En busca de la guerrilla perdida

La Liga Comunista 23 de Septiembre

El texto que subyace está compuesto por fragmentos de una mucho más extensa introducción de un libro dedicado a examinar, con miras que fuesen más allá de lo anecdótico y juicios que escaparan tanto a la loa como al dicterio, la ruta y los hechos de las organizaciones guerrilleras mexicanas que actuaron en la década de los setenta.

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Es sabido, aunque no siempre admitido abiertamente, que los “analistas políticos” no suelen prodigarse a la hora de desplegar la mesura, la solidez informada y los asertos fundamentados. Las filias y las fobias políticas e ideológicas suelen tomar el lugar de aquéllos, y esto ocurre, quizá, con mayor evidencia en temas como este.

Pude, es verdad, escribir sobre la jauría de perros asesinos de Iztapalapa, al día siguiente declarados inocentes, o acerca de la sabia y casta postura de la Secretaría de Salud federal emitida a través de Twitter —que al parecer ha llegado a convertirse en el despacho oficial de comunicación social de secretarías, alcaldes, gobernadores y presidentes—, según la cual “la mejor forma de evitar enfermedades de transmisión sexual o embarazos no deseados, es la abstinencia”.

Pero quizá el tema de una guerrilla, cuya existencia y realidad continúan aún veladas en la historia mexicana, sea de mayor utilidad que estas cotidianas ediciones de la comicidad involuntaria, las miserias profesionales y la menesterosa ética de nuestra clase política.

Advertencia

¿Por qué abandonaste las sendas holladas por el hombre y prematuramente, con escasas fuerzas pero con ánimo valeroso, osaste enfrentarte al dragón en su guarida? Indefenso como estabas, ¡ay!, ¿dónde se ocultaba la sensatez, ese escudo espejado…?
—Percy B. Shelley

I

Corría el año de 1977. Los días, los meses y los años se desgranaban, como paletadas de tierra en una tumba, sobre la humanidad de veintitantos hombres y una mujer presos en el antiguo penal de Topo Chico, en Monterrey, sobrevivientes de una guerra soterrada entre un Estado que actuaba con absoluta libertad para perseguir, ejecutar y desaparecer, y civiles que habían creído necesario agrupar sus convicciones en organismos armados.

Las ONGs eran un invento del futuro, y la prensa relativamente independiente y crítica un tema de la literatura fantástica. Los guerrilleros y sus actividades habitaban la nota roja en los periódicos, no las primeras planas y los encabezados. Salvo notables y muy escasas excepciones, no había articulistas de opinión que escapasen a la línea oficial que presentaba a aquéllos como asesinos y terroristas, “agentes” de un siempre inasible “extranjero” y traidores a la patria. Con precaria imaginación, alguna prensa imitaba a las películas del viejo oeste con insertos de: “se busca”, que exhortaban a la población a delatar a esos matones.

En un fenómeno insólito la reflexión vino de parte de los irregulares, primero que todos de un grupo de aquellos encarcelados en Topo Chico. Mediante una dolorosa revisión de su propio pasado inmediato, de su actividad, de sus concepciones y sus teorías —nunca de sus convicciones—, siete de ellos emprendieron lo que se conocería como la rectificación. De experiencias, orígenes y formaciones diversas, todos eran miembros de la Liga Comunista 23 de Septiembre, la más extendida y poderosa de las organizaciones guerrilleras mexicanas; al mismo tiempo la más “culta” y, en una paradoja sólo aparente, la más radical de todas ellas.

El proceso había empezado en diciembre de 1974, cuando a ese grupo le llega la noticia de la disolución de la Liga en su concepción original y su dispersión en pequeños grupos en alguna medida enfrentados entre sí, que empezaron casi de inmediato a deslizarse por la pendiente del militarismo, uno de los extremos, justamente —el otro: el “democratismo”—, entre los cuales la Liga había intentado desesperada e infructuosamente mantenerse en equilibrio.

Hasta aquel momento las largas condenas de varias decenas de años que pendían sobre los guerrilleros poco o nada significaban: tarde o temprano la Liga vendría a rescatarlos; a sangre y fuego —como efectivamente existió un proyecto frustrado durante el primer tercio de 1974— o mediante un intercambio. La noticia de la desbandada de la organización no sólo alejó sine die la eventual liberación: conmovió también las conciencias de los prisioneros forzándolos a preguntarse cómo y por qué la “organización revolucionaria definitiva” había sobrevivido apenas un año y unos pocos meses. La represión de los llamados órganos de seguridad del Estado, con todo y haber sido brutal y sin obstáculo legal alguno, no podía explicar por sí sola el resultado. A pesar del elevado número de guerrilleros muertos en combate o asesinados en la tortura, de los desaparecidos y encarcelados, la guerrilla mexicana y en particular la Liga Comunista 23 de septiembre, que enfrentó el peso principal de la represión, no habían sido aplastadas físicamente.

Cabía entonces indagar, pensar y reflexionar en el otro polo: el de la propia organización, en sus teorías, en el sustento teorético de su actividad y, a fin de cuentas, en su concepción misma. Este esfuerzo de auto revisarse, de estudiar y repensar los hasta entonces considerados fundamentos inamovibles de una organización que ellos concebían, sin duda alguna, como preparada y destinada a la victoria, fue llevado a cabo en las peores condiciones imaginables: en el aislamiento físico y anímico de la cárcel. Producto de ello fueron varios documentos, la absoluta mayoría hasta ahora inéditos. Quizá el más ilustrativo de todos sea el extenso ejercicio testimonial que aquí se ofrece por primera vez —cuyo título de trabajo es Los siete de Topo Chico—, generado cuando aquel proceso de reflexión autocrítica estaba casi concluido.

Su origen es un proyecto presentado por Abraham Nuncio, quien por aquellas fechas había ido a conocerlos a la cárcel. Él les planteó la idea, arguyó sobre la importancia de que expusiesen su versión y les presentó entonces un guión, compuesto por el índice, que aquéllos deberían “llenar”. Los testimonios fueron grabados, poco a poco e individualmente, en algún rincón relativamente aislado del Topo Chico. Ellos constituyen un documento único en la historia, aún por escribir, de la guerrilla mexicana. Con estilos diversos y diferencias la mayoría de ellas de matiz, los autores —encabezados en ese entonces por Gustavo Hirales Morán— coinciden en una autocrítica que, en aquellas condiciones y en esa primera fase, aparece naturalmente incompleta y en proceso de maduración. Las rutas individuales del desarrollo de ese pensamiento conducirían a algunos de ellos a concepciones diferentes, incluso enfrentadas. Pero esta historia escapa a los marcos y los propósitos de esta investigación, si bien algunas muestras de ella podrán encontrarse en la Introducción.

II

La historia del movimiento guerrillero en México es prácticamente inexistente. En otros países, regularmente, primero aparecen las historias particulares y después surgen novelas sobre el tema. Paradójicamente en nuestro país ha ocurrido lo contrario: existen algunas novelas de mayor o menor fortuna editorial mientras que la historia del fenómeno, a más de cuarenta años de su eclosión, sigue sin escribirse.

Se trata, ya nadie lo discute, de un periodo de fundamental importancia para comprender tanto el desarrollo posterior del país como las transformaciones de su estructura política. La historia, como la naturaleza, tiene horror al vacío. Los huecos existentes en ella son llenados con cualquier cosa (las novelas, por ejemplo), y sobre esos vacíos se generan las consejas y las versiones más peregrinas. Es momento, entonces, de dotar de sustancia a esta historia, expulsando a la anécdota sin más, la incomprensión y los mitos.

En el estudio introductorio intento explicar los orígenes, y a partir de ellos sentar las bases para comprender la actuación y la trayectoria de la guerrilla que encarnó destacadamente en la Liga Comunista 23 de Septiembre. El análisis se centra en los empeños que condujeron al propósito, el único en la historia de la guerrilla mexicana, de fusionar a los grupos armados dispersos que pululaban en diversas regiones del país y se detiene en su culminación: la fundación en marzo de 1973 de la propia Liga.

La historia del movimiento guerrillero en México es prácticamente inexistente. En otros países, regularmente, primero aparecen las historias particulares y después surgen novelas sobre el tema. Paradójicamente en nuestro país ha ocurrido lo contrario: existen algunas novelas de mayor o menor fortuna editorial mientras que la historia del fenómeno, a más de cuarenta años de su eclosión, sigue sin escribirse.

En estos esfuerzos unificadores desempeñó un papel fundamental el grupo de Raúl Ramos Zavala asentado en Monterrey, justo en el centro tradicional de “la reacción mexicana”. No es en modo alguno desdeñable, y sí por el contrario preñado de consecuencias teóricas, el análisis de las razones de que haya sido justamente Monterrey la cuna político-formativa no sólo de los precursores de la Liga (y de algunos otros grupos armados comunistas), sino también el principal semillero de sus dirigentes. Es éste un estudio que sigue pendiente.

Respecto de la existencia temporal de la Liga existen aún ahora diversas interpretaciones. La mía es que la Liga Comunista 23 de Septiembre, como tal y en su concepción original, tuvo una vida que va de marzo de 1973 a abril-mayo de 1974.

Existen sin embargo quienes sostienen que la Liga sobrevivió hasta ya entrados los años ochenta, e incluso algunos la prolongan hasta fechas tan tardías como 1990-1991. Lo cierto es que en ese extendido periodo lo que sobrevivía eran tres o cuatro desprendimientos de la agrupación original, cada uno de los cuales reclamaba ser “la auténtica” Liga.

Fue éste, también, el lapso de mayor desenfreno de las tendencias militaristas incubadas ya en la propia Liga y manifestadas incluso en sus actas de fundación. Y no es de extrañar: destituida su dirección nacional, muertos en combate, desaparecidos o encarcelados sus principales dirigentes y con el cerco cada vez más estrecho y la feroz persecución policiaca, la reacción de los sobrevivientes era fatalmente natural.

De este modo la desconfianza y la psicosis de la “infiltración” se instalaron entre los combatientes que seguían vivos y libres, y su actividad cada vez más se reducía a la mera sobrevivencia y al contra-ataque exactamente en los mismos términos que la represión del Estado: ojo por ojo y diente por diente […]

[…] Deberá comprenderse entonces que lo que me dispongo a abordar no pretenda ser la historia de la Liga Comunista 23 de Septiembre, sino un primer acercamiento (de hecho el primero, que yo sepa) que intenta destacar la necesidad de localizar y aprehender los “datos” y consideraciones esenciales del fenómeno histórico, y al mismo tiempo proponer una concepción interpretativa que, contra algunas asunciones sumamente peregrinas del asunto, lo encuadre en sus términos reales y, por ello mismo, permita entender qué ocurrió y por qué ocurrió; es decir, cómo surge la Liga, cuál fue el sentido de su efímera aunque intensa actividad y cuáles las motivaciones de los actores, y finalmente cómo y por qué tuvo el fin que experimentó.

Por lo demás, no se me escapa la dificultad adicional que pudiera representar el hecho de que yo mismo haya sido participante activo en la organización y en parte de los acontecimientos que ahora pretendo enfocar como historiador. Sin embargo, estar prevenido acerca de ello es ya, me parece, al menos dos tercios de garantía de que pueda eludirse la construcción de una historia parcial —que no ha de asumirse como lo contrario de una labor historiográfica que no adopte posición alguna, si es que semejante alarde de “neutralidad” fuese posible, o de esa historia “objetiva” revestida de números y estadísticas satirizada por Abendroth—, esto es, una “historia” en la cual la toma de posición conduce a, por ejemplo, obviar ciertos acontecimientos, deformar otros o magnificar unos terceros.

De cualquier modo, la mayoría de los escasos escritos que de un modo u otro han retomado —como tema central o colateral— el fenómeno de la guerrilla en México, han sido elaborados por outsiders, y esto, a juzgar por los resultados, en modo alguno les ha conferido una posición privilegiada, “no contaminada”, a la hora de evaluar, constatar y acercarse a la veracidad histórica, exigencia de la cual no debe eximirse al novelista por más licencia poética o literaria que arguya, para no hablar del historiador, del sociólogo o el politólogo. De hecho, más bien, todos ellos han expuesto —en mayor o menor grado, deliberadamente o por ignorancia— versiones justamente parciales, en el sentido que arriba señalo […]

[…] Es verdad que ignorantia non est argumentum. Sin embargo, en un sentido diferente, es precisamente la ignorancia sobre un periodo o fenómeno histórico lo que permite argumentar cualquier cosa, pontificar y dictar cátedra sobre una hoja en blanco. La ignorancia que se ignora a sí misma no sólo se disfraza de argumento: genera también documentos falsos […]

Parte I. El preludio: la historia teje las condiciones, las condiciones tejen la historia

En marzo de 1973 alrededor de catorce hombres empezaron en Guadalajara una larga reunión de al menos nueve días; sin saberlo, al no contar con el don de la presciencia, iniciaron también el cruce de un punto a partir del cual no había ya retorno.

Más de diez personas reunidas deliberando y discutiendo durante largo tiempo no es algo que justifique, sólo por ello, como se sabe, el registro del acto en los anales históricos. Sin embargo, de esta reunión surgiría el acuerdo de fundar la Liga Comunista 23 de Septiembre, la organización terminal más grande e importante en la cual se fusionaron la mayoría de los pequeños grupos armados del país que, a partir sobre todo de los años 1968 y 1969, operaban aquí y allá de un modo fundamentalmente disperso y aislado.

Uno de los participantes en aquel acto fundacional, casi cinco años después se referiría a él en los siguientes términos:

Personalmente me tocó participar como secretario de actas o algo así, pues se me encargó escribir las minutas de la reunión. Debo decir que fue esta una experiencia realmente inolvidable. Estábamos absolutamente convencidos de estar viviendo un acontecimiento histórico: la fundación del partido marxista del proletariado mexicano. Se barajaron varias proposiciones para el nombre de la nueva organización; yo dije que cualquiera que fuera el nombre de ésta debería llevar el adjetivo de comunista, a pesar de que éste hubiera sido desprestigiado por el monopolio que de él habían hecho lospartidos reformistas”.Sentíamos que de algún modo este acontecimiento sería histórico no sólo para el proletariado mexicano; nuestras novísimas y radicales concepciones estaban llamadas —así lo sentíamos— a trascender las fronteras del país.

Poco más de un año después, en abril de 1974, la dirección de la Liga era destituida por su principal dirigente, Ignacio Salas Obregón, sancionando así un doble y paralelo proceso de descomposición interna y golpes provenientes de fuera mediante una represión gubernamental que, en general, se desarrollaba al margen de su propia legalidad.

Pocos días después el propio Salas Obregón cae herido en circunstancias aún hoy oscuras, en un enfrentamiento en el Distrito Federal con policías uniformados, justo a las afueras del lugar en que se efectuaba una reunión de la nueva dirección, compuesta según palabras de Gustavo Hirales por “coroneles” que sustituían a los anteriores “generales”.

A partir de la desaparición de Salas Obregón (Vicente u Oseas) y con las muertes previas en combate o en la tortura de Pedro Guzmán Orozco, Ignacio Olivares Torres y Salvador Corral García, así como la “ejecución” del segundo de a bordo, Manuel Gámez Rascón,la organización se divide en varios grupos que reclaman ser “la auténtica Liga”, entre ellos la Brigada Roja, la Brigada Carlos Rentería, la Liga de los Comunistas, la Brigada Revolucionaria Emiliano Zapata y la Fracción Bolchevique. Con el paso acelerado del tiempo los “coroneles” son sustituidos por los “capitanes”, éstos por los “tenientes”, y así en sentido siempre descendente.

Que las expectativas de los fundadores —compartidas por todos los que se incorporaron inmediatamente después— no se hayan correspondido, ni de lejos, con la rápida sucesión de trágicos acontecimientos que conformaron el destino real de la Liga; que se haya fallado en la evaluación de su trascendencia histórica y geográfica, de su permanencia política y temporal, no es cosa que —en el frío plano de la constatación histórica— deba extrañar. En realidad, en la enorme mayoría de los casos e independientemente de las épocas y los lugares, aquella no-correspondencia entre los propósitos y las esperanzas, por un lado, y los resultados “objetivos”, reales, por el otro, ha sido más bien la norma y lo contrario la excepción.

La Liga Comunista 23 de Septiembre, entonces, que en la conciencia de los protagonistas aparecía como la organización revolucionaria definitiva, tuvo en realidad una efímera vida de apenas un año y dos meses. Ello no obstante, la amplitud, la intensidad y el número de sus actividades, pero sobre todo un conjunto de características suyas que la destacan como única en el cuadro de los diversos grupos armados de las décadas de los sesenta y setenta, permiten calificarla como el grupo más importante en la hasta ahora aún subterránea historia del movimiento armado mexicano contemporáneo.

¿Quiénes fueron los protagonistas y por qué se convirtieron en tales? ¿Cuáles fueron las actividades de la Liga y cuál el sentido real de ellas? ¿Cómo y por qué se da el origen y el rápido declive de esta organización armada? Las respuestas a estas preguntas implican, justamente, descorrer los velos de esa historia oculta. Plantear el problema significa —particularmente en el caso del historiador— avanzar la mitad en el camino de su solución […]

Parte II. La fundación

¡Oh durmiente!, ¿qué es el sueño? El sueño es semejante a la muerte. ¿Por qué no haces, por tanto, tales obras que, después de muerto tú, tengas presencia de viviente, en lugar de, mientras vivo, hacerte con el sueño semejante a los tristes muertos?
—Leonardo da Vinci

[…] Los fundadores asumían entonces, de este modo, no sólo la desmesurada empresa de enfrentar a la fuerza del Estado con la crítica decisiva de las armas; consideraban también a la nueva organización la única barrera capaz de impedir “el triunfo del oportunismo”; esto es, de un enemigo interno.

La advertencia de uno de los fundadores, Vic, fue entonces profética a su manera. Sólo que, cuando llegó el momento de “cambiar el contenido de nuestra lucha ideológica” y de enderezarla ya no “contra la democracia, sino contra el militarismo”, era demasiado tarde: en el momento occiduo de la Liga al radicalismo armado ya no se lo podía controlar, y cuando éste se desbocó, la propia Liga no existía más.

Independientemente de cualquier valoración retrospectiva, lo cierto es que —ya antes de nacer— la Liga se movía sobre un terreno minado. La Liga Comunista 23 de Septiembre estuvo siempre, en su corta vida, en la tensión de alerta contra aquellas dos “desviaciones” ínsitas en lo que ella consideraba el prurito democratista, por un lado, y el recurso militar sin más, que en su versión extrema podía derivar en el terrorismo.

Aunque la polémica anti-democratista ocupó ciertamente mayores espacios, tanto en las Actas de fundación como durante los primeros meses de existencia de la Liga la prevención contra el riesgo del militarismo estaba presente con una fuerza y una frecuencia insólitas en una organización armada.

Sin embargo cierta lógica interna, el dinamismo “objetivo” de los acontecimientos que arrastraron a los protagonistas más allá y en contra de sus intenciones, las condiciones de la clandestinidad, la feroz persecución y el creciente aislamiento que, desde muy temprano, hicieron de la Liga una organización suspendida en el vacío —todo ello aunado a la no menos feroz hostilidad de los medios de comunicación, que exhibieron una actitud opuesta por el diámetro a la dispensada recientemente al “neozapatismo”—, se combinaron para propiciar, con la fuerza casi de la fatalidad, que fuera justamente el militarismo el que dominara, precipitando así la liquidación de la Liga y la diáspora de varios grupos que —en los cuatro o cinco años siguientes— sobrevivirían en el radicalismo absoluto y despojados de virtualmente cualquier rastro de racionalidad política; que llegarían incluso al extremo —que había empezado a anunciarse ya en los últimos meses de existencia de la Liga— de “ejecutar” a varios de sus propios integrantes bajo los cargos de “traición” o de “infiltración policiaca”.

La advertencia de uno de los fundadores, Vic, fue entonces profética a su manera. Sólo que, cuando llegó el momento de “cambiar el contenido de nuestra lucha ideológica” y de enderezarla ya no “contra la democracia, sino contra el militarismo”, era demasiado tarde: en el momento occiduo de la Liga al radicalismo armado ya no se lo podía controlar, y cuando éste se desbocó, la propia Liga no existía más.

Epílogo

Allá arden los libros en la hoguera. ¿Qué has hecho para salvarlos? ¿Crees tú que basta con que te los aprendas de memoria? Acá se arrancan los intestinos de los cuerpos y se pisa los rostros con botas claveteadas. ¿Qué has hecho tú para impedirlo? ¿Piensas, por ventura, que conseguirás algo con esos sermones sobre el amor humano que predicas ante los sicarios armados hasta los dientes? ¿Que extingues el fuego por que le repitas los diez mandamientos?
—Leszek Kolakovski, El “anti-culto” al “culto”

Al operar en todo el territorio nacional —con la excepción de los estados del sureste más allá de Oaxaca—, la Liga ha sido, entonces y ahora, la única agrupación armada “irregular” que no ha estado confinada a una región localizada. Fundamentalmente una estructura político-militar urbana, con sus centros principales de operación en Monterrey, Culiacán, Guadalajara y el Distrito Federal, intentó crear y mantener sus propios frentes y columnas de guerrilla rural.

Fracasadas las negociaciones con el Partido de los Pobres de Lucio Cabañas que buscaban establecer una coordinación entre ambas fuerzas, la Liga pudo en cambio sostener un núcleo guerrillero en la sierra de Chihuahua, que logró reclutar un pequeño número de indígenas tarahumaras y que, incluso, sobrevivió durante algún tiempo después de la desaparición de aquélla. Fue capaz también, como hemos visto, de crear otra columna en un lugar tan distante de esta zona como la sierra oaxaqueña.

La Liga Comunista 23 de Septiembre fue también —como ya se ha apuntado— la menos militarista de las organizaciones guerrilleras del país durante la década de los setenta.

Ninguna otra pudo —y es de dudar que las de ahora puedan— exhibir en sus mismas actas fundacionales pasajes que afirman que “la necesidad de agitar a través de la acción militar, poniendo énfasis en eso, es una desviación terrorista”, o bien que la “forma fundamental de lucha que debe promover la organización es la lucha política y en segundo término la guerra de guerrillas”.

No un papel menor en la configuración de esta característica desempeñó otra de las peculiaridades de la Liga, esto es, la importancia asignada por ella —al menos en sus primeros tiempos— a la formación teórica de sus militantes y a la elaboración también teórica de los problemas. Que sus teorías no hayan sido del todo sólidas y no todas racionales (¿cuál, de entre todas las agrupaciones y partidos no armados de la época lo era?) es un problema cuyas consecuencias habrán de discutirse en otro lugar.

Para el que aquí nos ocupa —el de mostrar los rasgos que confieren a la Liga su calidad de organización armada sui generis—, en cuanto a este punto un dato lo resume todo: una organización de combate que en su momento pudo ser acusada, por otros grupos guerrilleros, de… teoricista.

A diferencia de la parcialidad de uno u otro signo propia del propagandista más que del ideólogo, del “político” y no del historiador, los miembros de la Liga —y en general los integrantes del movimiento armado que dramatizó los años setenta— no debieran ser considerados ni como ángeles ni como demonios. También ellos, como todos nosotros, se parecieron más a su época que a sus padres.

Si ha de ser cierto que el oficio del historiador implica, en primer lugar, el esfuerzo por comprender, debería entonces ser obvio que en nada ayudan a sus propósitos aquéllos que —según la expresión de Thompson— leen la historia a la luz de una problemática posterior y no a la de aquélla en la cual los hechos ocurrieron.

Una lectura de la historia, tan frecuente y tan deletérea, que “sólo recoge lo que ha triunfado” en tanto que “las causas perdidas, los caminos muertos y los mismos vencidos son olvidados”, que hizo a Thompson proclamar la necesidad de rescatar a estos últimos de “una posteridad excesivamente condescendiente”, o excesivamente condenatoria, agregaríamos por nuestra cuenta.

Pero si la historia no fuese comprensión sino catalogación, si ella fuera algo así como el archivo fáctico y documental de la Suprema Corte de la Humanidad y el historiador una suerte de árbitro de las derrotas y las victorias, juez del error y el acierto y censor de las intenciones, aun así habría que levantar acta de los motivos de los enjuiciados.

En el caso, todos ellos podrían suscribir —no como excusa, sino como explicación— el encendido reclamo del anti-culto de Kolakovski.

A todos nos honraría, incluso como nación, que pudieran también rubricar la sentencia del Me-Ti: mi miedo es una debilidad que me concierne sólo a mí; mi muerte concierne a todos… ®

* De Héroes y fantasmas. La guerrilla mexicana de los años 70 [Monterrey, UANL: mayo de 2009]

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Publicado en: Días del futuro pasado, Febrero 2013


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