Elogio a la arquitectura

José Dávila en el MAZ

La influencia es un arma de doble filo. Quien tiene la suficiente madurez intelectual la recrea; la resignifica. Quien no es uno más y su trabajo un mero pastiche.

En la película El hombre de al lado (2010), dirigida por Mariano Cohn y Gastón Duprat, el protagonista —un afamado diseñador argentino, de nombre Leonardo— se reúne con un par de estudiantes —un chico y una chica— que le llevan a examinar sus proyectos. En un determinado momento los alumnos le presentan una especie de sillón. El profesor, en plan de crítico, dice: “A ver, déjame adivinar: inspirado en Mies van der Rohe, ¿no?”; el examinado, con cara de no saber ni dónde está parado, contesta: “Me gusta mucho Mies”. El profesor replica: “¿Te gusta?; ¿te encanta?” Después, se dirige a la examinada: “¿A vos te gusta?; sabés quién es, ¿no? […] ¡chicos!, lo que hizo Mies lo hizo hace como más de ochenta años, yo no puedo creer que hoy, 2010, la propuesta siga siendo la misma, ¡pero muchísimo peor!”

La influencia es un arma de doble filo. Quien tiene la suficiente madurez intelectual la recrea; la resignifica. Quien no es uno más y su trabajo un mero pastiche.

El 10 de febrero se inauguraron tres exposiciones en el Museo de Arte de Zapopan (MAZ). Marcel Dzama: A touch of evil; Antonio Ramírez: Dibujos, y José Dávila: Elogio de la sombra.*

Si me asumiera como una suerte de arqueólogo del discurso del MAZ —haciendo a un lado a Dzama— señalaría que en las salas se exhiben tortillas, chorizo, basura, dibujos, cajas vacías de cloralex, Mies van der Rohe. Pero no. Habría que decir que eso es otra cosa. Es apropiación. Arte con adjetivo: arte contemporáneo. Bah. En esta ocasión hablaré sobre Elogio de la sombra.

Dávila (Guadalajara, 1974) es un arquitecto egresado del ITESO. Ha expuesto en Estados Unidos, España, Inglaterra. Ha ganado becas aquí y allá. Y, recientemente, en ARCO, el Museo Reina Sofía adquirió una obra suya. Es decir, en teoría, no es ningún improvisado. Es doblemente artista: artista y arquitecto, pues.

No sorprende, así, que en su trabajo se revele su profesión. Más exacto: muestre su profesión. En este sentido podemos ver la sala del MAZ que alberga su trabajo como una gran maqueta, un enorme portafolio o una simulación a escala de su recámara.

He identificado tres partes de Elogio de la sombra. Salvo el afán por desbordarse en elogios por sus influencias, no encuentro un denominador común entre ellas. El resultado: un trabajo sin unidad.

La primera es un homenaje a sus aficiones arquitectónicas: un globo rojo sostenido por un hilo amarrado a una piedra; un cuadro dorado —cuyo vidrio, que lo cubriría, se encuentra recargado sobre la obra— con las fotografías de Le Corbusier, Mies van der Rohe y Luis Barragán; marcos y círculos yuxtapuestos; pedazos de madera formando una especie de escalera, y cajas blancas.

¿Qué comunica el artista en esta sección? Que conoce de arquitectura; que le encantan esos tres arquitectos; que sabe de proporción y combinación de colores —aquí colocamos una palomita. Más nada. Bueno, sí, algo más: que se debe, en síntesis, a su Mies y a Donald Judd y a Sol LeWitt. ¿Los resignifica? No. ¿Qué hace? Compartir sus lecturas universitarias; mostrarnos cómo decoró su habitación en su etapa académica.

La primera es un homenaje a sus aficiones arquitectónicas: un globo rojo sostenido por un hilo amarrado a una piedra; un cuadro dorado —cuyo vidrio, que lo cubriría, se encuentra recargado sobre la obra— con las fotografías de Le Corbusier, Mies van der Rohe y Luis Barragán; marcos y círculos yuxtapuestos; pedazos de madera formando una especie de escalera, y cajas blancas.

La segunda: una serie de imágenes que, sin tocarse, crean un rectángulo a lo largo de la pared más grande de la sala. Aquí es donde en realidad se encuentra el dichoso elogio. Cada una de esas, digamos, fotografías, podría ser clasificada en varios cajones. Me permito señalar tres con dos ejemplos: momentos históricos: un fotograma del hombre que se colocó enfrente de un tanque impidiendo el paso en la plaza de Tiananmen, niños bañados con napalm, en Vietnam; obras artísticas: Beuys, Cattelan; homenajes a arquitectos —qué le vamos a hacer—: Candela y Mies van der Rohe —sí, otra vez. El número de reproducciones, en total, suman 74.

¿Qué las convierte en piezas en sintonía con el título de la exposición? El artista elimina el detalle central de las fotografías; es decir, por ejemplo, Bas Jan Ader, congelado en un fotograma —tomado del video que documenta su caída a un río desde un árbol—, es eliminado del foco de atención: una imagen en blanco, que se corresponde con su cuerpo, lo sustituye mientras que el resto, con fondo gris, permanece intacto. Es como si una parte de la memoria cultural del siglo XX no tuviera rostro. Dávila presenta, en esta obra, un cementerio visual: al eliminar a los protagonistas de cada imagen cancela, por tanto, la razón por la cual pasaron a la historia y cede el protagonismo a las manchas blancas; sin embargo, hay una lista, cerca de esta suerte de collage que documenta las influencias del autor. Así que su intento de nulificarlos se aborta. Eso, o, como he mencionado, funciona como índice para identificar quién es quién en su panteón artístico.

La tercera: un conejo que observa un foco encendido; cajas, cuidadosamente pintadas de dorado en su interior, marca cloralex; una escultura homenaje a Le modèle rouge de Magritte; una escultura sin develar; una bitácora; un tronco.

Las cajas son un refrito de, por mencionar acaso el ejemplo canónico, Brillo Box de Warhol.

El tronco, cuenta el autor: “Al trabajar para una pieza de la exposición tuve un encuentro fortuito y mágico con una marmolería que está cerca de mi taller: […] y me traje las maderas y el tronco”. Aww.

Y, finalmente, la bitácora. Según comenta el curador de la exposición, Ricardo Yáñez, es “donde Dávila fue registrando las ideas que se han materializado en todas y cada una de las esculturas que componen esta exposición”. Y no nos confundamos: el cuadernito no puede ser consultado, ni abierto, ni tocado. Pero ahí tenemos el dato curioso del artista.

Elogio de la sombra nos presenta un discurso que se aproxima a un diario íntimo del autor más que a una reflexión sobre la arquitectura del siglo XX. Esto es, que de su narrativa, de su unidad, ni hablar. O, como diría Leonardo sobre el trabajo de sus alumnos: “Está muy bien, sobre todo si dejamos de lado idea, concepto, estructura, ergonomía, estabilidad y otros detalles menores que para qué vamos a venir a la universidad a estudiar”. Dicho de otra forma, vemos a un artista con juguete nuevo. Su juguete, que no sabe usar, se llama intertextualidad.

Coda

El texto que acompaña a la obra, a cargo de Ricardo Yáñez, es un elogio a la ininteligibilidad. Muchos textos curatoriales deberían pasar antes por la cabeza que por las vísceras. Acá un fragmento: “La secreta aspiración del arte no es exponer, sino exponerse. Exponerse: a la vez mostrarse y aceptar el riesgo, desde la confianza, de hacerlo. ¿Mostrarse para mostrar? Cierto —y para convocar. Lo que en el arte se expone es una convocación, una discreta —que parece indiscreta, pero no, porque es vaga, y por más que precisa de algún modo indecisa: indirecta-convocación” (sic). ®

—José Dávila, Elogio de la sombra, Museo de Arte de Zapopan. Hasta el 22 de abril de 2012.

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Publicado en: Arte, Marzo 2012

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  • francisco zamora

    Estaria bueno que alguien le explicara al que escribe esta reseña, que las “brillo box” de warhol, no eran cajas, sino bloques de madera, con impresión en serigrafía, o sea, un artificio de caja.
    sorprende que tengan en replicante a reporteros, ¿o se le debería de llamar, critico? que no sepan asuntos básicos de lo que hablan.
    yo también vi el video donde el artista explica lo del tronco y habla del encuentro de la escultura perfecta, como el cráneo de elefante del que hablaba henry moore…sin embargo este bato, decide poner la explicación en un […] como para poder mofarse, haciendo una omisión muy tendenciosa.
    No todas las cajas eran “cloralex”, por cierto.
    Y hay varias piezas mas en la expo de las que ni siquiera habla y no sabemos porque.
    Lo mas terrible de todo, es que en la sala, hay un texto, del mismo artista, explicando su proyecto, donde deja claro que no tiene la intención de tener unidad y el “critico” omite de nuevo, totalmente la existencia de este texto, usandolo para criticar.
    Que cosa con este guey, se desborda en mala leche por intentar llegarle a los talones a avelina lesper, pero ni asi puede, su texto esta plagado de omisiones dolosas, ignorancia y auto-complascencia.
    Echenos algo bueno a la próxima y no refritos de otros críticos suyos.

  • Diego Flores

    que putíza…