El tiempo de Polifemo

Hostiario lírico del límulo

A Anita Salinas

Pues músico era y llevaba la flauta al cuello, según Virgilio.
—Reyes, El “Polifemo sin lágrimas” (1961)

Silencioso, mortal, amenazante, como una urna rota —un pobre jarrito rajado— que don Alfonso traía en el pecho. El tercero de sus infartos (y el cuarto campanillazo de los mortuorios), una noche de agosto de 1951, dispuso la visitación de la Muerte, “turbadora vaharada fría” (OC, X, p. 457). Esa misma mañana había almorzado donde el doctor Ignacio Chávez y, antes del triple canto del gallo arrogantísimo, ya estaba hospitalizado en el Instituto de Cardiología. Entregaba por entonces sus días a la interpretación libre de la Fábula de Polifemo y Galatea (1613).

Mitad por orden médica, mitad por facilidad, dejó el cigarrillo. Para su egreso del Instituto, con casi tres meses de internamiento, padecía hospitalosis. Cuando Chávez le explicaba su dolencia y henchíalo de medidas higiénico-dietéticas, entró en escena otro cardiólogo, el doctor Enrique C. Livas (1908-1984), paisano. En todo caso, don Alfonso achacó su mal a la hybris —funesta a Mario Girotti— y un temor antiguo abrasó el libro de temática gongorina…

El tercero de los regiomontanos ilustres remató su crónica de lo anterior en enero del 1953 y, cerca de mediados del año, se hizo unos estudios de sangre; uno de los cuales impresionó a Alfonso Méndez Plancarte (1909-1955), conspicuo afásico zamorano. Muy a propósito, el futuro canónigo de la Basílica diole al cardíaco el siguiente pie forzado: “el tiempo de Protrombina”. Desmejorado, el diestro centaurista contestóle con una jugarreta homónima que, sin advertirlo, quedó en setenta y dos versos (OC, X, p. 303-5).

Sentado en el estricto reino de la hipótesis (y del naturalismo de Linneo), podría yo argumentar que un padecimiento distinto del isquémico habría evitado la odiosa consagración lírica de la protrombina, cimógeno del doctor Armand J. Quick (1894-1978). Algún contagio, por ejemplo, habría catapultado el lisado de amebocitos del límulo (Limulus polyphemus) hasta el parnaso, sitial verdaderamente inextinguible.

Un fisiólogo decimonónico, el shakesperiano William H. Howell (1860-1945), también de Johns Hopkins, los había, de cierta manera, apadrinado. En el reporte de sus observaciones, fechado en octubre de 1885, describió como la púrpura cobriza del horrísono flautista de Trinacria, a la exposición aérea, comenzaba a coagularse.

El profesor Frederik B. Bang (1916-1981), en 1956, había inyectado bacterias, del mar viviente, al cúprico artrópodo, enfermándolo: coagulación intravascular de la linajuda sangre, preámbulo del fin. Casi a una década del experimento, en 1965, junto con el hematólogo Jack Levin, pormenorizó el fundamento de la prueba mentada en el párrafo previo, el lisado de amebocitos de límulo (LAL), que permite la identificación del lipopolisacárido, un componente bacteriano.

Un fisiólogo decimonónico, el shakesperiano William H. Howell (1860-1945), también de Johns Hopkins, los había, de cierta manera, apadrinado. En el reporte de sus observaciones, fechado en octubre de 1885, describió como la púrpura cobriza del horrísono flautista de Trinacria, a la exposición aérea, comenzaba a coagularse.

Bang halló al monstruoso y fiero vástago de Posidón —aquel Amo del Terremoto, igualado al postre con una supuesta deidad, el neptúnico diosecillo de Roma— en Woods Hole. Su hábitat, sin embargo, no está restringido a Massachusetts: se ha visto en el espumoso litoral de Yucatán, en Ovidio, en Teócrito… Este ciclópeo horror serrano —que no vive, como los hombres, de pan— pisó incluso, en los albores del Seiscientos, las anchurosas calles de Madrid.

Antes de sufrir la sanguinolenta burla de Girotti, el rico superviviente trilobita le espetó, en el inglés de Alexander Pope, con tonante voz: “Know then, we Cyclops are a race above / Those air-bred people, and their goat-nursed Jove; / And learn, our power proceeds with thee and thine, / Not as he wills, but as ourselves incline” (IX, 329-32).

“Right half of the male King-crab, with the nervous system dissected from the ventral surface” (Richard Owen, Anatomy of the King Crab (Limulus polyphemus, Latr.). Londres: Taylor & Francis, 1873).

En la opinión sesuda de autoridades mito- y zoológicas, el barbado antropófago mide doscientos codos y las amnésicas corrientes del Leteo tiene por melena. Porta, igualmente, el cazador veloz, antediluviano exoesqueleto y, en la siniestra, un báculo, que más parece un mástil. Cuando no está recogido en las entrañas de laureada gruta aficiona el pastoreo de su ganado, caprino y ovino; así como la recolección otoñal de peras pequeñas y amarillas.

Desde la abadía de San Michele della Chiusa, el venerable bibliotecario ciego censuró la sesuda descripción en su Manual: “Estos versos exageran y debilitan a otros del tercer libro de la Eneida (alabados por Quintiliano) que a su vez exageran y debilitan a otros del noveno libro de la Odisea” (p. 104-105).

Fantaseemos, por lo tanto, otra estrella al monóculo galán de la nereida Galatea. Quizá la de argonáutico héroe lapita, casi célico, matador de centauros, hijo de Élato y de Hipea, cuñado del esforzado Alcides. Quizá la de libio basilisco (Basiliscus basiliscus) de húmedos caminos, galliforme y gallífobo, imitador meduseo del santón en el Tiberíades.

Hace poco Adolfo Castañón calcó (y puso al día) la composición alfonsina en En tiempos de la trombina, poema dedicado a Saúl Yurkievich, aparecido en la revista Sol negro (primer número, diciembre de 2006). Se me antoja que el polifémico límulo —y sus hipocráticas utilidades— seguirá, de cualquier forma, cual trasto de la confortable inadvertencia. ®

—Barrio del Ojo de Agua del Niño Jesús Tlapixca, Pluviôse 2012.

Archivado en Marzo 2012, Narrativa
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