El triunfo del desequilibrio

Una lección sobre la incondicionalidad

Más allá de las elecciones vinculadas con la incondicionalidad —ya sean en los triunfos o en las derrotas— de eso trata: agradecer los gestos, multiplicarlos y saber dominarnos a nosotros mismos. Somos equilibristas de la vida.

Juanro, de pibe, jugando a la pelota.

Juanro, de pibe, jugando a la pelota.

La primera lección sobre la incondicionalidad me la dio mi amigo Martín a los cinco años en un potrero mientras se hacía el tradicional “pan y queso”. Martín me eligió a conciencia. Él sabía que yo era un patadura. El mejor 8 que vi en mi vida por su excelencia en el juego, proyección, pegada y liderazgo me eligió teniendo la certeza de que eran más los goles que me iba a errar de los que podía convertir. Conocía mis pifias astronómicas y mucho más mi brutal temperamento. Porque a pesar de mi performance limitada yo no era de esos jugadores mansos: me calentaban las injusticias, discutía las jugadas polémicas y no aceptaba que los integrantes de mi equipo me reprendieran a los gritos. Así y todo Martín prefería perder con amigos que triunfar con ignotos desconocidos. Y claro, un gol mío —que hubo y muchos— se festejaba el doble porque era una especie de triunfo del desequilibrio.

Martín me eligió una y mil veces en el potero de la Escuela 4, en la canchita de la vía, en la lomita y en los márgenes de Pibelandia. Ese amor ingenuo y contundente que fue un sello permanente a través del tiempo se transformó en un modo de entender la vida. ¿Pero la personalidad y la confianza de cada uno se forman a partir de la mirada de los otros? ¿Somos a partir del amor que nos brinda nuestro entorno? Definitivamente no. Esos gestos de confianza son muestras de generosidad, de abrazar al otro con luces y sombras, son elecciones libres que vamos haciendo con el transcurrir del tiempo. Elegir y sentirse elegido.

Alguna vez el amigo Kurt Lutman, que de esto sabe —de las letras y del fútbol—, me dijo que un patadura es un equilibrista. Hay obstáculos afuera, patadas, codazos, pozos en la cancha y marcas aguerridas. Pero el primer dominio que se tiene que tener es con uno mismo. Y más allá de las elecciones vinculadas con la incondicionalidad —ya sean en los triunfos o en las derrotas— de eso trata: agradecer los gestos, multiplicarlos y saber dominarnos a nosotros mismos. Somos equilibristas de la vida. ®

Publicado en: Apuntes y crónicas

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