El libro de agua

Homenaje a José Luis Borgues

© Hasisi Park

La pasada navidad recibí dos presentes que han amortiguado mi frustración al encontrarme al autor de un texto que yo había madurado y perfeccionados dos estaciones previas al invierno: El libro de agua: un relato casi sin argumento y con un aliento poético que se acercaría mucho a las descripciones de Piglia, acaso al tono empleado por Pacheco en una novela de atmósferas irritantes, de esperas y amenazas sin un porqué. Ese regalo doble e inesperado son dos cachorros que, a falta de imaginación, llamaré José y Luis. El primero tiene la virtud de ronronear luego que ha cerrado los ojos, como si redondease un octosílabo antes de dictarlo a un escribano inexistente. Imagino que ese verso de origen popular —sé, porque así nos lo contó la maestra Marta Díaz de León, que el Quijote empieza con ocho sílabas: “En un lugar de La Mancha”, no así aquel: “Vine a Comala”, que empieza con cinco—; que ese verso, decía, contendrá el mundo de los ciegos, una variante de un ocaso hechizado en sí y para sí.
Luego de dormitar José abre los ojos, sé que me reconoce por el modo en que oscila el rabo, en que olfatea mi presencia con sus radares que algunos confunden con suaves antenas. Luis, por su parte, es un ser meditabundo que lo he intuido en la habitación de Kafka, echado junto a la mesa donde el escritor checo elabora La metamorfosis, entre la medianoche y la madrugada. He visto al cachorro inquieto mientras el autor hace una pausa para servirse café de una tetera antigua, de cuya marca tomó el nombre su protagonista acorralado, Samsa. Pero el cachorro tiene la sabiduría del silencio para no interrumpir la soledad creadora de su amo, ebrio de sueño y tabaco antes de ponerle punto final a su relato.

Aquí mi trama ha fracasado: estoy en la librería La Azotea, adonde llega un desconocido que me ofrece en venta un libro de nombre y autor inciertos para mí. Me pide que le ayude con el favor de comprarle el libro pues hace años que la border patrol lo echó del país, que no ha podido acabalar su ciclo de hombre sin patria; que sueña con regresar a sus raíces a bien morir. No tengo cash, le confieso, es media quincena y no tengo la gracia de una sola venta. Me dice que observa en el tono de mi voz y en la mirada evasiva una gran mentira. Recuerdo que en la billetera guardo el dinero del alquiler. Cuando el desconocido se va con el efectivo me percato de que llegó con la intención de deshacerse de El libro de agua. Son dos tomos. Hojeo de nuevo uno y ahí veo dos fechas y un nombre, José Luis Borgues, 1899-1986. Abro el otro volumen de temática general: va del Bing Bang a los Zapatistas chiapanecos; de los Ocupas a los Zetas; del padre Adán a Zoroastro; del papa Bonifacio a la Xóchitl; en fin. Una especie de enciclopedia de Time en español pero actualizada.

Sin que mis mascotas lo sepan, Luis y Jorge han logrado conciliar mi impotencia ante la página en blanco en que había dibujado la trama de un libro infinito que guardaría la rosa de los vientos; el altercado de Eudoro Acevedo con su doble; la suerte de dos cuchilleros enfrentados un atardecer en Junín; el celo de dos hermanos por la misma mujer que los ha enemistado, y la escalera del sótano en que una tarde descubrí alborozado el origen y el fin del Universo. ®

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Publicado en: Enero 2012, Narrativa

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