El prisionero

Más que un número

Los habitantes del siglo XXI creen que lo han visto todo en las pantallas de televisión, cine, computadoras y adminículos que prometen la realidad virtual. Y quizá sí lo han visto todo: lo imaginable, lo inimaginable y lo que hubieran preferido nunca imaginar.

Aun así, la autora de este texto daría todo por regresar a 1967 y ser testigo del nacimiento de El prisionero (The Prisoner), la serie de televisión más extraña y audaz que pueda concebirse.

Para nuestra fortuna, deleite y azoro, las aventuras de El prisionero están reunidas en una colección de DVDs. Cada episodio empieza mostrando al protagonista (conocido sólo como el Número 6) manejando un despampanante Lotus Seven a un costado de las Casas del Parlamento de Londres. Lo seguimos por un túnel y después lo vemos en una oficina discutiendo con un hombre sentado ante un escritorio y entregándole su renuncia. En esta secuencia sin diálogos nos enteramos de que a partir de ese momento ha quedado fichado. Lo siguen hasta su casa, donde empieza a empacar; sus perseguidores arrojan un gas por la cerradura y queda inconsciente. Cuando despierta está en “The Village”, o “el Pueblo”, un lugar pintoresco, lleno de color y extrañamente siniestro a la orilla del mar. Entonces oímos el diálogo entre el Número 6 y el Número 2. “¡No soy un número!”, insiste 6. “¡Soy un hombre libre!” El 2 responde con una carcajada.

Ahí harán uso de todo su ingenio, sadismo y hasta desesperación para obligar al Número 6 a confesar el motivo de su renuncia, sin aceptar jamás que éste pueda estar fundado en una cuestión de principios, ni que sea asunto privado entre el Número 6 y su conciencia.

Durante los deicisiete episodios poco sabremos del pasado del Número 6. Lo único claro es que es un ex agente secreto que, con su renuncia, ofende y pone muy nerviosos a los más altos custodios del poder. Por eso es raptado y aprisionado en el Pueblo, donde se mantiene a la fuerza a quienes suponemos son también antiguos espías o gente que por un motivo u otro “sabe demasiado”. Ahí harán uso de todo su ingenio, sadismo y hasta desesperación para obligar al Número 6 a confesar el motivo de su renuncia, sin aceptar jamás que éste pueda estar fundado en una cuestión de principios, ni que sea asunto privado entre el Número 6 y su conciencia. Los verdugos quieren la confesión de una conspiración, una historia de traición y violencia: algo que puedan entender. La inquebrantable integridad del Número 6 queda fuera de su comprensión.

Todos en el Pueblo son prisioneros, pero lo aceptan sin rebelarse. En cada episodio el Número 2 es alguien distinto (aunque algunos vuelven ocasionalmente). Su principal tarea consiste en quebrar al Número 6 y arrancarle la información que quieren. Y aunque supuestamente es el habitante más poderoso del Pueblo, no sólo es un servil lacayo del misterioso e invisible Número 1, sino que es sometido a su vez a la mirada implacable del Supervisor. Los habitantes son constantemente vigilados, aun dentro de sus propias casas; sus actividades son dirigidas por altavoces que los conminan constantemente a integrarse a la comunidad a través de juegos y concursos pueriles. Sus uniformes coloridos, la banda que pasa tocando por las callecitas de ensueño, su amabilidad despersonalizada, el mismo paisaje paradisíaco son su cárcel y la fuente de un miedo todopoderoso que la más leve alteración del orden cotidiano pone al descubierto.

El prisionero.

El prisionero.

A primera vista el Número 6, este extraño héroe sin escapatoria, cuenta con todos los elementos para seducir al público sesentero. Tiene el glamour del espía; es recio como una roca, capaz de espectaculares proezas físicas y de derrotar a un puñado de matones con su pura astucia y, si es necesario, la fuerza de sus puños. Su personalidad impenetrable es también un imán para las mujeres… y aquí terminan sus afinidades con James Bond. El Número 6 no está interesado en la conquista, primero porque no confía en nadie. Todos los que en algún momento, hombres o mujeres, se dicen sus aliados y quieren ayudarlo a escapar, o escapar con él, terminan traicionándolo. Pero, sobre todo, no está interesado por el mismo motivo que no le interesa integrarse a la comunidad imperturbable del Pueblo: lo único que le interesa es su libertad. Y es esta entereza, más aún que sus espectaculares peleas, su pericia en la esgrima o en unas muy raras artes marciales, lo que lo vuelve un súper-héroe.

Y es frágil: en sus momentos de mayor indefensión, durante el sueño, es sometido a multitud de experimentos con drogas o tortura psicológica. Ni siquiera sus sueños están a salvo de sus verdugos.

Aunque vulnerable. Tras el control de sus emociones, que no es sino un arma de supervivencia, asoman su furia y desesperación, sus ansias por tratar de sacar al Pueblo de su letargo. Y es frágil: en sus momentos de mayor indefensión, durante el sueño, es sometido a multitud de experimentos con drogas o tortura psicológica. Ni siquiera sus sueños están a salvo de sus verdugos.

Este héroe tan improbable le debe todo al hombre que lo creó: Patrick McGoohan, que por ahora andará celebrando sus ochenta años. McGoohan se hizo muy popular con la serie Danger Man, en que interpretaba al espía John Drake. Pero, obstinadamente opuesto al estereotipo —es célebre por haber rechazado el papel de James Bond—, llegó a cansarse de su muy exitoso espía y, quizá como acto propiciatorio para El prisionero, presentó su renuncia. Con George Markestein, su colega como guionista en Danger Man, se da a la tarea de crear El prisionero, pero esta vez McGoohan controla la serie hasta el último detalle. Además de ser el protagonista, dirigió varios episodios y fue guionista de otros tantos (firmados con seudónimo). Durante la filmación de un episodio de Danger Man en el hotel Portmeirion —una especie de alucinación mediterránea en el norte de Gales— McGoohan encontró el escenario perfecto para el Pueblo. Cuentan que incluso el tema musical de la serie es suyo: se lo silbó al compositor.

El ejecutor de la ley...

El ejecutor de la ley…

The Prisoner fue una serie de culto desde su aparición. Lo sigue siendo y continúan los debates tratando de interpretar sus múltiples significados. El Número 6, ¿es John Drake? ¿Es él el Número 1, si leemos literalmente el desvarío del episodio final? El Pueblo, por supuesto, es un reflejo de nuestra sociedad. ¿Pero escapa realmente el Número 6 al final? El montón de preguntas habla de la originalidad y audacia de la serie. Cuando la televisión era todavía una fuente de sorpresas dedicada a nuestro sano esparcimiento, McGoohan ya encabezaba la batalla contra las limitaciones de la llamada caja idiota. Los diálogos de El prisionero no son sólo ágiles: son corrosivos e implacables. El contenido visual es delirante, con las estampas fellinescas del Pueblo y sus despropósitos. Que el más temido ejecutor de la ley sea un gigantesco globo blanco, impenetrable y protagonista de escenas de la más rara hermosura, que persigue a los disidentes para asfixiarlos, resume el espíritu vanguardista de la serie.

Sin embargo, pese a su rareza, El prisionero cumple cabalmente con sus funciones de entretenimiento. Mantiene el suspenso, cuenta historias de espías, de ciencia ficción y hasta una de vaqueros… Nada más que la de vaqueros es un manifiesto pacifista tan incisivo que, en su momento, se prohibió su transmisión en Estados Unidos.

Los dos últimos episodios son puro teatro del absurdo y un despliegue inusitado de libertad creativa que probablemente habrá quemado los bulbos de más de un televisor. El último en particular es todo interrogante. No da una sola respuesta y es tan enigmático que el pobre McGoohan fue perseguido durante años por el público que le exigía “una explicación”. Pero McGoohan, igual que el Número 6, es famoso por no dar explicaciones. El prisionero cierra con un estallido de violencia que sugiere el punto final de la bomba atómica, con un ácido cuestionamiento de los logros de la democracia y con una perturbadora ambigüedad, que viene a ser, por cierto, la misma con que los ciudadanos de este mundo nuestro tenemos que vérnosla todos los días y que vuelve tan difícil tomar decisiones.

Por su fiera defensa de la libertad del individuo, su desatada imaginación y la fuerza de sus imágenes, El prisionero es, desde hace cuarenta años, televisión subversiva y arte televisivo puro. Justo lo que necesita el Pueblo —lo que tanto necesitamos. ®

Publicado originalmente en Replicante no. 16, “Medios y democracia”, verano de 2008.

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Publicado en: Entre la ciencia y la ficción, Junio 2013


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