El secuestro de la garota

y otros cuentos

Pese a mi condición de estudiante, aguardaba el final de aquel verano como agua de mayo, en parte por dejar atrás los rigores del estío a orillas del Ebro, que ese agosto se hicieron particularmente insoportables, y en parte porque llegara Fabiana, la estudiante brasileña de la que sería mentor al inicio del curso próximo.

Escuela-de-manejo

El examinador

Trinitario parece muy confiado antes del examen, y tú, que has padecido al personaje durante doce interminables clases prácticas, no entiendes muy bien el porqué. Te perturba su presencia e intentas aislarte pensando en el primer viaje a los Pirineos que harás tan pronto como te entreguen el carnet. Lo intentas, pero Trinitario no te deja: “¿Qué tal lo llevas, co?, ¿por dónde crees que nos van a llevar, co?, ¿estás nervioso, co? Te irrita el abuso de esa suerte de “question tag” maña, popularizada de un tiempo a esta parte en detrimento del tan aragonés “chico”, y procuras mantener la compostura, contestando a todas sus preguntas en riguroso orden y con educación: “Lo llevo colgando, como siempre”, “no tengo ni puta idea de por dónde nos van a llevar”, “estaba tranquilo hasta que has llegado tú”. “¡Oye co, no hace falta que te pongas así!”, brama Trinitario irguiéndose como un pavo real.
Por fortuna no tienes tiempo de contestarle. El Examinador se planta ante vosotros y os pega un susto de muerte. Es manco, mide cerca de dos metros, se abriga con una chupa de cuero y protege sus ojos con unas gafas de sol, pese a que el cielo está encapotado desde hace un par de días. Tras identificarse, realiza un ademán con la mano izquierda que interpretáis como una invitación para subir al coche. Se hace un silencio en el interior del vehículo que el Examinador rompe tras unos interminables segundos:
“Puede usted iniciar la marcha”.
Ni a la profesora de la autoescuela ni a ti, que durante las clases de preparación habéis bautizado al proyecto de conductor como Trinitario Lauda, os sorprende que el destartalado Peugeot 205 se mueva como una de esas locomotoras a vapor de principios del siglo pasado a las que daba tiempo de subir en marcha. Es al cabo de doscientos metros, tras meter la segunda velocidad, cuando os dais cuenta de que algo no va bien. El coche sigue avanzando a trompicones, como esa tos en el pecho que no termina de romper, y los ojos de la profesora están a punto de salirse de sus órbitas, como si hubiera respirado accidentalmente en la atmósfera de Urano. El Examinador, sin descomponer el rictus, sentencia: “Cuando lo desee puede usted retirar el freno de mano”.
Trinitario no sabe dónde meterse. Se revuelve nervioso en el asiento y sólo acierta a decir una boutade que a tu juicio no mejora su situación: “No, si es que como está ya algo viejo, le dejo que caliente un ratico y ya después suelto el freno”. Os adentráis en la carretera del aeropuerto, y Trinitario, con la clara determinación de no cometer ningún error más, fija la velocidad de crucero en cuarenta kilómetros por hora, en una vía donde el límite es noventa y raro es el conductor que no se pone a más de cien. Os comienzan a adelantar coches que al ponerse a vuestra altura crean una bolsa de aire que al sobrepasaros convierte el interior del vehículo en una coctelera. Es al quinto adelantamiento cuando el Examinador, impertérrito, se dirige nuevamente al aspirante: “Creo que por aquí podría usted desarrollar un poco más de velocidad”.
Dicho y hecho. Trinitario pisa con rasmia el acelerador y comienza a introducir las marchas sin solución de continuidad, hasta no saber los ocupantes si os encontráis en el utilitario de la autoescuela o en esas atracciones de feria donde te fustigan las cervicales al son de “en el coche de Papá”. Te agarras con fuerza a la sujeción lateral mientras el Examinador le indica al aspirante, con la cadencia de un “tomtom”, que en 300 metros tome la primera salida a la derecha. Éste, lejos de aminorar la marcha, continúa a buen ritmo. Se ha venido arriba y sólo le falta bajar la ventanilla, apoyar ahí el brazo izquierdo y conducir con una mano sobre el volante y un palillo en la boca. Cuando la salida se os echa literalmente encima Trinitario pisa el freno, se come la continua, toma la curva de un volantazo y, al ver el semáforo en rojo que cada vez tenéis más cerca, levanta la palanca del freno de mano para terminar dejándoos virados en mitad del paso de cebra.
Un par de transeúntes os miran acongojados sin atreverse a cruzar. El Examinador, sin atisbo de inquietud en la voz, le pide a Trinitario que tan pronto como se ponga en verde el semáforo, intente corregir la marcha del vehículo y estacionarlo a la derecha, cediéndote el asiento del conductor. Cuando bajas del coche aún te tiemblan las piernas. Te cruzas con Trinitario, quien, con cara de asombro, sólo acierta a decir: “¿Pero qué he hecho mal, co?”

Piratas del Caribe

Cuando Lucho decidió embarcarse en la aventura de comprar un bar-restaurante en la isla de Virgen Gorda seguramente imaginó que las cosas serían de otra manera. Un marco idílico para una jubilación dorada, huyendo de una vida de estrés y de los rigores del invierno porteño. Pero lo cierto es que en esta parte del Caribe, antiguo refugio de corsarios de toda ralea, sigue ondeando la bandera pirata, y al igual que padecieran los antiguos galeones españoles que se aventuraban a surcar estas inhóspitas aguas cargados de tesoros, a mi amigo argentino, aunque suene a paradoja dada su nacionalidad, lo están despellejando vivo.

Le roba el antiguo dueño, un australiano adicto a la farlopa que exigió como condición para el traspaso del negocio su permanencia como encargado seis meses más. El desfalco asciende a unos 400 dólares al día, que desaparecen de la caja por arte de birlibirloque y que se sospecha que el australiano oculta en su nariz. Le roban sus empleados, moradores de esta isla y de otras de los alrededores, que de cuatro bebidas cobran dos, y se van todos los días cenados y con bolsas de comida para toda la familia.

Le roba el antiguo dueño, un australiano adicto a la farlopa que exigió como condición para el traspaso del negocio su permanencia como encargado seis meses más. El desfalco asciende a unos 400 dólares al día, que desaparecen de la caja por arte de birlibirloque y que se sospecha que el australiano oculta en su nariz. Le roban sus empleados, moradores de esta isla y de otras de los alrededores, que de cuatro bebidas cobran dos, y se van todos los días cenados y con bolsas de comida para toda la familia. Y le roba su exmujer, que vino una semana para visitar al hijo que tienen en común y un mes después el regreso a su Vancouver natal sigue siendo toda una incógnita. No quiero darle a Lucho más quebraderos de cabeza, pero su ex me confesó hace un par de días, mientras pedía un nuevo gin-tonic con cargo a la cuenta de su otrora marido, que se había hecho socia del gimnasio local. Vamos, que está aquí para quedarse.
Mi amigo dice que no quiere liarse a trompadas nada más aterrizar y sin que esté totalmente formalizado el traspaso con el antiguo propietario. Me cuenta, además, que en esta isla todos se conocen o están medio emparentados, por lo que meterse con algún miembro de la comunidad local es sinónimo de problemas. “No, dejate de joder, si por mi fuera echaba a la mitad de los camareros a los tiburones, pero no puedo, boludo. Me arriesgo a que uno de estos vagos de mierda sea sobrino del primer ministro y me corten las bolas. Hasta que me den el permiso de laburo y residencia me toca ser buena onda con esta banda de inadaptados”.
Lucho intenta ser agradable con todo el mundo, pero el personal sigue poniendo a prueba su aguante. Ayer por la noche, la cocinera, una jamaicana con un culo que parece un aparador, abandonaba a duras penas el restaurante, arrastrando una enorme bolsa de plástico por la que asomaban unas patas de langosta. Lucho, con los ojos como platos y con todo el tacto del que fue capaz dadas las circunstancias, le preguntó: “Cariño, que llevás en esa bolsa tan pesada, necesitás ashuda?” A lo que la cocinera, con muy malas pulgas le contestó: “No, no necesito ayuda. Llevo unos restos para hacer una sopa en casa. Y además la bolsa no pesa tanto”. Mientras ella introducía el botín en su 4×4, marcando los tres tiempos como hacen los atletas de halterofilia, Lucho, con cara de pasmo, no pudo por más que contestar: “Seguro que esa sopa va a saber de maravisha; guardanos un poco, gorda!”
La cocinera se marchó haciendo sonar el claxon y saludando con la otra mano a los tendidos, con un recochineo que, a mí me pareció, rozaba la crueldad. Lucho, aún en estado catatónico, se acercó a la barra, y tras pedir un ron cola bien cargado sacó su vena argentina y se desahogó conmigo: “¡La reputa madre que la parió, la concha de su hermana. Me está robando y la pelotuda aún me dice que es para hacer una sopa. La próxima vez le voy a meter una langosta viva por el orto! ¿Pero es que todo el mundo se ha propuesto romperme las pelotas en esta isla de mierda?”
Intenté tranquilizar a Lucho, pero fue en vano. Al momento llegó su hijo, que cursa el bachiller en la isla, para decirle, con cara de pocos amigos, que la mamá estaba en casa retozando con un californiano que había conocido aquella tarde en la playa. “No la aguanto más. Es una puta. Es el quinto tío que se folla esta semana!”, exclamó la pobre criatura. Lucho apuró su enésimo combinado, respiró hondo y matizó. “No, hijo mío, tu madre no es ninguna puta, no te confundás. Tu madre es algo mucho peor. Si fuera puta por lo menos cobraría y no me estaría costando un dineral su visita. Que me pongan otro ron antes de ir para la casa. Como que me llamo Lucho que hoy va a haber quilombo”.

El campín

Hace una tarde soleada. Los aledaños de “el Campín” están tomados por agentes antidisturbios que me recuerdan a las tortugas ninja. Antes de ingresar al recinto se dirige a mí, de manera educada, un individuo de aspecto preocupante. Lleva unas zapatillas de deporte destrozadas, unos vaqueros raídos y una americana, con coderas, tres tallas más grandes que él. Agita con energía unos boletos mientras exclama: “¡Dos millones de dólares en el Lotogol! Para los gastos menores señor; de usted depende ser millonario esta noche”.

Dejo atrás a la buena fortuna y cruzo los tornos de acceso al estadio. Me ubico en la platea occidental. Menos de media entrada. Juegan Santa Fe de Bogotá, como local, y Quindío. La barra de Santa Fe abarrota el gol sur y no paran de alentar durante los noventa minutos. Las canciones son calcadas a las de las barras bravas argentinas. El partido es intenso y en las postrimerías del primer tiempo el árbitro expulsa a un espigado defensor visitante. El público lo despide a coro en su cansino caminar hacia el túnel de vestuarios: “Váyase pa Quindío, palo quemado, hijueputa!!!, mientras él le dedica un corte de mangas a la patulea racista que le abuchea.

El videomarcador muestra imágenes de los hinchas de Santa Fe. En una de las zonas menos pobladas del graderío captan a una pareja de adolescentes iniciándose en el arte amatorio y todo el estadio lo celebra. No lo enfocan, pero a mi lado hay un señor de apariencia respetable que luce una chaqueta de pana y que sólo levanta la vista de un diario de información económica cuando aparecen las animadoras con sus pompones y sus minifaldas.

El videomarcador muestra imágenes de los hinchas de Santa Fe. En una de las zonas menos pobladas del graderío captan a una pareja de adolescentes iniciándose en el arte amatorio y todo el estadio lo celebra. No lo enfocan, pero a mi lado hay un señor de apariencia respetable que luce una chaqueta de pana y que sólo levanta la vista de un diario de información económica cuando aparecen las animadoras con sus pompones y sus minifaldas.

Las animadoras realizan sus piruetas pegadas a la banda, y de vez en cuando sufren el impacto de algún rollo de papel higiénico que vuela desde las gradas. Mientras, un grupo de hinchas ebrios gritan que “¡Ésa es la delantera que necesita Santa Fe!” Mediada la segunda parte una de ellas recibe un pelotazo en el bajo vientre y se la tienen que llevar en camilla las asistencias, deslavazada y encomendándose al Divino Niño, como un torero camino de la enfermería. “Si es que las cheerleaders son pal baloncesto”, oigo detrás mío.

El partido se acerca a su final con un emocionante empate a dos y, a falta de un minuto, Santa Fe desnivela la contienda. El Campín se viene abajo. En medio de una algarabía generalizada, un muchacho de aspecto desgarbado se dirige al señor que tengo junto a mí leyendo la prensa y le pregunta: “¿Qué pena, oiga, y contra quién es que jugamos?” “Creo que contra Quindío”, le responde él antes de volver a sumergirse en la lectura.

Garotas

El secuestro de la garota

Pese a mi condición de estudiante, aguardaba el final de aquel verano como agua de mayo, en parte por dejar atrás los rigores del estío a orillas del Ebro, que ese agosto se hicieron particularmente insoportables, y en parte porque llegara Fabiana, la estudiante brasileña de la que sería mentor al inicio del curso próximo. Mal influenciados por cierta revista masculina, que alimentaba nuestro disco duro hormonal con dos especiales al año, el de suecas y el de brasileñas, habíamos idealizado la llegada de la paulista, y no pasaba un día, tras la festividad de la Asunción, en el que alguno de mis amigos no me llamara para preguntarme por la fecha de llegada de la susodicha. Yo les reiteraba que no tenía noticias de ella, y sobre todo que no se impacientaran, porque en cualquier caso el primer tiro me tocaba pegarlo a mí.

La víspera del primero de septiembre recibí una llamada en casa de mis padres. La voz al otro lado del hilo telefónico, que se expresaba en un correcto castellano y sonaba con la música dulce de las brasileñas al hablar, se identificó como Fabiana y me dijo que a última hora del día siguiente llegaría a la estación de trenes del Portillo. “Ahí estaré aguardando, no te preocupes por nada”, respondí con tono de galán de telenovela. Tras colgar, me faltó tiempo para reunir a mi círculo de íntimos en el bar de siempre y confesarles que, con esa voz, llegaba sin duda un cañón a la ciudad que a buen seguro me haría mover las caderas durante los próximos meses a ritmo de batucada.

A las ocho de la tarde del día siguiente estaba como un clavo en la estación del Portillo, escudriñando a los recién llegados en el Talgo procedente de Madrid e intentando localizar a una brasileña despampanante. El andén se iba vaciando sin que nadie respondiera a esa descripción, momento en el que percibí una presencia inquietante a mi derecha, con una maleta más grande que ella, que intentaba pronunciar mi nombre. Procuré componer una sonrisa que rescaté de lo más profundo del alma para preguntarle si era Fabiana, anticipando la confirmación de los peores augurios.

Tomamos un taxi, y de camino a la residencia de estudiantes donde tenía reservada habitación intenté vislumbrar en aquella anatomía imposible un rayo de luz al que poder agarrarme. Fabiana tiraba por tierra el mito que había cincelado en nuestra imberbe imaginación aquella maldita revista. Era bajita y regordeta y tenía unas ojeras que parecía que no hubiera dormido en una buena temporada. Su sonrisa no mejoraba la foto, pues descubría unos hierros que intentaban fijar un desmadre de esmalte que amenazaba con salirse de la boca. Además, a diferencia del día anterior al teléfono, donde había creído estar ante una chica cariñosa, gastaba muy malas pulgas, y cuando le pregunté por el origen de su apellido me respondió tajante que era alemán pero que no le hiciera muchas preguntas sobre eso.

Su ascendencia prusiana también pude percibirla cuando, mientras yo sudaba tinta china para llegar al quinto piso donde se ubicaba su habitación, me ordenó, de muy malas maneras, que hiciera el favor de no golpear su maleta de más de cuarenta kilos contra los escalones. Dejé a Fabiana en su cuarto, con ganas de no cruzármela más, pero con la obligación, como buen tutor, de acompañarla durante los primeros días de estancia para enseñarle la ciudad y ayudarla con los trámites típicos en la Universidad. Acordamos vernos al día siguiente por la tarde, toda vez que hubiera descansado del largo viaje, y me despedí de ella maldiciendo mi suerte y confiando en que al menos sus humores se templasen con algo de reposo tras la obligada vigilia transoceánica.

Aquella noche fantaseé que estaba en la estación del Portillo marcándome una lambada sobre los raíles con una menina que quitaba el hipo. Me despertó mi madre a las diez de la mañana, anunciándome que una señora con un acento muy raro, que se identificaba como “la mamá de Fabiana”, estaba al teléfono. Con mis párpados aún esposados a las legañas me acerqué el inalámbrico y pregunté con quién tenía el gusto de hablar. Una voz quejumbrosa y apagada sólo acertó a decir: “Eu fico muito preocupada porque minha filha não me liga”. Me restregué los ojos e intenté asimilar aquellas palabras pronunciadas en una lengua que me era ajena. El estereotipo generalizado entre los jóvenes de mi generación, basado en la idealización del regocijo bullicioso con que la televisión nos presentaba el Carnaval de Río, mostraba al brasileño medio como un ser bailongo, casi desnudo y de costumbres más relajadas que las impuestas por la moral católica en una ciudad de provincias española. Así y todo, me costaba entender que aquella buena mujer pretendiera que su hija se hubiera estrenado en las lides amorosas nada más aterrizar.

Compuse la voz y, sin darme en absoluto por aludido, le dije a la señora que estas cosas llevaban su tiempo, que su hija acababa de llegar y que una vez aposentada seguro que ligaría. Y lo más importante, que hiciera el favor de tranquilizarse porque Fabiana estaba bien y aún iba a estar mejor, en caso de que los planetas se alinearan para que ligara. Aquello se me antojaba una tarea no exenta de cierta dificultad, pero no vi apropiado compartir mis inquietudes con ella a fin de no acrecentar su zozobra. La mamá no sonaba muy convencida e insistió en que cuando viera a su hija le transmitiera el mensaje. “Déjelo conmigo”, le contesté antes de que un bostezo de hipopótamo interrumpiera mis palabras.

Por la tarde no encontré a Fabiana en mejor disposición que el día anterior. Me dijo que la cama de su habitación era, en palabras textuales, “una puta mierda”, y que a las ocho de la mañana unos albañiles habían comenzado a aporrear la pared del cuarto contiguo, con lo que entre eso y la ola de calor que sufríamos no había pegado ojo en toda la noche. Le mencioné a su madre, pensando que eso le haría olvidar parcialmente sus males, y aún torció más el gesto. “¿Qué ha dicho esa pesada?”, me espetó.

Por la tarde no encontré a Fabiana en mejor disposición que el día anterior. Me dijo que la cama de su habitación era, en palabras textuales, “una puta mierda”, y que a las ocho de la mañana unos albañiles habían comenzado a aporrear la pared del cuarto contiguo, con lo que entre eso y la ola de calor que sufríamos no había pegado ojo en toda la noche. Le mencioné a su madre, pensando que eso le haría olvidar parcialmente sus males, y aún torció más el gesto. “¿Qué ha dicho esa pesada?”, me espetó. Encajé la andanada lo mejor que pude y le transmití las instrucciones precisas que había recibido: “Que tenemos que buscarte un novio”. Ella se puso súbitamente más roja que un tomate y me dijo que su madre siempre estaba con las mismas chorradas.

Aquel día cené y me acosté temprano. Mientras dormía, soñé que estaba en la Catedral de La Seo, vestido con un elegante chaqué y aguardando en el altar mientras la coral cantaba la “Garota de Ipanema”. Una señora, que me pareció Fabiana con treinta años más, se acercaba a mí por el pasillo central embutida en un horripilante traje fucsia y con los brazos extendidos como el Cristo del Corcovado, buscando mi abrazo mientras se refería a mí como su yerno. Nuevamente fue mi madre quien me despertó, esta vez de la pesadilla, para decir que la misma persona del día anterior se encontraba al teléfono preguntando por mí. Di los buenos días con educación y la mamá de Fabiana volvió a repetir la misma letanía: “Eu fico muito preocupada porque minha filha não me liga”. Estuve tentado de contestarle que su primogénita no le ligaba porque era más fea que pegar a un padre y que si quería un milagro lo que tenía que haber hecho era mandarla a Lourdes de romería en vez de a Zaragoza a estudiar. Me contuve y con clara determinación le dije: “24 horas señora, deme 24 horas”. “Muito obrigada”, respondió ella con voz dubitativa.

Me tomé un café bien cargado y cinco minutos después estaba al teléfono con el “Tete”, un mito en la Facultad y toda una institución en la tuna de la Universidad. Llevaba cinco años en primer curso, motivo por el que había añadido a su currículum que era Licenciado en Primero de Economía. Pese al mérito, no podía decirse que le lloviesen las ofertas de empleo. Hacía un par de veranos que su novia no había regresado del paso de ecuador en Cuba, dejándolo por un cantante de boleros con el que después se establecería en Miami. A la amargura del abandono, el “Tete” tuvo que añadir la humillación de los comentarios malintencionados en los pasillos acerca de la virtud del artista cubano con el micrófono. Estuvo un año fuera de la circulación, en el que se rumoreó que padecía una depresión de caballo, para volver con ánimos renovados y un repertorio musical ampliado, en el que destacaban curiosamente los ritmos latinos.

Dejó de rondar a las mujeres más hermosas, como era su costumbre, y se centró en un segmento de la población femenino que, por poco atendido, ofrecía unas posibilidades de crecimiento ilimitado. Brindaba cobertura logística con la molesta amiga fea a todo el que lo solicitaba y de manera absolutamente desinteresada. Afanarse con la que nadie quería era su manera silenciosa de burlarse del desamor. Su modus operandi era sistemático, como el de un depredador, e infalible: paseo por la ciudad trufado de piropos, cena romántica, en la que siempre se las ingeniaba para que pagara ella, y visita al mirador del Parque Grande en su vetusto Renault 5, donde, a los acordes de su guitarra española, no había víctima que se le resistiese.

Le expliqué al “Tete” la situación y me dijo que cómo debía estar la brasileña para tener el honor de recibir mi llamada. Contesté que la chica tenía sus encantos, pero que estaban muy escondidos, y que sólo un hombre de su pericia sería capaz de acceder a ellos. Añadí, para picarle en el orgullo, que estaba convencido de que había toreado en peores plazas y que no me viniera a estas alturas de la película con remilgos. Le indiqué que llamaría aquella tarde a Fabiana, un rato antes de la cita, para decirle que me sentía indispuesto, pero que no se preocupara porque un buen amigo se reuniría con ella en mi lugar. El “Tete” me confirmó su disponibilidad y quedamos en desayunar en el bar de siempre a primerísima hora de la mañana, para hacer balance de la situación antes de que se produjera la protocolaria e inevitable llamada de la mamá de Fabiana.

Al día siguiente me desperté confuso. No había tenido una pesadilla pero tampoco un sueño placentero. En él aparecía sosteniendo un bebé, que entiendo no era mío, mientras un cura vertía agua sobre su pequeña cabeza. A mi derecha, contemplaban sonrientes la escena Fabiana y el cantante Pancho Céspedes. Pensé que era un mal augurio y me encaminé azorado al bar de siempre. Allí me esperaban, cogidos de la mano y con una sonrisa de oreja a oreja, el “Tete” y Fabiana. Nos acomodamos en un extremo de la barra, al lado de los ventanales que daban a la calle, y pedimos un café y unas tostadas con aceite de oliva y tomate. Rompí el hielo preguntado que qué tal les había ido el día anterior y los dos respondieron con una risilla nerviosa. El rostro de Fabiana se había relajado con respecto a los días precedentes, las ojeras se mantenían pero habían adquirido otra tonalidad y sus ojos desprendían un brillo distinto. La cara de bobalicón del “Tete” era para enmarcarla.

Fabiana se disculpó para ir al servicio y mi amigo aprovechó para glosar las virtudes de una mujer de bandera a la que, según él, había minusvalorado por culpa de mis prejuicios. Para meterme un poco más el dedo en el ojo me dijo que el Renault 5 casi se cae por un terraplén. Siguió explayándose y me confesó que hacía tiempo que no sentía lo mismo y que Fabiana iba a ser, sin duda, la persona con la que olvidaría definitivamente a su ex. La brasileña regresó, y como si de una pareja de luchadores se tratase, batió la mano de mi amigo, que enfiló el camino del escusado. No me dio tiempo a preguntarle nada a Fabiana porque antes de que me diera cuenta se puso de cuclillas debajo de la barra y me dijo que cuando viniera el “Tete” le dijera que se había ido. Los transeúntes que echaban un vistazo al interior del local continuaban la marcha y a los dos segundos se detenían para contemplar una escena que no era fruto de su imaginación: un tío tomando un café con cara de gilipollas y una tía en cuclillas al lado suyo.

Cuando el “Tete” regresó de cumplimentar sus menesteres, me preguntó que dónde estaba Fabiana, y yo le contesté, a regañadientes, que se había ido. Presa de un ataque irracional, me agarró por la pechera: ¿Cómo qué se ha ido? ¿Qué estás diciendo? ¿A dónde? ¿Por qué? Mientras el resto de clientes me miraba, ansiosos también por obtener respuestas, me encogí de hombros y puse cara de circunstancias, deseando que aquella cretina saliera ya de debajo de la barra. Finalmente lo hizo, pegando un brinco y plantándose delante del “Tete”, que me soltó bruscamente para fundirse en un abrazo con ella. Tras oírle decir, “No me pegues estos sustos, pão de açúcar”, consideré que había oído suficiente y me despedí con excusas peregrinas.

Emprendí el camino de vuelta a casa de mis padres, feliz por haber colocado a Fabiana y deseoso de completar la jugada, dándole las buenas noticias a su madre y de paso el teléfono del “Tete”, para que pasara a darle la tabarra a él. Al entrar en casa encontré una nota que me decía que había recibido un par de llamadas desde Brasil. Me senté en uno de los sillones del salón y aguardé a que la mamá de Fabiana lo volviera a intentar. No tardó ni cinco minutos en hacerlo. Descolgué, y sin darle tiempo a abrir la boca dije: “Lo prometido es deuda señora, su hija ha ligado: ¡enhorabuena!”; el tono de voz cándido de los días anteriores dio paso a un bramido de fiera corrupia: “Mentiroso, eu fico em casa desde ontem e aqui não ligou Fabiana; você raptou a minha filha, eu vou ligar pra policia agora mesmo!” ®

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Publicado en: Febrero 2013, Narrativa


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