El subdesarrollo en la Mixteca

Dos pueblos en la pobreza y la marginación

El autor, oaxaqueño, conoce el estado y la condiciones de miseria en que ha subsistido desde los tiempos de la Colonia. Las historias se agolpan mientras se comprueba que el Estado ahí no existe más que para mal y que las cosas deben cambiar.

En San Jorge Nuchita

San Jorge Nuchita

La mixteca es un cúmulo de historias inconexas, aisladas, sumergidas en la más profunda oscuridad de esa parte de la memoria que llamamos olvido, y este hecho no es casualidad. En San Jorge Nuchita el analfabetismo era de 88% de la población en 1940, mientras las cifras más recientes muestran que ahora es de 32.75% en los mayores de quince años. Una cifra insultante, sobre todo después de tantas décadas.

En San Jorge Nuchita ensayan dos bandas de música al mismo tiempo, una debajo de un laurel y otra a lo lejos, a unas cuadras. Ambas desentonan, ambas se preparan para la fiesta patronal del mes de abril. Con orgullo me cuentan que serán tres días de fiesta sin parar, las 24 horas del día. Antes de que llegaran los músicos al parque tres niños jugaban, y en cuanto me vieron colocar la botella de agua junto a mis pies se acercaron para pedírmela. Tenían sed, claro.

San Jorge está enclavado en la Mixteca de Oaxaca y su clima solía ser semicálido y subhúmedo. Para llegar hay que alzarse en un camino serpenteante que deja ver desde su cima un extenso lomerío devastado, un desierto en pocos años más. Todavía hasta principios del siglo pasado prácticamente todos sus agostaderos eran utilizados para el pastoreo de chivos. Las consecuencias son evidentes.

—¿Dónde viven? —les pregunto a los niños que siguen revoloteando en rededor.

—Acá atrás —y me señalan una fronda de carrizo, laureles y bambú, detrás de la presidencia municipal. Escucho que alguien los llama a gritos.

—¿Con quién viven?

—Con mi abuela, pero mi tío nos pega. No queremos ir.

Los niños siguen jugando en el parque. Pinche. Puto. Pendejo. Chinga tu madre. Estos niños, entre cuatro y cinco años, cuando juegan se comunican con un español entrecortado, difícil, masticado. Se dicen otras cosas en mixteco y comienzan a golpearse, el mayor a los menores, los niños a la niña. Finalmente todos lloran.

En San Jorge Nuchita ensayan dos bandas de música al mismo tiempo, una debajo de un laurel y otra a lo lejos, a unas cuadras. Ambas desentonan, ambas se preparan para la fiesta patronal del mes de abril. Con orgullo me cuentan que serán tres días de fiesta sin parar, las 24 horas del día.

La lista de los abusos cometidos en contra de los indígenas de San Jorge Nuchita es interminable. Actualmente, por ejemplo, su producción de calabaza debería permitir recuperar la inversión y obtener un margen de ganancia, evitando que la gente vuelva a emigrar este año, porque en toda la región la helada quemó todos o casi todos los sementales, menos aquí. Pero no. La relación de trabajo establecida entre estos campesinos mixtecos con los grupos dominantes de la sociedad está determinada por la acumulación constante de unos a costa de la pérdida invariablemente del lado del campesino. Aquí, durante los próximos días va a llegar un comerciante de Huajuapan con su camión y les comprará al precio que quiera para venderlo muy bien en la Central de Abastos de la Ciudad de México. Siempre es así, me dice un campesino, también regidor del ayuntamiento.

El mito acerca de que la mixteca es pobre de recursos es genial para los comerciantes de las cabeceras municipales que se volvieron ricos gracias al comercio de los productos de los indígenas. Desde la época de la Colonia la seda, el algodón, la grana cochinilla, el tejido de la palma, la madera de los árboles, el carbón, la leña que usaban todos, la cría de ganado caprino y la riqueza que estos bienes producían, se acumuló en unas cuantas manos.

Kevin, un joven indígena de catorce años pero con rostro de un niño de ocho, me dice que va a ir de pesca esa tarde. No ha tenido trabajo durante la semana. Kevin trabaja para el mayor productor de papaya en San Jorge. Me dice “Vamos, la laguna está aquí cerca, unos pescadotes así”, y coloca sus palmas bien abiertas, como para abrazar su hambre. Le pagan 15 pesos por trabajar. Lo hace desde los ocho de la mañana, todo el día. Cuando tenía tres años sus papás se fueron al norte y no los ha visto desde entonces. Con cierto anhelo me pregunta qué es eso y señala un objeto que tengo entre las manos. Leo en voz alta un poco. Algo le sucede a Kevin. Su soledad me embarga.

Los mixtecos tuvieron a su peor enemigo en algunos de ellos mismos, como ahora. Y sin embargo, jamás cometieron las atrocidades de los terratenientes, latifundistas, comerciantes, clérigos, militares y gobernantes españoles, criollos o aun los mestizos tratando de actuar como los blancos, durante todos estos siglos.

Actualmente 70% de los jóvenes indígenas entre quince y veinticuatro años de la Mixteca de Oaxaca no asiste a la escuela. En San Jorge Nuchita es 82%. El 89.76% de la población mayor de quince años no ha terminado la escuela. En San Jorge no hay una sola biblioteca. La educación, de todas formas, es otra manera de exterminar la conciencia colectiva, el conocimiento al que sus ancestros seguramente tuvieron acceso alguna vez.

La lista de los abusos cometidos en contra de los indígenas de San Jorge Nuchita es interminable.

Los libros de educación pública, tan ignorantes de la historia, no sólo han omitido esa otra historia que se construye en la memoria de los caídos, los perdedores, los de abajo, la misma historia que se conserva durante pocas generaciones hasta llegar en forma de confusión a este presente donde no nos reconocemos más, pues ahora sólo existe una sola forma de vida indigna, ruinosa y decadente.

A San Jorge se llega por una carretera que está a medio asfaltar. El presidente municipal anterior, del PRI, se jactó de haber obtenido los recursos para hacerlo, pero hace falta más de veinte kilómetros. La sequía en la Mixteca es una consecuencia de la sobreexplotación de los recursos. La desertificación es otra consecuencia. La pérdida del suelo y el agua y los animales es otra consecuencia. La ignorancia es otra consecuencia. La emigración es otra consecuencia. La desaparición de poblados enteros es otra consecuencia. Aun sí la mixteca generó los suficientes recursos durante los últimos cuatro siglos para enriquecer a algunos de los hombres más acaudalados de Oaxaca. Hasta la dignidad se la llevaron y ahora les regresan un tipo de progreso indigno, a medias.

Kevin me pregunta señalando a mi equipo si vamos a volver. Le contesto lo que sé. Guarda un rato de silencio. Con ese brillo de inocencia que aún late en quien conoce bien el dolor, y por lo tanto la esperanza, me asalta con una pregunta que aparentemente estuvo comprimiendo su pecho toda la mañana, cuando nos veía de arriba a abajo.

—¿Ustedes salen en la tele?

En San Simón Zahuatlán

San Simón Sahuatlán

En San Simón Zahuatlán convergen la pobreza y la explotación. Por el camino que bordea los cerros se acerca un camión. Es una pipa con cinco mil litros de agua. Pertenece a la familia Maza Santibáñez. En Huajuapan de León, a una hora y media de camino, se vende en quinientos pesos y aquí en cinco mil, a decir de las autoridades municipales quienes pagan con dinero del ayuntamiento. Las mujeres se arremolinan con botes de plástico que sustituyen cántaros, jícaras, huajes. Cada una se va con lo que puede cargar. Detrás llega un camión de coca-cola. A la miseria no se le regala ni la paz.

La Mixteca de Oaxaca se estructura por una serie de ciudades pequeñas que sobreviven gracias a la explotación de las comunidades periféricas. El acaparamiento de la producción local y la concentración del comercio en estas ciudades le dieron su rasgo distintivo de poblaciones parásitas, desde la etapa colonial. Huajuapan de León, Juxtlahuaca, Nochixtlán, Putla y Tlaxiaco, principalmente, se han caracterizado a lo largo de su historia y hasta el presente por su escasa productividad cimentada en la explotación de los indígenas, los recursos naturales y la dominación política en sus regiones por medios violentos. Estas urbes, al convertirse en centros comerciales, políticos y religiosos regionales han sido la cuna de injusticias que parecen no tener fin.

Observo a dos niños que acometen con su carrizo unos cactus esqueléticos y logran su cometido, recogen del suelo las pitayas aún verdes, ayudados por unos vasos desechables de plástico para no espinarse y las esconden de mí. Las traen entre sus panzas inflamadas y sus camisas mugrientas. Ambos niños escurren por la nariz dos gusanos blancos de mocos. Su cara quemada, sus ojos vidriosos. Pasan por un lado. Yo les sonrío. Me avergüenza el temor con que me miran. El hambre los apura, los echa a correr. Se alejan. Un perro sarnoso les sigue el paso tembloroso.

La Mixteca de Oaxaca se estructura por una serie de ciudades pequeñas que sobreviven gracias a la explotación de las comunidades periféricas. El acaparamiento de la producción local y la concentración del comercio en estas ciudades le dieron su rasgo distintivo de poblaciones parásitas, desde la etapa colonial.

En San Simón Zahuatlán, como en muchas otras comunidades, ya no hay árboles como antes y en consecuencia tampoco hay agua. La tierra que es Nuhu para los ñuu Savi, Tonaantzin para los pueblos náhuatl, Nnan para los triqui, Na-a Ni’nje para la raza ixcateca —casi extinta—, Nu nnde’ para los popolocas, y para todos estos pueblos que cohabitan en la mixteca era sagrada. Hoy en día se encuentra en un proceso de desertificación que alcanza a 70% del territorio y son pocos los hombres que la quieren salvar y son muchos quienes aún codician una riqueza material invisible. Lomeríos erosionados. Chivos arrancándole a la tierra su último sostén. El entorno es un espejo de nosotros.

Son las once de la mañana. Entre la iglesia y la presidencia unos burócratas ya han instalado su escritorio burócrata para hacer trámites burocráticos. Las mujeres que esperaban desde las ocho se han puesto a barrer el atrio, trapear la iglesia, lavar los baños de la sacristía. Se sientan por fin para recibir instrucciones mientras, en la cara de los burócratas que ganan no menos de diez mil, tejen balones de cuero por diez pesos para Futtre, una empresa boyante de Huajuapan de León.

La pobreza extrema que acompaña el polvo es el resultado de siglos de dominación y décadas de malos gobernantes. Los datos más recientes indican que de los 155 municipios que conforman la región, 28 registran un grado muy alto de marginación, 104 poseen un grado alto, otros veinte municipios presentan un grado medio y sólo dos municipios tienen un grado de marginación bajo, según la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI). Esto significa que el analfabetismo, el hambre, la falta de acceso a servicios de salud y las posesiones materiales mínimas son las condiciones prevalecientes. Esto se confirma con las estimaciones del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) pues señalan que 37% de los mixtecos no vive con dignidad porque carecen de lo elemental.

Huajuapan de León, aunque muestra un grado de marginación bajo, tiene a 21% de la población viviendo en pobreza alimentaria. En la ciudad de Juxtlahuaca prácticamente la mitad de sus habitantes no tienen para comer adecuadamente; en Nochixtlán es una cuarta parte; en la ciudad de Putla Villa de Guerrero es 35%, y en Tlaxiaco una tercera parte de sus habitantes no puede alimentarse por sí mismos y son dependientes de las transferencias del gobierno.

En San Simón Zahuatlán, como en muchas otras comunidades, ya no hay árboles como antes y en consecuencia tampoco hay agua.

El tamaño de la injusticia en esta región es descomunal. A lo largo de la Colonia, la etapa independiente y posteriormente a la revolución las oligarquías locales han sabido acomodarse a los tiempos políticos cambiantes para salir avante y perpetuar su dominación. Una muestra de ello es que en la región Mixteca de Oaxaca la población indígena es 58.3% del total pero carecen totalmente de representación porque han sido dominadas políticamente, integradas a la sociedad nacional, avasalladas por programas sociales como Oportunidades y otras políticas públicas que sólo son útiles para el saqueo del erario, útiles para el florecimiento de las clases políticas locales y útiles para el control social de las comunidades.

Desde todos estos centros urbanos se ha promovido hacia las comunidades indígenas el alcoholismo, la venta ilegal de armas, la corrupción, pero sobre todo la división política a su interior. Estas acciones han cumplido un papel muy importante en la contención de las revueltas, manifestaciones políticas, intentos por organizarse y alcanzar su autonomía.

El sol del mediodía quema. Los hombres están enfrente de la iglesia, bajo la sombra de una carpa de lona que ostenta los colores y el nombre de la cerveza Corona. Desayunan un caldo aguado con un hueso y pegado al hueso un hilo de carne. La banda que se había dado una pausa se levanta de la mesa y coge de nuevo su música cansada. Los hombres llevan tomando toda la noche, me dice una mujer malabarista que sostiene dos platos con un brazo y cinco cervezas con el otro. Los gritos de unos niños se asoman en el postigo de la inmensa bodega del gobierno para comprar más dulces Sonric’s. Una sierra eléctrica se prende en alguna loma cercana. El camión de Bimbo irrumpe tocando el claxon. Una botella de cerveza estalla contra el piso. Un remolino de polvo se levanta desde el fondo de la barranca y azota la carpa con su viento furibundo que arrastra la música a ningún lugar y cuando pasa, el silencio, ese aliento pobre y cálido de la vida, se hace uno con la historia. Los siglos pasan frente a mí. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, marzo 2011


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