El lado bruñido de la frontera de Chiapas con Guatemala

Las posibilidades de un recorrido turístico

Amplia panorámica de la vida en la frontera sur, igual se habla de las condiciones socioeconómicas de la región, las lenguas indígenas, las locaciones más bellas de Chiapas, así como la vida diaria en los pueblos cercanos a esa conflictiva línea imaginaria.

Un tema complejo, el de la otra frontera, el sureste de México. Ya se ha venido haciendo desde hace años análisis vario y profesional sobre los múltiples aspectos de esta descuidada frontera por parte de, entre otras prestigiadas instituciones, el Colegio de la Frontera Sur, perteneciente al Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología. Es muy probable que al mencionar el tema de nuestra frontera sur las primeras imágenes que surjan en la mayoría de quienes lean un encabezado que anuncie un tema relacionado con esa parte de México sean más bien negativas: falta de control de la frontera, tráfico de armas, drogas y personas; tráfico de mercancías, etc. No obstante, también existe una realidad cotidiana: la que viven los habitantes de esa zona, que comparten algunas de sus actividades con los que habitan del otro lado de la frontera. Lejos de pretender hacer un puntual análisis del tema, tan sólo deseo dejar testimonio de algunas de mis vivencias relacionadas con parte de la frontera entre México y Guatemala. Con toda seguridad personas más informadas harán análisis de otros temas, por mi parte me limitaré a narrar algunos aspectos de mis experiencias relacionadas con Chiapas. Me referiré a la zona fronteriza, específicamente el área de Tapachula, relacionados con algunas actividades de convivencia de las poblaciones de ambos lados de la frontera.

Una realidad no anula la otra, esto es, puede perfectamente ser real la existencia de todos los graves problemas conocidos de esa zona fronteriza, relacionados con la delincuencia organizada, pero también coexiste una cotidianeidad, dinámica y real, que da vida a esa parte de la frontera. El primer conjunto de problemas puede llegar a constituirse en un aspecto desintegrador; mientras que el trabajo diario, los cruces fronterizos numerosos e incluso las irregularidades, consecuencia de la falta de control, por diversas razones, entre ellas, desde luego la corrupción, son vividas por los habitantes de la zona como parte de su acaecer diario, sin considerarlos ligados forzosamente al gran problema de la ausencia de control fronterizo y las actividades delincuenciales de las diversas mafias que operan en la frontera.

Al cruzar el Río Suchiate, desde el puente Talismán que une a la población de este nombre en territorio guatemalteco y El Carmen, del lado mexicano, se puede observar la gran cantidad de personas y mercancías que son transportadas sobre las grandes cámaras neumáticas que flotan como inestables balsas y que sirven para evitar el control oficial mínimo que se ejerce casi de manera exclusiva en los puestos de control a uno y otro lado del puente. Esta realidad económico-social, a pesar de las irregularidades que conlleva, forma parte de una actividad económica que da vida a la zona, constituyendo, en cierta forma, un aspecto integrador de la sociedad. Es de hacer notar que una considerable derrama económica en Tapachula es debida a los guatemaltecos que con cierta regularidad acuden a adquirir mercancías a esta ciudad mexicana.

Muchos de los acontecimientos históricos de esa parte de nuestro país son interesantísimos: al menos así me han parecido, quizá por haber nacido y vivido largo tiempo en el centro del México, a excepción del primer lustro de este siglo, durante el cual radiqué con mi familia en Quetzaltenango, Guatemala. Fue una experiencia sugerente, porque por primera vez me interesé en algunos pormenores de la historia de esa zona de nuestro vecino del sur. Interesante, sí, la efímera existencia de las Provincias Unidas del Centro de América, conformadas por Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Costa Rica y Honduras. Posteriormente esta federación fue denominada República Federal de Centroamérica (1823-1839). Interesante resulta también la breve existencia del “Sexto Estado” (1838-1840), con capital en Quetzaltenango.

Respecto de los varios aspectos históricos relacionados con el Partido del Soconusco y su pertenencia o dependencia de Guatemala, al estado de Chiapas y a México, en épocas inmediatas a la independencia, tanto de México como de Guatemala, creo que han ido borrándose de la conciencia cotidiana de la población de Quetzaltenango, quedando una idea confusa, a veces en contra y en otras ocasiones favorable a México. Lo que sí se percibe como una idea generalizada en la mayoría de la población es el resentimiento en contra de Guatemala por haber frustrado la decisión del pueblo quetzalteco de permanecer como la capital del que llegó a ser el sexto estado de la Federación Centroamericana.

El primer conjunto de problemas puede llegar a constituirse en un aspecto desintegrador; mientras que el trabajo diario, los cruces fronterizos numerosos e incluso las irregularidades, consecuencia de la falta de control, por diversas razones, entre ellas, desde luego la corrupción.

Pero estos aspectos pueden ser tratados en forma correcta y pormenorizada por un historiador, aunque, meramente como referencia, cabe señalar que en 1838 se formó en Centroamérica un sexto estado, Los Altos, con capital en la ciudad de Quetzaltenango, con los territorios del occidente de Guatemala y parte del actual Soconusco. El sexto estado llegó a su fin en forma violenta en 1840. El 2 de abril de ese año ha quedado tristemente grabado en la memoria colectiva de los quetzaltecas, pues en esa fecha el general guatemalteco Rafael Carrera, tras derrotar a las milicias que defendieron la ciudad de la invasión guatemalteca, ordenó la ejecución de todos los miembros de la municipalidad de Quetzaltenango, disolviendo para siempre la posibilidad de mantenerse independientes de Guatemala.

Muy probablemente ese episodio trágico haga que algunos quetzaltecos se sientan en muchas ocasiones más identificados con México que con Guatemala, si bien es cierto que también algunos tienen resentimientos históricos en contra de nuestro país, por diversas razones relacionadas con las épocas cercanas a la independencia de ambas naciones, o bien como rechazo al trato indebido que reciben los transmigrantes que intentan usar el territorio mexicano para llegar a Estados Unidos.

Quien simplemente llega a radicar en Quetzaltenango, sin ser guatemalteco, pronto se entera y luego se incorpora a la costumbre generalizada de visitar con frecuencia las ciudades fronterizas de México, principalmente Tapachula, Comitán de Domínguez y San Cristóbal de Las Casas. Pero, antes que nada, aprende a referirse a la ciudad de Quetzaltenango como “Shela”, ya que el nombre anterior a la conquista de los españoles era Xelajúj Noj. La región originalmente estaba ocupada por un grupo mayense de la etnia de los mames y, en 1300, otro grupo de igual origen, los quichés, los desplazaron, rebautizando a los pueblos conquistados como Shelajúj Noj, en referencia al volcán Lajuj Noj (diez ideas). Los lugareños siempre se refieren a su ciudad como Shela (Xelajú), dejando el nombre de Quetzaltenango para asuntos de índole oficial. Esto pone en evidencia el rechazo, quizá no del todo consciente, al nombre náhuatl impuesto que sustituyó al de origen maya.

En efecto, Quetzaltenango, al igual que otros nombres de origen náhuatl, fue impuesto por los conquistadores españoles, que fueron acompañados en sus incursiones de conquista por grupos de tlaxcaltecas, entre otros, que luego se establecieron en diversas partes de los territorios conquistados, asignándoles nombres en su lengua, el náhuatl. No debo dejar de mencionar que el himno de Quetzaltenango es la bella canción “Luna de Xelajú”, del compositor Francisco (Paco) Pérez, que generalmente se interpreta con marimba, instrumento que es típico de ambos lados de la frontera (quién no ha escuchado y disfrutado la marimba del destacado músico chiapaneco Zeferino Nandayapa, recientemente fallecido, y que logró interpretaciones excepcionales en este instrumento musical, característico de esta región fronteriza).

Visitar con frecuencia Tapachula, con una población de un poco menos de 300 mil habitantes, tiene varios atractivos para los quetzaltecos y pobladores de otras ciudades de la región, siendo Quetzaltenango una ciudad con algo más de 100 mil habitantes. La primera razón de este frecuente visitar Tapachula es de orden económico, dada la histórica tendencia de su moneda, el quetzal, de mantener un tipo de cambio favorable respecto del peso mexicano, ya que ha venido fluctuando en los últimos diez años entre 1.30 a 1.50 pesos por cada quetzal. Este favorable tipo de cambio permite a los guatemaltecos adquirir mercancías en México a buen precio, independientemente de que la oferta de muchos productos es más variada en las ciudades fronterizas mexicanas que en las guatemaltecas. Las aerolíneas mexicanas captan un buen número de pasajeros provenientes de Quetzaltenango, e incluso de lugares más lejanos, debido a que resulta mucho más económico viajar a la ciudad de México desde Tapachula que desde la ciudad de Guatemala. En contraste, los muy pobres transmigrantes utilizan el tren, pero de carga, no de pasajeros, a bordo del cual viajan por todo el territorio mexicano, si les es posible, hasta la frontera con Estados Unidos.

Otra ciudad chiapaneca visitada con cierta frecuencia por los quetzaltecos, como antes mencioné, es Comitán, una singular ciudad de México que llama la atención por los hábitos de limpieza de sus habitantes, respecto al menos de sus calles y plazas públicas, además, desde luego, por el entorno natural. La primer vez que, con mi familia, visité Comitán, pregunté a un comerciante que encontré barriendo la banqueta de su negocio qué les impulsaba a mantener tan notoriamente limpia su ciudad, y la respuesta fue tan breve como contundente: “Es porque la amamos”. Creo que desde entonces he considerado que una ciudad en la que pocos limpian sus calles y en cambio muchos se encargan de tirar todo tipo de desechos, así sean papelitos, colillas de cigarro, chicles y otros pequeños objetos, en efecto es una ciudad cuyos habitantes no la aman lo suficiente como para mantenerla limpia.

Los sábados o los domingos cientos de quetzaltecos viajan a Tapachula para hacer sus compras, comer en un buen restaurante, por ejemplo, El Rinconcito, especializado en pescados y mariscos, y pasear por el centro de la ciudad. Se puede optar por viajar en auto particular o contratar los servicios de un moderno y cómodo microbús, con conductor profesional conocido y, por lo tanto, de confianza, como para descargar en el vehículo todas las compras que se van realizando y así seguir visitando la ciudad lo más ligeramente posible. Después de la comida se regresa a Quetzaltenango, sobre todo en época de lluvias, que suelen ser torrenciales en la región, por lo cual no es aconsejable regresar tarde, aunque se está a no más de dos horas de recorrido por carretera.

Junto a esta realidad de las clases media y alta de Quetzaltenango y sus alrededores existe, desde luego, otra que incluye a una gran cantidad de guatemaltecos que visitan Tapachula para adquirir algunas mercancías, quizá para consumo de su familia o para revenderlas en sus localidades de origen. Ellos no viajan en automóvil, sino en los clásicos y viejos autobuses (autobuses escolares de desecho que importan de Estados Unidos), provistos de canastillas en sus techos, donde un hábil ayudante del conductor acomoda toda clase de mercancías. También ellos se benefician con los precios de Tapachula, aunque, desde luego, nunca comen en restaurantes ni visitan los centros comerciales, sino que hacen sus compras en el centro de la ciudad y allí mismo comen en puestos callejeros. La mayoría de ellos ingresan legalmente a México, ya que basta tramitar un permiso fronterizo, mostrando su “cédula de vecindad” o, incluso, si viven en los municipios colindantes, basta que muestren su permiso permanente para internarse a la zona fronteriza. Otros, por diversas razones, hacen uso de las cámaras inflables que abundan en el río, ingresando indocumentados a territorio mexicano.

Recientemente se ha establecido un tráfico en sentido inverso, esto es, tapachultecos que viajan en fin de semana hacia las cercanías de Quetzaltenango aproximadamente a una hora de la frontera, específicamente al moderno y balneario del Instituto de Recreación de los Trabajadores. Es una experiencia extraordinaria, sobre todo por el contraste con cualquier otro centro de recreación de Guatemala. Aparte del destacado entorno natural en el que fue construido, las modernas instalaciones, que incluyen diversas piscinas (allá nadie reconoce la palabra alberca que nosotros los mexicanos usamos corrientemente, al menos en el centro del país) con mecanismos para producir olas, cascadas artificiales y toboganes; zona de restaurantes con comida internacional y lujoso hotel y cabañas.

Los lugareños siempre se refieren a su ciudad como Shela (Xelajú), dejando el nombre de Quetzaltenango para asuntos de índole oficial. Esto pone en evidencia el rechazo, quizá no del todo consciente, al nombre náhuatl impuesto que sustituyó al de origen maya.

Lo más destacable es que se trata de un balneario construido y administrado por los empresarios guatemaltecos, con tarifas preferenciales para sus afiliados: tanto comerciantes y otros empresarios, como sus trabajadores. Las tarifas están al alcance de los trabajadores, pero, se les explica verbalmente y por escrito (a todos los que ingresan, no sólo a los trabajadores), que si son sorprendidos tirando, así sea la envoltura de un chicle, sin más trámite serán expulsados del balneario. Resultado: el lugar luce impecable en todo momento. Existen otras muchas reglas de comportamiento y uso de las instalaciones, reglas que son acatadas por todos los asistentes. Esta característica contrasta con los hábitos generalizados en muchas ciudades de la región, en donde todo mundo arroja basura desde los vehículos, manteniendo constantemente sucias las calles y carreteras. Así, parece ser que lo único que hace falta es dar a conocer las reglas y hacer que se cumplan las sanciones para que las ciudades sean tan limpias como este ejemplar balneario. Por cierto, para los no afiliados al Instituto los costos son más bien elevados, ni siquiera al alcance de las clases medias, pues una entrada general al área de piscinas o juegos mecánicos (muy modernos y atractivos), o bien a los restaurantes de lujo o cabañas, cuesta quizá tanto como algo similar en Cancún. También existen opciones económicas para los trabajadores en cuanto a comida y los descuentos en hospedaje son bastante generosos. Quizás sea innecesario por obvio, pero no dejo de consignar que los habitantes de escasos recursos de Tapachula tal vez sólo conozcan por fuera este centro recreativo; no obstante, muchos viajan en autobús y visitan amistades en las poblaciones cercanas al balneario, pues, vale la pena insistir, es histórica la amistad entre las familias de ambos lados de la frontera.

Pareciera que me salgo del tema, que se supone es la frontera sur y que debiera concentrarme en México, pero la frontera es una realidad que trasciende los límites oficiales y no se puede hablar de uno de los lados sin hacer mención al otro. Aclarado lo anterior, permítaseme abundar respecto a una segunda opción para los visitantes del lado mexicano que quieran pasar un agradable día sin gastar tantos quetzales o dólares (a diferencia de Tapachula, donde se admiten en cualquier comercio los quetzales a tipo de cambio preferencial respecto de los bancos, en Guatemala no todo mundo acepta los pesos). Esta segunda opción consiste en seguirse media hora más hacia Quetzaltenango y rentar un espacio en los baños alrededor del volcán Santa María, en los que la cantidad de vapor emanado de éste es controlado por el mismo usuario, recorriendo a su gusto la pesada losa que cubre la salida del ducto específico de su área particular. Estos vapores tienen fama de ser curativos de todo lo imaginable; pero, si así no fuera, la mera experiencia de atreverse a quedar expuestos en cierta medida a la fuerza de la naturaleza es suficiente incentivo para reservar un espacio que, aunque rudimentario, cuenta con lo necesario para pasar un buen rato haciendo hambre y disfrutando de la sensación del vapor volcánico, oloroso a minerales, para luego pasar al restaurante en donde expenden comida típica y la cocina está integrada al comedor, para que los comensales vean cómo se elaboran los alimentos, utilizando leña y utensilios de barro.

De San Cristóbal de Las Casas se puede hacer todos los elogios y siempre se quedará uno corto. Desde luego sus bellas construcciones, calles, monumentos arquitectónicos, restaurantes, servicios turísticos que reciben y atienden profesionalmente turismo internacional y, merece mención aparte, el museo del ámbar. Este museo es atendido por voluntarios que reciben a los visitantes y les explican los pormenores de lo que es el ámbar, comenzando por hacerles saber que no se trata de una piedra o mineral, sino de una resina. Luego, advierten sobre las imitaciones de plástico, pasando una pieza de ámbar auténtico por el fuego de un cerillo, para demostrar que el ámbar no se derrite como el plástico, invitando luego a los que compraron en las calles supuestas piezas de ámbar muy barato para que hagan la prueba del cerillo, con lo que comienzan a verse muchas caras largas de quienes adivinan que fueron timados.

Lo que llama la atención es que, por ser una resina transparente, se puede apreciar en su interior insectos, entre otros pequeños animales u objetos, que se supone pueden tener una antigüedad de varios millones de años de haber quedado atrapados ahí. El ámbar que se expende en San Cristóbal proviene de Simojovel, Chiapas, que, según el folleto del museo, tiene el nombre oficial de Simojovel de Allende, fundado en 1620 y localizado a 130 km de Tuxtla Gutiérrez; lo habitan tres grupos étnicos: tzotziles, tzeltales y zoques.

De nuevo refiriéndonos a Tapachula, si se cuenta con un poco más que un fin de semana, vale la pena dedicar al menos tres días a visitar alguna de las fincas cafetaleras que forman la “Ruta del café”, que ha venido siendo promovida desde que fue rebautizado Puerto Madero como Puerto Chiapas, con la consiguiente remodelación de sus instalaciones, que permitieron recibir cruceros, con lo cual se pudo ofrecer como una de las opciones a los que arribaran a ese puerto un recorrido por fincas cafetaleras que, ante la baja persistente de los precios internacionales del grano, han decidido incursionar en la actividad turística y otras más, complementarias de la original, dedicada en exclusiva al cultivo del café.

Estas fincas han contratado tradicionalmente una gran cantidad de mano de obra temporal proveniente de Guatemala para dedicarse a la pizca del café. En temporada se observa mucho movimiento de campesinos guatemaltecos que hacen trámites en la frontera para internarse legalmente a territorio mexicano, donde trabajan por una corta temporada. No haré referencia mayor a las condiciones laborales de estos trabajadores, condiciones que son deplorables, esta es una realidad que ojalá desaparezca, pero que por el momento parece que persistirá mientras se siga produciendo café en la región y los campesinos guatemaltecos estén urgidos de un ingreso, así sea ínfimo. En sentido contrario, durante todo el año se observan largas filas de “autos rodados” (así, con “d”, no con “b”) en espera de trámite aduanero para cruzar la frontera hacia Guatemala, tras haber sido rodados por el territorio mexicano, provenientes de Estados Unidos. Todos autos usados, muchos de ellos ya casi inservibles como vehículos, pero que serán desmantelados para utilizar sus partes como repuestos de otros autos.

Los finqueros de la región, muchos de ellos de origen alemán, solían pasar temporadas con su familia en la zona de los altos de Quetzaltenango para descansar del agobiante calor de sus fincas. Esta costumbre se conserva por sus descendientes, que han mantenido amistades en la región de los volcanes, que se sostiene en el verano varios grados por debajo del clima de Tapachula.

Una de las fincas, que se encuentra a menos de una hora de la ciudad de Tapachula, es la finca Argovia, originalmente de inversionistas suizos y posteriormente adquirida por alemanes, que invirtieron mucho tiempo y dinero en convertir la selva en cafetales y cuyos descendientes, ya nacidos en territorio mexicano, se han visto en la necesidad de diversificar sus actividades, optando, entre otras, por la floricultura, el turismo, la venta de artesanías y productos de la finca, como diversos tipos de chiles y conservas y, desde luego, productos diversos de café, que incluyen granos de café cubiertos de chocolate, conservando los mejores sitios, identificados como los que tradicionalmente han dado el café de mejor calidad, para seguir produciendo el grano, dejando el resto de la tierra para producir flores, que envían por avión al mercado de Xochimilco, en el Distrito Federal.

Pasar al menos un par de días en esta finca es una muy agradable experiencia que es merecedora de intentar, ya que todas las instalaciones son nuevas y muy bien equipadas y, desde luego, el paisaje y la impresionante vista de los valles y numerosas montañas y lomerío que rodean la finca hacen que valga la pena lo que debe pagarse por la estancia en sus instalaciones, que incluyen, entre otros atractivos, restaurante con comida internacional. Pero estas experiencias son prácticamente imposibles de transmitir, solamente estando en el lugar se puede saber lo que la naturaleza puede ofrecer a los visitantes. No obstante, puede añadirse que conocer el proceso minucioso de la pizca, limpieza, asoleado, selección, tostado y molienda de café es algo que uno no se imagina hasta verlo, ya que requiere conocimientos, tiempo, algo de buena suerte y, desde luego, mucha mano de obra. Otra vez, habrá qué insistir, mano de obra guatemalteca, mal pagada, que si no logra ser contratada en una finca, entonces reingresa, esta vez indocumentada, e intenta abordar el famoso tren conocido como La Bestia para cruzar México en su intento por llegar a Estados Unidos.

También resulta interesante enterarse de las técnicas de la floricultura, presenciar la selección y el empacado de las flores, conocer que el control de la cantidad de sol es lo que determina los diversos colores de los antulios, por ejemplo, transitar por las veredas entre los manchones de cafetales, observar las aves y resto de la fauna local, incluidos los murciélagos, encargados de fertilizar diversas plantas, hacen de la estancia en la finca una experiencia inolvidable.

Creo que Chiapas no requiere mucha promoción, prácticamente cualquiera que haya visitado algunos de sus singulares sitios turísticos será, casi por obligación, promotor de ese estado tan descuidado por tantos años y que, sin embargo, gracias al trabajo de sus habitantes, ha persistido en su intento de prosperar, a pesar de todas las adversidades.

Algo más sobre Comitán. Visitar Comitán generalmente implica detenerse, así sea brevemente, en el parque nacional Lagunas de Montebello. Desde luego, lo ideal es pasar todo el día, pero tiene tanto que ver y disfrutar que queda uno siempre invitado a regresar, así sea únicamente por una mañana y luego seguir su camino para comer y pernoctar en Comitán. La visita a Comitán, de parte de los quetzaltecos, es más o menos frecuente, no sólo por las bellezas de la propia ciudad y sus alrededores, sino también por el hecho de que algunas familias comitecas emigraron a quetzaltenango, y quedó en la población la costumbre de visitar Comitán, en donde conservan amistad con algunos de sus pobladores, por tradición histórica. Por cierto, el más antiguo hotel de Quetzaltenango, la Pensión Bonifaz, pertenece precisamente a una familia cuyos ancestros nacieron en Comitán. Muy agradables tardes o charlas de sobremesa podían pasar los que conocían el afable carácter de su propietario, Jorge Mario Bonifaz, tan ameno que más que por disfrutar de un buen café se procuraba asistir para compartir con quien sabía ser amigo de prácticamente todos los que lo conocieran.

Mucho más lugares atractivos tiene Chiapas, tanto cerca de su frontera con Guatemala como un poco más alejados de ella; no obstante, he querido limitarme a algunos sitios frecuentemente visitados por los quetzaltecos para resaltar el hecho de que otra de las características de esta parte de la frontera sur es la intensidad del intercambio frecuente de visitantes entre las poblaciones de ambos lados, aunque quizá sea una característica de todas las zonas fronterizas.

Creo que Chiapas no requiere mucha promoción, prácticamente cualquiera que haya visitado algunos de sus singulares sitios turísticos será, casi por obligación, promotor de ese estado tan descuidado por tantos años y que, sin embargo, gracias al trabajo de sus habitantes, ha persistido en su intento de prosperar, a pesar de todas las adversidades.

Si la realidad de este punto fronterizo no se ciñe a lo deseable, de cualquier manera se ajusta a lo posible. Las mismas condiciones ya mencionadas de falta de control de la frontera, la necesidad de utilizar este paso fronterizo para buscar trabajo, sea en territorio mexicano o en Estados Unidos, la posibilidad de adquirir algunas mercancías a mejor precio que en Guatemala, que ingresan a este país prácticamente sin control, con el disimulo de las autoridades fronterizas, más interesadas en el paso de los vehículos usados, así como la histórica amistad entre familias de ambos lados de la frontera y el beneficio económico para Tapachula, constituyen los componentes necesarios para configurar una realidad, no ideal pero tampoco inmersa en el tráfico de drogas, de armas o de personas. Una realidad no estrictamente apegada a la legalidad, pero que es lo que permiten las condiciones del entorno.

Con seguridad, si mejoraran las condiciones económicas de la región, de ambos lados de la frontera, se propiciarían cambios positivos; mientras tanto, la realidad social se impone, más por necesidad que por gusto y muchos de los habitantes de la zona seguirán haciendo su vida, incluso, además de otras actividades del todo legales, también continuarán algunos contrabandeando mercancías, ingresando ilegalmente, sobornando autoridades fronterizas, participando en alguna forma en el intenso tráfico de autos usados hacia Guatemala, actividad que bien puede disimular el paso de autos robados.

A pesar de que se les diga que actividades de esa naturaleza en un país regido por el derecho no son posibles, o bien que la situación de los habitantes de la zona ha venido mejorando notoriamente, o incluso, finalmente, que todo está dominado por la actividad del crimen organizado y es imposible la actividad normal en esa frontera, a pesar de todos los pesares, continuarán como las abejas que, ignorantes de los avances de la ciencia, siguen volando, no obstante que algunos científicos han asegurado que un diseño como el del cuerpo de las abejas, según pruebas en el túnel de viento, no se puede sostener en el aire. ®

Archivado en Abril 2011, Destacados, El sureste mexicano

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