El rostro de un gran simulador

Augusto Roa Bastos, 1917–2005

Muy atrás había quedado el brioso escritor que, debido a la censura ideológica y a la persecución política en su país se había visto forzado a exiliarse en 1947. Y el estigma, y acaso también la afrenta, no lo abandonarían hasta el día de su muerte.

El escritor paraguayo Augusto Roa Bastos con Fidel Castro, 2003.

Augusto Roa Bastos (1917–2005) dijo que escribía, entre otras muchas cosas, porque creía firmemente que “la literatura es un excelente disfraz para encubrirse el rostro”. Para el escritor paraguayo la literatura era una máscara. En términos narrativos, adoraba la multiplicidad que podía conferir un embozo. Una y otra vez dijo sentir una irrefrenable fascinación por las distintas —y muchas veces contradictorias— fisonomías que pueden conformar a un hombre. Y justo por eso repudiaba con toda su alma a los personajes unívocos: “Me dan asco”, dice en la Vigilia del Almirante. En uno de sus cuentos más fascinantes, “Encuentro con el traidor”, el autor revela todo el repudio que experimenta frente a los hombres típicos: “Hay una determinada clase de hombres que tienen muchas caras, caras por todos lados, adelante y atrás, caras de una inalterable identidad hasta en la más mínima mueca, hombres que son inconfundibles por más que hagan para pasar inadvertidos”.

Y es que, en ese momento, él quería, como muchos de sus personajes, pasar inadvertido. El paraguayo era un hombre reservado, casi tirando a huraño. Y, como todo arisco, decía recelar de la palabra. En varias oportunidades la señaló como una de las más grandes calamidades de la humanidad. En “Contar un cuento”, a través de un personaje gordinflón que rara vez se permite ofrecer gestos de sentimentalismo, el autor nos vuelve a descubrir su predilección por el silencio y su irreprimible aberración por la palabrería: “¿Saben lo que pasa? Se habla demasiado. El mundo está envenenado por las palabras. Son la fuente de mayor parte de nuestros actos fallidos, de nuestros reflejos, de nuestras frustraciones. La palabra es la gran trampa”. Y no es la única vez que la increpa. Prácticamente toda su obra está sembrada de expresiones donde dice “odiar”, cuando no “abominar”, a la palabra. Lo curioso es que jamás dejó de escribir a borbotones. En Hijo de Hombre, donde aparece un Cristo que “habla por su boca de madera”, comparece un personaje tímido, balbuciente, a quien hasta “los suspiros le rompen la garganta”. Una de las principales características de este personaje es que “se agazapa todo el tiempo en un mutismo huraño” porque considera que “sus silencios hablan tanto como sus palabras”. Pero Roa no es nada original en este punto. Aquí únicamente se dedica a seguir lo propuesto por Séneca —“lo que has de decir, antes de decirlo a otro, dítelo a ti mismo”—, un autor a quien, junto con Dante, Cervantes y Goethe, Roa asegura admirar y “leer con enorme fruición”.

A pesar de la supuesta animadversión que dice sentir por la palabra, la obra de Roa Bastos no sólo es abundante, sino que despliega un barroquismo incontinente. Aparte de sus dos volúmenes de cuentos El baldío y El trueno entre las hojas, en su biografía no consta ni una sola novela breve. Y Yo el supremo es, con mucho, la más copiosa de todas, y también la más arriesgada.

Desde su aparición, en 1974, muchos quisieron ver en este libro un trabajo de acusados tintes históricos y políticos. Y lo es, sin duda. Pero Roa Bastos, que en un principio había aceptado de buena gana estas conjeturas críticas, tiempo después declara que se “opone a que su trabajo sea encorsetado en la narrativa que aborda el caudillismo”.

Roa Bastos, además de ironizar y mostrar un frenético despliegue de equilibrismo verbal, también quería acusar a las dictaduras, aunque él mismo asegurara lo contrario. No todo el montaje de su narrativa está concentrado en lograr un buen estilo.

Si leemos bajo la perspectiva que propone el propio autor descubriremos que, efectivamente, en esta novela le interesa menos denunciar que ironizar. También notaremos que su apuesta, además del sarcasmo arrollador que despliega en todo el libro, es altamente enunciativa. Se trata de una obra maestra de barroquísimas proporciones. Su repertorio de frases hiperbólicas y su cascada de críticas aviesas es como idéntica a la talla del protagonista: ciclópea. Con una exuberancia que empata —y quizá supera a la de Lezama Lima— va tejiendo un pequeño desagravio, con una diatriba por aquí y una insidia por allá, removiendo el sepulcro del dictador que, instaurando un gobierno único, se hizo llamar así mismo “Gobernante Supremo”. A Roa le interesa, sobre todo, quebrantar los viejos esquemas narrativos. Mucho le debe Palinuro de México, de Fernando del Paso —publicada tres años después, en 1977— a la osada factura verbal y lingüística que, con antelación, practicó el paraguayo. Casi podríamos decir que El Supremo —personaje inspirado en Gaspar Rodríguez Francia— es apenas un pretexto para que el escritor nos convide, en poco más de 450 páginas, un festín de prosa lírica. Lirismo narrativo, por un lado, y por otro: visceralidad. El estilo en que narra es como si su pluma no estuviera cargada con tinta sino con brazas. Aquella narrativa latinoamericana —previa al delirante protagonismo mercantil del boom— está encabezada por José María Arguedas, Miguel Ángel Asturias, Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti y, claro, Roa Bastos. Todos autores que escriben con las entrañas, con las vísceras: “Escritores de las tripas comunicantes”, los llama el crítico y poeta Rubén Bareiro Saguier.

Pero no nos engañemos: Roa Bastos, además de ironizar y mostrar un frenético despliegue de equilibrismo verbal, también quería acusar a las dictaduras, aunque él mismo asegurara lo contrario. No todo el montaje de su narrativa está concentrado en lograr un buen estilo. En la página 85, en la Circular perpetua que hace girar El Supremo, podemos leer: “el pantragruélico imperio de voracidad insaciable sueña con tragarse al Paraguay igual que un manso cordero. Se tragará un día al Continente entero si se lo descuida”. Y no sólo es una frase aislada. Prácticamente toda su obra está sembrada de frases críticas y satíricas en contra de la opresión y los absolutismos. Sus comentaristas no se equivocan cuando subrayan la importancia historiográfica de tres de sus novelas: Hijo de hombre, Yo el Supremo y El fiscal. La tienen. Y mucha. Y Roa lo sabía. Tanto que, en 1990, en el discurso del Premio Cervantes, reconoce que su literatura está preocupada por que exista solidaridad y equilibrio “en nuestra América” y celebra “el derrocamiento… de la más larga y oprobiosa dictadura que registra la cronología de los regímenes de fuerza en suelo suramericano”. Se refería, por supuesto, a la reciente caída del nocivo Alfredo Stroessner, quien ejerció una dictadura de 35 años en Paraguay.

García Márquez y Roa Bastos, en 1989.

Tres años después de recibir el premio en Alcalá de Henares, Roa insiste en que no lo metan en el mismo saco que a Sarmiento ni Carpentier: “No quise escribir una obra sobre dictadores, sino una trilogía sobre el monoteísmo en el poder”. Y más adelante, en la novela El fiscal, enfatiza: “Sólo el espacio imaginario del no–lugar y del no–tiempo permite bucear en los enigmas del universo humano de todo tiempo y lugar”. ¿Qué le ocurrió a Roa? ¿Por qué se negaba a figurar como uno de los precursores del género? Quizá no deseaba terminar sus últimos años como un escritor al margen, herido y vociferante. Y tal vez por eso recibió de muy buena gana todos los premios y honores que le dispensaron alrededor del mundo. Incluso receptó los más afrentosos. En 2003, por ejemplo, Roa aceptó en Cuba de manos del mismísimo Fidel Castro la Medalla José Martí. El desengaño de quienes, hasta ése momento, lo habían admirado fue enorme. Roa no sólo aceptó la distinción, sino que, en un arrebato de absoluta incongruencia —“la senilidad estúpida de un gran escritor” la llamaron por ahí en la prensa paraguaya— resaltó la “dimensión histórica”. Completamente fuera de sí —y ante el estupor de sus viejos admiradores, que veían en el autor de Yo el Supremo a uno de los críticos más acerbos de las dictaduras— Roa realizó declaraciones penosísimas: “El deber de todo ciudadano honrado del mundo es estar al lado de la revolución cubana”, afirmó. Y no sólo fue esto. A los dirigentes cubanos también los encomió: “Son lo que nos hace falta en América Latina”. Y de Castro, con un desparpajo que rozaba el desequilibrio, dijo: “Es un ejemplo de coherencia revolucionaria”. En ese momento pocos comprendieron la desmesurada y estólida ponderación del escritor que un día había manifestado: “El Supremo Dictador, en su cripta, con el amargo sabor de lo absoluto fermentado en la boca, dice a modo de despedida: Detrás de mí vendrá el que pueda”. Pero no era muy difícil entenderlo: Roa, enfermo del corazón, necesitaba un tratamiento médico que Castro le ofreció. Así de simples, así de anodinas habían sido sus razones.

Lo cierto es que atrás, muy atrás, había quedado el brioso escritor que, debido a la censura ideológica y a la persecución política en su país se había visto forzado a exiliarse en 1947 por causa de las dictaduras militares de Higinio Morínigo (1940–1948) y Alfredo Stroessner (1954–1989). Y el estigma, y acaso también la afrenta, no lo abandonarían hasta el día de su muerte.

En la página 11 de Madame Sui, su novela póstuma que publicaron sus herederos, Roa volvió sobre el asunto para intentar zanjarlo de una vez por todas: “Nunca he experimentado excesiva afición hacia la novela política, ese género espurio de la historiografía, a medio camino entre la falta de imaginación y el exceso de ambiciones facciosas de poder”. Pero —tal como le ocurrió a su emblemático personaje, El Supremo— “su póstumo deseo no se cumplió. Y tampoco fue oído su clamor”. A cien años de su natalicio podemos ver que la máscara de la literatura no le fue suficiente a Augusto Roa Bastos —con todo uno de los autores más importantes de la literatura hispanoamericana— para encubrir el rostro de un gran simulador. ®

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Publicado en: Ensayo


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