EL MUERTO

A otro Martín, fanático de Georgie y gran lector de los partidos de Boca.

Que un hombre del suburbio de La Plata, que un alegre centrodelantero sin más virtud que su optimismo se interne en las áreas rivales con la intención de picar la pelota por sobre la salida del arquero, parece de antemano imposible. A quienes lo entienden así (y, más aún, a quienes no), quiero contarles el destino de Martín, de quien acaso perduran goles inverosímiles pero ninguna clásica definición ante la salida del arquero, y que murió en su ley, de un cabezazo al poste, en los confines del área chica. Ignoro los detalles de su pelea con el compadrito de San Fernando Juan Román; cuando me sean revelados he de rectificar y ampliar estas páginas, a ver si despierta el interés de algún otro que no sea el amigo a quien van dedicadas. Por ahora, este resumen es lo único que hay.

Martín Palermo

Martín cuenta, hacia 1992, diecinueve años. Es un mocetón de frente generosa, de sinceros cabellos oscuros, de reciedumbre de vaca; un peluquero infeliz lo ha convencido de que cualquier hombre puede jugar con una vincha y un arito, pero que sólo los más valientes se atreven a salir a un estadio repleto de barras bravas con toda la cabeza teñida de blanco; no lo inquieta la habilidad de los contrarios, tampoco la inmediata necesidad de hacer, de vez en cuando, un pase con los pies. El caudillo de la parroquia le da una carta para el circunciso Miguel Ángel, por entonces director técnico de Estudiantes, y lo despide con un “Que Dios te ayude”. Martín llega tarde a la práctica, porque se detiene en un potrero a perfeccionar una revolucionaria técnica para cabecear con la nuca; esa noche pernocta en el campo de juego vacío, con exhausta tristeza, tras comprobar que resulta imposible patear y cabecear un mismo tiro de esquina. Al día siguiente tampoco da con Miguel Ángel; hacia la noche, en un almacén de Villa Elisa, asiste a un altercado entre unos mellizos triperos. Un objeto contundente, presumiblemente botín, vuela apenas unos centímetros por encima de su fuente de trabajo; Palermo no sabe cuál de los dos hermanos es Guillermo y cuál es Gustavo, pero sabe que de todas maneras que Guillermo es que le cae peor. Para, en el entrevero, un plato de lentejas que iba dirigido a un comensal ubicado en una mesa del fondo. Éste, después, resulta ser Carlos Salvador, manager de Estudiantes. (Martín, al saberlo, le entrega el plato de lentejas, porque prefiere comenzar la relación con el pie derecho, igual que los partidos.) Carlos Salvador da, amén de contrahecho, la impresión de haber malogrado en su juventud varios goles recontrahechos; en su rostro, de nariz siempre demasiado cercana, están el judío (Brailovsky), el negro (Jota Jota) y el indio (Solari); los anteojos que llevan son un adorno más: después de rendir la última materia de Medicina no ha vuelto a tocar un libro.

Proyección de un defensor central o error de cálculo del arquero, a la mañana siguiente Martín convierte su primer gol de cabeza a los cinco minutos de haber ingresado en la práctica. En el entretiempo comparte unas copas libertadoras con Carlos Salvador y, al promediar el segundo tiempo, se hace expulsar para poder acompañarlo a una farra y luego, ya con la luna bien alta, a un caserón del Bosque de La Plata donde vuelve a encontrar a los hermanos triperos. En el último patio, que es de tierra, los cuatro hombres tienden su recado para improvisar dos arcos. Oscuramente (porque un frondoso ombú tapa ahora la luz de la luna), Martín compara ese diminuto potrero con el estadio donde jugó esa mañana, y comprende que será difícil que pueda llegarle un buen centro. Por fortuna para él, los mellizos comienzan una vez más a discutir entre ellos, y sólo se ponen de acuerdo a la hora de mentar la mala reputación de la madre del otro. El picado se suspende por falta de garantías. Carlos Salvador aprovecha entonces para darle instrucciones a la madama del caserón de que haga debutar a Martín esa misma noche, así el domingo puede integrar el equipo que enfrentará a San Lorenzo, el equipo del Bambino, siendo ya todo un hombre.

Martín se da vuelta para responder a la injuria cuando siente un balón rebotar en su nuca. Es el gol del empate. Carlos Salvador corre a abrazarlo y en medio de la turbamulta del festejo le propone ir a Boca, el equipo del Virrey.

La noche previa al partido Martín siente que ha dejado atrás el potrero y que pisa ahora tierra firme con césped regado. En realidad es el pasto del Bosque de La Plata húmedo por el rocío. Lo inquieta, eso sí, no saber dónde queda el estadio de Ferrocarril Oeste, en donde habrá de disputarse el partido al día siguiente. Para sobreponerse al temor pasa la noche en vela, corriendo por las calles de La Plata, tirando diagonales. A la mañana siguiente duerme hasta al utilero con el relato de su entrenamiento nocturno; ya con el sol bien alto, el mellizo Guillermo lo interrumpe para avisarle que se confundió de club y que aquél es el vestuario de Gimnasia y Esgrima. (Martín recuerda que Guillermo ha compartido con él la noche en caserón y en el boliche de Villa Elisa, pero tarda casi una hora en reconocerlo porque es la primera vez que lo ve solo, sin su hermano Gustavo, marginado del plantel debido a una inflamación de los gemelos.) Guillermo celebra que Estudiantes ya está perdiendo uno a cero contra San Lorenzo en Caballito, y el relator anuncia por radio que el circunciso Miguel Ángel manda llamar a Martín donde sea que esté. En una suerte de banco de suplentes cubierto para evitar proyectiles (Martín nunca ha visto una tribuna con más de veinte simpatizantes), efectivamente está esperándolo Miguel Ángel, acompañado por Carlos Salvador y por una clara y desdeñosa mujer de pelo rubio. La mujer en verdad es el delantero Claudio Paul, que acaba de regresar al país. Carlos Salvador increpa a Martín por haberse confundido de vestuario y de ciudad, y por haberse gastado su primer sueldo en el remis que lo trajo desde La Plata. Lo pone de un puntapié en el área rival y le repite que ya le está pareciendo un jugador bastante torpe. Martín se da vuelta para responder a la injuria cuando siente un balón rebotar en su nuca. Es el gol del empate. Carlos Salvador corre a abrazarlo y en medio de la turbamulta del festejo le propone ir a Boca, el equipo del Virrey. Porfía en llevar también a los mellizos triperos. Martín acepta, todavía confundido por el pelotazo; hacia la madrugada están los cuatro en camino, rumbo a La Boca.

Empieza entonces para Martín una vida distinta, una vida de bastos, copas y oros en las concentraciones y de jornadas que tienen el olor a bosta del caballo. Esa vida es nueva para él, y a veces atroz, pero ya está en su sangre, porque lo mismo que los hombres de Buenos Aires (también el hombre que entreteje estos dislates) veneramos y presentimos el barrio de Nuñez, así los hombres de ciudades limítrofes ansían el Riachuelo. Martín se ha criado en los barrios de un equipo que pincha rivales y de otro que en cien años de historia nunca ha salido campeón; antes de una semana se adapta por completo al primer equipo de Boca. Aprende a pisotear al rival, a entorpecer el juego, a hacer tiempo, a manejar el agarrón de camiseta que sujeta y el codazo al mentón que tumba, a resistir a los centrales, a los laterales, al árbitro, a pedírsela al contrario con el silbido y el grito. Solo una vez, durante ese tiempo de aprendizaje, intenta tirar una gambeta, pera la tiene muy presente, porque sabe que al hacerla son muchas las probabilidades de que tropiece solo y le cobren penal, y porque, ante cualquiera de sus burradas, el jugador número doce lo aplaude y le dice que nadie las hace mejor. Alguien opina que Martín nació con los pies invertidos; eso, que debería rebajarlo, oscuramente lo enriquece para enviar centros con el perfil cambiado, aunque no para cabecearlos. Gradualmente, Martín entiende que los negocios de un centrodelantero son pocos y que el principal es hacer un gol aunque sea con la mano. Ser tripero es ser hincha de Gimnasia y Esgrima de La Plata, le explica Guillermo una tarde en el vestuario; Martín se propone entonces hacerse hincha de Boca, para que la hinchada pueda jactarse de ser ahora la mitad más dos. Justamente dos de sus compañeros defensores, una noche de Copa Libertadores de América, cruzarán el círculo central envalentonados por un mejunje de Cagna; Martín choca con uno de ellos, lo hiere y toma su lugar para defender un tiro de esquina. Lo conmueve entonces un pelotazo que rebota en su cabeza y se introduce en el arco rival, a una legua de distancia. Que el Virrey (piensa desde el suelo) acabe por entender que yo valgo más que todos sus colombianos juntos.

Otro año pasa antes de que Martín haga un gol con alguna de sus piernas. Recorre el área chica, él área grande (que a Martín le parece muy grande cuando juegan en Brasil), llega a casa del patrón, en Colombia; los hombres de Boca atienden los recados de la prensa argentina en el último patio. Pasan los días y Martín no ha visto al Virrey. Dicen, con temor, que está filmando el comercial de un banco; el moreno Juan Román suele subir a su dormitorio para discutir cuántos volantes de contención son necesarios para aguantar el cero de visitante. Una tarde, le encomiendan a Martín esa tarea, y esa noche Boca sale a la cancha con tres arqueros. El árbitro compulsa el reglamento con los jueces de línea y finalmente le permite jugar con uno solo. Martín se siente vagamente humillado pero también un poco dolido por no haber podido estrenar los guantes que se había comprado para la ocasión.

El Virrey yace Boca abajo, para no despeinarse; sueña y se queja por no tener un nueve como el Enzo; Martín nota las canas y le recomienda una marca de tintura; lo subleva que lo esté mandando ese viejo canoso y sin flequillo que teñir.

El dormitorio del Virrey es desmantelado y oscuro, porque el presidente del club Mauricio le ha dado órdenes de ahorrar en todo lo que se pueda. Hay un balcón que da al helipuerto de la terraza, hay una larga mesa con un resplandeciente desorden de taleros, de arreadores, de cintos, de armas de fuego y de armas blancas para poder salir del país en caso de que ganen de visitante, hay un remoto espejo que tiene una foto empañada de Silvina Luna. El Virrey yace Boca abajo, para no despeinarse; sueña y se queja por no tener un nueve como el Enzo; Martín nota las canas y le recomienda una marca de tintura; lo subleva que lo esté mandando ese viejo canoso y sin flequillo que teñir. Piensa que bastaría un buen bisoñé para mitigar ese oprobio. En eso, ve en el espejo que alguien ha entrado. Es Claudio Paul, el hombre de pelo rubio; está a medio vestir (por fortuna de la cintura para arriba) y con ojotas y lo mira con lágrimas en los ojos. Claudio Paul se inclina sobre el pecho del nueve para llorar. Mientras solloza y explica que está allí dilapidando lo ganado en el futbol europeo para que su esposa pueda adquirir un bronceado caribeño, los dedos de Martín juegan con la cola de caballo rubia hasta cortarla con sigilo. Al fin, Martín le dice a Claudio Paul que se marche e improvisa una peluca para el Virrey.

Días después le llega la orden de Marcelo, otro loco, de ir al Norte, al Paraguay, a jugar la Copa América. Arriban a una estancia perdida, llena de fanáticos de Boca que acosan a los jugadores y a sus esposas. Ni el mono Burgos ni el payaso Aimar alegran la concentración. Hay corrales de piedra para el Burrito y para el Pupi. Lo que un suspiro se llama ese desahuciado establecimiento.

Martín oye en rueda de prensa que Juan Román no tardará en llegar desde Don Torcuato. Se inclina para atarse sus anodinos botines y pregunta por qué; alguien aclara que hay un delantero agachado que está queriendo patear los penales con ambos pies al mismo tiempo. Martín comprende que es una broma pero de todas formas se las ingenia para fallar tres un mismo partido. Averigua, después, que le habría ido mejor en el rugby, y que habría sido mucho más justo que le tocase en suerte el apellido de Javier Saviola. También averigua que Juan Román se ha enemistado con Mauricio, el presidente del club. Le gusta esa noticia.

Llegan cajones de armas largas para sortear en las peñas de la hinchada; llega una jarra y una palangana para el flequillo de Martín; llega de Formosa, una mañana, un morocho sombrío seguido de un séquito de perros. Es el Negro Ibarra, quien hace las veces de capanga o guardaespaldas de Juan Román cuando no está presente la madre de este último. Habla muy poco y lo poco que dice no se le entiende. Martín no sabe si atribuir su reserva a hostilidad, a desdén o a mera barbarie. Sabe, eso sí, que para que le llegue un buen centro desde la derecha tiene que ganar su amistad.

Entra después en el destino de Martín un colorado Mercedes Benz que importa Juan Román de Alemania y que luce chapeado un solo día en el estacionamiento del club hasta que Martín lo abolla sin querer durante la práctica de penales a colocar. Ese automóvil importado es símbolo de la habilidad que Martín codicia; también desea, con deseo rencoroso, poder patear tiros libres al ángulo y tirarle caños a los rivales. La habilidad, el tiro libre, el caño son atributos o adjetivos de un hombre que él aspira a sustituir.

Aquí la historia se complica. Juan Román es diestro en el arte de enrostrarle al prójimo su felicidad, en la satánica maniobra de humillar al interlocutor esgrimiendo un depurado dominio del pretérito perfecto compuesto, combinándolo con el pluscuamperfecto y el anterior; Martín resuelve aplicar esos tiempos verbales en las notas que da a la televisión, obligando a las emisoras a emitir sus programas con subtítulos. Resuelve suplantar, lentamente, a Juan Román como cerebro del equipo. Logra, en tiros de esquina de peligro común, la amistad del Negro Ibarra. Le confía su plan; el Negro le promete su ayuda. Muchas cosas van aconteciendo después de las que sé unas pocas. Martín no obedece a Juan Román ni al Virrey; da en gambetear, en patear tiros libres, en intentar pases goles. El universo parece conspirar en su favor y apresura los hechos. Una madrugada argentina, ocurre en campos de Tokio un enfrentamiento con gente madrileña; Martín usurpa el lugar de héroe de Juan Román y manda a los colombianos. Casi se fractura una pierna durante uno de los festejos, pero esa noche Martín convierte dos goles y esa noche le entregan un Toyota por ser el mejor jugador del partido y esa noche duerme con Claudio Paul, el hombre de pelo reluciente, que —¡oh, casualidad!— estaba ahí de farra. Otras versiones cambian el orden de estos hechos y niegan que puedan haber ocurrido en el lapso de una sola vida.

Juan Román, sin embargo, siempre es nominalmente el estratega del equipo. Da órdenes que no se ejecutan, patea tiros de esquina que no se cabecean; Martín no lo toca por una mezcla de rutina y de lástima.

La última escena de la historia corresponde a la agitación por la rotura del record de 218 goles de Roberto. Esa tarde los hombres de Boca comen pasta y beben agua mineral sin gas; alguien infinitamente trata de evocar uno por uno los goles de Martín de cabeza pero inevitablemente los confunde. En la cabecera del ómnibus que los lleva al estadio, en Sarandí, Martín erige exultación sobre exultación, júbilo sobre júbilo; esa torre de júbilo es un símbolo de que su irresistible destino es una pronta jubilación. Juan Román, taciturno entre los jugadores que salen a la cancha, deja que fluya clamoroso el partido. Cuando los bombos de la doce resuenan, elude a un rival en el área chica y le cede el gol servido a Martín como quien recuerda una obligación. En el festejo evita el abrazo de Martín y va a buscar a Guillermo entre los fanáticos de la tribuna. Éste baja enseguida, como si esperara el llamado. Baja a medio vestir, con la camiseta de Gimnasia y Esgrima que llevaba puesta debajo de la de Boca. Con una voz que se afemina y se arrastra, Juan Román le ordena:

—Ya que vos y el otro platense se quieren tanto, ahora mismo vas a mandarle un centro a la olla.

Añade una circunstancia brutal: el centro tiene que ir al primer palo, de forma tal que cuando Martín cabecee se parta el cráneo contra el poste. El mellizo quiere resistir pero dos jugadores lo han tomado del brazo y lo encaminan hacia el banderín del corner. Arrasado en lágrimas, besa la pelota y hace a un lado una botella de vidrio. En el punto del penal, Martín comprende, antes de morir, que desde el principio lo han engañado, que ha sido condenado a muerte, que le han permito los goles, el récord y los triunfos, porque ya lo daban por muerto, porque para Juan Román siempre había sido un muerto.

El Negro Ibarra, casi con desdén, le dice que vaya al primer palo. ®

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Publicado en: Diciembre 2010, Narrativa


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