El sexenio escénico

Breves opiniones críticas sobre los últimos seis años en el teatro en México

Se planteó un juego entre tres críticos del arte escénico mexicano (Elvira Popova, Rodolfo Obregón y Enrique Olmos) para revisar, de manera muy breve, el panorama sexenal del oficio y al mismo tiempo oponer un guiño al futuro. ¿Cómo ha sido el sexenio teatral en los últimos seis años?

1. El sexenio escénico

Enrique Olmos: Se acaba el sexenio y al mismo tiempo la política cultural de un país con más de ciento diez millones de habitantes se puede poner en perspectiva a través del arte de la escena, en sus distintas manifestaciones. Un espejo sensible. Metáfora viva.

Pienso que ha sido un sexenio que comenzó con la mediana gestión de Sergio Vela y los peores pronósticos se hicieron realidad, precisamente un artista de la escena y que mejoró año con año con la llegada de Consuelo Sáizar (aunque los cambios no fueron sustantivos), y en especial en la rama teatral la conducción de Juan Meliá demostró que tener al frente de la Coordinación Nacional de Teatro (CNT) a un gestor profesional y no a un artista mediano con anhelos de funcionario es mucho más productivo. Sigo pensando que hay deudas morales, como la descentralización del teatro y la danza en México, la innecesaria Muestra Nacional de Teatro (y no un circuito escénico profesional nacional), el teatro en lenguas indígenas, la necedad de dotar de becas y no de empleos a los creadores y sobre todo el triste protagonismo de una innecesaria Compañía Nacional de Teatro.

Elvira Popova: Como en muchas otras áreas, hablar de política cultural en México es hablar justamente de sexenios, de falta de seguimiento, de proyectos que se marchitan con el término de la gestión, con la salida de una u otra persona; es hablar de la ausencia de una idea nacional, de atender el momento, la situación y no mirar en perspectiva, globalmente, y no por parcelas. Ideas no faltan, gente talentosa tampoco. ¿Qué sucede con el teatro en México? Lo mismo que sucede en la industria petrolera o en la agricultura: se explotan los recursos hasta lo máximo en el aquí y en el ahora, sin ocuparse de la visión a futuro, sin invertir recursos no materiales, paciencia y cuidado.

Rodolfo Obregón: Creo que te quedas corto con Sergio Vela. Yo no creo que su gestión haya sido mediana, fue desastrosa. Autoritarismo impositivo, corrupción del más viejo cuño (viajes para la novia o el familiar en turno) y una idea decimonónica de la “alta cultura” que nos endilgó una CNT caracterizada justamente por esos mismos rasgos e incuestionada por las autoridades siguientes.

Sí coincido en la buena gestión de Juan Meliá, donde lo único que echo de menos es el papel de la crítica (anunciado en su plan de trabajo e ignorado en la práctica) como orientadora de programas y decisiones. De otro modo, las buenas gestiones se desperdician en el apoyo y la promoción de un teatro consagrado por las relaciones políticas o la simple perseverancia y no por las aportaciones artísticas o sociales.

Respecto a la Muestra Nacional, no creo que ésta sea “innecesaria”. Aunque lo cierto es que su modelo está agotado hace quince años. Tendría que funcionar en dos niveles muy claramente diferenciados: 1. Servir para reactivar la vida teatral en la ciudad sede, lo que implica producir con algún sentido para la muestra, dar espacio y condiciones adecuadas a grupos locales y reorientar definitivamente su objetivo hacia el público local y no hacia el autoconsumo de los propios teatreros. 2. Mantener su sentido de encuentro.

2. El panorama general

E. O.: Cada vez hay más egresados de escuelas profesionales de artes escénicas. En buena medida están condenados al desempleo y a la miseria. No existe una preocupación real por involucrarlos en un mercado que genere oferta y demanda para prescindir de los cada vez más burocratizados y menos accesibles estímulos públicos, tampoco las universidades o centros especializados ofrecen una educación de calidad y más de las veces sólo alimentan un círculo vicioso (saturación de aspirantes universitarios + escasa demanda y fácil acceso). Salvo excepciones notables, tampoco los espacios escénicos independientes generan empleos y las industrias culturales relacionadas con la escena están en función de esfuerzos personalísimos (en especial en el resto del país). ¿Qué hacer para cambiar este triste panorama? ¿Cómo insertar el arte de la escena en la maltrecha economía y cultura del mexicano promedio? ¿Vale la pena el esfuerzo?

E. P.: El esfuerzo vale la pena. Después de la Grecia antigua, Inglaterra de la época isabelina y los países (ex)socialistas del este de Europa y la URSS, donde el Estado subvencionaba el teatro para usarlo o aprovecharse de su alcance (que es lo mismo), el arte del teatro no ha vuelto a ser el hijo consentido de nadie. Ésta es la realidad y hay que aceptarla. ¿Cómo inscribir las escuelas de teatro en este contexto? Revisando la necesidad de su existencia; elevando el rigor de admisión, cambiando la postura que cada quien debe poder estudiar lo que quiera porque la educación superior es para todos. Suena contemporáneo, es admirable la idea de que las universidades públicas tienen responsabilidad social. Pero hay que aplicar esta responsabilidad social correctamente: cada quien debe tener la libertad y el derecho de presentar exámenes de admisión de lo que quisiera, pero también ser educado para tener la conciencia de que hay selección, competencia, verdad, dolor, frustración. Por otra parte, ¿qué necesidad tiene el mexicano promedio de teatro? Tiene una necesidad imperante de arte, pero no lo sabe porque la necesidad es proporcional a la sensibilidad, la sensibilidad es proporcional a la educación, a la formación en un sentido muy amplio. Es aquí donde la formación de público, de gente perceptiva a las vibraciones del arte se presenta de una manera relevante. ¿Cómo se forma? Con tradición, con visión, con programas nacionales, con calidad de los que educan. No, no pretendo construir Atenas en América como capitán Ricard (el personaje de Clippetton de David Olguín), sólo pienso que para que de cien jóvenes que presentan exámenes de admisión en escuelas superiores de teatro en México se pueda seleccionar cincuenta con calidad, con talento, con pasión por el teatro, habría que invertir en sintonizar los niños desde preescolar en la lectura, en la música, en la danza, en el teatro, en la pintura, y no para que salgan todos profesionales de las artes sino para construir personas para las que hablar de arte, vivir con arte sería parte natural de su existencia.

R. O.:En efecto, el gap entre la formación y la producción es el enorme precipicio donde perecen todos nuestros esfuerzos formativos. Hay que incentivar políticas que acompañen la formación de grupos y compañías de recién egresados; permitirles crear en condiciones protegidas. Y hay que reformular los planes de las escuelas, hechos —sin saberlo, espero— para una industria del espectáculo que garantiza su demanda pero ignora al 99% de sus egresados. El papel crítico es también fundamental en ese espacio. No en balde, el nivel de la investigación se ha elevado por todo el país, mientras una veintena de licenciaturas y miles de cursos y seminarios se han mostrado inútiles en elevar el nivel de la producción escénica.

3. La violencia dentro y fuera de la escena

E. O.: Un caso hipotético: supongamos que en alguna ciudad fronteriza o punto de conflicto de los que abundan en el país, un atrevido grupo teatral lleva a escena un espectáculo directamente relacionado con el narcotráfico. Como una denuncia, catarsis o postura política desde la escena. El problema del espectáculo es que, si llega a oídos equivocados, podría poner en riesgo a los propios actores e integrantes del grupo. La nueva industria de la censura es el crimen organizado, no hay duda. Y la espectacularización de la violencia es una muestra de su poder en el espacio público, en la escena cotidiana.

El problema es que todas las obras de “denuncia” se montan sobre lo sabido y lo políticamente correcto, y con eso contribuyen, a pesar de sus buenas intenciones, a sostener el estado de las cosas. La escena debe ayudar a esclarecer las situaciones, no a repetirlas ad nauseam, y a confrontar moralmente a sus espectadores. Como dice Lehmann: lo político no es el tema, sino la forma en que se percibe.

No creo que un grupo de artes escénicas deba arriesgar un ápice la integridad de sus elementos. Quizá sea el momento, ante la evidencia y amenaza de la violencia organizada, de encontrar otras formas de sensibilizar, sin hablar del tema en cuestión a detalle. Quizá sea el momento de guardar la gallardía y oponer la astucia.

E. P.: Esquilo habló de la guerra greco-persa en una sola obra, de la de Troya en otra más; Shakespeare hizo teatro de la guerra entre las dinastías de la Rosa blanca y la Rosa roja, y hasta hoy leemos, vemos y trabajamos sus textos. La tragedia griega nunca presentó cosas patéticas ante los ojos del público, la isabelina, contrario a esto y nutriéndose de la tradición del teatro romano, aprovechó los recursos escénicos para impactar el público hasta lo máximo (Tragedia española de T. Kyd, por ejemplo). El teatro mexicano contemporáneo como textualidad y como teatralidad se nutrió largo tiempo de lo patético y de lo violento, casi nunca logrando estetización y casi siempre logrando espectacularización. Pero la espectacularización de la violencia ya dejó de ser relevante porque en muchas partes del país la realidad superó la ficción.

R. O.: Aquí sí discrepo por completo. ¿Es decir que Brecht no debió hablar del nazismo? No. El problema es que todas las obras de “denuncia” se montan sobre lo sabido y lo políticamente correcto, y con eso contribuyen, a pesar de sus buenas intenciones, a sostener el estado de las cosas. La escena debe ayudar a esclarecer las situaciones, no a repetirlas ad nauseam, y a confrontar moralmente a sus espectadores. Como dice Lehmann: lo político no es el tema, sino la forma en que se percibe.

4. La Compañía Nacional de Teatro

E. O.: ¿El gran problema del teatro mexicano en el último sexenio es la revitalización de una Compañía Nacional de Teatro y la entrega indiscriminada de recursos para su mantenimiento? ¿Hace falta una compañía (en la cima del nacionalismo) que nos represente cual selección nacional? ¿Luis de Tavira es el director artístico indicado que necesita una compañía de este calibre? ¿Cuál debería ser la postura moral y política de los actores y directores que han accedido a trabajar en ella a pesar de las múltiples diferencias que despierta? ¿Ha revitalizado el arte escénico del país? ¿Permanecerá el sexenio siguiente?

Pienso que sí es el gran error sexenal y que se está agotando el crédito moral y burocrático que impulsó el proyecto. Pienso también que la postura de algunos de los artistas de la escena es muy contradictoria, en lo privado son absolutamente críticos; en lo público, cuando se trata de asegurarse un empleo temporal bien pagado, son leales al reino de don Luis. Debe replantearse el modelo y la pertinencia de la compañía nacional de inmediato.

E. P.: La CNT fulgura lo que sucede en el país: abundancia de talento y de ideas y derroche de recursos, parcelación de intereses, mesianismo. Tener una Compañía Nacional de Teatro, igual que de Ballet, de Ópera, de Danza Contemporánea, Orquesta Sinfónica, Muestra Nacional de Teatro no es un lujo, es la cristalización de una política nacional para la cultura. Lo que hace falta en la actual CNT es demostrar que realmente es nacional y no local, que se preocupa por el legado que dejaría y por la relación entre sus diferentes programas, que se abra hacia el público y deje de verse el ombligo. Para mí ser nacional también es ser “popular”, de populi, del pueblo. Si tiene que ser Luis de Tavira su director u otra persona… tal vez no se trata de la persona sino de la creación de un perfil que debe tener el director artístico de la CNT. ¿Quién lo creará? El Ministerio de la Cultura que pudiera construirse a partir de las experiencias acumuladas a lo largo de los años.

R. O.: Ya se ha escrito lo suficiente sobre este tema, y al resto de los críticos (casi) ya los “maicearon” siguiendo la mejor línea política de la dictadura perfecta para luego hacer discursos “contestatarios”. El problema está en reordenar el sector completo y redefinir prioridades. Lo que no es posible es que las políticas culturales sigan obedeciendo a la capacidad de chantaje y de autolegitimación de un grupito encerrado en un teatro de 99 butacas.

5. El futuro

E. O.: Con el regreso de la dictadura del PRI y la sensación de vuelta al pasado, el mantenimiento de una política conservadora desde la esfera federal, será fundamental pensar que el teatro es un espacio de resistencia y reflexión pública, pero al mismo tiempo podría darse una renovación institucional, un cambio en la visión de la política teatral nacional y algunos modelos podrían agravarse (los peores vicios de la vida nacional, la corrupción o el arribo de gestores culturales incapaces de reinsertar la experiencia sensible de las artes escénicas en la vida cotidiana). Soy pesimista, mi pronóstico es que se acercan tiempos aún más oscuros. Por suerte una parte importante de la vida teatral nacional está preparada para el derrumbe del ogro filantrópico.

Pienso también que la postura de algunos de los artistas de la escena es muy contradictoria, en lo privado son absolutamente críticos; en lo público, cuando se trata de asegurarse un empleo temporal bien pagado, son leales al reino de don Luis. Debe replantearse el modelo y la pertinencia de la compañía nacional de inmediato.

Analizando la experiencia cultural del Estado de México en el sexenio que gobernó Enrique Peña Nieto y la política cultural de muchos estados gobernados por su partido, es evidente que las artes escénicas siguen teniendo un papel secundario en la vida cultural y que el teatro en particular no está enfocado a la creación y renovación de públicos, ni mucho menos a intervenir zonas sociales vulnerables, tampoco a ofrecer reflexiones sociales o interacción entre pares; el singular monólogo endogámico y autocomplaciente que precisamente señaló el priismo más feroz, el de un gremio aislado del cuerpo del presente.

E. P.: Independientemente del color de los gobiernos, la existencia de una política cultural expresa la madurez de los propios creadores y su relación con el poder. No sé si se van a resolver todos los cuestionamientos acerca del destino del teatro en México con la creación de un Ministerio (Secretaría) de la Cultura, pero me parece relevante reflexionar a nivel nacional en torno de esta idea. Un ministerio conformado por varios centros (Centro de Teatro, Centro de Artes Plásticas, de Música, etc.) con sus respectivos directores; no es muy original tal vez, así mas o menos funcionan INBA-Conaculta ahora, aunque todavía no logro entender bien la profunda relación entre estas dos instituciones. De este Centro de Teatro en la estructura del ministerio dependería la CNT y la MNT, la ENAT. ¿Que sería lo diferente de la organización actual? Que un organismo con nivel ministerio (secretaría) tendría la responsabilidad y la libertad de construir la política nacional teatral y de velar porque después del término de cierto sexenio no se terminen los proyectos iniciados, que el más nuevo liberalismo o la modernidad liquida, o cualquier otra situación nacional o internacional sólo sea el marco contextual de esta política nacional, pero que no defina a 100% su desarrollo. ¿Se vale tener ideales?

R. O.: Ni siquiera supimos qué pasó ahí —si es que pasó algo—, salvo la recurrente práctica (no exenta de tentaciones corruptivas) de construir teatros y centros culturales. Pero yo soy más pesimista con respecto a nuestro gremio. Sus miembros perseguirán la chuleta, limpiarán sus conciencias con algún discursillo sobre el mal gobierno y sostendrán un status quo que les otorga un lugar preponderante. ®

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Publicado en: Purodrama, Septiembre 2012


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