. Si alguien no está de acuerdo, le ajustaremos cuentas. Ahora, vamos todos a casa de Goyo, para confirmarle el ilustre lugar que ocupa en nuestro pueblo.

Y el pueblo entero marchó detrás del presidente y su secretario rumbo a casa de Goyo. Las porras sucedían una tras otra: “Chiquitibum, a la bim, bom, ba; chiquitibum, a la bim, bom, ba, El Historiador, El Historiador, ra, ra, ra”. Y hubo muchos aplausos.

Una vez reunido el pueblo en la calle delante de la casa de Goyo comenzaron a repetir todos: “Goyo, Goyo…”, para que saliera.

Tímidamente se asomó Goyo y detrás de él su familia. Entonces el presidente municipal pronunció el discurso más sentido en toda la historia de San Pedro:

—Habiendo experimentado un despertar de las glorias de nuestra Historia, hemos llegado al convencimiento de que no habrá ningún poder superior a nosotros mismos que nos despoje de lo nuestro, y hemos decidido poner nuestras vidas y voluntad a salvaguardar nuestra Historia y enmendar con creces el daño que se le ha querido causar a nuestro Historiador, Gregorio Castillo Rodríguez. Proseguiremos con la difusión en las escuelas del libro escrito por nuestro eminente Goyo para que llegue hasta el último rincón del municipio, del estado y de la República entera. Los mexicanos debemos de tener conocimiento de la historia de nuestros pueblos. ¡Viva nuestro Historiador!

—¡Viva! —gritaron todos.

—¡Viva la tierra que lo vio nacer!

—¡Viva! —decía el júbilo popular, las fuerzas vivas.

—¡Vivan los hombres ilustres de este pueblo!

—¡Vivan! —exclamaron todos.

—¡Viva San Pedro!

—¡Viva! —respondieron.

—Y ahora, Goyo, vámonos a la Presidencia a echarnos una cervecita. Pero, antes, todos los que traigan pistola, al grito de “Viva Goyo”, disparen al aire. Y después de esto nos retiramos todos contentos por haber defendido lo que es nuestro deber, la Historia de nuestro pueblo. ¡Viva El Historiador!

—¡Viva!

Y todos dispararon al aire. ®

Relato publicado en El historiador y otros cuentos campiranos, col. Biblioteca mexiquense del bicentenario. Toluca: Instituto Mexiquense de Cultura, 2010.

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Publicado en: Narrativa


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