El retorno al pragmatismo “socialista” de los setenta

De la guerra de Vietnam al culebrón venezolano

La “revolución bolivariana” se consume entre desplantes mesiánicos, traiciones, parasitismo estatal y corrupciones por doquier, un proyecto que avanza a golpes de caprichos e improvisaciones y cuyo rostro más deleznable en términos estructurales consiste en la apresurada formación de una nueva élite dominante.

Me gustaba la literatura pasada de moda: latín de iglesia, libros eróticos ignorantes de la ortografía, novelas de nuestras abuelas, cuentos de hadas, libritos infantiles, viejas óperas, estribillos bobos, ritmos ingenuos.
—Arthur Rimbaud

© Paul Mattick

La década de los setenta del siglo XX fue, sin que quepan dudas al respecto, la de mayor expansión stalinista; no sólo en términos de territorios gobernados por esa invocación sino también en aquellos otros más etéreos pero igualmente importantes que guardan relación con una maciza influencia intelectual. No es extraño, por lo tanto, que se la recuerde con devoción por parte de quienes ven en ella el escenario privilegiado de realizaciones y promesas que luego sufrieran una drástica y dolorosa interrupción. Es sabido que no es posible volver atrás y ni tan siquiera recuperar en un contexto distinto y con décadas de retraso aquel elemento del pasado evocado con mayor nostalgia. No obstante, es exactamente eso lo que celebraba y proponía Atilio Borón hace cinco años en polémica librada con Luis Hernández Navarro a propósito de las evaluaciones que les mereciera el Foro Social Mundial (FSM) realizado en Caracas en enero de 2006:

Hernández Navarro manifiesta su preocupación porque, según su entender, en el Foro prevaleció la propaganda antiimperialista ortodoxa sobre la heterodoxia propia de las anteriores ediciones del FSM. “El pensamiento de izquierda de los setenta”, asegura, “ha renacido y se está comiendo otras expresiones del pensamiento crítico”. […] qué tiene de malo el renacimiento del pensamiento de izquierda de los setenta. ¿Que se “coma” a otras expresiones del pensamiento crítico? Si se las pudo comer debe ser porque no eran tan rigurosas y críticas como se suponía, o porque carecían de esa capacidad para “abrir nuevos horizontes” emancipatorios como muchos pensaron. Por otra parte, si la reinstalación de temas como el Estado, el poder, el imperialismo y el socialismo son obra de la izquierda setentista pues, ¡enhorabuena!, porque se trata de asuntos que jamás debían haber sido postergados y que, al hacerlo, lesionaron gravemente la capacidad de los movimientos contestatarios para luchar eficazmente contra sus enemigos.1

De tal modo, Borón nos anunciaba en sus propios términos el revival de la izquierda stalinista en su versión de los años setenta del siglo XX, animado tangencialmente en América Latina por la “revolución bolivariana” y complementado en el plano mundial por cosas tan curiosamente significativas como los triunfos y accesos gubernamentales en Nepal y en Chipre o la exótica proclamación del poder soviético en dos aldeas estonias.2 Y no se trata de desmerecer la importancia de los temas en los que Borón se justifica —el Estado, el poder, el imperialismo y el socialismo— sino de proclamar que éstos no pueden tener ya la misma formulación que tuvieran décadas atrás dando a problemas nuevos soluciones viejas y a las preguntas de hoy las respuestas de antaño. En este sentido, el revival stalinista bien puede ser calificado desde el inicio como un movimiento teórico-político regresivo.

A todo esto, sólo cabe continuar este desarrollo respondiéndonos antes cuál es exactamente el elenco de este revival; al menos en el campo latinoamericano o, cuando mucho, en los algo más vastos territorios de las lenguas ibéricas: operación evidente por sí misma, pero que nos permitirá precisar sin mayores objeciones el campo de protagonismos cubiertos por el presente análisis. Una definición puramente nominal nos diría entonces que allí revistan los residuos orgánicos del bloque soviético —los viejos partidos “comunistas”, para ser más claros—, increíblemente algunas fracciones del trotskismo,3 la proclamada pero no practicante herencia de las guerrillas guevaristas hoy nucleadas en el Encuentro Conosur,4 los remanentes más o menos exóticos del maoísmo y aquellas variedades a las que cabría calificar de proto-stalinistas, y todo ello sin que falten a la cita algunos cultores “antediluvianos” del stalinismo puro y duro, en deslumbrado recuerdo de sus próceres, como Enver Hoxha.5 Obviamente, nos estamos refiriendo a las distintas denominaciones del leninismo stalinista. Habrá que decir, entonces, que por stalinismo entendemos muy sintéticamente a aquella derivación (o “desviación”, según algunos teóricos trotskistas) del marxismo-leninismo que se concretó fundamentalmente en tanto práctica orientada a la conquista del poder por parte de una hipotética vanguardia clasista organizada en un partido jerárquico y centralizado de “revolucionarios profesionales” que luego será monopólico y excluyente incluso de las fracciones internas; un partido pensado para monitorear las aproximaciones sucesivas hacia la conquista del poder por medio deestrategias de “acumulación de fuerzas” entorno al“enemigoprincipal” y una conquista del poder entendida como la instauración de una “dictadura del proletariado” y ésta a su vez como el preámbulo inexorable y como condición imprescindible de una construcción “socialista” que siempre hubo de consumarse a través de la estatización y la planificación centralizada.6 Esta concepción fue la que sucumbió sin recuperación posible en esos pocos años que —tratando de situar tentativamente un comienzo y un final— van entre la asunción de Gorbachov al frente del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) y la propia desaparición de la URSS, y ésa es la concepción que hoy se pretende reanimar como si la crisis sólo hubiera dado por tierra con la casa matriz pero sin haber rozado en nada a sus múltiples y variadas derivaciones.

Uno de los grandes problemas del revival es que el propio Stalin resulta inseparable de la casa matriz; algo que es inocultable para aquellos resucitadores que no pueden menos que apelar a la gesta originaria para su eventual oxigenación. Y es por eso que todas sus apelaciones tienen el inconfundible aroma del movimiento nostálgico. Es así como no puede encontrarse otra cosa que la monótona repetición de los esquemas de origen, como cuando Raúl Calvo Trenado afirmaba sin demasiados rubores y con ejemplar sinceridad:

Quedaba definitivamente asentado el concepto de partido como vanguardia organizada a la conquista del poder desenmascarando las tendencias conciliadoras y oportunistas que habían convertido los partidos socialdemócratas en máquinas electorales que representaban (si acaso) al proletariado para jugar a la negociación parlamentaria cuando el electoralismo debe ser utilizado sólo cuando interese como caja de resonancia [subrayados nuestros].

Y lo hacía, para colmo, en el contexto de un artículo que hasta en el título recurre a una metáfora completamente extemporánea y con casi un siglo de retraso; como si las revoluciones del futuro debieran ser entendidas una vez más como el asalto de aquel Palacio de Invierno que de por sí ya funciona como una figura retórica poco lograda sobre la naturaleza del poder.7

Para Calvo se trata de comenzar de nuevo el mismo ciclo desde su más lejano comienzo sin reparar demasiado en condiciones históricas abrumadoramente diferentes ni tampoco en el fracaso apabullante de la experiencia previa: otra vez más se contemplará el mundo a la vista del Palacio de Invierno; errática pero eficaz metáfora de la toma del “poder político”. Borón, algo más prudente y quizás hasta “posibilista”, se encarga de “actualizar” el desfase y se conforma con el retorno de la izquierda de los setenta.8 Aunque la lógica del revival es la misma y si en aquel entonces la función emblemática de las inminencias “socialistas” fue cumplida a satisfacción plena por la guerra de Vietnam, ahora ese papel se le asignará al culebrón venezolano liderado por el “comandante” Hugo Chávez y conocido como “revolución bolivariana”.

Uno de los grandes problemas del revival es que el propio Stalin resulta inseparable de la casa matriz; algo que es inocultable para aquellos resucitadores que no pueden menos que apelar a la gesta originaria para su eventual oxigenación. Y es por eso que todas sus apelaciones tienen el inconfundible aroma del movimiento nostálgico.

En efecto, la guerra de Vietnam fue el símbolo revolucionario más fuerte y más representativo de los años sesenta y setenta del siglo pasado y no hay duda de que el retiro de las tropas estadounidenses admitió en su momento ser interpretado no sólo como una derrota ocasional sino prácticamente como el final de sus insolencias belicistas y como el correspondiente comienzo del triunfo “socialista” en el plano mundial. Aquel heroico pueblo del sudeste asiático se batió sin medias tintas con la principal potencia militar de la época —que casualmente sigue siéndolo todavía en el siglo XXI— y se consumó como el ejemplo a emular por la izquierda revolucionaria en estas latitudes latinoamericanas: “Crear dos, tres, muchos Vietnam es la consigna”, decía Ernesto “Che” Guevara en su Mensaje a la Tricontinental de abril de 1967 y ése fue el horizonte de su propia inmolación. La “revolución bolivariana”, mientras tanto, no es vista exactamente como su réplica textual pero sí se le adjudica una función similar: constituirse en estas latitudes latinoamericanas en el vector de vanguardia en el derrumbe y la sepultura de Estados Unidos y, por ende, en tanto la antesala del “socialismo”; un “socialismo” que ya no se reconocerá estrictamente como leninista en cuanto a sus invocaciones teóricas básicas sino que habrá de presentarse como el “socialismo del siglo XXI”.

La conducción de la “revolución bolivariana”, tal como se ha insinuado, no es leninista, y no sólo no lo es por descuido sino que no lo es expresamente y por deliberada convicción. No obstante ello, lo interesante del caso es que concita en torno suyo las expectativas leninistas de casi todos los pelos y casi todos los colores. Esto ha sido así por cuanto las reflexiones leninistas propiamente dichas la perciben, entre otras cosas, como la superación de una situación previa en el campo popular que producía urticaria a los sobrevivientes de la concepción difunta. Veamos lo que nos recetaba Claudio Katz, en el marco de su arremetida contra el “autonomismo”:

Desde mediados de los noventa la prédica autonomista tiene buena recepción en América Latina. Sus teóricos son atentamente escuchados y sus propuestas prácticas despiertan gran interés. Pero este escenario ha comenzado a cambiar con la aparición de nuevos gobiernos nacionalistas y de centroizquierda. El ascenso de Lula, Kirchner y Tabaré, el afianzamiento de Chávez, el resurgimiento de Fidel y la gravitación de López Obrador modifican el cuadro que favoreció la expansión de las tesis libertarias.9

¡Más claro, imposible! El “autonomismo” latinoamericano volvía a agitar los viejos fantasmas que tanto preocuparan al autoritarismo “comunista” —el anarquismo, el consejismo, el extraparlamentarismo— y entonces el antídoto no puede elaborarse en otro laboratorio que no sea el de la toma del poder del Estado y el ejercicio del gobierno. Y, al igual que lo que ocurría con Borón, para Katz también se trata de satirizar y de anular las experiencias renovadoras —reunidas arbitrariamente todas ellas bajo el rótulo de “autonomismo”— con la mira puesta en la recuperación de las estrategias de la izquierda setentera: “La izquierda puede retomar el legado de los setenta si reconstituye su proyecto socialista”.10 Parece ser que el legado irrenunciable al que Claudio Katz apela y llama a rescatar de manera puntual no es otro sino el fatídico pragmatismo “socialista” que caracterizó a los años setenta, justificando las más infames traiciones en nombre de “la razón de Estado” en el contexto de la denominada “Guerra Fría” como telón de fondo. Todos los indicios apuntan a que ese pragmatismo “socialista” cobra vida en nuestros días en la Venezuela “bolivariana”.

Repitámoslo: la conducción de la “revolución bolivariana” no es leninista, pero alcanza y sobra con su consolidación en la titularidad del Estado, con una tenaz y “amenazante” prédica “anti-imperialista” de su parte y con proclamar su intencionalidad “socialista” para que casi todos los leninistas de tomo y lomo la contemplen de allí en adelante ya no con indulgencia sino con especial embeleso y como la consumación de los vaticinios más reiterativos de su recuperado determinismo histórico. La “revolución bolivariana” será así, a falta de algo mejor, la expresión y la reactualización “realmente existentes” de la izquierda setentera y el Vietnam de los comienzos del siglo XXI. Ha llegado el momento, pues, de aproximarnos al culebrón venezolano, al pragmatismo del “socialismo del siglo XXI”, y nada mejor que comenzar con un somero repaso de los argumentos de sus amanuenses más comprometidos. Empecemos con Albert Escusa, uno de los más acérrimos defensores del revival del pragmatismo “socialista”.

Albert Escusa se cuida celosamente de reconocerse como stalinista stricto senso y bien podría ser clasificado como uno de los más notorios exponentes de lo que hemos denominado “cripto-stalinismo”; incluso aunque ocasionalmente muestre cierta “preocupación” por desmarcarse de alguno de los más notorios tics de esa concepción. Ello no le impide rendirle el tributo correspondiente a una de las piedras miliares del stalinismo: el pragmatismo “socialista”, y es así que nos dice lo siguiente en alusión a la cobarde deportación de Joaquín Pérez Becerra:

En el caso de la deportación de Joaquín Pérez encontramos unas motivaciones similares a otros procesos revolucionarios que se han visto obligado a firmar tratados internacionales desiguales y humillantes realizados bajo la presión injerencista, las amenazas y chantajes, y a veces, desgraciadamente, sin que ni siquiera puedan mediar tratado legal alguno que ampare tales medidas, injustas desde el punto de vista humano y legal, pero quizás inevitables desde otros aspectos que pudieran ser infinitamente más importantes. Afirmaciones del estilo “una revolución nunca debe hacer tal o cual cosa” son muy bonitas ante la galería pero no ofrecen soluciones concretas ante los problemas reales, como tampoco aquella famosa ley que dice que “no se pueden transigir con los principios”: ¿a qué se considera “principios”, a la protección individual de una persona sobre el interés del pueblo de Venezuela o a la protección de este mismo pueblo ante una coyuntura nacional e internacional muy dura? Lamentablemente, muchas veces hay que escoger entre una opción u otra [subrayados nuestros].

Para remate enmarca estas afirmaciones en un artículo que desde el comienzo —en el propio título— ya apela a las descalificaciones a priori, dando por hecho que todo aquel que se atreva a cuestionar las decisiones tomadas por “los dirigentes que los pueblos reconocen legítimamente como suyos” es portador de una “doble moral” e ipso facto se ubica en el seno de “la izquierda bienpensante”. Pero, en el mismo texto, Escusa se excusa y sitúa el revival del pragmatismo “socialista” en su justo territorio: “la década de 1970”.11 Desde allí intenta satanizar e invalidar las críticas revolucionarias y las somete bajo un mismo rótulo, quedando todas agrupadas caprichosamente como “doble moral de la izquierda bienpensante”, en evidente recuperación del pragmatismo “socialista” del stalinismo setentero.

En el desafortunado artículo, Escusa aprovecha y, de paso, ratifica —con la misma óptica maquiavélica— la justificación de incontables traiciones del gobierno cubano a luchadores revolucionarios en el transcurso de la “incuestionable” conducción del ex presidente Fidel Castro y nos receta en cuatro apretados renglones, a manera de sentido mea culpa, la oprobiosa extradición de casi un centenar de luchadores revolucionarios:

Recordemos cuando, a finales de la década de 1970, el gobierno cubano, acosado por una campaña internacional que lo acusaba de complicidad con el terrorismo, decidió extraditar a todos los que secuestraban aviones por motivos políticos y los dirigían hacia La Habana: tales secuestros finalizaron en el acto.12

De un plumazo evita entrar en detalles, no nos ofrece números y elimina nombres, rostros, historias… Sin embargo, consideramos importante, justo en este momento y ante los reiterados ejemplos de pragmatismo “socialista” ahora ejecutados por el gobierno bolivariano de Venezuela, recordarle a Escusa y cía. el lamentable derrotero de tortura y cárceles sufrido por aquellos combatientes por la libertad gracias a ese pragmatismo “socialista” que él con tanto ahínco defiende.

Bastaría entonces con presentar el caso del compañero Lorenzo Kom’boa Ervin, luchador afroamericano ex Panteras Negras, que desviara un avión a Cuba el 25 de febrero de 1969 al ser buscado por el FBI por sus actividades revolucionarias, preso en la isla y deportado a la extinta Checoslovaquia donde “extrañamente” fue localizado por agentes del FBI, arrestado y extraditado a Estados Unidos de Amerikkka; allí recibió un juicio racista en una localidad perdida del estado de Georgia y fue condenado a cadena perpetua. Tras una intensa campaña internacional de la “izquierda bienpensante” —esa que no quiere “salirse de lo políticamente correcto, del izquierdismo de apariencia radical pero desprovisto de esencia real”— y por motivos de enfermedad, sería excarcelado quince años después. Otro caso notorio —por lo obsceno de su esencia— sería el de los luchadores mexicanos “refugiados” en Cuba y el nefasto papel desempeñado por el castrismo castrense en contubernio con la dictadura del “Revolucionario Institucional”. Las famosas “recogidas” y los traslados a la Isla de la Juventud de estos revolucionarios cada vez que el asesino de Tlatelolco visitaba la isla y era recibido y alabado como “compañero Luis”. Cabría reseñar, además, los reiterados “castigos” a los indomables que se negaban a ser cómplices de esas “vacaciones” pactadas y hacían hasta lo imposible por salir de Cuba e incorporarse a la lucha. Tal es el caso de Alberto Sánchez y sus compañeros de la Liga de los Comunistas Armados de Monterrey —miembros después de la flagelada Liga Comunista 23 de Septiembre—, quienes desviaron en 1972 un avión de Mexicana de Aviación a La Habana, exigiendo que los acompañara la compañera Edna Ovalles, herida y presa por las autoridades mexicanas, junto a otros seis desaparecidos. Al llegar a La Habana fueron sometidos a juicio militar en la prisión de La Cabaña y enviados a realizar trabajos forzados en Valle de Picadura junto a viejos comunistas y revolucionarios de la lucha contra la dictadura de Batista, presos y castigados por “disidentes”. La odisea de estos revolucionarios y sus intentos de abandonar la isla para continuar la lucha involucraría a Hilda Guevara —hija del fallecido Che Guevara y, para esas fechas (1973), esposa de Alberto Sánchez—, por lo que se le negaría primero la actualización de su pasaporte en la embajada mexicana de La Habana y después la salida de la isla. Así podríamos continuar relatando la historia de la infamia y enumerando una nutrida lista de sucesos similares como la ignominiosa entrega a las autoridades españolas —que el mismo Escusa cita— de miembros del “Comando Aralar” de ETA, refugiados en la embajada cubana de Madrid en noviembre del año 2000. Pero esto también tiene excusas para Escusa, porque si no se acalla toda esta afrenta puede ponerse “en peligro las relaciones bilaterales entre dos países y [con ello] cause un grave daño a la revolución y al pueblo de Cuba”.

Para Albert Escusa la detención y extradición de Joaquín Pérez Becerra; la encarcelación y deportación de los guerrilleros colombianos Nilson Navarro, Priscila Ayala Mateus, Oswaldo Espinosa Barón, Carlos Julio Tirado y Carlos Duban Pérez —a quienes reconoce como “desafortunados”—, y, seguramente, la detención y probable extradición de Julián Conrado, “como máximo” debe ser calificado detriste error político”.13 Punto y se acabó. ¡Fin del tema! Sin duda, pésima parodia de la guerra de liberación vietnamita, de las pifias de la revolución cubana, del “comunismo de guerra” y hasta de la Nueva Política Económica (NPE), la “revolución bolivariana” se consume entre desplantes mesiánicos, traiciones, parasitismo estatal y corrupciones por doquier, un proyecto que avanza a golpes de caprichos e improvisaciones y cuyo rostro más deleznable en términos estructurales consiste en la apresurada formación de una nueva élite dominante a la que con acierto se ha dado por llamar “boliburguesía”. Pero ejerce el poder político centralizado, la teatralización y la promesa; todo lo cual parecería bastar para continuar provocando el acompañamiento solidario así como justificar el revival del pragmatismo stalinista y hasta su razón de ser: un entusiasmo no carente de oscilaciones dignas de un electrocardiograma y de contradicciones en las que habrá que reparar necesariamente para registrar a cabalidad la situación.

Pero estos “desastres” no tienen por qué parecer raros puesto que el problema no radica en los sucesos de superficie sino en las propias bases tácitas o explícitas de razonamiento y elaboración. En efecto, la trasposición mecánica, caprichosa y arbitraria de los rasgos de un ciclo histórico que ya concluyó junto con sus protagonismos, nociones e instrumentos básicos, no puede dar lugar a otra cosa que a un desbarajuste irresoluble de aparentes contrasentidos como éste que nos ocupa. Se trata de los nuevos apóstoles del stalinismo contra los sobrevivientes, pero siempre girando en torno a la disputa del poder absoluto o de las parcelas y migajas que quedan libradas al juego político correspondiente a la orilla del camino. En definitiva, si hay algo que es ajeno a todo esto, eso es nada menos que el problema y el drama de la libertad y del socialismo; esos acertijos fundamentales que siempre espantaron (y espantan) al stalinismo y que el leninismo no supo resolver en el tramo histórico que le correspondió como suyo y que menos podrá hacerlo repitiéndose a sí mismo en los patéticos espasmos del extemporáneo revival del pragmatismo “socialista”. Sea como sea, los años setenta ya no volverán y no admiten segundas versiones: en este marco sólo podemos esperar y sufrir la estética decadente del culebrón venezolano14 y que éste nos muestre a todas luces sus radicales inconsecuencias y las flagrantes condiciones de imposibilidad de su pleno despliegue. ®

Notas

1 Los comentarios de Atilio Borón a las opiniones de Luis Hernández Navarro están contenidos en “El Foro de Caracas: la otra mirada”. Estas disquisiciones de Borón no deberían resultar extrañas a todos cuantos conozcan el papel de guardián del templo que éste se ha asignado frente a todo cuanto huela vagamente a novedad. Para comprobarlo, véase también “¿Posmarxismo? Crisis, recomposición o liquidación del marxismo en la obra de Ernesto Laclau”, en Tras el búho de Minerva. Mercado contra democracia en el capitalismo de fin de siglo, Buenos Aires-México: CLACSO y Fondo de Cultura Económica, 2000.

2 “Dos aldeas estonias proclaman el restablecimiento del Poder Soviético”.

3 Salvo honrosas excepciones —como es el caso de la desaparecida RSL/LSR, la LIT-CI, la FT-CI y algunos connotados intelectuales que se reivindican de esta tendencia— encontraremos con sorprendente frecuencia un grado extremo de cripto-stalinismo dentro de las diversas y numerosas microfracciones trotskistas; esta aparente incongruencia puede quedar aclarada si nos remitimos a la matriz del trotskismo: la teoría leninista. Poco importa, entonces, que en ocasiones los textos escritos por Lenin contradigan los hechos que generó; poco importa, por ejemplo, que Vladimir Ilich no hubiera teorizado realmente sobre el “partido único” sino el cuadro organizativo que resultó de su actuación. Siendo así, debe entenderse en este contexto por “teoría leninista” no al conjunto de sus trabajos escritos sino a la elaboración conceptual sedimentada con posterioridad a su muerte y justificada en los hechos históricos que protagonizó; un sedimento del cual, naturalmente, aquel conjunto forma parte, incluso con sus flagrantes contradicciones entre deseos y realidades, como aquellas suscitadas a raíz de la imposición de la Nueva Política Económica (NPE), ratificada por el propio León Trotsky en el X Congreso del Partido Comunista Ruso. Ése será para nosotros el “leninismo realmente existente” pero, desde luego, no es el tema que nos ocupa.

4 El Encuentro Conosur es un espacio de intercambio de organizaciones vinculadas a la lucha armada en el periodo anterior como el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT-Santucho) de Argentina o el Frente Patriótico Manuel Rodríguez de Chile y también de agrupaciones de formación más reciente como Fogoneros de Uruguay. Su constitución se remonta al primer encuentro realizado en Santiago de Chile en octubre de 2006.

5 Véase, por ejemplo, “1908, nace Enver Hoxha, líder de la revolución socialista albanesa”, y la reproducción del discurso de ruptura del partido de Hoxha con el kruschevismo.

6 Repárese en que esta definición está intentando situar al stalinismo fundamentalmente como una práctica política: la de Stalin, por supuesto, y también la de quienes luego se justificaron en él.

7 Raúl Calvo Trenado en “Sigamos asaltando Palacios de Invierno. 90 Aniversario de la Revolución Rusa”, disponible aquí. En otro orden de cosas, reconocemos que se nos puede objetar que muchas de las citas que realizaremos no se apoyan en autores demasiado creativos o relevantes, como es el caso del mencionado Raúl Calvo Trenado. Aunque esto es precisamente un hecho porque la pobreza teórica del revival tampoco permite contar con un bagaje de referencias que sea realmente significativo.

8 Tan es así que el artículo de Borón le pareció excesivamente tímido a autores como Malime, quien aboga, en su comentario “La otra mirada de Atilio A. Borón”, por una reedición en toda regla de la internacional comunista. Véase el artículo aquí.

9 La cita ha sido extraída del trabajo de Claudio Katz “Los problemas del autonomismo”, alojado en esta dirección. Este trabajo está fechado en mayo de 2005 y es por eso que en la enumeración de gobiernos que han puesto proa hacia una transformación “progresista” no se menciona a los de Evo Morales, Rafael Correa, Daniel Ortega, Fernando Lugo o la señora Kirchner ni al candidato Ollanta Humala, mientras que las menciones sí existentes a “los ex presidentes Lula, Kirchner y Tabaré” hoy día no las sostendría como ejemplo de sus dichos ni el propio Katz. El gobierno de Chávez, mientras tanto, es otro tema y de eso es precisamente de lo que estamos hablando.

10 Claudio Katz en “Centroizquierda, nacionalismo y socialismo”, ubicable en esta dirección.

11 Albert Escusa en “El linchamiento de Hugo Chávez: Heinz Dieterich, los presos políticos y la doble moral de la izquierda bienpensante”; disponible aquí.Somos conscientes de que, una vez más, no nos apoyamos en autores demasiado creativos o relevantes pero, como ya dijimos, la pobreza teórica del revival del pragmatismo “socialista” no nos ofrece mayores opciones.

12 Id. ib.

13 Íd. Ib.

14 Que bien podría intitularse “Muchas gracias amigo, usted lo merece, hermano”, como atinadamente nos sugiere Ingrid Storgen.

Publicado en: Junio 2011, Política y sociedad

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