El peor enemigo del perro

El caso del Flais y otros animales maltratados

Este texto parte de la confesión tardía de un crimen que se perpetra a diario y del que yo soy tan responsable como las manos que lo ejecutan, por cómoda, por cobarde, por ocuparme de “mis propios asuntos”, por no haber tenido la entereza de llamar de nuevo a la puerta aquel día…

Estaba nerviosa, toqué el timbre muy suavemente deseando que no sonara muy alto, que no fuera de esos timbres que te hacen pegar un brinco atroz cada vez que alguien llama a la puerta. Nada. Toqué dos veces más, ahora sí con decisión, pero nadie, ni siquiera el famélico can que vivía amarrado en la azotea asomó la cabeza. Respiré un tanto aliviada, la verdad es que no tenía muy claro qué iba a decir ni cómo. Estaba a punto de irme cuando abrieron el portón. Era un hombre de unos cuarenta años con camiseta y actitud de Homero Simpson. Me sudaron las manos, pensé en inventar que buscaba una dirección por ahí y pedir indicaciones para salir del aprieto pero terminé presentándome como su vecina. Cuando me di cuenta estaba hablando y hablando sin poder contenerme sobre lo preocupada que me tenía su perro, estoy casi segura de que por un instante el sujeto no supo de qué perro le hablaba. Le dije que llovía mucho todas las noches, además de que a medio día el sol era inclemente y me consternaba que su perro estuviera siempre amarrado en la azotea sin un techo para guarecerse. El tipo me miraba entre molesto y divertido.

His station and four aces © Cassius Marcellus Coolidge

—Bueno, pues a veces también lo bajo y de todos modos hasta donde yo sé no es ningún delito tener a tu perro en la azotea.

Desgraciadamente tenía toda la razón.

—Además —continuó—, no sé si sepas las cosas que les hacen a los perros de la calle. Los chavos están muy locos, los hacen explotar, los descuartizan… —se detuvo al ver la expresión en mi rostro.

—Entonces —siguió—, yo creo que mi perro está mejor ahí donde está y que tú debes ocuparte en tus propios asuntos en lugar de venir a chingar a la gente a su casa. Más le vale al Flais estar en la azotea que morir a palazos en la calle.

Antes de que pudiera responderle me cerró el portón en la cara. Yo acababa de llegar a la ciudad y había tenido la idea de hablar con el vecino acerca de su perro desde el primer día, cuando lo observé recibir la lluvia estoicamente echado contra la barda de un pequeño cubo de ladrillo destinado a proteger algún tanque de gas estacionario o un tinaco. Esa noche no puede pegar el ojo y me prometí hacer algo al día siguiente, cerca de treinta noches azoradas por la culpa después me decidí por fin a tocar la puerta del vecino para lograr absolutamente nada.

El Flais, ahora sabía su nombre, ni siquiera se enteró de que una desconocida había ido a abogar por él. Si el hombre-simpson hizo caso o no a mi visita nunca lo supe (pero en el fondo siempre lo supe). No volví a abrir las persianas hasta que me mudé de ahí. Pasé varios días aturdida pensando en las palabras del sujeto. No sé qué supuso que iría yo a proponerle, como si la única opción para no tener a su perro amarrado en la azotea fuera la de echarlo a la calle. ¿Qué hubiera sido mejor para ese pobre animalito? ¿Pasar su vida amarrado bajo el sol y la lluvia pero relativamente seguro y alimentado o morir víctima de la crueldad que sufren los perros callejeros todos los días? Por supuesto que ésas no eran las únicas posibilidades; pudo tener un hogar, proteger y ser protegido por una familia, pero, tristemente, su dueño jamás lo consideró una opción posible.

No voy a mentir diciendo que no he dejado de pensar en el Flais después de casi siete años de aquel vergonzoso incidente que dio inicio y fin a mi carrera de activista de los derechos animales, y que hasta hoy me atrevo a relatar. Aunque es verdad que no he podido olvidarlo, aunque hubiera deseado hacerlo. Vivir en este país, poniendo la más mínima atención en el entorno sin pensar en la terrible situación que sufren la mayoría de los perros domésticos y de la calle es imposible.

A diario todos nosotros somos testigos de cientos de crímenes en contra de los animales, en las calles, en las tiendas de mascotas, en los circos y zoológicos, incluso en nuestras propias casas. Miles de perros mueren a diario, golpeados, atropellados, de hambre o de sed en una azotea o un patio o brutalmente asesinados por el mero placer de la crueldad.

A diario todos nosotros somos testigos de cientos de crímenes en contra de los animales, en las calles, en las tiendas de mascotas, en los circos y zoológicos, incluso en nuestras propias casas. Miles de perros mueren a diario, golpeados, atropellados, de hambre o de sed en una azotea o un patio o brutalmente asesinados por el mero placer de la crueldad. La mayoría de ellos fueron mascotas deseadas durante sus primeros meses, pero con el paso del tiempo la responsabilidad poco a poco se convirtió en carga hasta que fueron abandonados, ya sea hacinados en su propio hogar o echados a la calle. Nuestra cultura urbana se ha desensibilizado a tal grado ante esta situación que cuando se plantean soluciones para el problema todas van encaminadas a “exterminar la plaga”; nada de educación, concientización, sanciones para los agresores… Una muerte violenta en el triste patio de una perrera parece ser la única respuesta que nos ofrecen las autoridades.

A pesar de que ciudades como el Distrito Federal cuentan desde hace casi diez años con una ley de protección animal, sólo basta echar una mirada hacia cualquier calle para comprobar que hace casi diez años una ley más fue votada, aprobada y archivada sin operar jamás. Los abusos en contra de las mascotas siguen siendo el pan de cada día, las salas veterinarias están llenas de perros agredidos por sus propios amos, ya sea por negligencia o puro sadismo. Y ni hablar de aquellos que viven en las calles, cuyo destino, después de una vida llena de hambre y maltrato, es casi siempre una muerte terrible, ya sea atropellados, en una perrera, a causa de otros perros o en manos de mal llamados seres humanos que buscan “divertirse”.

Aún existe gente que cree que el menos importante de los problemas de este país son un montón de perros golpeados y hambrientos, desconociendo por completo que el maltrato a los animales es tan sólo el primer paso hacia otros tipos de violencia. Porque mientras no se instaure una cultura de respeto a la vida en todas sus formas tanto hombres y mujeres como animales seguiremos sufriendo por igual inseguridad, agresiones y la violación de nuestros derechos. Exigir protección y respeto a los animales es de algún modo exigir protección y respeto a todos nosotros. Desgraciadamente, estamos lejos de comprenderlo, hemos pagado un precio demasiado alto por la razón que, entre muchas otras cosas (que tarde o temprano terminarán con nuestra existencia), nos impide valorar debidamente a las especies “inferiores”. No cabe duda de que, como dicen, el perro es el mejor amigo del hombre, pero el hombre es el peor enemigo del perro. ®

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Publicado en: (Paréntesis), Junio 2011

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