El verde es el nuevo negro

¿Consumismo ecológico para salvar al mundo?

Ofrezco una disculpa por adelantado a todos aquellos que pueden llegar a sentirse ofendidos con lo que se expone en estas líneas. A todos los nuevos marxistas que han encontrado en el ecologismo la excusa perfecta para revelarse en contra de las cúpulas más altas del poder. A los amantes de la naturaleza que optan por la bicicleta en sus tiempos libres mientras conducen una camioneta cuatro por cuatro el resto del día. También a los ambientalistas de aparador que pretenden exhibirse como iniciados en el tema por el simple hecho de haber participado en una campaña dominical de plantación de árboles.

© Viktor Koen, New York Times

Por más que intento, no logro entender en qué momento el engranaje publicitario de los medios terminó de absorber por completo las bases de la ideología ecologista, que hasta hace algunos años parecía ser un movimiento, si bien no muy valorado, sí auténtico en sus raíces. Lamentablemente, la falsa filosofía del mundo verde que se nos vende hoy en día no parece coincidir del todo con lo que en la década de los ochenta comenzó como un movimiento interdisciplinario, en el que participaban expertos de los más diversos campos: políticos, científicos, economistas y demás. Todos con la finalidad de provocar un cambio en la sociedad en relación con los problemas ocasionados por el calentamiento global, que por esos años comenzaba a popularizarse.

El Protocolo de Kyoto sobre el cambio climático, que entró en funciones en 2005, se ha convertido, sin pretenderlo, en el punto de inflexión que lleva a muchas de las grandes compañías trasnacionales a replantear sus estrategias de mercado, entendiendo con ello que las restricciones del acuerdo internacional pueden ser vistas también como ideas explotables comercialmente. Con el argumento de ser empresas amigables con el medio se dedican a producir todo tipo de mercancías, que en algunos casos llegan a caer en lo ridículo e inútil y generando, así, un efecto negativo en los ecosistemas, de similares proporciones al ya existente, pues el consumismo verde seguirá siendo consumismo a fin de cuentas.

Está ya muy examinado el argumento de que el problema del calentamiento global no es sino una invención creada por algunos núcleos políticos e industriales alrededor del mundo con el único fin de reestructurar el mercado. Todas estas teorías “conspirativas” que se jactan de encontrar el hilo negro del cambio climático ganan adeptos mientras los ambientalistas cometen el error de crear conciencia a base de terrorismo publicitario y son representados abiertamente, en algunos casos, por personajes de dudosa calidad moral para opinar del tema. Al Gore, como rostro principal del documental An Inconvenient Truth (Una verdad incómoda), de 2006, es un ejemplo de ello.

Pero incluso el polo opuesto del debate también cuenta con vicios de carácter populista que disminuyen su credibilidad. Basados en las teorías especulativas previas a 1980, en las que todo apuntaba hacia un inminente enfriamiento global, los opositores del ecologismo pretenden contrarrestar las evidencias de carácter científico, con estadísticas históricas, demostrando que el fenómeno actual que vivimos, puesto en evidencia por el aumento en las temperaturas en el plano mundial, es parte de un proceso natural en el ciclo de vida de este planeta. Pese a ello, queda claro que estos grupos, supuestamente imparciales, también responden a fuertes intereses políticos y comerciales, que sólo los utilizan como carne de cañón, haciendo el trabajo sucio de sembrar la duda.

Pero la crítica al consumismo ecológico que se dilata en los países industrializados y semiindustrializados no va encaminada a negar la existencia del calentamiento global. Conscientes de que la mejor manera de combatir sus causas y efectos es la de mutar en una sociedad menos consumista, algunos ecologistas de la vieja escuela consideran que las últimas tendencias mercadológicas sólo crean en las personas una especie de autosatisfacción libre de culpa, pues al abocarnos por completo al consumo de este tipo de productos no prestamos mayor atención a las consecuencias posteriores, creyendo así que cada uno de nosotros está cumpliendo con su parte. Es decir, invertir cierta cantidad de dinero en productos “verdes” representa un esfuerzo tan plausible como participar en una manifestación o aprobar una ley en favor del medio.

Es todo un estilo de vida creado alrededor de este novedoso concepto: una vida de esnobismo y elegancia, clases de yoga por las mañanas, alimentos orgánicos durante el día y, para terminar, nada mejor que llegar a una casa ubicada en las afueras de la ciudad, con piscina y un enorme jardín.

Esta moda que se ha instaurado mayormente en la población joven, aunque no por ello excluyente de niños, adultos y personas de la tercera edad, se convierte en el nuevo estereotipo de la rebeldía izquierdista. De nuevo, la sociedad se polariza en torno a una cierta disputa, aunque esta vez los mal llamados rebeldes no usan camisetas de colores extravagantes ni llevan el cabello largo. Ahora consumen agua embotellada en recipientes biodegradables, conducen un automóvil híbrido de lujo y construyen casas de campo con madera reciclada. Es todo un estilo de vida creado alrededor de este novedoso concepto: una vida de esnobismo y elegancia, clases de yoga por las mañanas, alimentos orgánicos durante el día y, para terminar, nada mejor que llegar a una casa ubicada en las afueras de la ciudad, con piscina y un enorme jardín.

En definitiva, ser verde es lo de hoy, o al menos eso es lo que nos dicen los medios. Si no perteneces al movimiento eres conservador, frívolo e irresponsable. En el manual de todo ambientalista de moda no puede faltar las últimas tendencias del estilo let’s make it green, alta costura que se exhibe en las pasarelas de Milán, París o Nueva York, ropa de uso diario fabricada en fibras naturales con una durabilidad mucho menor a la de los materiales tradicionales, automóviles que superan el millón de pesos, con un consumo de combustible desproporcionado, y ¿por qué no?, arte contemporáneo de todo tipo para satisfacer los caprichos del junior que todos llevamos dentro. Pero, claro, todo esto no tendría mayor efecto sin los respectivos spots propagandísticos presentando a las estrellas mediáticas del momento, nuestros nuevos líderes de opinión.

El movimiento ambientalista se divide ahora en dos grandes grupos. Aquellos defensores a ultranza de la revolución ecologista, que pretenden privilegiar el ambiente con prácticas encaminadas a un consumo responsable, y los ecologistas de temporada, quienes dicen profesar el amor a la naturaleza sin entender muy bien lo que ello significa. Estos últimos son, en su gran mayoría, personas con la necesidad habitual de pertenecer a un determinado grupo, de seguir las tendencias que marcan la pauta en el comportamiento de las masas. Son aquéllos para quienes en unos años el ambientalismo pasará de moda y quedará en sus recuerdos tan sólo como una etapa más de sus vidas.

Éste es el motor de nuestro sistema; consumir, desechar, consumir de nuevo y desechar una vez más. Y es también uno de los principales causantes del deterioro ambiental, ya que en combinación con sus medios de producción y la ausencia de programas eficientes de reciclaje y restauración, el planeta acumula un excedente de remanentes materiales, para los cuales no se ha encontrado aún un depósito alternativo.

¿Qué será mejor? ¿Invertir repetidamente en productos biodegradables o hacerlo una sola vez en productos fabricados con un material duradero? La respuesta puede parecer obvia, aunque es aquí donde la sustentabilidad del planeta se contrapone con la sustentabilidad de la economía. ¿Podría llegar a ser rentable en la actualidad un modelo económico que no privilegie el consumo? Uno que se oponga a una estructura construida durante mas de cien años, la cual, se quiera o no, fue diseñada pensando en la producción masiva, el libre mercado y la economía de crecimiento, todos ellos apoyados primordialmente en combustibles fósiles como el petróleo y el carbón.

Para George Black, editor y columnista de OnEarth, revista trimestral del Natural Resources Defense Council, la tendencia pop adquirida por el movimiento se resume en una simple frase: “El verde es el nuevo negro”, en franca alusión a la efervescencia de la industria petrolera décadas atrás. ®

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Publicado en: marzo 2011, Política y sociedad


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  • sol portales

    Es irónica la manera de gastar ciertos recursos naturales para promoverse las empresas como “verdes”. Y sí, lo in es ser disque green, ojalá se nos apoyara para que todos utilicemos un auto híbrido ya que utilizar bicicleta en esta ciudad es ridículo puesto que se juega la vida.