EL RETORNO DEL JEDI

Millennium, de Stieg Larsson

Esta reseña y repaso del género negro comienza con una afirmación categórica: la trilogía Millennium del malogrado sueco Stieg Larsson es la obra maestra del género negro que logró despertar al siglo XXI al enfant terrible de los géneros narrativos, despreciado y temido a la vez por el establishment literario.

Para explicar por qué Larsson se reveló como el nuevo genio de la novela negra, veamos antes un par de cosas sobre el origen del género.

El origen de la novela negra: el Gran Hermano también es Pinocho

Stieg Larsson

La novela noir o género policiaco surgió en Europa y Estados Unidos al mismo tiempo que la burguesía —compuesta de banqueros, magnates industriales, inversionistas y especuladores— llegó a hacerse con el poder político, a fines del siglo XVIII y a todo lo largo del siglo XIX; un poder apuntalado por la indiscutible hegemonía del poder económico de esta nueva clase social y enmarcado conceptualmente en regímenes de democracia parlamentaria de representación popular con división de poderes.

La relación entre el género y el dominio del capitalismo, lejos de ser una coincidencia, se explica por la razón de ser de la novela negra: la denuncia. Denuncia social, al poner en evidencia la deshumanización creciente de los habitantes de las mega-ciudades,1 y denuncia política, pues el género no se ha limitado a formular narraciones donde hay policías e investigadores buenos y criminales malos. Todo lo contrario, la mejor novela negra contiene siempre la denuncia de un “orden social” donde el discurso democrático es el maquillaje cada vez más torpe de una realidad de intereses creados, grupos de poder a la sombra, corrupción estatal, poderosos sin escrúpulos y funcionarios vendidos.

El rebelde con causa de la literatura contemporánea

Desde sus inicios la novela negra ha sufrido el descrédito por parte de las plumas consagradas del modernismo, debido, sobre todo, a su estilo descarnado, brutal.2

Los autores del género (y autoras también) mostraban así no sólo una realidad llena de corrupción, mentiras y doble moral, sino que su obra exhibía el hecho de que la nueva estirpe de creadores literarios “realistas”3 llamaban la atención sobre un hecho ineludible: los “márgenes” sociales no eran una excepción a un orden existente, sino su expresión más acabada, y que la corrupción de los desposeídos era reflejo y producto del carácter inherentemente corrupto de una parte de la élite, si no es que de casi toda ella.

Desde sus inicios la novela negra ha sufrido el descrédito por parte de las plumas consagradas del modernismo, debido, sobre todo, a su estilo descarnado, brutal.

Hubo una época, liderada por los críticos franceses, en la que se admiró el verdadero fondo de la novela policiaca, presente en sus mejores representantes, verdaderos paladines de la justicia, que encontraban en la ficción el envoltorio perfecto para entregar a las masas una metáfora de la verdad. Los críticos literarios más capaces y honestos terminaron adorando al género negro por esa razón. Pero, al finalizar la II Guerra Mundial, se afianzó un nuevo orden mundial, una extensión de la configuración social denunciada por el género y, como ocurrió con casi toda expresión artística crítica, la novela negra fue absorbida por ese sistema, empaquetada y ofrecida para el consumo con la misma forma, pero con un fondo que contradecía sus raíces. Los héroes del género noir fueron devorados por sus viejos villanos.

Comparemos a la novela noir o policiaca con un individuo: sería un hombre de mediana edad, con un gran talento desde niño pero maltratado por su madre, abandonado por su padre y marginado por el orden social, de buen corazón pero con una aguda conciencia de su despojo, que de adulto se convertiría, si no en un delincuente, sí en un policía endurecido por el oficio, un investigador privado dolorido y cínico.4

El género, moribundo, lanzaba destellos de vez en vez con algunas piezas geniales, pero profundamente desencantadas. Los autores de las nuevas generaciones luchaban por ser más truculentos que sus predecesores y en ocasiones incurrían en la nota forzada o en un enfurruñamiento embotado, carente de visión social y de una crítica renovada, incisiva. El género negro se alejó, en su mayor parte, del gusto del gran público, sobre todo de los jóvenes y de las mujeres.

En cuanto a estas últimas, era de esperar. Los acontecimientos casi siempre se presentaban desde un punto de vista masculino: los inolvidables estereotipos de la mujer fatal, el investigador solitario cual lobo estepario, ambientes donde las mujeres interesantes para el relato casi siempre son prostitutas o traidoras que usan su encanto como arma mortal. El auge del feminismo y de la nueva masculinidad que empezó a imperar entre las clases medias ya no toleraba el lastre machista que arrastraba el género negro.

Y es en este punto, en el inicio de cuesta del siglo 21, que aparece Larsson.

El genio detrás del anaquel de best-sellers: ¡es la vida, stupid!

Se ha escrito mucho sobre los méritos del periodista sueco, desde los fans que lloran su pérdida y se preguntan qué van a leer ahora, hasta los escritores más reputados que le rinden tributo y le asignan sitio entre los grandes. Aun así, creo que no acaba de reconocerse del todo su importancia.

Un ejemplo. En un artículo aparecido en el diario español El País, Mario Vargas Llosa inclina la frente ante la obra y le rinde el mayor de los homenajes. Y, sin embargo, dice al pasar que la novela “no está bien escrita” (para evitar refutaciones posteriores, se previene culpando a la traducción española, por su abuso de “la jerga madrileña”) y la acusa de una “estructura defectuosa”. Aunque luego afirma que las “deficiencias técnicas” no importan, y hace verdadera justicia al comparar a sus protagonistas con el Quijote, el peruano no puede evitar cierto tono condescendiente, como si la proeza de la ficción de Larsson fuese sólo eso, hábil ficción: “donde los jueces prevarican, los psiquiatras torturan, los policías y espías delinquen, los políticos mienten, los empresarios estafan, y tanto las instituciones y el establishment en general parecen presa de una pandemia de corrupción de proporciones priistas o fujimoristas”.

Mario Vargas Llosa inclina la frente ante la obra y le rinde el mayor de los homenajes. Y, sin embargo, dice al pasar que la novela “no está bien escrita”.

No hay tal exageración. Larsson, experto lector de novela negra y periodista valiente, se inscribe en la mejor tradición de denuncia del género, y nos alerta, con vehemencia y furia, no sólo de los prejuicios y las injusticias que obligan a miles de seres a la marginación y el desprecio, sino a las fuerzas que destruyen el sistema democrático y de bienestar desde dentro y desde arriba, con todos los detalles de verosimilitud que le dieron veinte años de ejercicio del oficio periodístico de investigación. Pues Larsson no fue un periodista cualquiera, sino uno de los de lanza y astillero, de los que se juegan la vida para rasgar el velo hipócrita con que se cubre el mal ejercicio del poder en todos los niveles, quien decidió llevar una vida de sacrificio al extremo de nunca formalizar la relación con su compañera para protegerla de las represalias… todo con tal de abrirnos los ojos.

Y a la valentía la acompañan la sencillez, la fuerza decisiva, el sempiterno sentido del humor y una mirada cariñosa. Conforme leemos percibimos un uso cuidadoso y sutil de palabras, escenas, situaciones, personajes e ideas que nos van llevando de la mano con un ritmo preciso y eficaz, sobre una estructura planeada con habilidad de cirujano.

Se ha hablado mucho de la fuerza y originalidad de sus personajes femeninos, en especial de su protagonista, Lisbeth Salander. Todo lo que se ha dicho es verdad y aún más, pues Stieg Larsson es uno de los escritores más rabiosamente feministas de la historia de la literatura y esto lo digo con el mayor placer. La especie humana parió por fin un hombre capaz de concebir y relacionarse con mujeres geniales, mujeres guerreras, mujeres plenas que disfrutan de la vida sin rendirse jamás. Un hombre con una virilidad que no tiene que reafirmarse consiguiendo cierta superioridad frente a sus compañeras, sino que en la superioridad de ellas obtiene verdadero deleite. Larsson es, contrario a los villanos que pueblan sus libros y este planeta, un hombre que verdaderamente ama a las mujeres y que, por tanto, ama la vida y ama este mundo.

La palabra secreta del día: dignidad

Las relaciones de género concebidas con semejante filosofía nutren el ser del lector tanto como los ejemplos de trato honroso que nuestro sueco feliz nos da a lo largo de su trilogía; en especial, a través de las actitudes ante los jefes de todos los personajes que hacen bien su trabajo. Larsson es un creyente sincero de la democracia y el Estado de derecho y, como tal, en todo momento nos brinda una lección de dignidad. Como la actitud orgullosa, desafiante, del hijo de obrero vuelto periodista frente al millonario y la humildad de éste ante un ser humano igual a él; el primero de muchos ejemplos de cómo hay que vivir. La fuerza de su convicción es conmovedora y, como muchos lo han dicho, reconfortante.

El mérito más grande de Stieg Larsson consiste en haber trazado claramente, para esta época, las coordenadas de la lucha entre el bien y el mal.

Esta es, y no ninguna otra, la única superioridad del pueblo sueco, metáfora de todos los pueblos y de todos los individuos que han sabido defenderse de sus élites y luchar activamente por sus derechos. Pero no podemos dejarnos engañar por fuerzas globales avasalladoras, y tampoco debemos ignorar prejuicios ancestrales que nos minan desde dentro. No en vano Larsson nos recuerda que, en Suecia, alguien, adentro y desde lo más alto, asesinó a Olof Palme. Tampoco olvidemos que, en el mismo instante en que yo escribo esta reseña y tú me lees, el gobierno de Suecia ha enjuiciado a Julian Assange, el fundador de WikiLeaks, por una mentira tan torpe como el acoso sexual. ¡Es posible, Assange, que hayas creído que Suecia era un buen refugio para tu guerra declarada contra el Pentágono y la CIA! ¡Tenías que haber leído primero a Stieg Larsson para no subestimar a tus enemigos!

No hay peor trampa para nuestros pueblos latinoamericanos, adoctrinados desde la conquista en imitar y obedecer, que suponer que somos inferiores porque otros son intrínsecamente superiores. Y no hay peor trampa para los ciudadanos de tales países que creerse a pies juntillas semejantes discursos. Es frente a estos peligros mortales que Larsson enarbola el estandarte de guerra y de paso echa en tierra la noción imperante de que la violencia siempre es censurable. El sueco nos recuerda que nunca lo es por parte de una víctima y en su propia defensa.

Pues el mérito más grande de Stieg Larsson consiste en haber trazado claramente, para esta época, las coordenadas de la lucha entre el bien y el mal. Desde la reformulación de las relaciones entre hombres y mujeres, pasando por las de empleados y patrones, hasta los lazos de exigencia mutua entre gobiernos y gobernados.

Amor, no nos abandones

¿Se percibe en mis palabras que estoy enamorada perdidamente de Stieg? Confieso que sí. Sigue asombrándome su habilidad para diseñar un protagonista mujeriego al que sea imposible odiar, por mucho que una lo intente, como hace desesperadamente la misma Salander. ¿Algún “defecto literario”? Pues sí. Su sedentarismo y sus enfermizos hábitos alimenticios y de consumo de tabaco, culpables de la muerte temprana del escritor y trasvasados en la vida cotidiana de sus protagonistas centrales, Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist. (Al saber que su cuarto volumen tenía por tema nada más y nada menos que las muertas de Juárez) llegué a dudar de la autenticidad de su infarto. Pero luego reflexioné que no hacía falta acudir a teorías conspiracionistas para admitir que cantidades obscenas de tabaco, café y comida chatarra acaban con cualquiera no bien cumplida la cincuentena).

En la “jerga madrileña de la traducción”, como diría Vargas Llosa, Lisbeth se defiende mentalmente de su único amor con la frase “Kalle Blomkvist de los cojones”. He concluido que la traducción mexicana diría “pinche Blomkvist pendejo” (sumo dos insultos para igualar la longitud de la frase).

En mi interior, no puedo evitar parafrasear a nuestra genio matemática: Pinche Larsson pendejo —digo con cariño y coraje por ese tipo tan magnífico—, ¿por qué tenías que morirte tan pronto? ®

Notas
1 Deshumanización provocada por un descenso brutal en la calidad de vida debida, primero, a la depredación descontrolada de la naturaleza y la contaminación masiva por parte de la nueva actividad industrial y, segundo, a la pérdida de vigencia de antiguos oficios y saberes artesanales y campesinos, desplazados por las máquinas y los nuevos centros de producción, y que obligó a miles de desplazados sin lugar en el nuevo diseño social, a la miseria, el hacinamiento y el crimen.
2 Desde la ausencia de un estilo elegante que le diera un mayor peso al aspecto formal, como en el caso de las grandes obras del modernismo literario europeo y americano; hasta el abandono de los cánones de belleza, tanto de lenguaje como de ideas, pues la novela negra es todo menos recatada: insiste en mostrar los aspectos más sórdidos de las sociedades contemporáneas y en describir con pelos y señales los espeluznantes crímenes de poder y de alcoba de magnates, altos funcionarios y hampones.
3 Los nuevos “realistas” (que toman la realidad que les rodea como el alimento y modelo de su ficción) causaron estupor, pues ya no se extasiaban con el paisaje ni componían extensos libros de viajes o de inspección psicológica al interior de grupos sociales estables, como había venido ocurriendo en los primeros siglos de la modernidad (XVII, XVIII y primera mitad del XIX). Si la denuncia de la novela noir hubiese estado acompañada de una afirmación resuelta de los viejos valores el género habría sido perdonado más fácilmente. Pero lo que lo convirtió en género pulp, esto es, en ficción “fácil de digerir”, pensado para las clases populares que sólo podían leer publicaciones periódicas baratas, fue su estilo sin adornos, funcional, que se tradujo fácilmente al ritmo trepidante de los filmes noir y cinéma verité para sumir al lector en una vorágine de crímenes sin resolver y sospechosos múltiples, y que hacía gala de un lenguaje crudo, violento, cargado de ironía y a veces hasta de cinismo.
4 Una de las muertes de la novela negra consistió en que, al iniciar la Guerra Fría, este hombre (muy rara vez era una mujer) involucionaría en un espía dispuesto a hacer el mal menor por evitar al mayor, como el triunfo de los “malditos comunistas” o de “esos chinos”, hasta la forma actual hollywoodense y de imprenta masiva de un agente gubernamental consciente de proteger el orden mundial, por injusto que éste sea para los pobres, los indígenas, las mujeres, los pueblos enteros del “tercer mundo” y los marginados de toda índole.
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Publicado en: Ensayo, Septiembre 2010


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  • JRC

    Sería interesante comfrontar los resultados de su vida con sus propuestas éticas, pareciera como si los hechos postmortem fuesen a contra corriente de sus propios deseos: su pareja fue despojada de los bienes resultantes del autor, por su padre y un hermano con los que no se hablaba desde hacía años.