El tropiezo de la política

El retorno del PRI

Ése es el PRI al que hay que temerle. ¿Ha desaparecido? No en su totalidad. Sin embargo, y esto no hay que olvidarlo, es poco probable que el partido pueda continuar gobernando como antes debido a un órgano electoral autónomo, al pluralismo partidista imperante en buena parte del país y a una sociedad informada aunque medianamente activa.

Jesús Silva-Herzog Márquez cita en su libro La idiotez de lo perfecto un pequeño texto de Michael Oakeshott: “La política es un espectáculo desagradable en todo momento. La oscuridad, la turbiedad, el exceso, las componendas, la apariencia indeleble de deshonestidad, la falsa piedad, el moralismo, la inmoralidad, la corrupción, la intriga, la negligencia, la intromisión, la vanidad, el autoengaño y por último la esterilidad”. ¿Por qué, entonces, preferimos la política? Es cierta la descripción de Oakeshott aunque visiblemente comprimida y negruzca, ya que si bien la política es todo lo que el filósofo describió, también es la configuración más alta de la civilidad del poder; el embrollo más pacífico de las traiciones; la escuela más perfectible de virtudes. La elegimos por la elemental razón de ser el contrapeso perfecto de la sangre.

El regreso del priismo abona a la descripción de Oakeshott. El tricolor se ha inmiscuido en una espiral siniestra y cínica, aunque pragmática y funcional, de un modo muy particular de gobernar. La conserva de viejas prácticas debería de estar entumida, aterida y olvidada: el corolario de virtudes rodearía al escapulario de los vicios que cargamos: la corrupción y el encubrimiento enmascarado de disciplina. Y ése es el PRI al que hay que temerle. ¿Ha desaparecido? No en su totalidad. Sin embargo, y esto no hay que olvidarlo, es poco probable que el partido pueda continuar gobernando como antes debido a un órgano electoral autónomo, al pluralismo partidista imperante en buena parte del país y a una sociedad informada aunque medianamente activa. No dejo de pensar que el regreso del PRI no puede ser tan malo o tan desfavorable para el país como muchos afirman: quizá no se trate del regreso de los dinosaurios sino la entrega a puertas abiertas en una bandeja de nuestras fobias. Quizá no se trata de una regresión hacia el pasado sino la certeza kilométrica y añosa de una fe, de un tufo de sospecha, el ritual de escribir la historia antes de vivirla.

Es verdad que ciertos funcionarios públicos siguen en el camino de lo viejo. Maquinan pactos porque imaginan perpetuidades. Cultivan secretos porque imaginan ascensos. Pero es ahí en donde la sociedad (ni desconfiada ni salvadora sino, simplemente, sociedad) entra a otear horizontes públicos, asir cuestiones de interés general, señalar irregularidades. No hay tal cosa como la pureza ciudadana, y tampoco hay tal defecto como la absoluta suciedad política. Confiscar los polos es la mejor manera de conocer lo necesario.

El tricolor se ha inmiscuido en una espiral siniestra y cínica, aunque pragmática y funcional, de un modo muy particular de gobernar. La conserva de viejas prácticas debería de estar entumida, aterida y olvidada: el corolario de virtudes rodearía al escapulario de los vicios que cargamos: la corrupción y el encubrimiento enmascarado de disciplina. Y ése es el PRI al que hay que temerle.

La sociedad civil ha adquirido la suntuosidad de las grandes ideas sin la glosa de cada una de ellas. Hay relámpagos de sorpresa pero, en general, un clima lluvioso, copioso en pocas zonas, y limitado exclusivamente a las grandes urbes. La corriente eléctrica de la política inmersa en la sociedad tiene alto voltaje para provocar apagones pero no una distribución coherente de descargas. En lugar de destellos gubernamentales imperan los guiños civiles; ya no es la época de las grandes ideas sino de los recelos ciudadanos. Mario Tronti lo resume así: “Le ha seguido un proceso macroscópico de decadencia de la política, del cual experimentamos hoy todas sus conclusiones”, o “El siglo se apagó con el triunfo de la pequeña política, una larga decadencia, una interminable deriva, una colectiva inconsistencia humana de clases políticas, instituciones, programas, intervenciones, sin pensamiento, sin futuro, un presente detenido frente a la vacía imagen de sí mismo”.

Así como el péndulo, la política oscila ahora en su lado menos afectivo, menos emocional y más rígido. Enrique Peña Nieto representa la política hecha hombre. Y quizá sea esa decadencia la que nos permite inferir que las burlas y los temores hacia el priismo no radican en un pulso múltiple de aseveraciones verdaderas, sino más bien en un torrente sanguíneo abanderado por los bajos índices de confianza hacia cualquier gobierno. La sociedad civil se ha transformado en una cristalería en donde no es posible tocar nada y solamente comprar la mercancía a un precio muy alto: se ha vuelto demasiado costoso hablar mal de ella. Es necesario replantear sus propias ideas.

Michael Oakeshott, nacido en 1901, era conservador: “Ser conservador es preferir lo familiar a lo desconocido, preferir lo experimentado a lo no experimentado, el hecho al misterio, lo efectivo a lo posible, lo limitado a lo ilimitado, lo cercano a lo distante…” Esta posición política es, quizá, lo más cercano a la prudencia. Puede que la política no se trate del método más aséptico, pero sí del más pacífico. No necesitamos ya de la continuidad perversa de una serie de niveles mentales despoblados de la más mínima lógica y sí de transgredir esquemas mohosos y carentes de sustancia. Es necesario comenzar a sacrificar fantasmas y suprimir viejas nociones de lo que creemos significa hacer política. Abrir la bóveda del futuro está en la inclusión de aquella en todos los niveles sociales por medio de fórmulas conocidas: y es que ir paso a paso es también una forma de evolución, el avance más sofisticado de cualquier conquista o la brecha más humana de convivencia. ®

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Publicado en: Julio 2012, Política y sociedad

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