El último trabajo

El amor que mueve el sol y las estrellas

“A mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba porque mi ruta había extraviado…”Efectivamente, me sentía extraviado entrado a mis sesenta y ocho años. No era una cuestión de fe ni de saber que la recta final de mi vida se acercaba a pasos agigantados, más bien me sentía temeroso, poco útil.

A Rojo Sol, mi padre.

Dante en el exilio, atribuido a Domenico Peterlini (1822–1891).

Dante en el exilio, atribuido a Domenico Peterlini (1822–1891).

Cuando estaba por concluir la revisión de la sección de anuncios clasificados para buscar trabajo estaba realmente descorazonado, mis esperanzas de encontrar alguno donde encajara mi perfil se veían reducidas drásticamente: ¿quién habría de interesarse por un maestro de filosofía especializado en la Divina Comedia? ¿Cómo explicar que mi tesis doctoral versó sobre el primer párrafo del “Infierno”? Es simplemente maravilloso, es como si escuchara en este momento la voz de Dante Alighieri al iniciar el Canto I del poema en la “terza rima” inventada por él:

Nel mezzo del cammin di nostra vita
mi ritrovai per una selva oscura,
ché la diritta via era smarrita.

“A mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba porque mi ruta había extraviado…” Efectivamente, me sentía extraviado entrado a mis sesenta y ocho años. No era una cuestión de fe ni de saber que la recta final de mi vida se acercaba a pasos agigantados, más bien me sentía temeroso, poco útil. Ahora de nada sirven mis conocimientos sobre el pensamiento, la religión, la astronomía, la filosofía, las matemáticas y la óptica medievales; estoy desempleado y necesito desesperadamente comer para sobrevivir, hace tres días que no pruebo bocado, no puedo competir con los jóvenes limpiaparabrisas o con personas mayores que ocupan lugares estratégicos pidiendo limosnas.

Aún me quedan tres anuncios que leer, quizá tampoco encuentre lo que busco, y el periódico que tengo entre mis manos es de hace nueve días. Mi esperanza se desvanece; hago un esfuerzo y renuevo la lectura:

Se busca joven trabajador con estudios truncos de contabilidad, buena paga y prestaciones superiores a las de la ley…
Empresa farmacéutica requiere representantes médicos…

¿Cómo no sentirme desesperado? Solamente un último anuncio me falta por examinar, mis pensamientos vagan a mis años mozos donde todo lo podía, no conocía límites, además era aventurero y no importaba dónde cayera; ahora, sin techo, sin familia y hambriento puedo entender por qué la gente puede robar o suicidarse, sin embargo, no tengo fuerzas para la primera opción y no me interesa la segunda, ganas de vivir las tengo.

Quizá tenga razón Dante Alighieri cuando dice que el Infierno nos representa frente a nuestros pecados y sus aciagas consecuencias, pero no deseo hacer su travesía para expiar mis culpas y liberarme… ¿liberarme? ¿De qué? Soy libre y no poseo nada, ni siquiera la ropa que traigo puesta, bastante hace el buen samaritano de la tienda en prestarme la que usa para vestir a los maniquíes antes de mandarla a la tintorería.

Cruzo los dedos en una vana señal de superstición, me da risa pensar que ojearé un anuncio más con resultados fallidos, sería el colmo de los colmos. Suspiro fuertemente y, con el valor de enfrentarme a una guerra sabida previamente perdida, mis ojos se abren para leer:

¿Está desesperado, no tiene qué comer,
es viejo y sabio?, entonces llame
porque aquí lo espera su último trabajo.

No podía dar crédito, por fin un anuncio hecho para mí… ¿quién más podía competir por él? Seguí leyendo y como un sastre recorté el anuncio: mis pasos se enfilaron a mi futuro cierto.

Para mi sorpresa, al llegar al lugar de la cita me llamó la atención el gran número de viejos que hacían cola para una entrevista, ¡claro! Debí suponer que no era el único ser sobre la tierra en estas condiciones, pero la larga fila significó una larga espera. Contaba el número de personas que iban entrando, más de mil, pero ninguno había contado las personas que salían… Pensé que tal vez hubiera una salida trasera para los que entrevistaban y les daban un no por respuesta. Por primera vez en la vida algo me hacía confiar, sabía que ese lugar estaba reservado para mí.

Doce horas en fila, no me importa esperar doce horas más, al fin y al cabo ya faltan menos para miturno. He de decir que no había nadie más formado detrás mío, lo que confirmaba mi sospecha de que el trabajo era para mí. El número de personas se reduce y el tiempo que llevo esperando llega casi a las veinte horas. Las últimas entrevistas se han demorado más, lo que podría explicarse por el cansancio de los entrevistadores, pero en todo caso, esas veinte horas me han permitido repasar el “Infierno” y el “Purgatorio”. Podría esperar cuatro horas más, tiempo suficiente para repasar en mi mente los últimos treinta y tres cantos del “Paraíso”.

Bella ciencia es el estudio que en horas inciertas me produce placer, no hay nada comparable a esa tragedia que ahora repito: me falta un solo canto y faltan algunos minutos para cumplir exactamente las últimas cuatro horas de espera.

Me encuentro en la antesala de una modesta oficina, escasamente iluminada con un foco ahorrador. Tengo la oreja pegada a la puerta tratando de escuchar la forma en que despiden a mi antecesor; no oigo nada, tal vez el canto me distrajo, pero ahora se abre una puerta, lenta, muy lentamente, dejando pasar ecos de luz más claros, más claros: el eco de una voz me invita a pasar.

¡Por fin! ¿Cómo ha tardado usted en llegar? Me ha hecho perder casi veinticuatro horas, sí, sí ya sé que usted no las perdió, incluso podría decirse que las ganó al recordar fielmente los Cantos de la Divina Comedia, lo he estado escuchando desde que llegó, sé que le faltan unas cuantas estrofas, y de eso se trata, de recordar las últimas partes del poema, del dichoso canto, es el último trabajo que usted realizará, no importa el monto que le pague, sé bien que aceptará, el cuerpo necesita energías y el alma paz que encuentra al estar satisfecho. Supone usted bien, soy yo el único que puede necesitar los servicios de un maestro como usted. Mi voz un tanto cavernosa le sorprenderá, pero no siempre fue así, después de tantos siglos es entendible, mi memoria es algo olvidadiza y por eso necesito su ayuda más de lo que pueda imaginar, es verdad, ya lo esperaba, no pensé que tardaría tanto en llegar, pero lo importante es que está aquí.

Bien, bien, pongamos algunas cosas en claro, primero, no habrá contrato ni prestaciones ni nada que se le parezca, lo único que usted tendrá será un montón de monedas de oro que están en ese saco azul que cuelga sobre aquel perchero, recibirá un cheque por la cantidad que resulte de multiplicar los 34 cantos del “Infierno” por los 33 del “Purgatorio” por los 33 del “Paraíso” por la edad que usted tiene, ni un centavo más. No diga nada, sé que acepta, ahora bien, su último trabajo, como le decía antes, es cantar en voz alta las estrofas que le faltan, solamente cambiará el último párrafo, más bien lo interpretará, usted lo dirá en italiano–español y, cuando termine, repita el final con la interpretación que durante siglos he esperado que se haga, hoy es el día, así que comience.

Con voz trémula, y con los ojos nublados por la emoción, recité así:

Cosi’ la mente mia, tutta sospesa,
mirava fissa, immobile e attenta,
e sempre di mirar faceasi accesa.

A quella luce cotal si diventa,
che volgersi da lei per altro aspetto
e’ impossibil che mai si consenta;

pero’ che ‘l ben, ch’e’ del volere obietto,
tutto s’accoglie in lei, e fuor di quella
e’ defettivo cio’ ch’e’ li’ perfetto.

Omai sara’ piu’ corta mia favella,
pur a quel ch’io ricordo, che d’un fante
che bagni ancor la lingua a la mammella.

Non perche’ piu’ ch’un semplice sembiante
fosse nel vivo lume ch’io mirava,
che tal e’ sempre qual s’era davante;

ma per la vista che s’avvalorava
in me guardando, una sola parvenza,
mutandom’io, a me si travagliava.

Ne la profonda e chiara sussistenza
de l’alto lume parvermi tre giri
di tre colori e d’una contenenza;

e l’un da l’altro come iri da iri
parea reflesso, e ’l terzo parea foco
che quinci e quindi igualmente si spiri.

Oh quanto e’ corto il dire e come fioco
al mio concetto! e questo, a quel ch’i’ vidi,
e’ tanto, che non basta a dicer ‘poco’.

O luce etterna che sola in te sidi,
sola t’intendi, e da te intelletta
e intendente te ami e arridi!

Quella circulazion che si’ concetta
pareva in te come lume reflesso,
da li occhi miei alquanto circunspetta,

dentro da se’, del suo colore stesso,
mi parve pinta de la nostra effige:
per che ‘l mio viso in lei tutto era messo.

Qual e’ ’l geometra che tutto s’affige
per misurar lo cerchio, e non ritrova,
pensando, quel principio ond’elli indige,

tal era io a quella vista nova:
veder voleva come si convenne
l’imago al cerchio e come vi s’indova;

ma non eran da cio’ le proprie penne:
se non che la mia mente fu percossa
da un fulgore in che sua voglia venne.

A l’alta fantasia qui manco’ possa;
ma gia’ volgeva il mio disio e ’l velle,
si’ come rota ch’igualmente e’ mossa,
l’amor che move il sole e l’altre stelle.

Así mi mente, toda suspendida,
miraba fijamente, atenta, inmóvil,
y siempre de mirar sentía anhelo.

Quien ve esa luz de tal modo se vuelve,
que por ver otra cosa es imposible
que de ella le dejara separarse;

Pues el bien, al que va la voluntad,
en ella todo está, y fuera de ella
lo que es perfecto allí, es defectuoso.

Han de ser mis palabras desde ahora,
más cortas, y esto sólo a mi recuerdo,
que las de un niño que aún la leche mama.

No porque más que un solo aspecto hubiera
en la radiante luz que yo veía,
que es siempre igual que como era primero;

mas por mi vista que se enriquecía
cuando miraba su sola apariencia,
cambiando yo, ante mí se transformaba.

En la profunda y clara subsistencia
de la alta luz tres círculos veía
de una misma medida y tres colores;

Y reflejo del uno el otro era,
como el iris del iris, y otro un fuego
que de éste y de ése igualmente viniera.

¡Cuán corto es el hablar, y cuán mezquino
a mi concepto! y éste a lo que vi,
lo es tanto que no basta el decir «poco».

¡Oh luz eterna que sola en ti existes,
sola te entiendes, y por ti entendida
y entendiente, te amas y recreas!

El círculo que había aparecido
en ti como una luz que se refleja,
examinado un poco por mis ojos,

en su interior, de igual color pintada,
me pareció que estaba nuestra efigie:
y por ello mi vista en él ponía.

Cual el geómetra todo entregado
al cuadrado del círculo, y no encuentra,
pensando, ese principio que precisa,

estaba yo con esta visión nueva:
quería ver el modo en que se unía
al círculo la imagen y en qué sitio;

pero mis alas no eran para ello:
si en mi mente no hubiera golpeado
un fulgor que sus ansias satisfizo.

Faltan fuerzas a la alta fantasía;
mas ya mi voluntad y mi deseo
giraban como ruedas que impulsaba
El amor que mueve el sol y las estrellas.

Has refrescado mi memoria como nadie lo hizo, estoy preparado para tu anagogia, es lo que más deseo en este mundo, así que debes decirme para concluir nuestro trato: ¿Cuál es tu interpretación del último párrafo?

Dudando un poco, me animé a decir: “Aquel que mueve el sol y las estrellas” como usted, maestro.

Su ancestral rostro se iluminó de dicha y en ese momento el último aliento de Dante Alighieri se sublimó ante mis ojos, concluyendo así la Divina Comedia. ®

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Publicado en: Narrativa


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