El síndrome del esquirol

Güeros, de Alfonso Ruiz Palacios

En un tono nostálgico, indicado no sólo por la música de Agustín Lara y la utilización del blanco y negro, sino sobre todo por el dibujo de una Ciudad de México de finales de los años noventa, transcurre el más reciente filme de Alfonso Ruiz Palacios, Güeros (2015).

Ilse, protagonista de "Güeros".

Ilse, protagonista de “Güeros”.

La película se desenvuelve a partir de los trayectos de Sombra (Tenoch Huerta), su hermano menor, Tomás (Sebastián Aguirre), su compañero de cuarto y amigo, Santos (Leonardo Ortizgris), y Ana (Ilse Salas), trayectos que dibujan las coordenadas de una suerte de mapa afectivo de la capital mexicana. Los trazos de esta “banda de cuatro” —que desde luego recuerda a los personajes del Godard de Sin aliento (1960) y Banda aparte (1964), o del Jim Jarmusch de Vacaciones permanentes (1980)— se desarrollan en el contexto de la huelga universitaria de 1999 y la recientemente despertada fascinación morbosa de la sociedad mexicana por el fenómeno del Big Brother.

Es cierto que el director reproduce la imagen y los estereotipos que los medios de comunicación dominantes se encargaron de difundir del movimiento universitario y de los propios huelguistas, caricaturizándolos, en el mejor de los casos, o “satanizándolos”, en el peor —véanse los planos–secuencia que tienen lugar durante la “asamblea universitaria”, o los que acontecen en la Rectoría, donde se representa a los huelguistas universitarios como hordas acríticas e incontroladas—, aunque donde mejor se expresa el conflicto ideológico que atravesó a muchas personas de esa generación es en la psique del personaje, es decir, en los ataques de pánico como expresión no de un malestar psicológico sino de un malestar social y político, un malestar que produjo una especie de “síndrome del esquirol”, tal como entiende la palabra el propio Sombra: no como un rompehuelgas, sino como alguien cuya incapacidad de tomar una postura frente a un conflicto político lo deja sintiéndose como una ardilla atrapada en una jaula de barrotes invisibles.

En este sentido, Sombra expresa la apatía de muchos jóvenes de una generación para quienes los movimientos sociales o políticos dejaron de ser un cauce donde expresar inconformidades personales, una forma de compartir esperanzas y proyectos; en suma, una generación que de pronto se vio huérfana de un horizonte, privada de futuro, como quiere Bifo (dice Sombra: “Estoy en huelga de la huelga” o “¿Para qué salir si de todas formas vamos a tener que regresar?”).

No extraña pues que los personajes se abandonen a búsquedas individualistas, como la de un mítico músico, Epigmenio Cruz, desde la nostalgia, una nostalgia por una generación que vivió la rebeldía y la política desde un horizonte ahora perdido, la generación del 68. Tampoco es casual que este héroe de la infancia de Tomás y Sombra haya visto frustrada su participación en el máximo evento del rock de esa década, Avándaro, por abandonarse al amor, la nostalgia de las nostalgias —y quizá el último reducto de asimiento existencial que encuentra el protagonista—, sino que cuando finalmente lo encuentran en una pulquería (otro canto por la ciudad perdida) no sea más que un borracho que maniáticamente dibuja sobre los manteles de la pulcata mientras mira entumecido la transmisión del Big Brother. El discurso más emotivo de Sombra y la mirada más cargada de significado, la de la generación que viene atrás, la representada por Tomás, el adolescente, dejan indiferente a esa pobre figura: todo deviene un monólogo desde un presente que trata de encontrar sentido en un pasado que en la imagen del otrora músico paradójicamente se presenta mudo, autista.

Es en el último plano–secuencia donde el conflicto de Sombra —¿qué otro nombre podría describir mejor al personaje?— se muestra más descarnadamente. Después de una búsqueda que sólo puede terminar en la decepción, la banda de cuatro se ve atrapada en un embotellamiento de tráfico producido por una marcha estudiantil. Ana se baja del coche y se incorpora a la multitud. Sombra la sigue indeciso; sin embargo, de pronto se detiene y con una mirada que no termina de ser triste ni esperanzadora, se vuelve hacia su hermano, quien le toma una foto a la sombradetenida mientras grupos de jóvenes que lo van dejando atrás marchan —provisionalmente unidos— hacia un horizonte que rápidamente se desdibuja —y cuyos bordes efímeros ni siquiera un mapa afectivo es capaz de retener. ®

Publicado en: Cine

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