El silencio artesanal

Juego de palabras dictado por la música de Charles Mingus: “Folk forms”, “Track A-Solo Dancer”, Passions of a Man” y “Devil Woman”, entre otras piezas de erotismo furioso y vulnerable.

Mingus

La complejidad de tu música implica un proceso artesanal, exento de cliché. Te veo adentrándote en una selva espesa y oscura, te diriges a ella para recoger madera. Construirás con ella un cimiento que no sólo es bello por su forma y brillo, sino por la selección cuidadosa de la misma madera.

Quien te escucha debe no sólo admirar las formas de tus notas y maravillarse con la amplitud, sutileza y fuerza, virtudes todas que se presentan a un mismo tiempo, con que está organizada la magnitud del tinglado. Tu oyente necesita acercarse y sentir el olor de la fina madera que has dispuesto para él, porque emanan de ella aromas de frutas, de pelaje exótico de animales, de hojas rebosantes de agua fresca, recién caída del cielo; esta arquitectura huele a raíz que se hunde hasta acariciar unos preciosos gusanos oscuros, como la sonrisa maliciosa de una mujer en la noche, y que no necesitan de nuestro mundo exterior, porque viven en el misterio de la tierra húmeda.

Tu oyente necesita acercarse y sentir el olor de la fina madera que has dispuesto para él, porque emanan de ella aromas de frutas, de pelaje exótico de animales, de hojas rebosantes de agua fresca, recién caída del cielo.

Pero la madera no sólo debe olfatearse. Su degustación —exégesis, piensan algunos más devotos— también reclama de la piel, sentir las formas y texturas que presentas como si fueran sedas carísimas para vestir cuerpos jóvenes y turgentes: esperan el inminente incendio de la carne. El éxtasis que provoca una madera pulida por unas manos sangrantes no se compara con ello: un sufrimiento arquetípico comprueba tu intención licenciosa.

(Del gusto, amigo mío, nada puedo decirte. Lo lamento muchísimo. Aún me falta probar el vino que guardas en esas ostentosas barricas almacenadas en la oscuridad de tu silencio.)

Únicamente aquel que ejerza sus facultades sensitivas como si fueran éstas un solo punto erógeno llamado Cuerpo, podrá vencer tu arrogante perfil y hará suya la estructura como una experiencia; el arduo trabajo del carpintero llegará finalmente a su destinatario.

Reapareces. Emerges de entre las ramas, como si fueras un tronco ancestral en movimiento, cansado pero orgulloso. Los pájaros advierten tu presencia y la anuncian con una canción que habla de libertad para toda su estirpe. Un grupo de negros te siguen como animales, de la especie más noble y sonriente. Cargan maderas que has elegido cuidadosamente en secreto; ellos callarán para siempre ese procedimiento selectivo.

Tú caminas disoluto, con ritmo natural, con esa soberbia tan única que transmites en cada gesto; tus cómplices de expedición ríen, juegan, hablan un dialecto hermoso, bailan con la madera a cuestas: intuyen ya la estructura que planeas para ella. ®

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Publicado en: Febrero 2011, Narrativa


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  • José M. Ipiña

    Quiero ese instrumento. Lo que sea.