El lugar del deseo

Hacer el amor como los animales

Estoy convencida de que existe una cantidad de gente que no está realmente interesada en el sexo. O mejor: que no está interesada en investigar sus posibilidades. Que se interesa más por la seducción y expectación que el sexo genera que por el acto en sí.

Foi mistério e segredo e muito mais,
Foi divino brinquedo e muito mais
Se amar como dois animais.
—Alçeu Valença, “Como dois animais”

Recuerdo que hace ya muchos años, porque el tiempo pasa más rápido de lo que uno cree, un amigo escritor que murió hace algunos meses comentaba la letra de esta canción de Alçeu Valença y pensaba en voz alta sobre la importancia que tiene a veces hacer el amor como animales. Es decir, llegar a lo que podría considerarse el estado más puro del sexo: el sexo mismo, sin consciencia. El placer porque sí, por la libertad de darlo, disfrutarlo y recibirlo.

© Wingate Paine

La canción brasilera parece siempre enfatizar el papel de la alegría en el acto sexual. Cortázar se preguntaba en un ensayo del libro Último Round, titulado “Que sepa abrir la puerta para ir a jugar”, dónde quedaba el papel de la alegría en la literatura argentina cuando a relaciones sexuales nos referíamos. Decía entonces, diagnosticando acertadamente, que la literatura argentina dejaba el sexo en el lugar de la oscuridad y la perversión, o simplemente corría una discreta cortina delante de él como en las malas películas americanas. Pero no había nada en ella que indicara algo parecido a la alegría. Agrego: tampoco nada que tenga que ver con el orden de lo verdadero, o del amor.

Todos estos comentarios me vinieron a la mente una vez más leyendo La grande de Saer. El momento en que Nula se acuesta con Lucía, después de haberlo deseado tantos años, y siente que entra en ella sin resistencia, en una vagina tal vez distendida por la maternidad, que no responde a su fantasía. Es posible identificarse ahí, como lector, en el lugar de alguna relación sexual que no funcionó, que no fue lo que esperábamos.

Estoy convencida de que existe una cantidad de gente que no está realmente interesada en el sexo. O mejor: que no está interesada en investigar sus posibilidades. Que se interesa más por la seducción y expectación que el sexo genera que por el acto en sí. El deseo tiene caras múltiples: desear a alguien significa desearlo por razones difusas. Puede ser por sus características físicas, por su atractivo, pero también por su posición de poder, por su capacidad intelectual, por su forma de actuar y de moverse. O por un defecto: el mismo Nula de quien hablaba, en La grande, se siente atraído por el muñón de su mujer, a quien le falta una mano. Él le dice que le falta esa mano para llegar a la perfección completa, pero es probable que su presencia acallara la rareza, y por tanto el deseo.

Desear lo que no está: descubrir un misterio. Aquel que no desea descubrir un misterio no puede desear de verdad (podrá excitarse, pero no desear), y tal vez tampoco pueda entonces amar. “Amar es dar lo que no se tiene a quien no lo es”, decía Lacan.

Entonces, ¿qué se desea realmente cuando se desea a una persona? Pareciera que el sexo está instalado en un agujero, en un vacío. No se desea lo que está, sino lo que no está. El deseo es una materia maleable, por un lado, con posibilidades de ser reinventado todo el tiempo, y por otro es tan frágil que corre el riesgo de quebrarse ante mínimas modificaciones. También creo que una parte del deseo de alguien está hecha del deseo del otro. Y que, como decía Cocteau, sin resistencia no se puede hacer nada. (Se refería a la literatura, claro.)

Desear lo que no está: descubrir un misterio. Aquel que no desea descubrir un misterio no puede desear de verdad (podrá excitarse, pero no desear), y tal vez tampoco pueda entonces amar. “Amar es dar lo que no se tiene a quien no lo es”, decía Lacan.

Y, por otro lado, está la enorme importancia de la palabra. Sentir el deseo del otro por el cuerpo de uno —y oírlo verbalizado— puede muchas veces desencadenar el deseo personal.

No había adquirido una idea de la importancia de la palabra en la relación sexual hasta que leí un capítulo de Crash donde su protagonista, Ballard, se acuesta con su mujer. Primero recorre con su pene cada una de las heridas causadas por los accidentes de auto, y después ella le pregunta. Le pregunta todo lo que quiere saber sobre su amante (de nuevo, el deseo generado por una ausencia, por lo que no está): “¿El semen de Vaughan es salado? Los hay más y menos salados. ¿Alguna vez probaste el semen de Vaughan?” Describir una relación sexual, un acto sexual, y lograr generar el deseo del lector es una de las tareas más difíciles que puede acometer un escritor. Definitivamente, Ballard lo logró conmigo.

El deseo está hecho de cosas mínimas, extremadamente difíciles de definir. Recuerdo que hace algunos años, mientras tomábamos sol en el patio, un amante que tuve me señaló la ingle y me dijo: “Me gusta eso. Me gusta el color ahí”, mientras me tocaba la piel apenas con un dedo. Lo que desencadenó de pronto mi deseo. Un resquicio de un cuerpo puede ser una visión del mundo.

El deseo está hecho de cosas mínimas, extremadamente difíciles de definir. Recuerdo que hace algunos años, mientras tomábamos sol en el patio, un amante que tuve me señaló la ingle y me dijo: “Me gusta eso. Me gusta el color ahí”, mientras me tocaba la piel apenas con un dedo. Lo que desencadenó de pronto mi deseo. Un resquicio de un cuerpo puede ser una visión del mundo.

Mi amigo que murió contaba una anécdota. Decía que la primera novela que escribió se la había dado a transcribir a una chica que se la devolvió pasada en limpio y llena de erratas, excepto por un pasaje: aquel en el que el protagonista se acostaba con una mujer. Esas páginas no tenían una sola falla.

Está claro entonces que, cuando hablamos de erotismo en la literatura, de novela o relato erótico, o de momentos de erotismo en un relato o una novela no estamos hablando de una cuestión menor.

Si cuando se desea a otro se desea en realidad un vacío, estamos en definitiva poniendo en el otro la interrogación. En este caso, en el lector.

En la novela Intimidad, de Kureishi, de la que se hizo una excelente película con título homónimo, se habla de esta interrogación. Cuando el hombre empieza a seguir a la mujer que llega a su casa solamente para acostarse con él, casi sin mediación de palabras todos los miércoles a la tarde, de pronto la relación se rompe en pedazos: lo que él quiere es saber quién es ella. Pero descubrir el misterio implica el fin de la aventura y, en este caso, del goce. Hacia el final, cuando ya no hay modo de volver atrás, él le dice a ella algo así como: “Pensé que si venías a mi casa de esta manera, era porque sabías algo que yo no sabía, y que tarde o temprano me lo ibas a decir”. Esta es la razón de ser de todo acto amoroso, de todo acto sexual tal vez. Todos estamos queriendo desesperadamente que el otro nos cuente lo que sabe. Todos vamos con la interrogación a cuestas y la depositamos sistemáticamente en los demás. El problema es que nadie tiene la respuesta.

En el amor y el sexo, como diría el psicoanalista Alain Miller, estamos obligados a avanzar a tientas, reaprendiendo constantemente, adelantándose y retrocediendo, reinventando las claves, los códigos y hasta la historia. ®

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Publicado en: Enero 2012, Ensayo

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  • Mercedes Alvarez

    Muchas gracias Deyanira, y gracias por la observación sobre la cita de Lacan. No tenía idea de esta interpretación, que deja abierta otra puerta para pensar la frase.

  • deyanira torres

    Me gustó mucho tu texto, es más, lo disfruté. Estoy de acuerdo en muchas de las cosas que planteas. Especialmente en el desinterés de muchos por el sexo y también en lo difícil que es describir qué hace desear a otro. ¿Qué le da glamour al objeto? se pregunta Jean Allouch, alumno y analizado de Lacan. Por cierto, Allouch también dice que esa cita sobre el amor termina en realidad diciendo “a quien no quiere nada de eso”, en lugar de “a quien no es”, según él es un error de traducción. Damos lo que no tenemos a quien no quiere eso, la falta, que es justo la que provoca el deseo. En fin, me gustó mucho de verdad. Felicidades.

  • Mercedes Alvarez

    Muchas gracias a todos por leer y comentar. Estoy escribiendo otro texto sobre el tema que espero poder compartir con ustedes en breve.

  • Se disfruta…

  • Helena Félix

    He quedado fascinada con el texto. Justo ahora estoy investigando sobre el tema, y ausencia-deseo es una relación que no había descubierto. Me parece que haces muchas observaciones [——-] (he tratado de adjetivarlas y no lo he conseguido). Cada vez es un placer más grande leerte, porque como dice Gabriela “dejas varias cuerdas resonando”.

  • Me gustó. Es un tema que me interesa mucho, y el artículo deja varias cuerdas resonando.

  • Alejandro Silva

    Lo disfruté tanto. La ausencia… me quedo saboreando el concepto.