El Santo Patrón de las Tempestades

Desde Montevideo, tierra de Isidore Ducasse, conde de Lautréamont

A menudo es preferible una falsa alegría a una tristeza cuya causa es verdadera, escribió Descartes. Es un vicio, expresó alguna vez Flaubert.

© Martin Klimas

Me cansa mucho la tristeza, más todavía en ciertas coyunturas que parecen no dar tregua. Como me vino pasando en los últimos días, que de una marea amniótica pasé a una marea turbia para desembocar en una súbita e inesperada tempestad. Montevideo es una tierra de temporales caprichosos, de esos vientos polares que inspiraron al mismísimo Lautréamont, y que decretan su entrada en escena sin que medie la menor transición argumental con el resto del clima de la ciudad. Y yo, yo no sé cómo hago, pero siempre consigo que Dios me preste sus efectos especiales para acompasar mis ánimos. Efecto sensorround, Dolby, 3D. Creo que con los años he logrado ciertas influencias en el reino de los cielos (también en los infiernos, pero eso en realidad no viene al caso ahora). “Siempre que llovió paró…”, me dijo mi amiga Vesna por SMS, sospechándolo todo y aprovechando la meteorología bipolar de este país para camuflar su consuelo.
¡Tantas cosas que agotan, que me agotan! Tironear de las cuerdas, tratar de que las velas no se vayan volando, mantener el rumbo pese al zangoloteo de las olas enormes, resbalarse una y otra vez tratando de alcanzar el timón. Sí, da miedo escuchar todos esos truenos retumbando y no poder acordarse completa la oración al ángel de la guarda. Pero lo que más cansa, en verdad, es esa cruz de tener que ‒a la vez— ser marinero, ser barco y ser también tormenta. Qué fácil sería poder echarle la culpa a semejantes lluvias y considerarlas las enemigas a vencer, las maldiciones del afuera.

En cambio, cuando ella está triste, es como un vendaval del cual uno no puede protegerse con un paraguas.

Mi padre siempre cuenta que, cuando novios, salía con mi mamá a comer y ella a menudo se echaba a llorar en público. Él se ponía nerviosísimo; no sabía qué hacer y sentía todas las miradas de la gente sobre sí, reprobándolo. Como es diez años mayor y ella era tan jovencita, en la mente de mi padre, trajeado y formal, sonaba lo que seguramente estarían pensando los otros concurrentes: “Mira nomás al condenado éste… de seguro que hasta casado es y apenas ahora se lo dice a la pobre chamaca, por eso chilla!” Las lágrimas femeninas son tramposas socialmente, lo sé. Mi madre seguro que también lo sabía, así que mi atribulado futuro progenitor pagaba por su torpeza frente a las emociones; en el fondo, se creería un villano. No me conocía a mí; lo de ella era apenas el tímido goteo de una manguera de balneario mal cerrada.

Pero ella secuestra al resto del mundo con su tristeza, le pone un cerrojo ajustado y nadie más puede salir, clausura las salidas, derriba las puertas y no se puede pasar.

Me cansa mucho la tristeza, más todavía en ciertas coyunturas que parecen no dar tregua. Como me vino pasando en los últimos días, que de una marea amniótica pasé a una marea turbia para desembocar en una súbita e inesperada tempestad.

No puedo menos que agradecerle a quienes se han ocupado de reflejarme en formatos varios mis tempestades: no hay nada más doloroso que sentir semejantes fuerzas internas capaces de destruir y destruirnos, y que de afuera nos miren como si, con un poco de voluntad, bien hubiéramos podido pasar la tarde remontando cometas o soplando rehiletes de colores en el parque. Esos colegas de caminata que, cuando la negra ola se empieza a alzar una vez más por el horizonte, se han animado a sostenerle la mirada y a quedarse, así sea para devolverme un texto con matices tormentosos o un tranquilizador memento entre sus propias prisas. Tales gestos se cristalizan, se vuelven presencias internas. Porque me son la huella de que alguien entiende o entendió alguna vez el pathos de mis inundaciones, de mis mástiles desesperados en altamar, de esos recurrentes temporales que rugen y hasta rompen las claraboyas, simbólicas y materiales, pero que —en tanto quede vida— siempre se terminan, pasan. “Todo se pasa”, decía Santa Teresa de Ávila, patrona de los escritores. Poseidón, en cambio, es el santo patrón de los escritores que no escriben.

Es terrible que los dolorosos vendavales propios lastimen a quienes amamos. Uno se siente indigno de ese amor, de esos amores. Yo sólo trato de nadar hasta la otra orilla, como el pobre Leandro buscando la luz del faro. No logro hacer mucho más que eso ni nada menos egoísta. Qué maravilla sería disponer de acceso a alguna torre lejana, de durísima piedra, para cobijarse hasta que pase y minimizar los daños. Sobre esto, a menudo me pregunto qué explicación darán los hombres lobo luego de sucumbir a la amarga tentación de la luna llena y volver en sí rodeados de cadáveres. Pero por suerte, los hombres lobo no existen.

Uno puede ver en sus ojos las raíces de los árboles a la intemperie, arrancados para siempre por la tormenta.

La mayor paradoja y misterio es que, a pesar de las ocasionales y espectaculares zozobras, soy sin duda una estupenda capitana de barcos. Quizás por eso mismo: porque el mar embravecido me habla al oído, enamorado, y las sirenas toman el té conmigo entre las rocas, y los tritones me dedican canciones submarinas para arrullar mis sueños en el momento en que por fin logro soltar mis inútiles riendas y caigo, agotada del todo. Soy como el centauro Quirón: puedo curar la herida ajena porque bien sé lo que es estar herido.
También es verdad que, cuando termina la posesión eólica y la inundación descontrolada soy una de esas personas que se entienden en silencio con el sol y con la luz, con los frutos, y que van sembrando por pura generosidad y hasta iluminando, si sonríen. Las polaridades de Deméter y Perséfone, para empezar.
El lunes de mañana íbamos caminando con Astor rumbo a la escuela y le saqué el tema: “No tienes que preocuparte cuando me ves triste. Yo soy así. Nadie tiene la culpa. Siento como de golpe un gran dolor adentro mío y necesito llorar. Como a ti, con la piel tan blanquita, que te lastima el sol y tienes que usar filtro y te salen pecas, pero a tu amigo Pedrito, que es moreno, aunque esté bajo este mismísimo sol no le sucede nada”. Él asintió, tranquilo. Quién sabe si entendió algo o si quiso simplemente contentarme desde su incondicional amor de niño. Y con la vana esperanza de que aprendiera en una frase lo que a mí me llevó, me seguirá llevando, toda una larguísima vida, terminé nuestra conversación entonces: “Todos somos diferentes y yo, para bien o para mal, soy así”.

Al día siguiente me llegó la noticia de que una amiga del alma, María Tarriba, había muerto inesperadamente en Mazatlán. Tan lejos, tan cerca de las súbitas tempestades de Montevideo. ®

[Las citas en itálica corresponden al texto Tristes comparaciones que hace unos años me dedicó Vesna Kostelich en su blog, Crónicas de la cebolla.]

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Publicado en: Abril 2011, El otro monte


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  • Gabriela,
    está precioso me gustó mucho. Gran tema para tratar!

    También es verdad que, cuando termina la posesión eólica y la inundación descontrolada soy una de esas personas que se entienden en silencio con el sol y con la luz, con los frutos, y que van sembrando por pura generosidad y hasta iluminando, si sonríen. Las polaridades de Deméter y Perséfone, para empezar

  • Saludos Gabriela, y sí, la tristeza puede ser profunda.