El payaso que está dentro de ti

De monos, moneros y revistas mexicanas

El autor creció viendo buenos programas cómicos de la televisión nacional y leyendo —y tratando de colaborar— con proyectos editoriales como el suplemento Histerietas y la revista El Gallito Inglés. Aquí sus remembranzas.

I

Dicen los clásicos que el hombre inventó el sentido del humor para escapar de la tragedia y el sufrimiento. Sólo por recordar someramente, la intriga y los asesinatos que se cometen en la novela El nombre de la rosa, de Umberto Eco, tienen su origen en la turbia historia de la biblioteca de la abadía donde se desarrolla y en la que alguien ha hecho desaparecer la segunda parte de la Poética de Aristóteles, el tratado en que se justifica la existencia del humor y de la risa como parte de eso que se da en llamar comedia. Al iniciarse la historia uno de los religiosos más amargados critica a la risa como una perversión del alma que reduce al ser humano al nivel de los simios, de las bestias. Es algo que insulta la gloria del altísimo —efectivamente, el humor y la risa son los mejores métodos para rasguñar y bajar del pedestal a cualquier mamón.

Encontrar oasis de humor es una tarea ardua, y con todo, hoy día, asequible por tantos canales y medios que es difícil imaginar una época en la que acercarse o hallarlo era casi imposible. No había salida a la monótona y aburrida vida regida al ritmo de un partido único y esperpéntico en los séptimos días infinitos de Acción y Siempre en Domingo, programas de televisión engarzados de tal modo que desde las seis de la mañana Chabelo forjaba al fragor de un concurso más otro fin de semana en familia. El tedio, el aburrimiento absoluto. El humor en la televisión había sido sepultado desde que al “comediante” Jorge Ortiz de Pinedo se le cedió el mando del área de comedia en Televisa. Técnicamente ése fue el giro nefasto que describe lo que de algún modo permeó la llamada década perdida (la de los ochenta) y que sigue vivo en la forma de la bazofia que producen las televisoras mexicanas. Las revistas de humor político como La Garrapata, Los Supermachos y Quecosaedro ya habían sentado precedentes, pero su humor (salvo excepciones como el caricaturista yucateco Dzib) medraba y giraba alrededor de la política o, lo que era lo mismo: el PRI. Nada cuajaba del todo, aunque los ingredientes ya estaban ahí. Justo cuando todo parecía perdido y ya ni La Carabina de Ambrosio aparecía en la programación.

Justo en ese momento el desmadre floreció en la forma de una revista llamada Videorisa en la que parodiaban (al estilo Arjoma Producshions) todo cuanto aparecía en la televisión y en el cine. Igualmente, unas tarjetitas llegaron de fayuca provenientes de Estados Unidos, que parodiaban a los horrendos niños de las coles, los Cabbage Patch Kids, reinterpretados escatológicamente como los Garbage Pail Kidds, odiados por las madres y los profesores por su humor gore e hiper-violento. Eso calentó el ambiente.

II

Sí, existían muchas secciones dominicales en casi todos los diarios, plagadas de tiras cómicas gringas como El Príncipe Valiente, El Fantasma y Dick Tracy, ya todas rebasadas y fuera del contexto en que fueron creadas. O monitos mexicanos como Chicharrín y el Sargento Pistolas, de Guerrero Edwards, que eran chistosones pero que al final pecaban de dóciles y repetitivos; no existía casi nada ambientado en el humor local y que lograra salirse de esa dinámica trasnochada. Quizá el Condorito y su humor blanco y sudamericano habían mantenido prendida la llama, con la argentina Mafalda y la experiencia de la versión mexicana de la revista MAD editada en Monterrey, con Sergio Flores como baluarte del humorismo gráfico.

Poco después, grupos de moneros, caricaturistas y, en el caso de los productos importados de Estados Unidos, animadores y moneros, se comenzó a trastocar una vez más el orden impuesto en esos conservadores años.

La sed de humor y desmadre en los últimos veinte años del siglo pasado en México encontró su nicho en un suplemento dominical que editaba el entonces propositivo diario La Jornada. Con dibujantes nacionales, inauguró una nueva etapa en la historia del humor mexicano. Sí, moneros tapatíos ya habían sido publicados en el mismo diario con el suplemento La Croqueta. Humor Perro, pero el éxtasis llegó con Las Histerietas. Basado en el título de una página de cómic que publicaba Sergio Arau (vocalista del grupo Botellita de Jerez) en el diario unomásuno (y en la revista Quecosaedro más tarde) la palabra historieta devino histerieta. Así, el 7 de mayo de 1989, con los moneros Ahumada, Rocha, El Fisgón, Magú, Agustín Aguilar, Jaime Flores, Falcón, Trino, Jis, Luis Fernando, Feggo y una extensa gama de colaboradores, dio inicio el experimento editorial más ácido hasta ese momento. (Las revistas La Regla Rota y La Pus moderna ya habían publicado cómic, humor y desmadre, aunque se trataba de revistas marginales o alternativas y debido a su periodicidad irregular sólo impactaban en aquellos pocos que sabían dónde buscarlas.Igualmente, en Guadalajara se había publicado ya la revista de humor Galimatías, pero fue en Histerietas donde el humor tuvo más resonancia en el plano nacional.) Descansando en el presupuesto seguro de un diario y en la coordinación de Magú, el proyecto la hizo en grande. A la par de estos fenómenos, la caricatura y el humor estadounidenses daban muestras de renovación: MAD, Saturday Night Live, Matt Groenning y sus Simpsons, más lo que se veía venir en medios audiovisuales, refrescaron finalmente tantos años de anquilosamiento. Hasta MTV proponía cápsulas y horarios con animaciones audaces y a todas luces irreverentes.

El humor renacía en la forma de tiras y planas de monitos e historietas que respondían a las necesidades sociales (y mentales) de desahogo y entretenimiento. La musa del humor volaba alto y prodigaba inspiración y fermento a la nueva ola de caricaturistas, moneros e historietistas y por fin las sonrisas brillaban.

Parodias, sátiras y minificciones brotaron como hongos en temporada de lluvias. La carcajada finalmente estalló como un orgasmo en seco. Destacaron sobremanera El Sargento Mike Goodness y el cabo Chocorrol, de El Fisgón, Los Gachos, de Rocha, Gárgaras, de Jis y Trino (que posteriormente mutó al trancazo conocido como El Santos). Otras facetas de la narrativa gráfica fueron exploradas, como por ejemplo Ahumada con sus oníricas historias de La Vida en el Limbo y Luis Fernando con un sinfín de ideas que pasaban del erotismo al costumbrismo pacheco y luego al humor con personajes como Yoni Latorta y sus exquisitas Coatlicue’s Sisters. Los primeros tres años y medio del suplemento marcaron un hito en lo que podía lograrse si se le daba rienda suelta a una jauría de animales desbocados. Cabe resaltar que Pepe Quintero y Jorge Camacho, por méritos propios (y muy cabrones), como su dibujo impecable y su rabia y su furia postadolescente, fueron los únicos miembros que brillaron sin ser parte del núcleo original.

El humor renacía en la forma de tiras y planas de monitos e historietas que respondían a las necesidades sociales (y mentales) de desahogo y entretenimiento. La musa del humor volaba alto y prodigaba inspiración y fermento a la nueva ola de caricaturistas, moneros e historietistas y por fin las sonrisas brillaban.

Como era de esperarse, muchos jóvenes vieron en la posibilidad de ser publicados una manera de destacar, ganar algún dinero y liberar la náusea que imponía ese modo de vida pitero del mundo en 1990 —el internet no se veía venir por ningún lado. Así, en la recepción de La Jornada muchos dejaban sus propuestas para ver si acaso algo se publicaba. Evidentemente el espacio estaba rebasado y el grupo original era inamovible. Algunos lograron penetrar el núcleo; historietistas como Édgar Clément, José Martínez Quintero y Ricardo Camacho empezaron a publicar, pero el espacio no era suficiente. Tras largas semanas de intentos por ganarse un espacio éstos y muchos dibujantes más dieron origen a un nuevo grupo de historietistas que con una óptica diferente buscaban destacar dentro del naciente y explosivo momento que vivía el humor gráfico.

A pesar de intentar convertirse en moneros, ya antes habían intentado ingresar a las filas del historietismo industrial y comercial mexicano, donde toparon con pared al entender que dentro de ese circuito la innovación y la imaginación no tenían cabida. En las Histerietas tampoco la encontraron. Inspirados en la revolución del cómic underground gringo, la renovación de la cultura española y la siempre decantada tradición historietística argentina, buscaron proponerse como los capos de la historieta. De algún modo lo lograron por un breve tiempo. Ricardo Peláez, Eric Proaño y Eduardo Rocha se sumaban a la creciente actividad historietil, mas sus intereses eran, como ellos mismos decían, de largo aliento. Sumados todos crearon un ambiente en el que lo único que faltaba era un editor, un guía, alguien que se sentara a organizar algo nuevo, y encontraron en el editor zacatecano Víctor del Real a la persona indicada para tal proeza.

El 3 de enero de 1992,apareció la revista El Gallito Inglés con un singular homenaje al músico Julio Haro, vocalista del grupo de Guadalajara El Personal; en portada, guardas y contraportada de Luis Fernando ilustraba la canción “Nosotros somos los marranos”. A diferencia de las Histerietas, nada ni nadie sustentaba económicamente a este nuevo proyecto, salvo el ímpetu y las ganas de publicar a toda costa. Como ya dijimos, Quintero y Camacho aparecían en La Jornada, lo mismo que Luis Fernando. En el nuevo proyecto todos se expresaron sin limitaciones de contenido y sin restricciones de espacio. El Gallito Inglés había gestado un escaparate para historietistas y moneros que demostraran calidad y humor. La revista ostentó por un breve lapso un título que hace referencia a un juego de palabras: “Éste es el gallito inglés, míralo con disimulo, quítale el pico y los pies y métetelo en el c…”, eso y el eslogan “historieta, rock y humor” definían muy bien lo que se podía encontrar en sus páginas.

El Gallito Inglés (después Gallito Cómics) publicó a muchos autores argentinos, lo cual tuvo como consecuencia que incluso en Histerietas se publicara al Marinero Turco y a Max Cachimba, a quien Víctor del Real había publicado con anterioridad. Estos distintos proyectos enriquecieron el panorama, al menos en la Ciudad de México, Guadalajara y con cierta resonancia en Tijuana y otras partes del país.

Lo que ocurría en Estados Unidos complementaba el paisaje. Animaciones como Ren y Stimpy, Beavis y Butt-Head (los hijos bastardos de Liquid Televisión en MTV), las animaciones de Bill Plympton, los mejores años de Los Simpsons junto con la segunda y brillante etapa de Saturday Night Live arrancaban carcajadas a todo mundo. En algún momento la revista Rolling Stone declaró que la época dorada de la estupidez había llegado: entiéndase: el reino de un humor salvaje y absurdo. Y es que del color que fuera, con la tendencia que se quisiera y en el medio que se buscara, una increíble producción de humor movía millones de dólares y promovía la locura a escala masiva. La ola estaba en su pico. En México humoristas como Andrés Bustamante con su Güiri-Güiri, Víctor Trujillo y Ausencio Cruz hacían un buen programa de humor, La Caravana, con un repertorio de sketches y personajes que aún existen. El Instituto Mexicano de la Televisión transmitía al comediante inglés Benny Hill y al Gordo Porcel, argentino. Incluso Televisa volvió a programar a Los Polivoces en el canal 9, quienes demostraban que aun en lo peor del priismo de los años setenta el escritor Mauricio Kleiff y el dúo Enrique Cuenca y Eduardo Manzano realizaban muy buenas parodias del modo de ser y pensar del mexicano.

III

Andrés Bustamante como el Doctor Chunga

Lo que comenzó tan apoteósicamente y llegó a situarse en una órbita fuera de este mundo fue perdiendo el brillo, pero sobre todo el filo. La ola rompió y de todos los colores que brillaban sólo quedó una estela grisácea flotando. Primero el grupo de La Jornada sufrió un cisma cuyas consecuencias aún pueden rastrearse hasta hoy; el diario pasó de una actitud de júbilo y propuestas frescas a un cúmulo de neurosis y repetición.

Siendo Magú el coordinador del suplemento Histerietas y quien armaba regularmente otros proyectos, como El tataranieto del Ahuizote, buscó proyectar el humor por medio de sketches en vivo y presentaciones con el grupo de moneros en fechas históricas, lo cual terminó por desgastarlos, a la sazón El Fisgón y Helguera se separaron. Si uno llamaba por esos días a La Jornada, ya tarde, para ver si podía uno llevarles algún material, tenía que especificarse si se llamaba a “moneros” o “caricaturistas”; los primeros, el grupo que quedaba luego de la escisión, y los segundos, la nueva célula que se definía por una militancia de izquierda asumida públicamente. Esto lo prueban las revistas en las que El Fisgón y Helguera (cartonista e historietista político que trabaja en el mismo diario) han difundido su postura política, en las que, por decirlo amablemente, hay de todo menos humor, pues siempre queda una sensación de regaño, además de una sensación de vacío y pobreza en el arte de hacer reír.

Finalmente, fue el humor el motor del trabajo de los diez años previos, lo que desapareció de tajo, como si nunca hubiera pasado nada. Magú sigue siendo un gran humorista y su trabajo ha mantenido su línea. El resto de los colaboradores del suplemento terminó laborando en otros diarios o simplemente desapareció al no existir otros espacios donde publicar.

Más tarde los colaboradores de El Gallito Inglés (que para ese momento ya se llamaba Gallito Cómics) dejaron de lado el humor y, en sus introspecciones y visiones, viraron hacia una historieta “adulta” y sin ninguna intención más que la de recrearse en otros temas y otras soluciones estéticas e ideológicas. Esa fue la gran diferencia que siempre marcó a este grupo; como casi todos los caricaturistas y moneros, éstos iniciaron su aventura buscando crear humor gráfico, aunque la suya en realidad era una vocación distinta, pues no se buscaba la risa sino la reflexión y, en última instancia, la aceptación de la historieta como un lenguaje que podía expresar muchas más cosas.

Los fanzines y suplementos que se lanzaron dentro de la misma revista para captar nuevos talentos tampoco concretaron a nuevos artistas, a pesar de que La Rata Muerta, Ñiki-Ñaki y Slam! mantuvieron siempre su veta humorística negra y de gore-urbano-raro-depresivo. Como sea, la llegada de artistas argentinos de alto calibre narrativo y visual, pero ajenos a la idiosincrasia del mexicano, el humor técnicamente desapareció, siendo tratado en guiones más amplios y con sutiles maneras de incorporarlo, pero ya no el desmadre que ofreció a una nueva generación de lectores.

Puede decirse, sin duda, que el impacto que tuvo primero el boom de la historieta estadounidense de superhéroes (y que fue su última época de gloria tanto económica como creativa) y, segundo, la toma del mundo occidental por parte del fenómeno japonés manga-ánime fueron dura competencia, de manera que la siguiente generación de consumidores de cómic simplemente pasó por alto lo que estuviese ocurriendo en México —aunque nunca faltaron los lectores que buscaban material nacional, la verdad es que la posibilidad de elegir entre lo de acá y lo de fuera siempre dejó muy mal parados a los artistas mexicanos y sus productos. Una única excepción fue la novela gráfica Operación Bolívar, que Édgar Clément cultivó en las páginas del Gallito Cómics apoyado por una beca del Fonca. Sin embargo, la novela de Clément no es humor sino una disección meta-política y de sincretismo mestizo de acción.

La televisión pasó por un proceso similar pero muchísimo más decadente. Si bien la venta de Imevisión por parte del gobierno a la iniciativa privada sería vivificante, al parecer, inmediatamente dejó claro que la creatividad no sería parte de su repertorio, siendo la primera víctima de todo esto un programa llamado La Cosa, dirigido y producido por el comediante Héctor Suárez.

Para entender qué pasó hay que atender a la opinión de un experto: el Sr. Bungle —un tipo maquillado con la boca pintada y un cuchillo en la mano— y que hacía humor sónico para gente enferma allá por 1992: “El payaso que te pinta la sonrisa y que es el mismo que te quita la máscara… tú sabes que hay algo que se está tramando debajo de las formas… échale un ojo al espejo y ve al payaso que está dentro de ti”.

La programación de viejas series cómicas en la televisión nacional desapareció y con ello la posibilidad de ejercer el derecho al relajo recalentado. Los intereses y los canales de entretenimiento cambiaron drásticamente con la aparición del fácil acceso a internet. Cada vez más los jóvenes encontraban en la carretera de la información todo aquello que los hiciera reír. Habían pasado veinte años desde que todo lo que hemos visto se había gestado, madurado, brillado y desaparecido. Si bien moneros como Trino y Jis siguen ambientando y recreando el humor en medios impresos mexicanos, poco de aquellas viejas glorias sobrevive. Igualmente, y con un éxito sin precedentes en la historia de los proyectos que terminan siendo editados por editoriales establecidas, la revista Larva, de San Luis Potosí con Carlos Santillán, Puyou y el Líder Charro, llegaron a incendiar algunas neuronas más, pero esto ya es muy posterior y de un impacto subterráneo, a gran escala pero subterráneo al fin y al cabo. Hoy El Cerdotado, de Polo Jasso, Cindy la Regia, de Alberto Cucamonga, el cómic-web Bunzen, de Jorge Pinto, y el proyecto Cinismo Ilustrado del publicista Eduardo Salles, mantienen fresca y engrasada la fórmula de la risa, aunque ya bajo otras reglas, ya en otro universo: el democrático, multi-task y multi-gadget siglo XXI.

Para entender qué pasó hay que atender a la opinión de un experto: el Sr. Bungle —un tipo maquillado con la boca pintada y un cuchillo en la mano— y que hacía humor sónico para gente enferma allá por 1992: “El payaso que te pinta la sonrisa y que es el mismo que te quita la máscara… tú sabes que hay algo que se está tramando debajo de las formas… échale un ojo al espejo y ve al payaso que está dentro de ti. Si quieres saber qué está detrás del show cabalga mi carrusel y métete a la celda de la cárcel que es la vida. El amor y la sangre que se mezclan, la pérdida del autocontrol que alguna vez tuviste… la cabeza que te gira, da igual si estás despierto, dormido, vivo o muerto.

Es divertido”.

Vaya que tenía razón el payaso aquél. ®

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Publicado en: Destacados, El sentido del humor, Mayo 2012

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  • Isaura Ruiz

    Excelente crónica, hacía falta un recuento de tema tan importante, la risa es inherente a nuestra cultura como mexicanos y que mejor que enfrentar la adversidad con buen humor.