El striptease y el arlequín

Jardines en casa ajena

Estás en el centro de la Ciudad de México y te engentas y te desesperas y te desamparas y te desorientas y caes en aquello que Deleuze llamó energía oscura. Las calles de pronto se vuelven irreconocibles, ininteligibles, infinitas, el mismo infierno.

Striptease

© Sára Saudková

El striptease es un baile en que el-la artista se despoja sensual y lentamente la ropa ante los espectadores para provocar el deseo de una mayor exhibición. Usa ropa adicional debajo de las primeras prendas que se quita y juega con ocultar partes que van quedando desnudas. En general la actuación no termina en un desnudo integral. El énfasis está en los movimientos sugerentes, no en la desnudez. Escribir tiene algo de striptease, sólo que es aún más tramposo. Se trata de, durante el proceso, volver a poner, en otro orden y apenas perceptiblemente, la ropa que se quitó. Porque el autor es algo que se forma a la vista, en público y siempre bajo el riesgo de que la identidad, una vez desnuda, se vuelva simple individualidad, sin otro, sin posibles que explorar.

Arlequín

Este texto se construye con fragmentos de lecturas, reflexiones, ficciones, voces de historias mías, ajenas, de las ciudades y de la linkania. Se trata a la vez de un regalo y una tarjeta de presentación. Ofrece una suerte de espectáculo y se concede una primera persona. Arlequín, como propone Michel Serres (Francia, 1930), filósofo viajero entre las artes, las ciencias, la gente. “Miremos su túnica: una yuxtaposición de retazos de todos los tamaños, de todos los colores, de edad y de proveniencia diversas. Cada uno de nosotros es un Arlequín a su manera. Para comenzar, todo aprendizaje consiste en un mestizaje”.

Fiesta

Celebremos esta aproximación con A festa, relectura de Milton Nascimento del son jarocho. En clave de balanço malandro.

La casa ajena

Vivo en un departamento rentado en la Ciudad de México. Un sábado bajé para llevar la basura y descubrí que hay un jardín en el patio trasero del edificio. El conserje estaba regando las flores. No sabía que usted trabajaba en los sábados, le dije. No necesito venir, respondió con una sonrisa casi sin dientes. Vengo porque me aburro en mi casa.

Histeria, no tan en serio

Estudié el tema hace mucho, y por supuesto insuficientemente. Sin embargo, al leer por estos días algo al respecto me dieron ganas de explorarlo un poco aquí. Me refiero a la histeria.

Los escritores viajeros y la gente que se aburre en su casa no son inmunes a ciertas formas del histeriqueo. No lo llevemos tan en serio. Los conceptos no son reglas fijas. Son antes piezas para jugar, rehacer, recomponer, hacer deslizar la mirada y el pensamiento. Aquí, simplemente partituras.

Histeria viene de la palabra griega que significa útero (o matriz) y describía la enfermedad, o conjunto de síntomas, supuestamente provocada por la división o el desplazamiento de este órgano por el cuerpo de la mujer. Sigmund Freud (actual República Checa, 1856-Inglaterra, 1939), que nació en un 6 de mayo, retomó la cuestión de la histeria para basar su psicoanálisis. Lo que estaba fuera de lugar y se expresaba en el cuerpo no era el útero, y el malestar era tan sólo la forma como “otra cosa” se expresaba. Aunque su investigación se desarrolló principalmente a partir del caso Dora, Freud admitió la existencia de la histeria en varones. El concepto de histeria masculina fue mejor explorado en la segunda mitad del siglo XX. A lo de neurosis se añadirá el de “trastorno de personalidad” histérica. En los varones éstas se manifestarían, además del histrionismo, por constantes desplazamientos —de mujer en mujer, de empleo en empleo, de lugar en lugar. El histérico es el eterno seductor, aquel que se desplaza sin descanso y busca lo imposible. Para los junguianos, corresponde al arquetipo de Puer, el niño que se rehusa a crecer. En la literatura tiene su expresión en la figura de Don Juan. En estas perspectivas histeria suele asimismo estar relacionada con la bisexualidad. Según algunos manuales puede llevar a la depresión, a la ansiedad y a las compulsiones.

No había cine, televisión, internet ni aviones en el siglo XIX. Por lo tanto no es necesario mucho para trasladar el concepto de histeria a un campo más amplio y pensarlo como un dado cultural, más allá de los géneros y de la idea de enfermedad. Translación y comunicación ya no son sólo lo que marca la modernidad y lo contemporáneo, sino una clave transversal para pensar al ser humano. En nuestros días, muchos somos nómadas, muchos estamos constantemente en movimiento. Sabemos que las características que se atribuyeron a los géneros fueron creadas en determinados contextos en función de los intereses de quienes estaban en el poder. Y que los seres humanos estamos formados de muy distintas proporciones y variaciones de esas características. Y que muchos nos aburrimos en “nuestras casas”: cuerpo, abrigo, institución, lugar. Y que por esto nos arriesgamos al pensamiento, a los viajes, a las transformaciones corporales, a inventar otras reglas y modos de vida, convivencia y producción social. A cultivar jardines en casa ajena. Y que, sí, duele.

Histeriqueos

Aunque el substantivo histeriqueo y el verbo histeriquear sean creaciones originales de los argentinos y una interesante aportación de éstos al idioma y al pensamiento, ya se histeriqueaba antes, como muestran estos versos de sor Juana Inés de la Cruz: “Al que ingrato me deja, busco amante; al que amante me sigue, dejo ingrata; constante adoro a quien mi amor maltrata; maltrato a quien mi amor busca constante; que de quien no me quiere, vil despojo…”.

El histeriqueo está asimismo en la actuación de las femmes fatales y de los galanes de verbena, farsa o comedia ya pasada de moda aunque tan presentes en el imaginario y a veces en las prácticas sociales. Los escritores viajeros y la gente que se aburre en su casa no son inmunes a ciertas formas del histeriqueo. No lo llevemos tan en serio. Los conceptos no son reglas fijas. Son antes piezas para jugar, rehacer, recomponer, hacer deslizar la mirada y el pensamiento. Aquí, simplemente partituras.

Mata Hari y Gómez Carrillo

Mata Hari

El striptease —y el espionaje doble— era el oficio y el arte de la femme fatale Mata Hari (Margaretha Zelle, Países Bajos, 1876-Francia, 1917). Tengo fascinación por ella. Por la infidelidad a su origen, por la fidelidad a su personaje. Por haber dado vida en su mismo cuerpo a otra persona, por vivirla, por performatizar la vida y hasta por tejer la telaraña de su tragedia. Por su ingenuidad, por su equívoco. Por su dignidad en el último momento. Era inocente, pero era rebelde, para decirlo con una frase de Os Sertões, libro de Euclides da Cunha que le encantaba a Borges. Y a mí.

Durante la Primera Guerra Mata Hari fue amante (yo debería escribir algún día porque esta palabra me provoca tanto… tanto… ¿qué?) de Gómez Carrillo (Guatemala, 1873-Francia, 1927). Escritor, periodista, crítico, promotor cultural, diplomático, viajero, mujeriego, el típico dandi en boga en aquel entonces, Carrillo escribió libros de viaje, novelas y ensayos, entre los cuales El misterio de la vida y de la muerte de Mata-Hari (1923). Según me contó Alan Mills, que conoce bien el tema, Carrillo, que fue diplomático en Paris, le entregó Mata Hari a los franceses, que la ejecutaron como espía de los alemanes, y su ensayo es algo así como un intento de justificarse. ¿Quién sabe? Lo sabría Carrillo cuyos restos están en el Cementerio de Père Lachaise al lado de los de su esposa Consuelo. Ella cuando murió era condesa de Saint-Exupéry, por su tercer matrimonio, con el piloto y escritor francés Antoine, el mismo autor de El Principito, que, como Mills, aterrizó un tiempo en Brasil.

Señales de que estoy me achilangando

1) ¿A poco? 2) Le digo sí cuando quiero decir no. Le digo no cuando quiero decir sí. 3) Participo en una lucha verbal hasta que uno de los interlocutores caiga rendido, y desenmascarado, al silencio vergonzoso. 4) Le pongo chile a todo, especialmente a la caipirinha y a la filosofía. 5) Añoro mi provincia, en este caso Veracruz. 6) ¿A poco?

Estación Armenia

Recuerdo el día en que llegué a São Paulo. Llevaba una bolsa verde de nailon tan grande que podía ocultarme en ella. Sin embargo apenas se llenaba: unos zapatos, un pantalón, una falda blanca que me gustaba mucho, camisetas, una chamarra, algunos libros. Guardo el color de la bolsa porque entonces yo y ella éramos lo mismo. Yo me sentía tan verde como la Rana René, este filósofo pop ahora algo hispter. Al llegar a la estación de autobuses percibí que me habían robado la cartera, que, con la bolsa, era todo lo que tenía. Un policía me dio un billete del metro para que fuera hasta la estación Armenia, donde me alojaría. El nombre de la estación es un homenaje a los más de cien mil armenios que viven en São Paulo. Como dice Caetano Veloso, “São Paulo é como o mundo todo, no mundo um grande amor perdi”. Además de la cartera y tantas otras cosas y causas. Definitivamente no es fácil ser verde.

Dicen que para todo lo perdido está san Judas Tadeo, el apóstol y mártir que llevó el cristianismo a Armenia. Por esto la Iglesia Apostólica Armenia lo considera, junto con san Bartolomeo, su santo patrono.

Kierkegaard en la Zona Rosa

Aunque san Judas Tadeo sea muy popular en México, en casos de angustia, ansiedad, depresión, pérdida se puede recurrir asimismo a Søren Kierkegaard, que también es santo, celebrado en el calendario de la Iglesia Luterana.

Kierkegaard creía que la tarea de encontrar el sentido de sus textos debería “hacerse difícil, pues sólo la dificultad inspira a los nobles de corazón”. Está bien. Sin embargo, lejos de la forma de entendimiento a que se propuso alguna vez la filosofía, me gusta pensar que esto debe hacerse asimismo de modo placentero, misteriosa y lentamente. Como un striptease.

Kierkegaard (Dinamarca, 1813-1855) nació en un 5 de mayo. Sus ideas sobre el individuo, la angustia, así como su crítica a la modernidad lo llevan a ser considerado un precursor de casi todo lo que todavía se toma en cuenta en el mundo intelectual. Influyó la psicología y, entre otros, a Heidegger —y éste a su vez a Deleuze— y a los existencialistas, para no hablar de escritores como Kafka y Borges. A propósito, escribió Diario de un seductor.

También anduvo por México, o por lo menos en la literatura mexicana. El primer capítulo de Tiempo mexicano de Carlos Fuentes, se intitula “Kierkegaard en la Zona Rosa”.

Rizoma

El rizoma es un modelo propuesto por Gilles Deleuze según el cual una afirmación que incide sobre cualquier elemento de una estructura puede también incidir sobre otros elementos de esta, no importando su posición recíproca. Ese modelo propone la inexistencia del centro y puede ser definido como un proceso para problematizar lógicas y explorar sus posibilidades. Estas características lo hacen interesante para lo que llamo diseño de conexiones. El filósofo, sin embargo, advierte el peligro de que las experimentaciones con este modelo lleven a la caída en algo que se podría llamar energía oscura. (Novela suvenir.)

Baila conmigo

Dijo Proust que los libros hermosos están escritos en una especie de lengua extranjera. Dice Mario Bellatin que si un poema es malo basta traducirlo al portugués para que parezca bueno. Esto tiene que ver con el arte de los strippers y del Arlequín, con la traducción, con nunca terminar de “ser”. Por esto suelo decirles a las personas que tratan de aprender el portugués u otro idioma de la necesidad, además del aprendizaje formal, de oír y leer sin fijarse tanto en los significados, en dejarse llevar no sólo por el sentido sino asimismo por los sentidos.

Hagamos un experimento.

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Kierkegaard creía que la tarea de encontrar el sentido de sus textos debería “hacerse difícil, pues sólo la dificultad inspira a los nobles de corazón”. Está bien. Sin embargo, lejos de la forma de entendimiento a que se propuso alguna vez la filosofía, me gusta pensar que esto debe hacerse asimismo de modo placentero, misteriosa y lentamente. Como un striptease.

Se trata de perder y encontrar. Estos dos verbos se van conjugando en varios tiempos y bailando entre el desvestir y el vestir. Ahora en mi departamento de la Ciudad de México hay otras ropas. También añoro aquella falda blanca, que tal vez ya no me sirviera y quedara demasiado corta, porque mientras una se desviste y viste el cuerpo cambia. El tiempo es una forma de música.

Alegría

Presentaré el 23 de mayo en la Ciudad de México Entre el furor y el desconsuelo, el nuevo libro de Rafael Toriz, brillante escritor y curador de la columna Wunderkammer. A las 19 h en la Casa del Poeta Ramón Gómez Velarde, Álvaro Obregón, 73 [colonia Roma].

Llevaré conmigo esa frase de Gilberto Freyre: “Lo que estoy buscando ser es escritor que, como escritor, se sirve de su formación o de su saber —si es que existe— científico —o antropológico, sobretodo— en vez de pretender ser principalmente antropólogo o sociólogo o historiador, o pensador, por decirlo de alguna manera, institucional. El caso —esta condición híbrida, flexible y un tanto anárquica— de varios hispanos… De ahí que me sienta a gusto o con libertad para me expresar principalmente como escritor —escritor con pretensiones a escritor literário— sin que para ello renuncie a la responsabilidad de que me embiste la formación, o la condición de científico y, tal vez —excusez du peu— la de pequeño pensador” [“Euclides e os Sertões”, Seleta para jovens].

El nacimiento de los mitos

Estás en el centro de la Ciudad de México y te engentas y te desesperas y te desamparas y te desorientas y caes en aquello que Deleuze llamó energía oscura. Las calles de pronto se vuelven irreconocibles, ininteligibles, infinitas, el mismo infierno. Y ni san Judas Tadeo y ni san Kierkegaard y ni Freud y ni nadie viene en tu auxilio. Ya no son cosas, causas, amores. Lo que se pierde eres tú, inmersa en la angustia o el pánico, resbalando hacia abajo sobre teorías, conceptos, definiciones. Entonces de pronto aparece alguien y empieza una conversación. Sin saber lo que te pasa te saca a la superficie. Tal vez tenga un don especial. Tal vez sea un ángel. Un ángel que te trae temas y con ellos te salva. Son temas banales, sobre los espacios de sobrevivencia en los que en la mayor parte del tiempo transcurre la vida, la vida de esa trabajadora del hogar, Pat, o de ese desempleado, Juan. Son quince minutos de conversación y al final estás tranquila. Las calles vuelven a ser calles. Y tú sólo un pobre diablo que cree en san Judas Tadeo, Kierkegaard, libros, canciones, imposibles. Y ángeles.

Mundo não tem porteira

Esto dijo Guimarães Rosa. Termino como empecé, con música. Que disfruten de Swing de Campo Grande, del clásico Acabou chorare (1971) de los Novos Baianos. “Aqueles que têm uma seta e quatro letras de amor, por isso onde quer que eu ande, em qualquer pedaço, eu faço um campo grande…” ®

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Publicado en: Jardines en casa ajena, Mayo 2012


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